Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) CAPÍTULO TREINTA Y UNO
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CAPÍTULO TREINTA Y UNO

Ainslee

D esde que llegó ese maldito video, siete días atrás, aunque me pareció una eternidad, no había dormido bien.

Cada vez que conseguía quedarme dormida, lo que me esperaba no era descanso, sino tormento.

Las imágenes de los últimos momentos de Callen me atormentaban la mente como una película que no podía detener.

La brutalidad. El miedo en sus ojos. Los gritos silenciosos.

La mayoría de las noches, acababa dando vueltas en la cama hasta que, como un reloj, Daniel se metía silenciosamente detrás de mí.

Nunca decía nada. No hacía falta. Su presencia, cálida, firme, protectora, bastaba para mantener a raya las peores pesadillas.

Pero ni siquiera él podía evitar que la culpa se filtrara en mi mente.

Me desperté temprano, antes de lo habitual, aunque eso se había convertido en mi nueva normalidad. El trauma tenía la capacidad de reprogramar el reloj biológico.

El cielo afuera era de un gris azulado apagado, y los primeros rayos de luz matutina se derramaban lentamente sobre las ventanas cubiertas de escarcha. Me quedé donde estaba, acurrucada de lado, observando cómo se movía la luz, pensando demasiado. Sintiendo demasiado.

No le había contado a Mum lo del video. No le había hablado de Callen.

¿Cómo se le decía algo así a alguien? ¿Que un hombre que no le caía bien, pero que seguía siendo el padre de su nieto, había sido torturado y asesinado frente a la cámara? ¿Que su hija había recibido involuntariamente una amenaza de muerte digital?

Ya no había ninguna versión del mundo de Daniel que pudiera pintarse con contornos suaves. Se había corrido la cortina y lo único que quedaba eran esquinas afiladas, manchas de sangre y verdades brutales. Me había cambiado a mí. Y a ella también la cambiaría.

Pero lo que más me atormentaba eran las preguntas de las que no podía huir, ¿iba a poder criar a Bram en este mundo? ¿Podría exponerlo a los mismos peligros que yo apenas empezaba a comprender?

Daniel lo había arriesgado todo para protegernos. Pero ¿a qué precio?

¿Y si la mafia venía por Lachlan? ¿O por Eve? O, Dios no lo quisiera, ¿por Mum ?

No sobreviviría. No me lo perdonaría.

Amar a Daniel no cambiaba eso. Podía amarlo hasta que me doliera, lamentablemente, eso no hacía que los riesgos fueran menos reales. En medio de todo este caos, necesitaba trazar una línea, definir qué estaba dispuesta a sacrificar. Y qué no.

Aparté las sábanas, me levanté y me dirigí a la ducha. El agua estaba ardiendo, pero no conseguía hacer desaparecer las dudas. Treinta minutos más tarde, estaba vestida, con el cabello aún húmedo y lista para afrontar otro día imposible.

Me habían concedido mis vacaciones anuales de la sinfónica, normalmente un respiro muy apreciado durante las fiestas y toda la temporada de invierno.

En ese momento, se sentía como un arresto domiciliario con un telón de fondo de alto riesgo.

Pero por mucho que todo lo demás se hubiera desmoronado, mi trabajo como madre no lo había hecho.

Especialmente, en ese momento.

Caminé en silencio hacia la habitación de Bram, con el familiar dolor de la pena retorciéndome el estómago a medida que me acercaba.

Todavía no había encontrado la manera de decirle que su padre ya no estaba con nosotros.

Había sido asesinado. No había ningún guion para esa conversación.

Ninguna forma suave de transmitir una devastación a un niño de cinco años.

Entré sigilosamente por la puerta, crucé la sala de juegos y eché un vistazo al rincón.

Bram se estaba despertando, con los ojos entrecerrados, el cabello revuelto y las mejillas cálidas y sonrojadas por el sueño.

Esa mirada soñadora, a medio camino entre el sueño y la vigilia, aún se reflejaba en su rostro.

—Buenos días, cariño —susurré.

Su cara se iluminó al instante. Un rayo del sol en medio de una tormenta que yo no podía controlar.

Me acerqué y me senté en el borde de su cama, rodeándolo con mis brazos. Lo abracé con más fuerza de la habitual, deseando poder protegerlo de todo lo que aún no sabía.

Algún día, pronto, tendría que decírselo. Pero este día no. No tan cerca de Navidad. Al menos le daría eso.

