CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
Daniel
M ientras subíamos las escaleras hacia el primer club que había abierto con mi amigo Maxim, Ainslee gritó de alegría.
Se comportaba como si volviera a ser la mañana de Navidad, y no pude evitar sonreír ante su emoción.
Llevaba un vestido rojo de lana que le llegaba justo por encima de las rodillas y medias sujetas por un liguero, algo que había descubierto mientras la veía vestirse un rato antes.
En ese momento, su cuerpo estaba oculto bajo un abrigo de piel sintética.
Los ojos de Ainslee brillaban como esmeraldas iluminadas por el fuego, muy abiertos por la sorpresa al entrar en la sala principal.
Al principio, no dijo nada. Su mirada recorrió el espacio, ansiosa por absorberlo todo.
La observé intentar captar cada detalle, y aun así, de alguna manera, se le escapaba la mitad.
Bien.
Para eso se había diseñado Revelación.
El club no era llamativo. No hacía falta que lo fuera. Era exclusivo, íntimo, misterioso, poder envuelto en terciopelo. El tipo de sitio que susurraba en lugar de gritar, que seducía en lugar de suplicar.
Mientras cruzábamos el umbral arqueado hacia el corazón del local, sentí un sutil cambio en su respiración. Su asombro era palpable. Ni siquiera se dio cuenta de que había ralentizado el paso para verla absorberlo todo.
En lo alto, lámparas de araña antiguas derramaban oro líquido sobre el suelo de mármol negro.
Cortinas de terciopelo caían del techo en intensos tonos burdeos y azul marino.
Música jazz en vivo, y en tono bajo, se enroscaba en el aire como el humo de un cigarrillo, elevándose desde un piano escondido en un rincón lejano.
Todo en este lugar estaba pensado a conciencia.
La arquitectura. La iluminación. El anonimato.
Revelación se construyó para la discreción, el deseo y el dominio.
Se giró lentamente sobre sí misma, su cabello rojo como una llama viva en la tenue luz, y sus labios se entreabrieron ligeramente, sin palabras, solo aliento.
Me acerqué, dejando que mi mano se posara en la parte baja de su espalda. Su cuerpo reaccionó al instante, como siempre lo hacía. Tensión y consciencia, surgiendo justo bajo la superficie de su piel.
—Bienvenida a Revelación —le susurré al oído.
Giró la cabeza y me miró.
—Esto es... diferente a todo lo que había imaginado.
Sonreí.
—De eso se trata.
No traía a cualquiera aquí. De hecho, solo un puñado de personas en mi vida habían pasado del vestíbulo, y mucho menos habían visto los pisos superiores. La presencia de Ainslee aquí significaba algo. Lo significaba todo.
Porque esto no era solo un club.
Era un reflejo de la vida que me había labrado cuando me alejé de ella. Oscura, opulenta, privada. Tenía reglas. Límites. Un poder que fluía invisible, bajo la superficie.
Observé cómo sus ojos se desplazaban hacia arriba, hacia la escalera curva que conducía al segundo piso, cuartos privados ocultos tras cortinas negras transparentes, el santuario interior. Habitaciones que podían hacer o deshacer a una persona, dependiendo de lo que viniera aquí a perder.
No preguntó qué pasaba allí arriba, pero su pulso me dijo que ya lo sabía.
—¿Estás bien? —le pregunté en voz baja.
Asintió lentamente, aún absorbiendo la atmósfera.
—Es como entrar en otro mundo.
—Lo estás.
Pasó un instante, el aire cargado de cosas no dichas.
—Este lugar... Es poder. Control. Secretos —afirmó finalmente, con la voz baja, casi perdida entre el jazz .
—Te has olvidado de la libertad —añadí, acercándome y apartándole el cabello del hombro—. Aquí nadie vigila. Nadie juzga. Simplemente, eligen.
—¿Y qué elegiría yo? —inquirió, mirándome a los ojos con un desafío que había pasado completamente desapercibido.
Me incliné, dejando que mi boca se cerniera sobre su oreja.
—Lo que quieras. A quien quieras. Como quieras. Solo espero que sea yo cada vez.
Se le cortó la respiración de nuevo.
Y por un momento, solo un breve y perfecto segundo, volvimos a ser como antes. Más jóvenes y despreocupados.
Quería darle todo. Mostrarle todo. Protegerla de todo, incluso de aquellas partes de mí que no estaba seguro de que estuviera preparada para ver.
Pero, Dios, ella ya estaba aquí. Y no había huido.
Todavía no.
—Ven —pedí en voz baja, acariciándole el brazo con los dedos—. Déjame enseñarte algo.
La llevé hacia la escalera, donde la lujosa alfombra carmesí amortiguaba nuestros pasos mientras subíamos. No dudó. Los ojos le brillaban de curiosidad, recorriendo de un lado a otro, empapándose de cada lujoso detalle.
—Dios mío —susurró, casi como un suspiro. Una sonrisa se le dibujó en el rostro, genuina y radiante—. Nunca hubiera imaginado todo esto desde afuera. He pasado por aquí antes y nunca le había prestado atención.
Sonreí con suficiencia. Ese era precisamente el punto.
Revelación no estaba diseñado para llamar la atención. Se construyó pensando en la privacidad. En la exclusividad. El tipo de lugar que permanecía invisible para cualquiera que no supiera dónde mirar.
