Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) CAPÍTULO CUARENTA
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CAPÍTULO CUARENTA

Daniel

L o primero que percibí fue el rostro de Arthur, ojos penetrantes por la preocupación, mandíbula tensa.

Lo segundo, una constatación aún más desconcertante; Ainslee no estaba a mi lado.

El pánico se apoderó de mí. Me incorporé de un sobresalto y enseguida me arrepentí. El dolor se disparó detrás de mis ojos como un rayo e instintivamente llevé las manos a mi cabeza. Presioné con los dedos un lado de la sien. Mi visión se nubló por un momento antes de aclararse.

—¿Dónde está? —gruñí, con un tono de voz que rompió el silencio. Recorrí la habitación con la mirada, el penthouse , me di cuenta, pero no recordaba cómo había llegado hasta aquí—. ¿Cómo demonios entré?

—Nosotros te trajimos —explicó Arthur, con tono sombrío—. Pesas más de lo que pareces.

—¿Dónde está Ainslee? —lancé, levantándome del sofá a pesar del dolor punzante en la cabeza.

La expresión de Arthur se ensombreció.

—Se la llevaron.

Sentí un nudo en el pecho.

—¿Qué?

—Uno de nuestros hombres intentó seguirlos, pero perdieron el rastro a las afueras de la ciudad. Quienquiera que haya hecho esto sabía lo que hacía.

Una rabia fría e inmediata me invadió.

—Mierda. Mi teléfono —murmuré, girándome y tropezando hacia el ascensor. Apenas me di cuenta de que Arthur me llamaba.

Las puertas del ascensor se abrieron y apreté con fuerza el botón del garaje. Cada segundo se me hizo eterno.

No podía permitirme entrar en pánico. En ese momento, no.

En cuanto llegué a mi coche, abrí de golpe la puerta del conductor. El teléfono seguía allí, boca abajo en la consola central, donde lo había dejado. Lo tomé con manos temblorosas y abrí la aplicación de rastreo, rezando para que ella aún llevara el collar. Rezando para que no lo hubieran tirado.

La pantalla se cargó. El corazón me latía tan fuerte que apenas podía oír mis propios pensamientos.

Ahí. Una señal.

Exhalé bruscamente, calculando ya la ruta en mi mente.

Arthur apareció en la puerta del vehículo, mirándome con una mezcla de frustración y preocupación.

—Tienes que ir al médico —demandó—. Te pegaron fuerte, es probable que tengas una conmoción cerebral.

—¡Me da igual! —bramé, sin mirarlo—. Ya nos ocuparemos de eso más tarde.

—Podríamos estar cayendo en una trampa. Esto estaba planeando, Daniel.

—Lo sé —murmuré, apretando la mandíbula—. Y están a punto de descubrir lo mala que fue esa idea.

Apreté con más fuerza el volante, mientras el motor rugía debajo de mí. La señal de rastreo parpadeaba en la pantalla, seguía moviéndose.

Seguía viva. «Aguanta, Ainslee». Iba para allá.

—Deberías ir al médico...

—Luego —lo interrumpí con un gesto de la mano, sin siquiera mirarlo. Tenía la vista enfocada. Ainslee era mi prioridad. Lo era todo.

—Está en Gales —notifiqué secamente—. En Newport . El rastreador emitió una señal allí.

Arthur entrecerró los ojos.

—Eso está a casi tres horas de distancia de aquí. ¿Estás seguro?

—Sí. Newport . —Sentí un nudo en el pecho—. La familia de mi abuela tenía una pequeña propiedad allí. Nunca he estado, pero Hector debe saber de ella. Probablemente cree que nadie recuerda que existe.

Dios mío. ¿Estuve inconsciente tanto tiempo? Tres horas... perdidas. Tres horas en las que ella estaba en sus manos.

La sangre me hervía, cada músculo de mi cuerpo se tensó con la rabia. Mi visión se agudizó, y mis instintos tomaron el control

Me di la vuelta y entré corriendo en el edificio, con Arthur pisándome los talones. Tomamos el ascensor de vuelta al penthouse . Privado, seguro. Mi santuario, pero esa noche era un centro de mando.

—¡Llama a todo el mundo! —ordené mientras el ascensor subía suavemente—. A todos los jodidos hombres que tenemos. Quiero gente sobre el terreno en veinte minutos.

Arthur no cuestionó nada, solo asintió y sacó su teléfono, marcando el número al instante.

Las puertas del ascensor se abrieron directamente en el penthouse . Me dirigí a zancadas hacia mi dormitorio, quitándome ya la camisa destrozada que llevaba puesta. Necesitaba equipo táctico. Potencia de fuego. Concentración. Esto no era una negociación. Era un rescate.