CAPÍTULO DIECIOCHO
Ainslee
E l vehículo de Daniel redujo la velocidad hasta casi detenerse frente a la casa de piedra de mi madre, con los neumáticos crujiendo sobre la grava suelta del familiar camino de entrada.
La casa estaba exactamente como la había dejado, pintoresca y acogedora, con un exterior cubierto de hiedra flanqueada por maseteros, pero, de alguna manera, todo era diferente. Este lugar susurraba seguridad y té caliente, un marcado contraste con el hombre oscuro y peligroso sentado a mi lado.
Lo miré de reojo, pero el rostro de Daniel no delataba nada, la mandíbula marcada y apretada, la mirada fija al frente como si se estuviera preparando para la guerra. Quizá lo estaba.
Cuando me desperté esta mañana, su lado de la cama estaba frío y vacío.
No obstante, sabía que había estado allí.
Su aroma aún perduraba en las sábanas, madera de cedro, y especias, y el calor residual aún me acunaba el costado como un eco.
No habíamos hablado de lo que había pasado.
Simplemente, se había desvanecido en la mañana, sustituido por Grant, quien apareció con esa misma quietud intimidante y me acompañó hasta Daniel como si fuera responsabilidad de otra persona.
Habíamos desayunado juntos, él en silencio y estoico; yo incómoda y cuestionándome todo. No dijo ni una palabra sobre la noche anterior. Ni miradas. Ni caricias prolongadas. Solo el hombre con una mandíbula esculpida en piedra y una voz que no delataba nada.
¿Qué esperaba? ¿Un beso? ¿Una sonrisa burlona? ¿Un susurro de que la noche anterior significó algo? No lo sabía. Pero, aun así, la esperanza había permanecido en silencio en mi pecho toda la mañana.
La puerta del acompañante se abrió con un leve clic, sacándome de los pensamientos en los que me había sumido.
—Gracias, Arthur —dijo Daniel—. Ainslee, te presento a mi mano derecha y guardaespaldas personal. Nos ha seguido en coche para garantizar nuestra seguridad.
Arthur permanecía allí rígido y alerta, con el aspecto de un asesino de primera clase. Su expresión era indescifrable, pero me di cuenta de que no se le escapaba casi nada.
Salí del coche y me alisé el vestido de lana con las manos. Un tic nervioso.
Durante toda la mañana, se me habían pasado por la cabeza diferentes escenarios sobre la mejor manera de abordar esto.
A Bram sería fácil convencerlo, pero a mi madre, no tanto, a pesar de que sabía del lío en el que Callen nos había metido.
Le encantaba su rutina, su casita de campo, y podía oler las mentiras a kilómetros de distancia.
Tenía un don para eso. Nunca entendí cómo una mujer que leía tantas novelas románticas idealistas podía ser tan realista.
Pero lo era. Y nunca le había caído bien Callen.
Eso debería haberme dado una pista años atrás.
Sin embargo, nuestra seguridad era lo primero.
El tío de Daniel no era ninguna broma. La pila de cadáveres que se sospechaba que había dejado a su paso a lo largo de los años era enorme.
Entre sus presuntas víctimas había políticos, magnates de negocios y famosos, y eso era solo lo que se había relacionado vagamente.
No tenía ninguna intención de dejar que Bram, mi madre o yo formáramos parte de esas estadísticas.
Respiré hondo y exhalé lentamente. Daniel me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos.
Mis ojos se posaron en nuestras manos unidas.
No sabía qué pensar de él. Se había colado de nuevo en mi vida con tanta facilidad que resultaba aterrador y emocionante a la vez.
Eso demostraba que nunca lo había superado.
Hubiera sido fácil volver a caer en nuestros viejos hábitos, actuar como lo hacíamos cuando yo iba a la universidad y fingir que solo existíamos él y yo en este mundo.
Pero ya no era aquella chica ingenua, y tenía un hijo en quien pensar. Mi hijo era la prioridad.
—Déjame hablar a mí —murmuré, más para mí misma que para él—. Será mejor así.
Inclinó la cabeza, observándome como si estuviera memorizando la forma de mi boca.
—Como desees.
Un destello de algo, humor, tal vez afecto, brilló en sus ojos antes de que me apretara la mano suavemente. Una calidez me recorrió el brazo. Odiaba lo reconfortante que me resultaba.
Todo era surrealista. Hacía menos de veinticuatro horas, no habría imaginado volver a ver a Daniel jamás. Y en ese momento, estaba a su lado como si fuera mi pareja, como si no estuviera peligrosamente cerca de volver a perderme a mí misma.
