Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
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CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

Ainslee

L a atmósfera de Revelación vibraba con grandeza. Sombras aterciopeladas nos envolvían, salpicadas por destellos de luz de velas y el profundo zumbido de un bajo que resonaba levemente en el suelo de mármol. Los espejos reflejaban el resplandor ámbar, captando fragmentos de movimiento.

Todo el cuerpo me temblaba de un deseo crudo y doloroso. Quería a este hombre. Aquí mismo. En ese mismo instante.

Miré a Daniel, y él lo vio. Al instante. Las ansias. La sumisión.

Me leyó como una canción que había tocado cien veces y de la que nunca se había cansado. Sin decir una palabra, me atrajo hacia sus brazos.

Su mano se deslizó por mi nuca, y sus dedos se enredaron posesivamente en mi cabello.

Luego, aplastó la boca contra la mía, con fuerza y exigencia, como si necesitara consumirme o arder vivo en el intento.

Apretó su agarre y me echó la cabeza hacia atrás lo justo para profundizar el beso hasta que mi columna se arqueó hacia él, con cada nervio vibrando.

Con la otra mano, me agarró las muñecas y me las inmovilizó por encima de la cabeza, sujetándome contra una de las columnas de obsidiana tallada cerca del balcón privado. Esa posición me dejaba expuesta, controlada, indefensa de la mejor manera posible. Pero no me resistí. No quería hacerlo.

Confiaba en él. Completamente.

Devoró mi boca con un ansia que me hizo flaquear las rodillas.

Mis pensamientos se desordenaron, se dispersaron y desaparecieron.

Lo único que existía era él, su aliento, su cuerpo, el sabor pecaminoso de sus labios.

Su boca era fuego, trazando un camino abrasador a lo largo de mi mandíbula, mi garganta, marcándome con cada caricia.

Cuando por fin me soltó las muñecas, mis manos cayeron, agarrándose a sus hombros como a un salvavidas. No iba a soltarlo. Ni en ese momento. Ni nunca.

El silencio del club no hacía más que realzar el momento. Esta habitación, normalmente, reservada para exhibiciones privadas y placeres prohibidos, era nuestra esta noche. Solo nuestra. Un privilegio embriagador. Un peligroso patio de recreo.

Un gemido resonó, amplificado por la perfecta acústica del lugar y los ojos de Daniel se oscurecieron de satisfacción.

Me besó apasionadamente hasta que me dio vueltas la cabeza y se me borraron todos los pensamientos.

Quería todo lo que él pudiera darme. Sus labios eran ardientes y exigentes, quemándome la piel a su paso.

Tan solo el placer de estar con él era eufórico, una rapsodia envuelta en una dicha ferviente.

Daniel era el único hombre capaz de darme esa euforia abrasadora y palpitante.

Porque lo amaba. Porque siempre había sido él.

Su mano se deslizó bajo el dobladillo de mi vestido, hacia arriba y más arriba, hasta que me encontró ansiosa y lista para él. Jadeé, y el sonido rebotó en los altos techos abovedados y las paredes de piedra de la habitación vacía.

—Estás empapada —me susurró con voz ronca al oído, y luego volvió a tomar mis labios.

Gemí en su boca, haciéndolo gruñir, y él intensificó el asalto, frotando sus dedos contra mis bragas mojadas. Abrí los muslos. Mis caderas comenzaron a moverse contra su mano, balanceándose contra ella. Buscando fricción.

Necesitaba más de él.

Me pellizcó el clítoris hinchado a través del delicado encaje y me estremecí, gimiendo. Todo el cuerpo me ardía. Sus dedos se deslizaron bajo la tela, acariciando mis pliegues resbaladizos, provocando mi botón adolorido con su pulgar.

—Oh, Dios mío, Daniel. —Jadeé. Estaba delirando de deseo.

Deslizó su dedo profundamente dentro de mí y arqueé la espalda. Jadeé, agarrándome a sus hombros. Nuestra respiración era entrecortada, y mi sangre se convirtió en fuego líquido, extendiéndose rápidamente.

Doblé la rodilla y deslicé la pierna sobre su cadera, abriéndome más para él.

—Por favor... —supliqué.

Me susurró palabras roncas al oído, pero ninguna de ellas me llegó. Estaba demasiado perdida. Mientras su pulgar frotaba mi clítoris, la presión se intensificaba cada vez más, volviéndome loca.

—Joder, Ainslee.

Su aliento me rozaba la boca. Podía sentir su dura erección contra mí, y el dolor en mi interior se intensificó. Deslizó otro dedo dentro y presionó mi clítoris. Y yo... me desmoroné.

Mi orgasmo fue repentino y violento. Una explosión de placer. Me corrí con fuerza para él, temblando y gritando el nombre de Daniel.

De repente, me apartó las bragas a un lado y mi espalda quedó presionada contra la pared de terciopelo.

El sonido de la cremallera se mezcló con mi respiración entrecortada.

Daniel se abrió la bragueta de los pantalones, con la boca devorando la mía sin cesar.

Con una mano agarrándome el trasero y la otra en su polla, se hundió profundamente dentro de mí con una embestida poderosa.

Gemimos al unísono cuando me llenó por completo.

Me folló tan fuerte y profundo, que lo único que pude hacer fue agarrarme. Enganché los pies detrás de su espalda, dándole la bienvenida a la tormenta desatada.

Me penetró una y otra vez, acercándonos más con cada fuerte embestida.

—Joder, sí. —Su voz era entrecortada mientras movía la mano para rodearme el cuello.

Sin dudarlo, presioné mi cuello contra su palma, ofreciéndole todo el control que ansiaba.

Me follaba con locura, como si su vida dependiera de ello. Sus dedos me apretaban el cuello, y la mezcla de dolor y placer me hacía delirar. La adrenalina pura me recorría el cuerpo y el corazón me latía a un ritmo peligrosamente alto.

—Mírame, Ainslee —ordenó con otra embestida fuerte.

Abrí los ojos y me perdí en su ardiente mirada.

Estaba precioso, apasionado e insaciable.

Frunció el ceño con intensidad, una expresión que gritaba a los cuatro vientos que yo era suya.

Cambió de ritmo, acelerándolo al máximo, y todo mi cuerpo se tensó.

Mis paredes internas se apretaron alrededor de su miembro, temblando con sus poderosas embestidas.

«Le pertenezco».

—Mía —susurró—. Este coño es mío. —Embistió contra mí, exigente e implacable—.

Tus pechos son míos. —Sus caderas retrocedieron hasta que la punta de su polla apenas quedaba dentro—.

Tu culo es mío —gruñó mientras volvía a empujar, hundiéndose hasta el fondo.

Mi espalda se arqueó contra la pared—. Eres mía. Siempre has sido mía.

Sollocé, desmoronándome ante él, sumergiéndome en el mar turbulento de emociones que me había impedido seguir adelante sin él durante más de una década. En el momento en que me entregué a Daniel, mi corazón, mi cuerpo, mi alma y mi mente, fui completamente suya.

—Te amo —murmuré contra sus labios—. Todos esos años... los pasé esperándote.

La confesión me pareció acertada. Era verdad.

—Te amo, Ruiseñor —soltó con voz ronca mientras su cuerpo se estremecía contra el mío, ambos respirando con dificultad.

Gimió mi nombre mientras apoyaba la frente en mi cuello y se vaciaba dentro de mí, llenándome con su semen cálido. Con los brazos envueltos alrededor de su pecho y mis piernas entrelazadas en su cintura, cerré los ojos y me sentí en casa.

Daniel era mi hogar.