CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE
Ainslee
P erdimos la noción del tiempo y, al final, nos levantamos juntos cuando nos dimos cuenta de lo tarde que era. Daniel me tomó de la mano y me llevó hacia la puerta con esa misma atención cuidadosa. El trayecto en el ascensor de vuelta abajo fue silencioso, aunque lleno de promesas implícitas.
Afuera, la ciudad parecía más fresca en ese momento. El elegante coche negro de Daniel nos esperaba, brillando suavemente bajo las farolas. Pero mientras escaneaba la zona del servicio de valet con una mirada aguda y experta, algo no cuadraba.
Ningún valet apareció. La figura habitual y familiar no se veía por ninguna parte.
Daniel apretó la mandíbula. Sus ojos barrieron las sombras, agudos y alertas, fijándose en cada movimiento, en cada susurro.
—No hay nadie aquí.
Sentí una punzada de inquietud recorrerme. La calma exterior de Daniel permaneció imperturbable, pero yo sabía que su mente iba a mil por hora bajo esa mirada firme. Esto era más que un simple escaneo rutinario del entorno. Una alarma lo recorrió con una tensa advertencia.
Abrió mi puerta con suavidad, aun así, mantuvo sus sentidos agudizados en el entorno.
—Quédate cerca —murmuró.
En ese instante, un movimiento repentino detrás de Daniel me sacó de mi ensimismamiento. Abrí los ojos de par en par, alarmada, y se me hizo un nudo en la garganta. Cada fibra de mi ser gritaba que lo apartara, que le advirtiera, pero estaba paralizada, impotente.
Una figura sombría alzó un bate de críquet y lo estrelló contra la cabeza de Daniel.
—¡Nooo!
Un crujido espantoso rompió el silencio de la noche y, por fin, un grito desgarrador salió de mis pulmones.
Los ojos de Daniel, antes tan vivos y feroces, parpadearon y se apagaron, y la luz se les escapó como una llama moribunda.
Volví a gritar, poniendo toda la fuerza de mis años de formación en ópera en mi voz, desesperada porque alguien, cualquiera, viniera. Arthur estaba cerca.
Tenía que estarlo.
El pesado cuerpo de Daniel se desplomó en mis brazos, pero me negué a soltarlo.
El corazón me latía con fuerza, abrumado por el miedo y la incredulidad.
Por el rabillo del ojo, vi a unos hombres corriendo hacia nosotros, y me invadió el alivio.
La ayuda estaba llegando. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera respirar, el dolor estalló en mi mejilla, un brutal revés del agresor.
Retrocedí tambaleándome y choqué con el SUV por el impacto. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dejar que Daniel se cayera. Su peso me aplastaba y me dolían los brazos, pero era mi corazón el que sufría una agonía. «Que esté bien».
La mano del bruto se cerró alrededor de mi cuello.
—Suéltalo o le dispararé en la cabeza —siseó.
El corazón me latía con fuerza, el miedo me mareaba. Sopesé mis opciones en un abrir y cerrar de ojos. Los hombres estaban demasiado lejos. Si este tipo decidía disparar, la ayuda nunca llegaría a tiempo.
—Ahora, perra —añadió con un gruñido.
Solté a Daniel y el tipo me apartó bruscamente antes de cargarme sobre su hombro sin esfuerzo. En cuestión de segundos, me metieron a empujones en una furgoneta. Me puse de rodillas con la mirada escudriñando los alrededores.
El motor rugió al arrancar y nos alejamos de la acera.
No podía dejar que me llevaran. Mis posibilidades de escapar disminuían con cada segundo que pasaba. Respiré hondo y solté otro grito, con los pulmones ardiendo por el esfuerzo.
—Cállate o te mato ahora mismo —amenazó una voz grave desde la parte delantera de la furgoneta, y me quedé quieta al instante. Era otro hombre. Tenía sentido. Uno debía de haber estado esperándonos a Daniel y a mí mientras el otro tenía el vehículo listo. Para llevarnos. Para llevarme a mí.
«Daniel vendrá por mí». Sabía que lo haría. Y entonces haría que esos pedazos de mierda se arrepintieran de haberme tocado.
Estos tenían que ser los matones de su tío. Los mismos que habían matado a Callen. Los que había evitado antes, gracias a Daniel.
«Daniel». Sus palabras justo antes de que lo atacaran se repetían una y otra vez en mi mente. Ese hombre despiadado me amaba. Mataría a cualquiera que me tocara. Con una revelación sorprendente, supe que yo también mataría a cualquiera que se atreviera a tocarlo.
Estaba tan presa del pánico que no sabía a qué distancia habíamos llegado. Debí de quedarme dormida, porque el reloj del tablero indicaba que habían pasado horas.
Cuando la furgoneta se detuvo, la puerta se abrió y me sacaron a rastras del vehículo y me pusieron de pie. Intenté empujar al idiota que me maltrataba, pero fue en vano.
—¡Daniel vendrá a buscarme! —reviré.
Sin previo aviso, el hombre me abofeteó y tropecé por la fuerza del golpe. Me escocía la mejilla por el primer golpe, no obstante, en ese minuto me ardía por completo. El sabor de la sangre me invadió la lengua.
—Lleven a la mujer adentro. —Retumbó una voz masculina a mis espaldas, y giré la cabeza en esa dirección.
Nunca lo había visto antes, pero no hacía falta ser un genio para reconocer quién era.
Hector Carrington. El tío de Daniel—. La hermosa Ainslee McLaren.
—Ronroneó, dedicándome una sonrisa llena de malicia y una mirada inquietante—.
Ahora entiendo la fascinación de mi sobrino.
—Se rio, y el brillo cruel de sus ojos prometía dolor y venganza—.
No ha sido fácil intentar poner mis manos sobre ti —siseó, agarrándome del cabello y tirándome de la cabeza hacia atrás con tanta fuerza que me escocía el cuero cabelludo.
Aunque eso no fue lo peor. La expresión gélida de sus ojos reflejaba el frío invernal. Me provocó escalofríos que me recorrían la espalda. Su mirada me daba náuseas.
Mantuve la boca cerrada, sabiendo instintivamente que provocar a este hombre sería una estupidez. Había salvajismo y un matiz de algo deplorable en sus ojos.
—Inteligente —dijo, comportándose como si estuviéramos manteniendo una conversación normal y corriente. Como si no me hubiera secuestrado ni decapitado a Callen—. Llévala adentro.
Alguien me empujó por detrás, y mis pies parecían bloques de cemento con cada paso que daba hacia el edificio. El viento aullaba a mi alrededor, y casi podía oír la voz susurrante de Daniel llevada por la brisa:
Aguanta, ruiseñor. Voy por ti.
Lo haría. Estaba segura.