—Ahora entiendo por qué se están expandiendo —continuó—. Revelación en todas las grandes ciudades del mundo. Tiene sentido.
Me reí entre dientes.
—Te voy a convertir en una mujer de negocios.
Ladeó la cabeza.
—¿Y Nightingale ? ¿También se expandirá?
Negué con la cabeza.
—No. Ese se queda en Londres. Es donde nos conocimos. Donde nos enamoramos.
Se quedó paralizada a mi lado, con los ojos ligeramente abiertos y los labios entreabiertos, como si hubiera olvidado cómo respirar. Se le quebró la voz cuando por fin dijo:
—¿En serio?
—Sí —confirmé en voz baja—. Todo lo que he hecho... cada paso que he dado desde el día que me fui... todo ha sido por ti. Incluso este club. Especialmente, este.
Los ojos le brillaron, llenos de preguntas, de historia y de un dolor que no se había permitido procesar hasta ese momento.
—Lo llamé Revelación por ti, Ainslee —confesé—. Porque fuiste y sigues siendo lo más impresionante que he conocido jamás. Me hiciste ver el mundo de otra manera. Nadie más se ha acercado ni de lejos. Solo has sido tú.
Durante un instante, no dijo nada. Se quedó allí de pie, con la mirada fija en la mía, llena de ternura y de emociones tácitas.
Y entonces, con voz suave, dijo:
—Te amo, Daniel. Siempre te he amado. Y siempre te amaré.
Se mordió el labio inferior, nerviosa en ese instante, pero lo suficientemente valiente como para admitir lo que ambos habíamos estado eludiendo durante días.
—Yo... no creo que pueda vivir sin ti —susurró.
Le acaricié el rostro con las manos, le pasé el pulgar por la mejilla y la besé, lento y profundo, con todo lo que había estado conteniendo. Lo vertí todo en ella, cada dolor, cada promesa, cada año que había perdido sin ella.
—Yo también te amo —murmuré contra sus labios—. Y sé que no puedo vivir sin ti. La vida sin ti no es vivir. Es solo... existir.
Se fundió conmigo y volví a tomar su boca, robándole el aliento solo para darle el mío. No sé cuánto tiempo estuvimos así, envueltos el uno en el otro, pero cuando por fin nos separamos, tenía las mejillas sonrojadas y los ojos le brillaban como esmeraldas pulidas.
—Para siempre, entonces —susurró.
—Para siempre —repetí. Luego, solté una risita—. Maxim se moriría de risa si supiera que acabamos de confesarnos nuestro amor en un club. Arruinó su propia historia de amor en Revelación , y lo regañé por lo cursi que fue.
Ainslee sonrió, y su lado juguetón volvió a cobrar vida.
—Bueno... No me importaría ver el lado más atrevido de Revelación . Layla mencionó que aquí pasan cosas bastante picantes.
El brillo de sus ojos me pilló desprevenido... y me encantó.
—Ah, ¿sí? —Levanté una ceja, intrigado—. ¿Qué dijo exactamente?
Se encogió de hombros, con aire burlón.
—Algo sobre subastas... máscaras... Quizás un poco de bondage suave... —Su voz bajó de tono—. Estaba pensando en apuntarme a una.
Mi polla se estremeció ante la imagen que se grabó al instante en mi mente. Ella, en el escenario. El cabello revuelto. La piel sonrojada. Desafiando al público a que la deseara.
Gruñí por lo bajo.
—Solo lo harás si yo estoy ahí. ¿Entendido?
Parpadeó con inocencia.
—Sí, señor.
Entonces, se echó a reír, y así sin más, la chica de la que me enamoré estaba de nuevo justo delante de mí, más radiante, más atrevida y aún más irresistible.
—Pícara —murmuré con cariño, sacudiendo la cabeza. Si no fuera por la sombra persistente de mi tío y la guerra que se cernía en el horizonte, quizás habría creído que las cosas por fin estaban encajando.
—Entonces... —Comenzó de nuevo, más animada en ese momento—. Llevo años imaginando Revelación , pero de alguna manera superó incluso mi imaginación.
—¿En serio? —pregunté, divertido.
—Sí. Siempre me lo imaginé adornado de carmesí. Todo rojo. Terciopelo. Espejos en los techos. Como un set de porno lujoso.
Me detuve en seco y la miré fijamente, sin saber si estaba bromeando.
No bromeaba.
Eché la cabeza hacia atrás y me reí.
—Dios mío. Supongo que podríamos redecorar.
Me dio un codazo juguetón.
—Ni se te ocurra. Este lugar es perfecto tal como está.
—Lo sé.
—Quiero volver cuando haya una fiesta temática. —Sonrió con picardía—. Necesito encontrar un disfraz. Algo... dramático y sexy .
Gruñí.
—Vas a ser mi perdición.
Me guiñó el ojo.
—Ese es el objetivo.
Me incliné y le rocé los labios con los míos, solo una vez.
—Entonces, le diré a nuestro director de eventos que anteponga la próxima noche de socios en el calendario.
Bajó la voz.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Y en ese momento, con su mano entrelazada con la mía, su cuerpo cálido contra el mío y su sonrisa aún radiante, lo supe con más certeza que nunca: ni cien vidas junto a esta mujer serían suficientes. Y dedicaría cada una de las que tuviera a intentar ser digno de ella.