Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) CAPÍTULO VEINTISÉIS
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CAPÍTULO VEINTISÉIS

Ainslee

M e quedé viendo la pantalla por lo que debía de ser la centésima vez.

Todos mis instintos me gritaban que apartara la vista, que dejara de mirar, que me protegiera de aquel horror, pero no podía.

Estaba clavada en mi lugar, atrapada en un bucle de agonía e incredulidad.

Se me revolvió el estómago y sentí cómo el ácido me subía por la garganta, sin embargo, ni siquiera las náuseas lograron distraerme.

El video siniestro seguía reproduciéndose, sin sonido.

El rostro de Callen, apenas reconocible, apareció en la pantalla, hinchado y ensangrentado, con la boca abierta en un grito que me horrorizaba, pero a la vez agradecida de no poder oírlo.

El silencio, de alguna manera, lo hacía aún peor.

La ausencia total de sonido convertía su sufrimiento en algo surrealista, como ver una pesadilla.

Sin embargo, no era una pesadilla.

Era real.

No era una táctica para asustar. No era una advertencia.

Era una ejecución.

Cada golpe impactaba con una precisión repugnante.

Su cuerpo se retorcía, luego se desplomaba, y volvía a estremecerse bajo otro golpe.

Quienquiera que lo hubiera filmado se había asegurado de capturar cada detalle brutal, cada ángulo, como si fuera algo que quisiera que recordara.

Algo destinado a grabarse en mi mente para siempre.

Y así fue.

No podía apartar la mirada. No porque fuera morbosa o estuviera entumecida, sino porque una parte de mí sentía que se lo debía. Verlo. Ser testigo. Soportarlo, porque él tuvo que hacerlo.

Porque esos eran los últimos segundos de su vida, reproduciéndose justo ante mis ojos.

Me tapé la boca con la mano, tratando de contener los sollozos. No sabía por qué seguía castigándome, viéndolo una y otra vez.

Callen estaba tan maltratado que su rostro era casi irreconocible, con el cabello rubio empapado en sangre.

Se aseguraron de que sufriera el máximo dolor posible antes de que un hombre con traje negro se le acercara con una espada.

Una puta espada. Obligó a Callen a inclinar la cabeza, apoyó la hoja contra su cuello y asestó el golpe.

La cabeza de Callen rodó por el suelo de cemento como una maldita bola de boliche.

Había tanta sangre que se me revolvió el estómago.

Era como una escena de una película medieval, salvo que todo era demasiado real.

Un gemido escapó de mi boca al ver el cuerpo decapitado de Callen desplomarse sobre el suelo asqueroso.

Mi respiración era superficial y me zumbaban los oídos.

Sentía todo el cuerpo débil y temblaba mientras el pánico se apoderaba rápidamente de mí.

Me habría derrumbado si Daniel no me hubiera estado sosteniendo en sus brazos.

—No más —demandó, cuando estaba a punto de volver a darle al botón de reproducir, me quitó el teléfono. Mis ojos buscaron los suyos y, en su mirada profunda, vi la luz. A pesar de todo, sentí alivio de tener a Daniel conmigo y apoyé la cabeza en su hombro.

Me costaba creer que Callen estuviera muerto. El día anterior, había hablado con él y ya no estaba. No se merecía morir así. Nadie se lo merecía.

Los sollozos sacudían mi cuerpo mientras Daniel me abrazaba, prometiendo arreglarlo todo, murmurando palabras suaves y tranquilizadoras en mi cabello.

—¿Y si vienen por Bram? —pregunté con voz ronca, aterrorizada—. Por mí.

Rodeó mi cara con sus palmas y la acercó a la suya. Su agarre era firme y tenía la mandíbula apretada. Me ahogué en su mirada, encontrando en ella la fuerza que necesitaba.

—Nadie se acercará ni a Bram, ni a ti ni a nadie de tu familia —gruñó—. Maldición, ¡nunca jamás!

Exhalé un suspiro. Todo esto era demasiado. No estaba hecha para esto. Ver a Callen morir de una forma tan brutal me había llevado al límite.

—Déjame llevarte a la cama —murmuró Daniel—. Necesitas descansar.

Tenía razón, sabía que la tenía, pero no podía borrar esas imágenes de mi mente. La cabeza de Callen rodando por el suelo frío y duro. Ese cabello dorado, del mismo color que el de mi hijo, empapado de sangre.

—Ainslee. —La suave voz de Daniel me sacó de mis sombríos pensamientos.

