Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) CAPÍTULO DIECISIETE
44%

CAPÍTULO DIECISIETE

Daniel

A inslee siempre había sido parte de mí, la parte buena, la mejor parte, la única parte que alguna vez me había hecho sentir verdaderamente vivo.

Yo era suyo, igual que ella era mía. Unidos de formas que las palabras nunca podrían captar del todo.

Tumbado en la oscuridad con ella durmiendo plácidamente a mi lado, por fin me permití un frágil respiro de paz, un respiro momentáneo del caos que se arremolinaba constantemente fuera de estas paredes.

No habíamos usado condón. Me di cuenta demasiado tarde, un impulso imprudente nacido de una esperanza desesperada.

Siempre había sido cuidadoso, siempre me había protegido...

excepto con Ainslee. Con ella, no quería ocultar nada.

No quería barreras entre nosotros. Quería algo más: un vínculo, inquebrantable y real. Quería atarla a mí para siempre.

Mientras observaba cómo su pecho subía y bajaba, suave y constante a la luz de la luna, mi mente volvió a divagar hacia esa pregunta inquietante: ¿había cometido un error hacía tantos años atrás?

¿Y si?...

¿Y si hubiéramos elegido otra manera? ¿Y si hubiéramos construido una vida que incluyera hijos, niñas y niños pelirrojos persiguiéndose unos a otros por habitaciones bañadas por el sol y jardines cubiertos de nieve?

Me los imaginaba, riendo y llorando, llenando nuestro hogar de ruido y amor, nuestra familia creciendo en un caos perfecto.

Ese sueño sin realizarse y que se alejaba cada día más, me parecía la única versión de mi vida que podría haber sido verdaderamente plena.

Y, sin embargo, aquí estábamos, dos almas fracturadas aferrándonos la una a la otra, anhelando algo que quizás nunca llegaría a ser.

El dolor de ese “y si...” se instaló en lo más profundo de mi pecho, pero bajo él había una firme determinación, sin importar lo que deparara el futuro, haría todo lo que estuviera en mis manos para protegerla, para asegurarme de que supiera que lo era todo para mí.

Pero, en estos momentos, tenía otras amenazas de las que ocuparme, amenazas que me distraerían de mi nueva misión en la vida, que era convencerla de que lo intentara de nuevo.

Conmigo. Porque por mucho que quisiera estar desnudo dentro de ella y llenarla con mi semen, que quedara embarazada de mi hijo, eliminar esos obstáculos y garantizar su seguridad era innegociable.

Ainslee estaba en el punto de mira de mi tío. Tenía que protegerla a toda costa. Incluso si acababa odiándome por ello.

Mis ojos se detuvieron en su figura inmóvil, acurrucada de costado hacia mí, la rodeé con el brazo y la acerqué más a mi cuerpo.

Con apenas dos horas de sueño a mis espaldas, me quedé mirando al techo, escuchando la respiración regular de Ainslee.

Hacía mucho tiempo que no sentía esta clase de satisfacción y sabía que era gracias a ella.

Me quedé quieto, sabiendo que necesitaba descansar después de lo que había hecho el día anterior.

Sinceramente, me sorprendió que no se hubiera resistido más al darse cuenta de que la había acosado y luego secuestrado, quizás me necesitaba tanto como yo a ella. Aunque nunca lo admitió.

«Yo tampoco lo hice».

Después de años de sobrevivir con poco o ningún sueño, no necesitaba mucho para funcionar.

Lo que me dejaba mucho tiempo para lidiar con los diferentes pensamientos y miedos que atormentaban mi mente.

Me aterraba que Ainslee acabara pagando las consecuencias de quien era yo.

Esa era la única razón por la que me había alejado de ella antes, pero en ese momento todo eso parecía no tener sentido.

Porque, a pesar de mis esfuerzos, mi tío se había enterado de su existencia de todos modos.

Por suerte, Hector Carrington me enseñó una valiosa lección: tener siempre hombres y oídos por todas partes. Gracias a ello, el último imbécil que se atrevió a atacar a mi ruiseñor, acabó muerto.

Mi primo.

Me mantuve en las sombras mientras seguía a Ainslee desde el hotel en el que siempre se alojaba cuando actuaba en Londres.

Parecía triste. Y cansada también. Me partía el corazón verla tan infeliz.

Era como un puñal en el pecho. De hecho, ya me habían apuñalado antes, y de alguna manera, esto me dolía mucho más.

Miró hacia atrás varias veces. Siempre pasaba lo mismo cuando la seguía. Sentía mi presencia. Hubo tantas veces en las que quería decir: ¡A la mierda! Que se vaya todo al infierno. Acercarme a ella, tomarla y quedármela.