—¿Qué te parece si nos vestimos, vamos a ver a Nana y averiguar qué hay de desayuno? —le propuse con dulzura. Asintió con entusiasmo—. Quizá nos colemos en la cocina y convenzamos al cocinero para que nos deje ayudar a hornear galletas para Santa.

—¡Sí! —chilló—. ¿Daniel también?

Me reí entre dientes.

—Le preguntaremos. No estoy segura de si todavía está en casa o si ya se ha ido a trabajar.

No hacía falta que supiera que el “trabajo” de Daniel tenía que ver con armas, sangre y venganza. Todavía no.

Una vez que Bram se vistió, nos dirigimos por el pasillo. Por suerte, Mum salía de su habitación justo cuando nos acercábamos.

—¡Mis dos personas favoritas! —exclamó alegremente.

—Y nuestra abuela favorita —respondí, esbozando una pequeña sonrisa.

Ella le dio un beso en la cabeza a Bram y me apretó el brazo.

—¿Listos para desayunar?

—Muero de hambre —respondió Bram.

—¿Se une Daniel a nosotros? —preguntó ella con un tono casual. Pero los ojos le brillaban con una sutil curiosidad.

—No estoy segura —murmuré, muy consciente de lo que estaba a punto de admitir—. Se había ido antes de que me despertara.

Mum arqueó una ceja, mas no dijo nada. Me preparé para un comentario sarcástico, pero lo dejó pasar.

En cambio, suspiró.

—Trabaja demasiado.

Me encogí de hombros, agradecida de que dejara el tema. ¿Qué se suponía que debía decir? “Está ocupado” no cubría del todo “Probablemente, esté orquestando el desmantelamiento de una red mafiosa mientras venga un asesinato”.

Miré a Bram, que ya iba trotando adelante, tarareando una melodía inventada en voz baja, completamente ajeno a que el mundo se tambaleaba bajo sus pies.

Por ese momento, estábamos a salvo, y eso tendría que ser suficiente hasta que Daniel se encargara de la amenaza.

Porque no tenía ninguna duda de que lo haría.

Cuando llegamos al final de las escaleras, se abrió la puerta de la biblioteca y salió Daniel, con el teléfono pegado a la oreja.

Asintió a mi madre y le revolvió el cabello a Bram, provocándole unas risitas.

Luego, sus ojos se posaron en mí. Me observó como si comprobara si estaba de una pieza.

Este hombre. Sonreí y le hice un gesto con la mano para que no se preocupara, sonrojándome furiosamente.

—Suena bien —dijo al teléfono mientras nuestras miradas se cruzaban—. Mantenme informado —concluyó, y luego colgó antes de dirigirse a nosotros—. Buenos días a mis personas favoritas.

—Daniel, ¿podemos hacer galletas para Santa? —inquirió Bram, alegre e impaciente, completamente ajeno a mis sentimientos y a la tensión que nos rodeaba—. Por faaaaavor —añadió, mirándolo con los ojos muy abiertos y llenos de esperanza.

Daniel acortó la distancia entre nosotros y Bram estiró el cuello hacia atrás mientras miraba con tanta confianza al hombre que se alzaba sobre él.

—Por supuesto. ¿Cuándo te gustaría hacerlas?

—¿Ahora? —replicó, con un tono de esperanza en su voz.

Daniel soltó una risita.

—¿Qué tal si desayunamos primero? —Bram se encogió levemente de hombros—. Tu abuela y Mum tienen hambre. Yo también. ¿Tú no?

—Un poquito.

—Bien, entonces es hora de desayunar —demandó Daniel—. Después, podemos armar un buen lío en la cocina haciendo galletas. ¿Trato hecho?

Bram sonrió radiante.

—¡Trato hecho!

—A Grant no le va a hacer gracia el desastre en su cocina —bromeó Mum , riendo entre dientes.

—Ya se le pasará. Además, creo que en secreto se alegra mucho cada vez que pasamos tiempo allí —afirmó Daniel, antes de levantarse y sonreírle a Mum —. Buenos días, Margaret. Espero que hayas dormido bien.

—Como una bebé, Daniel. —Mi madre también le sonrió radiante, como si él tuviera la luna en sus manos. Estaba feliz. No sabía si era por este lugar, por este hombre o por la estación del año, no obstante, era tan bonito verla así—. Me encanta este lugar y no quiero irme nunca.

Mum me guiñó un ojo y no pude evitar poner los ojos en blanco.

—Me alegro de escuchar eso —contestó Daniel, buscando mi mirada de nuevo—. Nada me haría más feliz que tenerlos a todos aquí. Para siempre.

