Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) CAPÍTULO TREINTA
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CAPÍTULO TREINTA

Daniel

Y a la había tenido antes. Años atrás. Me había memorizado cada centímetro de su piel, cada sonido que emitía, la forma en que se aferraba a mí como si estuviera agarrando algo que ya se le escapaba de entre los dedos.

Sin embargo, en ese momento era diferente.

Esta vez, no fingíamos que el mundo no existía. No éramos adolescentes escondidos tras las hormonas y la fantasía. Esta vez, sabíamos lo que podíamos perder. Lo que nos arriesgábamos con solo respirar el mismo aire.

Me quedé sobre ella, con un brazo doblado bajo su cuello y el otro recorriendo lentamente y con reverencia su cintura. Sus piernas se entrelazaban con las mías, su cuerpo aún temblaba ligeramente. Apreté mi frente contra la suya.

El silencio se extendió entre nosotros. No era incómodo, solo pleno. Pleno de lo que no podíamos decir. De lo que quizá no teníamos el valor suficiente para decir. Todavía.

Ella fue la primera en hablar, con voz baja pero firme.

—¿Crees que alguna vez se acabará? ¿El huir... el esconderse... el mirar por encima del hombro?

Apreté la mandíbula.

—No estoy huyendo.

No discutió, pero percibí un silencioso escepticismo en su respiración. No porque no me creyera, sino porque parecía que estuviera huyendo y escondiéndome. Aunque no lo fuera.

—Estoy haciendo todo lo que puedo —repliqué tras un momento, en voz baja—. Tú, Bram, tu madre, Lachlan... he hecho los arreglos necesarios.

Frunció el ceño.

—¿Qué tipo de arreglos?

—Del tipo que garantiza que mi tío nunca se acerque a ellos —expliqué—. Ni a nadie más que te importe.

Se movió ligeramente debajo de mí, rozando mi pecho con sus dedos.

—Ni siquiera conoces a Lachlan.

—No hace falta —murmuré—. Es importante para ti. Con eso basta.

Se le humedecieron un poco los ojos, pero parpadeó para disimularlo antes de que pudiera decir nada. Aun así, lo vi. Ladeó la cabeza hacia atrás para mirar al techo.

—A veces siento como si todo esto le estuviera pasando a otra persona —admitió en voz baja—. Como si lo estuviera viendo desarrollarse desde afuera. Y entonces Bram se ríe o pide panqueques, y recuerdo que sigo siendo yo. Sigo siendo su madre. Y él sigue teniendo solo cinco años.

Asentí lentamente.

—No deberías tener que ser tan fuerte.

—No creo que tenga otra opción.

—Sí que la tienes —objeté—. Tenías todas las opciones para alejarte de esto. De mí. Pero te quedaste.

Sus ojos se encontraron con los míos de nuevo.

—Tú también.

Y ahí estaba. Un temblor de algo más grande de lo que ninguno de los dos quería nombrar.

Levanté la mano, acariciándole el cabello con los dedos, y luego la dejé en su mejilla.

—¿Crees que podría dejarte?

—No lo sé. Ya lo hiciste una vez.

Sus palabras no pretendían herir. Eran simplemente un hecho. Una cicatriz aún sensible bajo la piel.

—Pagué por ese error cada maldito día que respiré —expresé, con la voz apenas audible—. Pero esta vez... no me iré. Pase lo que pase.

Tragó saliva con dificultad. Pude ver la lucha interna en sus ojos, el corazón la arrastraba en una dirección, la lógica, en otra.

—Quiero creer eso.

—Pues, hazlo.

El silencio volvió a caer, denso y crudo. Su mano se deslizó por mi pecho y se posó sobre mi corazón.

—Es mucho más fácil —mencionó suavemente—, cuando solo estamos los dos. En esta cama. En este momento.

—Lo sé —concordé—. Pero no estoy aquí solo por los momentos fáciles.

Un suspiro se le atascó en la garganta. Se giró hacia mí, apoyando la cabeza en mi pecho, mientras sus dedos trazaban patrones lentos e indecisos sobre mi piel.

—Tengo miedo —admitió.

La rodeé con mis brazos, abrazándola con más fuerza.

—Yo también.

No respondió de inmediato, aunque luego sentí que asentía.

Aún quedaban cosas por decir. Sentimientos que flotaban justo bajo la superficie, rozando los límites de nuestra determinación. Pero por ese momento, esto era suficiente. Su latido contra el mío. El peso de su confianza en mis brazos.

Al final, ella susurró:

—Prométeme que volverás. Siempre.

Le di un beso en la frente.

—Te lo juro, Ruiseñor. Siempre.

Y, aunque ninguno de los dos lo dijimos en voz alta, la verdad resonó con fuerza en el silencio, nos amábamos.

Que Dios nos ayudara, todavía nos amábamos.