Sin embargo, no podía hacerle eso. Tenía una familia a la que quería, y no estaba bien arrancarla de ellos.

Volvió a estudiar su alrededor, pero esta vez vi cómo su expresión se tornaba en miedo. Seguí la dirección de su mirada y fue entonces cuando lo vi.

Hugo.

En ese instante, decidí que moriría. Tenía la mirada fija en Ainslee. Debería haber sabido que ese cabrón enfermo no la dejaría marchar.

Saqué mi teléfono y envié un mensaje a mi contacto.

Yo: Prepara la cámara frigorífica.

Él sabía lo que eso significaba... o más bien, a quién me refería.

De Hugo Carrington no quedaría un dedo cuando acabara con él.

Luego, un mensaje a mi mano derecha, Arthur. El único hombre al que confiaba la vida de Ainslee.

Yo: Coche. Valley .

Ese mismo día recibí un informe de que Hugo había estado husmeando en el pasado de Ainslee. Todavía me sorprendía que ella hubiera venido a buscarme. Eso significaba que sabía quién era yo. Y qué era. Y, aun así, vino.

¿Cuál era su plan al buscarme? Dudaba que llegara a saberlo. Probablemente, no tendría fuerzas para alejarme si lo supiera.

Me mantuve oculto a la vista de mi imbécil primo y seguí a Ainslee hasta que desapareció en el teatro de la ópera. Actuaba esta noche.

Llamé a mi contacto en la policía.

—Rogers.

—Necesito un favor —le dije.

—Dime cuál. —Por eso me caía bien Rogers. Detestaba las tonterías.

—Ainslee McLaren actúa esta noche en la Royal Opera House . Lleva a tu novia a ver el espectáculo. Te reservaremos un palco privado. Ponte el uniforme. Después, por favor, acompaña a la señorita McLaren de vuelta a su hotel.

—Bueno, esto es bastante inesperado —replicó—. Entendido. ¿A qué hora empieza el espectáculo?

—Tienes una hora antes de que se levante el telón.

Colgué, observando a mi primo escabullirse por la calle lateral. Debió de haber hecho algún reconocimiento. De lo contrario, no habría sabido que los artistas usaban la entrada del callejón cuando el público estaba en el edificio.

Mi corazón oscuro me impulsaba a deshacerme de cualquiera que amenazara a mi ruiseñor.

Conocía ese callejón como la palma de mi mano.

Sabía exactamente dónde pisar para evitar que me vieran o me oyeran.

Cada zancada me acercaba más a la figura desprevenida de Hugo, que encendía un cigarrillo mientras esperaba a mi pajarito.

Saqué mi cuchillo de la funda, con movimientos sincronizados con los sonidos de la ciudad.

Con la mirada fija en Hugo, levanté la hoja. Mi mano le tapó la boca mientras le cortaba el cuello de un solo y rápido movimiento.

Arrojé su cuerpo al suelo mugriento y luego le di la vuelta con la bota.

Quería asegurarme de que me viera. De que supiera quién lo había matado a la par que exhalaba su último aliento.

Observé, sin apartar la vista, mientras jadeaba en busca de aire, abriendo y cerrando la boca inútilmente.

Lo miré fijamente ahogarse en su propia sangre, con los ojos muy abiertos y llenos de miedo.

Al imbécil le gustaba matar, hacer sufrir a los demás, y en ese momento, mientras me miraba, la incredulidad brillaba en sus ojos.

Nunca imaginó que le pasaría a él. Creía que era intocable.

Debería haberlo hecho sufrir más tiempo, aunque no valía la pena.

Pronto, desaparecería y se iría de este mundo.

—Mi mujer —dije mientras la vida se le escapaba—. Nadie, carajo, toca lo que es mío.

Acabé con mi primo. Quizás era hora de acabar con mi tío.

Habían pasado muchas cosas en los últimos doce años, pero con Ainslee en mis brazos casi podía fingir que no había pasado el tiempo. Casi.

Al mirar el reloj, vi que apenas eran las cinco de la mañana. Sabía lo que tenía que hacer, encontrar una forma de matar a mi tío sin hacer nuevos enemigos.

Era la encarnación del mal. Un cáncer que, si no se controlaba, seguiría extendiéndose. Y yo lo había dejado sin control durante demasiado tiempo. Era hora de acabar con él. Ante todo, por la seguridad de Ainslee. Y, en segundo lugar, por nuestra felicidad.

Una vez tomada la decisión, una extraña calma me invadió, confirmándome que era lo correcto.

Los últimos doce años nos habían llevado exactamente a este punto, diciéndome que nuestros destinos estaban entrelazados y que siempre habíamos sido inevitables.

No necesitaba más pruebas de que Ainslee estaba exactamente donde debía estar desde el principio.