Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) CAPÍTULO VEINTICUATRO
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CAPÍTULO VEINTICUATRO

Ainslee

L a biblioteca del castillo de Daniel era enorme y mi lugar favorito para pasar el rato.

Era cálida, acogedora y relajante. Los libros se apilaban en estanterías empotradas desde el suelo hasta el techo, con sus lomos envejecidos y orgullosos.

Un pequeño fuego crepitaba en la chimenea, proyectando una luz dorada sobre la alfombra persa y los sillones de cuero desgastados.

No esperaba encontrarlo allí, mas tampoco me sorprendió.

Daniel estaba de pie junto a la ventana, con un vaso en la mano y las mangas dobladas hasta los antebrazos. No se giró cuando entré, pero sabía que estaba allí. Siempre lo sabía.

—Estás despierta hasta tarde —murmuró, con la mirada fija en la noche más allá del cristal.

—Tú también.

Entré más en la habitación; el silencio solo se rompía por el suave crepitar del fuego y el leve tintineo cuando dejó su vaso sobre la mesa.

Se giró para mirarme, sus ojos recorriendo mi rostro.

—¿Todo bien?

Asentí con la cabeza, aunque ya no estaba segura de lo que eso significaba.

—Necesitaba... perspectiva.

—¿Callen?

El nombre quedó suspendido entre nosotros. No respondí de inmediato, no hacía falta. Daniel me conocía demasiado bien.

—Le dije que todo terminó —admití.

Tensó la mandíbula, pero asintió en silencio, reconociendo el costo de ese momento.

—No tenías por qué explicarle nada, Ainslee.

—Necesitaba hacerlo —declaré—. No por él. Por mí.

Daniel dio un paso adelante, con una expresión indescifrable, no obstante, la energía de la habitación cambió, más tranquila, pero cargada de tensión. Extendió la mano y me tocó suavemente la mía. Sus dedos estaban cálidos.

—Lo que dije fue en serio —me recordó en voz baja—. No voy a dejar que te vayas otra vez.

No respondí. Todavía no. Necesitaba algo más que declaraciones. Necesitaba pruebas. Pero tampoco me aparté.

Antes de que se pudiera decir nada más, se oyeron pequeños pasos contra el suelo de piedra, seguido de una voz susurrante.

—¿ Mummy ?

Me giré justo cuando Bram asomaba la cabeza por el marco de la puerta, con los rizos revueltos y los ojos somnolientos.

—¿Cariño? —Me agaché y abrí los brazos. Corrió hacia mí y se acurrucó en mi abrazo—. ¿Qué haces fuera de la cama?

—No podía dormir —murmuró contra mi hombro—. Soñé que estábamos en un barco y que luego desaparecías.

Se me encogió el corazón. Daniel se arrodilló a nuestro lado y puso una mano firme sobre la espalda de Bram.

—Ahora estás a salvo —anunció Daniel, con voz baja pero firme—. Nadie se va a ir a ninguna parte.

Bram parpadeó y lo miró, vacilante por un momento, y luego, milagrosamente, se inclinó hacia él. Daniel me miró en silencio, asombrado; luego, lo tomó en sus brazos con delicadeza y se puso de pie.

Mum apareció en la puerta, envuelta en un camisón de seda que, de alguna manera, la hacía parecer más propia de una película de cine negro de los años cuarenta que de un castillo medieval escocés.

Parpadeó ante la escena, observándonos a los tres, yo agachada sobre la alfombra, Bram aferrado a Daniel mientras este se mantenía en equilibrio con torpeza, con la camisa desabrochada en el cuello como si hubiera perdido la noción del tiempo.

—Me pareció oír unos pasitos —dijo con una sonrisa soñolienta—. Parece que el sueño nos elude a todos esta noche. Debe ser algo en el agua. O en los muros del castillo. O quizás sea simplemente el trauma abrumador de tener cuarenta y tres habitaciones y ni un solo televisor que funcione.

Contuve una sonrisa mientras me levantaba.

—Bram ha tenido una pesadilla.

—Ay, cariño —murmuró ella, entrando del todo en la habitación, con los pies descalzos deslizándose silenciosamente sobre el suelo.

