CAPÍTULO DIECISÉIS #2
Algo en su voz me quebró, y se me escapó un gemido. Como si lo entendiera mejor que yo, se inclinó y me besó con suavidad. La ternura que una vez habíamos compartido resurgió como si nunca nos hubiéramos separado.
Levanté mi pelvis y él empezó a moverse. Me folló. Con fuerza. Como solo él sabía hacerlo. Fue crudo y salvaje, lo consumía todo. Su fuerza era evidente en cada potente embestida, empujándome hacia él.
—Daniel —susurré, retorciéndome bajo él—. Oh, Dios mío. —Jadeé—. Por favor, no pares.
Cuando me incliné sobre la cama, echando la cabeza hacia atrás, su mano rodeó mi garganta.
No apretó, pero vi el brillo en sus ojos oscuros.
Un depredador Alfa despertó mientras seguía follándome.
Me incliné hacia su tacto, ofreciéndole mi cuello desprotegido.
No tenía sentido. Estaba a su merced, y completamente sin miedo.
Mi cuerpo confiaba en él. Para que me diera placer.
Para que me infringiera ese dolor erótico.
Para que me llevara al límite. Y para que garantizara mi seguridad.
Un rugido salvaje se escapó de Daniel mientras me penetraba con fuerza. Embestidas brutales, como si quisiera borrar de mi mente cualquier recuerdo de amantes anteriores. Pero esos recuerdos nunca habían existido. Siempre había sido él.
La forma en que se estrellaba contra mí, golpeando mi punto G una y otra vez, hacía que mi cuerpo temblara. Perdí todo el control. Solo podía sentirlo a él. Estábamos solos los dos en el universo mientras tomaba de mí lo que necesitaba.
Nuestras miradas se cruzaron a la vez que su otra mano me agarraba la cadera. Con los dedos aún envueltos alrededor de mi cuello, siguió follándome con salvaje desenfreno.
«Soy suya», lo supe. Siempre había sido suya. Gotas de sudor se formaban en su frente, su cabello negro como el ébano cayéndole sobre los ojos mientras me penetraba una y otra vez. Alargué la mano hacia él a ciegas, necesitando sentir su piel bajo mi palma, el ondular de sus músculos.
Me tomó brutalmente y fue diferente a todo lo que había experimentado antes con él.
Este hombre era una bestia hambrienta y actuaba como si yo fuera su único alimento.
Como si fuera su salvación. No había forma de que supiera que me estaba arrastrando a su abismo.
Quería estar en ese abismo pecaminoso con él, no dejar de ser consumida por el placer.
Mi coño se apretó cuando sus embestidas se aceleraron. Mis manos recorrieron su espalda, bajando hasta su firme trasero. Lo atraje hacía mí, necesitando sentirlo más profundo.
—Daniel, voy a... —gemí, mientras el éxtasis me elevaba aún más.
El placer ardiente y cegador inundó mis venas, y me desmoroné, mi cuerpo envuelto en un infierno.
La euforia se adormiló en cada célula viva.
La mano de Daniel se cerró alrededor de mi garganta, y eso me hizo elevarme hasta la estratósfera.
Mientras tanto, me penetraba más rápido, más fuerte, provocándome otro orgasmo.
Pensé que podría morir. Seguramente mi cuerpo no iba a ser capaz de soportar otro clímax alucinante.
Aflojó el agarre alrededor de mi cuello, y mi coño se contrajo en torno a su polla a la par que empujaba hasta el fondo con otro feroz gruñido.
Floté en algún lugar entre la tierra y los cielos mientras me embestía con fuerza hasta que su propio orgasmo estalló y Daniel derramó su semen dentro de mí, enviando mi cabeza, que ya daba vueltas, más allá de las nubes.
«¿Cómo voy a volver a vivir si no puedo tener esto?» No estaba segura de mi futuro, pero sabía que una vida sin esta increíble sensación no valía la pena.
Daniel Carrington acababa de arrasar conmigo, de la mejor manera posible.
Mis manos, aún sobre su cuerpo, temblaban por el exceso de adrenalina, por tantos sentimientos reprimidos que de repente intentaban escapar.
Doce años atrás, el sexo con Daniel era magnífico, pero no se podía comparar con lo que acabábamos de compartir. Ni siquiera rozaba la superficie.
El silencio de la noche nos envolvió de nuevo, con solo nuestra respiración entrecortada llenando la habitación.
Percibí el suave ulular de un búho mezclado con el graznido de los cuervos a lo lejos, una sinfonía amortiguada por las ventanas y puertas cerradas.
No quería moverme, no quería despertar por si todo resultaba ser un sueño.
Quería aferrarme a esa sensación un poco más antes de que la realidad llamara a mi puerta.
Daniel se movió, deslizándose fuera de mí y dejando un rastro de humedad que goteaba por mis muslos. Dos cosas me golpearon al mismo tiempo.
Primero, me sentí vacía sin él.
Segundo, no habíamos usado condón.
Al darme cuenta de eso, tragué saliva con fuerza.
Daniel no era del tipo de hombre que provocaría un embarazo accidental.
Por suerte, yo tomaba la píldora, pero aun así siempre usaba condón.
Sabía que yo estaba sana. Sin embargo, él era un hombre diferente, con doce años de historia sexual a sus espaldas que yo desconocía.
No me cabía duda de que había tenido muchas mujeres durante ese tiempo.
Abrí la boca cuando sentí un suave beso en el cuello.
Por un segundo, me quedé paralizada y luego respiré temblorosamente.
¿Lo había imaginado? Nuestra respiración seguía siendo rápida y superficial; su cuerpo era una manta pesada pero reconfortante sobre el mío.
Apoyó la nariz en el hueco de mi cuello y besó el punto del pulso.
Con tanta ternura. Tan diferente de la forma brusca y desenfrenada en que me había follado.
Sentí que el corazón me estallaba y supe que no había vuelta atrás. Al menos, no para mí.
Esta vez tenía que priorizarme. No dejaría que nuestra química y pasión me impidieran recordar cuánto me había destrozado, y me había dejado sola para recoger los pedazos de mi corazón roto.
Sin importar cuánto tiempo hubiera pasado, ni lo que me hubiera prometido.