«Síndrome de Estocolmo», siseó mi voz interior.
«Cállate», le respondí.
—Esto va a ser divertido —musité, apretándole la mano. Era como llevar a tu primer novio a casa y esperar que les gustara a tus padres. Si a eso le sumábamos el peligro en el que nos encontrábamos, quizá Daniel también pudiera ser nuestro héroe.
De repente me llamó la atención la ausencia de movimiento en la casa.
No hubo ningún saludo desde las ventanas.
Ni rastro de Bram abriendo la puerta de par en par ni de Mum en pie con los brazos cruzados, esperando para interrogar a quien quiera que hubiera traído a casa.
Y entonces lo vi: otro coche estacionado más arriba en el camino de entrada.
No lo había visto antes, parcialmente oculto por el cerco.
La puerta se abrió con un crujido cuando di un paso adelante, y el aroma familiar de la madera vieja y el té de manzanilla me envolvió como siempre lo hacía el hogar.
—¡ Mummy ! —Resonó la voz de Bram, alegre y vivaz, haciendo eco en las paredes como la luz del sol a través del cristal.
Se me cortó la respiración al soltar la mano de Daniel y agacharme justo a tiempo para que mi hijo se abalanzara sobre mí con toda la fuerza que sus diminutas extremidades podían reunir.
—Hola, pequeñín. —Me reí, abrazándolo y besando su suave cabello, húmedo por el sudor del verano—. Te he echado mucho de menos.
Él se rio, arrugando la nariz mientras yo le llenaba las mejillas de besos. Fingía que lo odiaba, pero una vez me había susurrado que los besos le hacían sentir magia.
Sus ojos verdes, tan parecidos a los míos, se fijaron en Daniel, llenándose de asombro al instante. Seguí su mirada y vi a Daniel observándonos, con una extraña expresión en el rostro. Me hizo desear leer mejor a este hombre.
—Cariño, este es el señor...
—Daniel —interrumpió, agachándose a mi lado. Incluso en cuclillas, parecía increíblemente grande junto a mi hijo, como un personaje de cuento de hadas. Peligroso, pero fascinante—. Y tú debes de ser Bram —dijo Daniel, tendiéndole la mano—. He oído hablar mucho de ti.
Bram ladeó la cabeza, lo estudió un instante y luego colocó lentamente su pequeña mano en la de Daniel, que era mucho más grande.
Algo que nunca hacía con extraños. A diferencia de lo que Callen creía, a Bram le gustaba que lo trataran como a un niño grande, no como a un bebé.
Daniel había hecho precisamente eso, ganándose así algunos puntos.
—¿Puedo llamarlo Daniel? —preguntó Bram. Lo habían educado para dirigirse a sus mayores con más formalidad.
—Puedes llamarme Daniel —añadió con una pequeña sonrisa—. Pero solo si yo puedo llamarte Bram.
Bram asintió solemnemente, como si se tratara de un pacto secreto. Y así, sin más, Daniel se lo ganó. No sabía si quería besarlo o gritar.
—Ainslee, cariño, ven al salón con nosotros. —Se oyó la voz de mi madre, cálida, pero con un matiz más agudo—. Tenemos invitados.
Los guardias de Daniel estaban afuera como estatuas, con la mirada recorriendo el perímetro con fría precisión. Les había dicho que este lugar era seguro, pero ellos no se guiaban por los sentimientos. Solo por las amenazas.
Bram nos tiró de las manos, arrastrándonos hacia el interior de la casa.
El salón me resultaba familiar y acogedor, sillones mullidos, estanterías repletas de libros, un aroma persistente a cera de lavanda y azúcar caliente.
Mi primo Lachlan estaba allí. Por supuesto que estaba ahí.
Estaba sentado junto a su esposa, Eve, quien me dedicó una pequeña sonrisa que decía “Sé que algo pasa, y estoy deseando que me lo cuentes todo más tarde”.
Habían tenido un comienzo difícil, pero estaban resolviendo sus diferencias, y yo no podía estar más feliz por ellos.
Ambos habían pasado por tantas cosas y no había nadie en este planeta que se mereciera más la felicidad.
—Ahí estás, problemática —me saludó Lachlan con una sonrisa.
Mum se sentó en su rincón habitual del sofá, con la mirada clavada en Daniel como si estuviera escudriñando su alma en busca de debilidades. Si aún no había descubierto quién era, estaba a punto de hacerlo.