—De acuerdo. Sí, a la cama. —Ni siquiera podía articular una frase. Intenté levantarme, pero las piernas me fallaron. Daniel me tomó rápidamente y me levantó en brazos.

Me llevó a través de los pasillos a oscuras de su castillo como si no pesara nada.

Sus brazos eran firmes, pero el silencio entre nosotros estaba cargado de dolor, miedo, culpa y amor.

Las paredes de piedra parpadeaban con la luz ocasional de las velas, proyectando sombras que se movían como fantasmas por su rostro.

Al acercarnos al pasillo que llevaba a mi dormitorio, mi mirada se desvió hacia la puerta al otro lado del pasillo, la habitación de Bram.

Había ido a ver cómo estaba antes. Estaba profundamente dormido, respirando suavemente bajo un montón de mantas, apretando su peluche de dinosaurio contra su pecho como si fuera un salvavidas.

Eso fue antes.

Antes de que llegara el video.

Antes de ver cómo golpeaban a su padre hasta reducirlo al silencio.

Un dolor repentino floreció en mi pecho, agudo y desesperado. Necesitaba estar cerca de mi hijo. Escuchar su respiración, tocarle el cabello, asegurarme de que seguía intacto, ajeno a la fealdad que acababa de presenciar.

Daniel debió de sentirlo, de leerlo en el cambio de mi postura, en la forma en que giré la cabeza. Sin decir palabra, cambió de rumbo y me llevó a la habitación de Bram.

Usó el hombro para abrir la puerta en silencio y luego entró.

La habitación estaba en calma, bañada por una pálida luz plateada que se colaba por los grandes ventanales.

El silencio era casi sagrado. La pequeña figura de Bram estaba acurrucada bajo el edredón azul marino, con la cabeza casi perdida en una almohada demasiado grande, los rizos rubios brillantes contrastaban con la oscura ropa de cama.

Parecía increíblemente pequeño en la cama matrimonial.

A salvo. Inocente. Dormido en un mundo en el que aún existían los monstruos.

Pero incluso mientras lo miraba, otra imagen se agitó en mi mente, cabello rubio empapado en sangre, un cuerpo destrozado desplomado en una silla.

Callen.

Cerré los ojos con fuerza, apartando ese pensamiento de mi mente.

Daniel notó que se me cortaba la respiración.

—Ainslee —me llamó, en voz baja y suave—. Tú y tu hijo están a salvo. Te lo juro. Moriría antes de dejar que les pasara algo a cualquiera de los dos.

Su voz me envolvió como una manta, firme e inquebrantable.

Y le creí.

Porque si no hubiera venido a buscarnos... si hubiera llegado tan solo un día más tarde... podría haber sido yo la de ese video.

—Mantenernos a salvo —susurré contra su cuello, con voz apenas audible—, pero mantente con vida tú también. No puedo... no voy a ver cómo te hacen daño.

Entonces se detuvo, apretándome ligeramente con los brazos. Levanté la cabeza, necesitando ver su rostro, anclarme en sus ojos.

—Prométemelo, Daniel —musité.

Me miró, y algo cambió entre nosotros. El mundo desapareció. No había murallas de castillo, ni tormenta de nieve afuera, ni asesinos acechando en la oscuridad. Solo nosotros. Solo esto.

Ya había roto promesas antes.

Me había destrozado una vez.

No obstante, esta promesa... necesitaba que la cumpliera. Por Bram. Por mí misma. Por todo lo que aún podríamos llegar a ser.

—Necesito que estés bien —pronuncié—. Necesito que cumplas esta.

Sin apartar la mirada, nos llevó hasta la cama y me tumbó junto a Bram como si estuviera hecha de cristal.

—Ni siquiera el mismísimo diablo podría separarme de ti, Ruiseñor —prometió, rozando mis labios con los suyos.

«Bien» , pensé. Porque bien podría ser el mismísimo diablo quien viniera a continuación.

Me cubrió con la manta y la arropó con delicadeza alrededor del cuerpo dormido de Bram, quien se movió ligeramente, aunque no se despertó.

Daniel me besó la frente, dejando allí sus labios, como sellando un voto. Luego, se tumbó a mi lado y nos abrazó a los dos, a mí por un lado y a nuestro hijo por el otro.

—Ahora duerme —pidió en voz baja—. Yo te protejo.

Y así fue.

Si algún hombre me había tenido alguna vez, en cuerpo, corazón y alma, era él.