Sus ojos eran la fuente de esa fuerza gravitatoria, atrayéndome cada vez más hacia su órbita, pero mi miedo me mantenía a raya.

La realidad de Daniel era mucho más peligrosa de lo que pensaba.

Mucho más malvada. Antes del video, mi visión de este mundo era ingenua.

Basada en la ficción que se veía en las películas.

Sin embargo, esto estaba lejos de ser ficción.

—Ainslee, quiero invitarte a salir esta noche —comunicó con voz pausada, su tono grave inundándome—. A una cita.

Abrí la boca, pero antes de que pudiera aceptar o rechazar, mi madre respondió por mí.

—Le encantaría.

Giré la cabeza hacia ella y la vi sonriendo con aire de suficiencia.

Fruncí el ceño y negué con la cabeza.

— Mum , puedo responder por mí misma.

—Lo sé, cariño —contestó—. Solo intentaba ayudar.

Sorprendentemente, Daniel se quedó en casa el resto del día.

Horneó galletas con nosotros, luciendo un tanto cómico con su traje oscuro en la cocina.

Aunque nadie podía acusarlo de no esforzarse al máximo.

Cuando empezó a nevar, pusimos música navideña mientras nos peleábamos por el espacio en el horno y la encimera.

Parecía un día perfecto en vísperas de las fiestas.

El cocinero, el señor Storm, por su parte, nos daba órdenes a todos.

Estaba ocupado preparando las comidas para los próximos días, ya que estaría fuera para celebrar las fiestas con su propia familia.

Pero nos vigilaba con una sonrisa, listo para intervenir y avisarnos cuando nos desviábamos demasiado de la receta.

—Señor Storm. —Mi madre se rio alegremente—. Se le da muy bien mandar.

Tomé la sal y fingí que la iba a añadir a nuestra mezcla para las galletas de azúcar.

—¿Esto es lo siguiente, señor Storm?

Lo miré con inocencia mientras Daniel y Bram observaban toda la escena con gran atención. Mamá me conocía demasiado bien; sacudiendo la cabeza, me llamó alborotadora entre dientes.

—¡No, no! —exclamó el cocinero—.Es sal. Necesitas azúcar. ¡Son galletas de azúcar!

No pude contener la sonrisa.

—¡Oh, error mío!

—Me estás tomando el pelo, jovencita —me reprendió—. El señor Daniel tendrá que vigilarte.

Todos nos echamos a reír. Fue el mejor día que había tenido en mucho tiempo.

Las galletas quedaron horribles, pero por suerte, el señor Storm estaba haciendo otra tanda justo detrás de nosotros. Todos teníamos más harina en la ropa que en la masa.

—¿Podemos comprar un árbol de Navidad y ponerle adornos? —pidió Bram, sin ningún interés en hornear.

Miré a Daniel. Si bien tenía la intuición de que estaría de acuerdo, no me sentía bien gobernando su casa. Ya sentía que estábamos tomando el control.

Daniel se agachó para quedar a la altura de los ojos de Bram.

—¿Qué tal si vamos a cortar un árbol de Navidad? Luego, lo decoramos todos juntos. —Miró su reloj—. Quiero llevar a tu Mum a cenar esta noche, así que tendremos que ir a buscar árboles ahora mismo.

—¿No dijiste que no nos dejarías salir de casa? —pregunté—. ¿Que no es seguro?

—Voy a estar contigo —afirmó con naturalidad—. No dejaré que te pase nada.

— Ah .

Tanto Bram como Daniel se me quedaron viendo, con un brillo travieso en la mirada, y sentí un calor en el pecho. ¿Era esto lo que mi madre temía que me perdiera...? ¿Esa sensación particular de felicidad, satisfacción y dicha?

—De acuerdo. —Les sonreí—. ¡Más vale que nos abriguemos bien! Ahí afuera parece un globo de nieve.

Me volví hacia mi mum , con la intención de invitarla a que se uniera a nosotros.

—Oh, no. Me quedo aquí, muchas gracias —soltó antes de que tuviera oportunidad de preguntarle—. Me está dando un ataque de artritis. Además, quiero terminar el nuevo libro de Eve, así que me viene bien un rato de tranquilidad.

No pude evitar reírme cuando vi que los labios de Daniel se curvaron en una leve sonrisa. Él sabía que Eve Bailey escribía historias muy picantes.

—Bueno, vamos —dije finalmente, dando una palmada y guiando a mi pequeño grupo hacia el armario de la entrada donde guardábamos nuestro equipo de nieve.