Se acercó a Bram y le apartó los rizos de la frente con la delicadeza y el cariño de una abuela que había criado a una hija y en ese momento aprovechaba su segunda oportunidad para mimar a alguien hasta la saciedad—.

Bueno, desde luego no podemos permitir que los monstruos atormenten los sueños en un lugar como este.

No cuando tenemos a nuestro propio caballero viviendo aquí.

Le lanzó a Daniel una mirada significativa, a partes iguales burlona y evaluadora.

—Quizá necesites una bebida caliente y un cuento. —Le ofreció, con un tono alegre y melodioso, igual que solía hacer para convencerme de que volviera a la cama con la promesa de una tostada y un chocolate caliente.

Bram la miró parpadeando, y luego dirigió su atención a Daniel.

—¿Puede Daniel leerlo?

Incluso el fuego se detuvo, como si quisiera ver cómo acabaría todo esto.

Daniel miró a Bram, luego a mí, y de nuevo a Bram, sopesando si se trataba de algún tipo de prueba. Se aclaró la garganta.

—Eh... sí. Por supuesto. Si a tu madre le parece bien.

Bram asintió solemnemente, como si nombrarlo Lector Oficial de Cuentos fuera un honor que no se concedía a la ligera.

Miré a Daniel y asentí levemente.

—No hay problema.

Mum me miró con una ceja arqueada, sorprendida en silencio.

—Bueno, esto promete ser interesante —cuchicheó, lo suficientemente alto como para que la oyera.

Bram se acurrucó contra el pecho de Daniel, ya medio dormido, con sus diminutos dedos agarrándose a la camisa de él como si fuera lo único que lo mantuviera anclado al mundo de los despiertos.

— Mmm , me pregunto si estos libros están ordenados alfabéticamente —preguntó Daniel, mirando a su alrededor en la enorme biblioteca como si tuviera mil libros, pero solo hubiera leído veinte.

Mum arqueó una ceja.

—¿Quieres decir que no usas la biblioteca? ¿Alguna vez has leído aquí?

—He leído aquí —dijo secamente—. Es solo que no sé exactamente dónde está nada. La última vez que necesité un libro, soborné al ama de llaves con un Glenlivet.

Intenté no reírme, pero fallé.

Mum puso los ojos en blanco y se dirigió a una estantería como si hubiera vivido allí toda la vida.

—Hombres. Apuesto a que no les han quitado el polvo a estos libros en décadas.

—No seas ridícula —reviró Daniel, ajustando a Bram en sus brazos—. Para eso está el personal.

—Encantador —murmuró Mum , sacando un ejemplar maltrecho de El Jardín Secreto y entregándoselo—. Toma. Este es seguro. Sin duendes. Sin piratas. Solo una leve represión emocional y rosas descuidadas.

Tomó el libro con una media sonrisa y se dejó caer en el sillón de cuero más cercano.

Bram se acurrucó junto a él como si perteneciera a ese lugar.

Mum y yo encontramos nuestros sitios, ella se acurrucó en un sillón de terciopelo con una manta sobre las piernas y yo en el suelo, apoyada contra el sofá.

Daniel abrió el libro, se aclaró la garganta de nuevo, de forma dramática, en mi opinión, y comenzó a leer.

—En tiempos del cólera, cuando todos estaban enfadados y todo era un poco terrible...

—No empieza así —interrumpió Mum .

—Estoy improvisando —aclaró—. Para darle un toque dramático.

Bram soltó una risita, con la cabeza apoyada en el pecho de Daniel.

No hubo ningún gran anuncio, ninguna declaración de familia forjada en el fuego o el drama. Solo voces suaves, un espacio compartido y el entendimiento tácito de que algo estaba cambiando. Sanando. Construyendo.

No era así como me imaginaba que se formaba una familia, pero a mí me lo parecía.

Y, de repente, la biblioteca ya no parecía tan grandiosa. El fuego ya no parecía tan solitario. Por primera vez en mucho tiempo, todo parecía estar exactamente como debía estar. No perfecto, pero real.

Y tal vez, solo tal vez, al borde de algo que podría durar.