Al diablo con el pumpkin spice Epílogo
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Epílogo

E l domingo ocho de noviembre puse la calefacción a las ocho y media de la mañana por primera vez este año y me quedé un rato en el pasillo escuchando el ruido que hace una casa cuando empieza a calentarse.

Es un ruido de tubos. Un clic, luego otro, luego el agua. La calefacción de este piso es de las que se encienden con un botón y funcionan, y llevo cuatro años viviendo aquí y todos los inviernos hago lo mismo el primer día: la pongo y me quedo de pie oyéndola, como un idiota, durante dos minutos.

Ella dormía. Llegó anoche a las nueve en metro, con una bolsa pequeña y una botella de vino de siete euros, y a las once y media ya estábamos dormidos los dos porque llevamos dos semanas durmiendo como personas que han dejado de trabajar a las ocho de la tarde.

En la nevera hay un papel.

Es un trozo de cuaderno de cuadros, arrancado, con una frase escrita con rotulador negro: «Manual para sobrevivir a octubre.

Día 1». Lo trajo mi madre el domingo pasado en el bolso, envuelto en una servilleta, y lo puso ella misma en la puerta de la nevera con un imán de una ferretería de Vallecas, y dijo: «Aquí, que es donde estaba».

Es el original. Tiene la marca oxidada del otro imán en la esquina y una raya doblada de haber estado doce años dentro de una lata.

Está ahí desde entonces, en una nevera vacía, y no hay nada más pegado. No he pegado nada más porque no hace falta.

La casa olía a lo que huele esta casa los domingos: a lentejas de ayer, a café y al detergente del tendedero del pasillo.

Hice café. Dos. El suyo con leche y el mío solo, que es como lo tomo desde hace años y que ella ya no pregunta: el lunes pasado me lo preguntó una vez, el martes no, y desde el jueves lo sirve sin mirar.

A las nueve y diez salió de la habitación con el jersey mostaza puesto.

El jersey es de mi madre. Se lo prestó el domingo pasado, en Vallecas, después de comer, cuando Sara le dijo que tenía frío en el pasillo y mi madre se levantó, fue al sofá, lo cogió y se lo dio, y dijo dos cosas: que se lo devolviera limpio y que no lo metiera en la secadora.

Sara le preguntó si estaba segura. Mi madre dijo que el jersey lo había tenido veinte inviernos y que un jersey que no se pone se estropea igual.

O sea, que es un préstamo. El segundo en quince años. Y esta vez hay una diferencia, que es que la que lo lleva puesto sabe a quién hay que devolvérselo y cuándo.

Le queda grande. Le quedaba grande en 2011 y le queda grande ahora, y las mangas le tapan las manos, y se las sube cada dos minutos con un gesto de codos que no le he visto hacer con ninguna otra prenda.

Se sentó a la mesa. Es la única mesa que tengo: la de trabajo, la que está pegada a la ventana, con los dos monitores a un lado. Los aparté el jueves. No los he vuelto a poner en el centro.

Encima de la mesa hay dos libros de la biblioteca de Lavapiés, uno gordo y uno menos gordo, los dos con la etiqueta amarilla nueva y el tique del préstamo dentro del primero, con la fecha de devolución: veintisiete de noviembre.

Los sacó el jueves con su carné, el de plástico, el que le hicieron el diez de octubre y que tuvo un mes en el bolso sin usar.

No son los mismos. Son otros dos, de otra gente que se equivoca de sitio, que es lo que a ella le gusta y lo que no me dijo hasta el viernes.

Y al lado del teclado, en un cuaderno, está lo que está escribiendo.

El miércoles la llamó una redactora jefe de un suplemento dominical.

Había visto el directo. Le pidió un texto firmado, de mil doscientas palabras, sobre lo que cuesta un otoño bonito: los precios, las facturas, lo que se paga por que una foto parezca una casa.

Se lo pidió para el número del veintidós.

Le dijo lo que pagan, que es lo que pagan en los suplementos, que no es mucho.

Sara colgó y me lo contó en una frase, en la cocina, mientras yo picaba cebolla: «Me han encargado un texto». Y luego se puso a mirar el móvil como si le hubieran escrito otra cosa.

Es lo primero que va a firmar con su nombre desde 2014. Lleva doce años escribiendo pies de foto de sesenta palabras y un mes escribiendo pies de foto de sesenta palabras que decían la verdad, y ahora tiene mil doscientas palabras y un nombre debajo.

No va a arreglarle la vida. Con lo que pagan por eso se hace la compra de tres semanas.

Lo empezó el viernes por la noche y lo lleva por la mitad. Escribe a mano primero, que yo no lo sabía, y luego lo pasa. Esta mañana estuvo cuarenta minutos en esa mesa sin decir nada, con el café al lado, tachando líneas, y tres veces se rio sola de algo que había escrito y lo tachó igual.

El viernes por la tarde firmó un contrato de alquiler.

Un apartamento en Usera, cuarenta y cuatro metros, exterior, un dormitorio, quinto sin ascensor.

La mitad de lo que paga ahora en Chamberí.

