CAPÍTULO VEINTE
Daniel
E l aire exterior estaba húmedo, con el frescor penetrante del comienzo del invierno, limpio y lo suficientemente frío como para despejar la mente de un hombre.
Salí del porche de la casita de las Wallace y exhalé lentamente, observando cómo mi aliento se empañaba con la luz dorada que entraba por las ventanas.
El murmullo de la conversación en voz baja dentro se desvaneció al cerrar la puerta tras de mí.
Mis hombres, Arthur y Dorian, permanecían a una distancia prudente cerca del borde del camino de grava.
Siempre lo suficientemente cerca como para intervenir si fuera necesario, pero nunca al alcance del oído.
Los había entrenado bien, sombras leales y silenciosas. En ese momento, agradecí el espacio.
Unas botas crujieron detrás de mí. No necesitaba mirar para saber que era Lachlan.
Se detuvo a mi lado, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, con esa misma actitud protectora que veía cada vez que sus ojos se posaban en Ainslee. Nos quedamos hombro con hombro en el frío, con un silencio largo y tenso entre nosotros.
—No sé si quiero darte la mano o romperte la nariz —confesó Lachlan finalmente.
Una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura de mi boca.
—Entonces somos dos.
Resopló, pero no se movió.
Lo miré.
—¿Crees que he venido aquí para hacerle daño?
—Creo que ya lo has hecho.
Eso me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Aparté la mirada, apretando la mandíbula. El peso de esa verdad se había posado sobre mi pecho años atrás. Nunca fue mi intención hacerle daño, mi intención era salvarla. Sin embargo, era una línea muy fina y, al final, ella sangró de todos modos.
—No te equivocas —dije en voz baja—. Pero no desaparecí, porque dejara de importarme. Lo hice, porque sabía lo que pasaría si ella se quedaba en mi vida.
Lachlan entrecerró los ojos y miró hacia la casa.
—Deberías habérselo dicho.
—Tenía dieciocho años, Lachlan. Era dulce.
Inocente. Con sus ojos llenos de asombro.
Yo estaba hasta las rodillas en sangre y secretos que la habrían devorado por completo.
—Me pasé una mano por el cabello y negué con la cabeza—.
Mi tío... Mi primo. No sabía quién era peor y si ella se hubiera quedado...
—Exhalé lentamente, sintiendo cómo el frío atravesaba mi abrigo—.
La habrían utilizado. Destrozado. Quizás algo peor.
—De nuevo el silencio—. Se merecía algo mejor que el hombre en el que me estaba convirtiendo —añadí, más suave esta vez.
—Tal vez. —Lachlan se movió, y sus botas crujieron sobre la grava—. Pero no le diste a elegir, y eso es lo que no puedo perdonarte. La dejaste en la oscuridad y luego la abandonaste. Pasó meses en cama. No podía comer. Ni siquiera podía cantar. Tuve que sacarla de ese estado.
Cada palabra era un puñetazo en el estómago, aun así, no me inmuté. Las acepté todas. Me las merecía.
—Lo sé —murmuré—. Y nunca me lo perdonaré. Pero no voy a volver a irme.
Me observó fijamente durante un largo instante, con expresión indescifrable.
—¿Por qué ahora?
—Porque Callen McLeod la convirtió en un peón de una deuda que nunca tuvo intención de pagar. —Mi voz se volvió más grave y sombría—. Y porque mi tío se enteró de su existencia.
Lachlan apretó los labios, con un destello de irritación en los ojos. Era evidente que se estaba conteniendo.
—No está a salvo —continué con voz inexpresiva—.
Ninguno de ellos lo está. No hasta que elimine la amenaza por completo.
Por eso la llevo a mi casa. Por eso haré lo que sea necesario para protegerla.
No me importa si nunca me perdona. Recibiré la bala.
Pero no dejaré que la toquen. Ni a Bram. Ni a su mum .
Su expresión cambió, suavizándose por un instante al mencionar a Bram.
—Es un buen chico —musitó—. Y mi tía es la mujer más amable y comprensiva que jamás conocerás.
Asentí.
—Él es lo mejor que le ha pasado en la vida. Los dos lo son. Lo veo claro.
Se produjo otra larga pausa entre nosotros. El viento se intensificó, susurrando entre los árboles que bordeaban la propiedad. En algún lugar del interior, oí el eco débil de la risa de Bram.
—Sigues enamorado de ella —señaló Lachlan, sin que fuera una pregunta.
—Nunca dejé de amarla —respondí, dejando que las palabras calaran hondo, crudas y sinceras—. Pero esto no se trata de eso. Se trata de mantenerla con vida.