—Hola, ustedes dos —pronuncié, y luego me volví hacia mi madre, intentando transmitirle con la mirada que fuera con cuidado y se lo tomara con calma con Daniel—. Hola, Mum .
Recé para que nadie dijera ninguna tontería. Especialmente, Lachlan, ya que conocía la identidad de mi primer amor. Si soltaba algo como “Ainslee lloró como una niña pequeña cuando la dejaste”, lo mataría y ni siquiera me molestaría en esconder su cadáver.
—Todos, este es Daniel Carrington. —Presenté, señalando al hombre que una vez me había hecho creer en el felices para siempre antes de dejarme desangrándome—. Daniel, esta es mi madre, mi primo Lachlan y Eve.
Los nervios me consumían y me movía inquieta de un pie a otro. «Aquí vamos».
—¿ El Daniel Carrington? —preguntó Lachlan.
La tensión se palpaba en la habitación como un cable tensado.
Sus ojos se encontraron con los míos, una advertencia mordaz tras la preocupación.
Lo sabía. Claro que lo sabía. Lachlan seguía los rumores y, a juzgar por su expresión, no estaba contento.
Pero Daniel no era la amenaza. Su tío sí.
—Lachlan —advertí, en voz baja y amenazante, mirando fijamente a mi primo mientras me maldecía por dentro por no haber llamado antes de volver a casa.
Mi primo solía comportarse como el hermano mayor que nunca tuve.
No se inmutó en absoluto, seguía con la mirada clavada en Daniel.
Prácticamente, podía verlo calculando si podría o no acabar con él.
No podría, a pesar de los guardaespaldas que acechaban justo afuera y que probablemente irrumpirían ante el más mínimo alboroto.
Aun así, tenía que admitir que lo amaba por eso.
—Ainslee es como una hermana para mí —declaró con voz firme—. No quiero que se meta en problemas.
—Estoy aquí —respondió Daniel con calma—, para mantenerla alejada de ellos.
Lachlan llevaba la protección a otro nivel. Después de mi desengaño amoroso, me instruyó sobre la crueldad de los hombres y me enseñó suficientes estrategias de defensa personal como para que se enfureciera al saber lo rápido que me secuestraron anoche.
—Encantado de conocerte, entonces. —Lachlan asintió una vez, pero mantuvo la atención fija en él. Duelo de machos alfa, primer asalto.
Eve carraspeó.
—Soy Eve —dijo con tono incisivo, lanzándome una mirada que prometía un futuro interrogatorio—. Soy la esposa de Lachlan.
Los dos hombres se dieron la mano; luego, Daniel asintió hacia Eve con respeto antes de que Bram le volviera a estrechar la mano.
—Encantado de conocerlos a los dos —soltó Daniel antes de dirigir la mirada hacia mi mum —. Y usted debe ser la señora Wallace. Me alegro de conocerla por fin. Conozco a Ainslee desde sus días en la universidad y recuerdo que hablaba muy bien de usted. Y de su tío.
Genial. Si Mum no había adivinado que Daniel era el hombre por el que lloré doce años atrás, seguro que en ese momento lo había descubierto, porque solo había habido un hombre en mi vida mientras estudiaba en Londres.
Sus labios se curvaron en una sonrisa, y supe que estaba bajo su hechizo. Algo que nunca había pasado con Callen, por mucho que lo hubiera intentado.
—Encantada de conocerte. —Le sonrió ampliamente—. ¡Por fin!
Miré a Eve y noté que observaba la conversación con gran interés.
Levantó una ceja, con una clara pregunta en sus ojos.
Negué levemente con la cabeza, mirándola con una expresión que decía te lo contaré todo más tarde.
No podía hablar de eso todavía. ¿Cómo le explicabas que el padre de tu hijo te había apostado como si no fueras más que una posesión?
—Nos veremos por aquí, ¿eh? —preguntó Eve con una leve sonrisa.
—Eso espero —respondió Daniel sin dudarlo—. Tengo una vivienda cerca.
El rostro de Daniel era una máscara de relajación mientras observaba el pequeño espacio y a las personas que más significaban para mí. Tragué saliva, con la garganta oprimida. Todo estaba sucediendo demasiado rápido y, sin embargo, no lo suficientemente rápido.
—¿Por qué no te sientas? —Le ofrecí—. Voy a buscar algo de beber.
Daniel se sentó y Bram se acurrucó a su lado como si fuera lo más natural del mundo.
Y de alguna manera... creí que podría ser así. No podía quitarme de la cabeza la sensación de que todo podría salir bien.