Entrada el uno de diciembre. Ya había dado el preaviso en el otro el lunes anterior, que es lo que hay que hacer para que las cuentas salgan, y lo hizo antes de saber si le iban a dar este.

Firmó a las seis y media, en una gestoría de la avenida de Córdoba, con el aval de tres meses pagado de sus ahorros, y me mandó una foto del contrato encima del mostrador y debajo escribió: «Cuarenta y cuatro metros. Con calefacción».

El contrato está en su bolso ahora mismo, en el recibidor, dentro de una carpeta de plástico.

Lo sé porque lo sacó anoche para enseñármelo bien, con las dos manos, y me señaló la cláusula de duración, que es de cinco años, y me dijo: «Mira, sin limitación temporal no; cinco años», y se rio ella sola de eso también.

En mi pasillo no hay cajas.

Lo digo porque un pasillo de cuatro metros con cajas significa una cosa y un pasillo de cuatro metros sin cajas significa otra, y el mío está como estaba en septiembre: las zapatillas al lado de la puerta, las botas de lluvia que este año sí he usado, y nada más.

Las cosas de Sara están en Chamberí, en cuatro cajas, y el uno de diciembre irán a Usera, a cuarenta y cuatro metros que paga ella.

Mañana lunes duerme allí. El martes vuelve aquí. Eso lo decidimos el jueves, en dos frases, mientras comíamos, y no lo hemos vuelto a hablar, y es exactamente lo que es: un martes.

A las diez y media, ella seguía en la mesa y yo estaba fregando.

Me giré para dejar una taza en el escurridor y ahí estaba.

La luz de las diez y media de un domingo de noviembre entra en este salón por la ventana de la izquierda, baja, rasante, porque el sol de noviembre no sube y porque enfrente hay un edificio de tres plantas y no de seis.

Le daba en el hombro izquierdo y en la mitad de la cara, y la otra mitad estaba en sombra, y el jersey mostaza a esa luz es del color exacto que tiene la lana vieja cuando alguien la ha lavado doscientas veces.

Tenía el codo en la mesa, la mano en la boca, el bolígrafo en la otra mano y los dos libros a la derecha, y detrás, al fondo, por la puerta abierta de la habitación, se veía una cama sin hacer.

Estaba encuadrado. Eso es lo peor. No es que fuera bonito: es que estaba encuadrado, con el tercio, con la diagonal de la mesa, con el fondo cerrado por el marco de la puerta y la mancha de la cama deshecha justo donde hace falta una mancha clara.

La cámara estaba en la silla, a metro y medio de mi mano, con la batería puesta, y yo llevo veinte años haciendo el cálculo en medio segundo: mil sesenta, dos ocho, ISO cuatrocientos, y el resto lo arregla el sol.

Lo pensé entero. Lo pensé como se piensan las cosas que uno hace todos los días sin pensarlas.

Y no la cogí.

Me quedé con la taza en la mano, con el grifo abierto, y estuve seis o siete segundos mirando eso, que es mucho más de lo que dura una foto, y luego cerré el grifo y seguí fregando.

No es un gesto. No hice nada. Es una cosa que no hice, y por eso la escribo.

Durante quince años he mirado a esa mujer por un visor.

La primera vez que la vi encuadrada fue en una cocina de seis metros cuadrados con una taza de gasolinera, y desde entonces he convertido en imagen todo lo que nos pasaba, incluida la noche en que lloraba de rabia por doscientos veinte euros.

Ella escribía el pie y yo hacía la foto, y así montamos una cosa que acabó valiendo lo que dice un contrato y que ya no es de ninguno de los dos.

Hoy había una foto en mi salón y se ha quedado ahí. Dentro de un rato la luz habrá subido y el jersey será de otro color y la cama estará hecha, porque la va a hacer ella, que hace las camas como si fuera a fotografiarlas y luego no las fotografía nadie.

A las once dejó el bolígrafo.

—¿Qué? —dijo, sin girarse.

—Nada.

—Llevas un rato.

—Estoy fregando.

—Estás mirando.

Se giró en la silla, con el jersey y las mangas por las manos, y me miró a mí y luego miró la cámara que estaba en la silla y luego otra vez a mí, y entendió lo que había pasado, que es lo que pasa cuando dos personas llevan quince años sabiendo dónde tiene las manos la otra.

No dijo nada de eso. Lo que dijo fue:

—¿Comemos aquí?

—Hay lentejas.

—Otra vez.

—Las hice ayer.

—Ya lo sé. —Se levantó y vino a la cocina, y se apoyó en la encimera, a treinta centímetros, con las mangas subidas ya—. ¿A qué hora hay que salir mañana?

—Tú mañana no sales de aquí. Sales esta noche.

—Es verdad.

—Y vuelves el martes.

Nota de la toma.

Luz rasante de las diez y media; el tercio, la diagonal, la puerta abierta al fondo. Mil sesenta, dos ocho, cuatrocientos ISO; la cámara, a metro y medio. No hay toma.

Se quedó mirándome un segundo más de lo necesario, con la cara de quien va a decir una cosa de trabajo y dice otra.

—El martes —dijo.

—El martes.

—Vale.