Lachlan volvió a mirarme.
—Si le fallas otra vez, te enterraré yo mismo.
Justo. Totalmente justo.
Asentí una vez.
—Decepcionarla no es una opción.
Sostuvo mi mirada un segundo más, luego apartó la vista y se metió las manos en los bolsillos.
—Es fuerte, ¿sabes? Más inteligente de lo que nadie cree.
—Lo sé —concordé—. Siempre lo ha sido.
Pasó otro instante.
Entonces, sin mirarme, dijo:
—Si de verdad quieres protegerla, hazlo bien. Nada de secretos. Nada de desapariciones. Sé el hombre que se merece.
Luego de eso, se dio la vuelta hacia la casa, sus pasos resonando con firmeza mientras se alejaba. Me quedé atrás, contemplando las estrellas que empezaban a asomar en el cielo índigo. El frío me quemaba los pulmones con cada respiración, pero lo agradecía.
Porque tenía razón.
Esta vez, no le fallaría.
Sin importar el precio.
Ainslee
Mientras mi primo y Daniel salían, con sus voces bajas desvaneciéndose en el aire fresco, mi madre subió arrastrando los pies, murmurando en voz baja a Bram mientras recogía las cosas de ambos.
De repente, la casa se sintió más silenciosa.
Y el peso del momento se posó a mi alrededor como un pesado manto.
Fue entonces cuando lo sentí, un suave tirón en mi manga.
Los ojos de Eve se encontraron con los míos en el tenue resplandor de la luz de la lámpara, agudos y penetrantes, como si pudiera ver a través de los muros que había construido cuidadosamente a mi alrededor.
Al principio, no dijo nada, solo mantuvo mi mirada con esa expresión cómplice que siempre tenía, de esas que hacían imposible guardar secretos.
Sin decir palabras, la seguí en silencio a través de la puerta hacia la cocina.
El aroma familiar a romero y cítricos del popurrí de Mum nos envolvió, devolviéndome a la realidad.
Una vez dentro. Eve cerró la puerta suavemente tras nosotras y se giró, cruzando los brazos con una naturalidad que sugería que había estado esperando este momento.
—Bueno... —Su voz era baja, cautelosa, como si pisara terreno frágil—. Ha sido mucho que asimilar. Daniel Carrington, ¿eh?
Me mordí el labio, con una mezcla de alivio y ansiedad retorciéndose en mi pecho. El nombre aún me resultaba pesado, como un eco de un pasado que creía haber enterrado hacía mucho tiempo.
—Sí —contesté, con una voz apenas por encima de un susurro—. Es complicado.
Su expresión se suavizó, la aguda curiosidad se transformó en empatía.
—Lo entiendo. No me debes toda la historia. Pero puedo ver que hay algo más, algo más que “él es el hombre que te rompió el corazón”.
Suspiré, recostándome contra la fría encimera. El suave murmullo de la casa me pareció una burbuja segura, un refugio de la tensión que aún flotaba en el salón.
—Él... siempre ha sido parte de mi historia —confesé en voz baja—.
Como un fantasma del que intentas escapar, pero con el que siempre te topas.
Y ahora, con Bram en escena, todo se ha enredado.
Quiero proteger a mi hijo, proteger a mi familia...
Sin embargo, Daniel... es más que un problema.
Es todo lo que nunca quise admitir que todavía necesitaba.
Eve se acercó, con una mirada cálida y comprensiva.
—Parece que intentas proteger tu corazón, pero ese órgano tiene voluntad propia... y quiere a Daniel.
Se me escapó una risa amarga, aguda e inesperada.
—Tal vez. O tal vez solo tengo miedo. Miedo de que dejarlo ir signifique perder a la única persona que me ha hecho sentir viva.
Su mano rozó la mía brevemente: cálida, firme, una pequeña ancla en la tormenta de mis emociones.
—Eres más fuerte de lo que crees, Ainslee. Pase lo que pase, no tendrás que enfrentarlo sola.
Una silenciosa gratitud me invadió, suavizando el miedo que me oprimía el pecho desde la llegada de Daniel. Por primera vez en lo que parecía una eternidad, no era la única que comprendía la tormenta que estaba atravesando.
—Gracias, Eve —susurré—. Necesitaba escuchar eso.
Sonrió, una sonrisa sincera esta vez, y señaló la puerta con la cabeza.
—Vamos. Es hora de volver antes de que empiecen a preguntarse si te has escapado.
Juntas volvimos a entrar en el salón, donde me esperaba la frágil y compleja danza de la familia, las viejas heridas y los nuevos comienzos.