Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) CAPÍTULO DIECISÉIS
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CAPÍTULO DIECISÉIS

Ainslee

— Mañana te enseñaré la casa —indicó Daniel mientras me acompañaba fuera del enorme comedor, con la mano en mi espalda—. Espero que te guste estar aquí.

Incliné la cabeza para estudiar su perfil.

—Lo poco que vi me pareció precioso —agregué, y lo decía en serio.

—Piensa en ella como tu hogar. Si hay algo que quieras cambiar, siéntete libre de hacerlo.

Una risita incómoda se me escapó.

—Daniel, no puedo simplemente apropiarme de tu casa.

—Ya te lo dije: ahora también es tuya.

Una sonrisa incómoda se dibujó en mis labios.

—Te das cuenta de que, cuando sea seguro, mi madre querrá volver a su casa. Y yo iré con ella. Me necesita.

Lo último que quería era darle falsas esperanzas de que este arreglo fuera permanente. Además, la única forma en que daría ese paso sería si nos casáramos. ¿Qué podía decir? En ese sentido, era de la vieja escuela.

—Lo entiendo, pero este es el mejor lugar para ti ahora. Ninguno de nosotros puede saber cuándo será seguro disminuir la seguridad.

—¿Cuánto tiempo crees que pasará antes de que el peligro haya quedado atrás?

—Ainslee, tengo muchos enemigos —respondió con un suspiro—. Mi tío es una amenaza inmediata para ti, pero hay otros que no dudarán en utilizarte a ti y a tu familia para llegar hasta mí. No permitiré que ninguno de ustedes se convierta en su objetivo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué dices, Daniel? —No quería malinterpretarlo. Aunque confiaba en él para nuestra seguridad, no estaba lista para renunciar al control total de mi vida. Necesitaba saber su plan a largo plazo. No podía esperar que nos quedáramos aquí indefinidamente, ¿verdad?

Sus labios se apretaron en una línea tensa, y supe que no me respondería.

Fueran cuales fueran los secretos que Daniel guardaba, no estaba dispuesto a compartirlos.

No debería haberme dolido, pero nunca había habido mucho lugar para los deberías en asuntos del corazón.

Había sobrevivido los últimos doce años sin él, y sabía que podría arreglármelas durante los próximos doce. Y, sin embargo…

Absorta en mis pensamientos, no me di cuenta de que nos habíamos detenido frente a la puerta de mi dormitorio.

Me giré hacia Daniel, y la expresión en sus ojos hizo que se me acelerara el corazón.

Cuando nuestras miradas se cruzaron tantos años atrás, todo mi mundo giró sobre su eje, inclinándose hacia este hombre. No deseaba nada más que simplemente estar con él.

Incluso en ese momento, al mirarlo, me costaba ver al mafioso duro y despiadado. O tal vez era su oscuridad lo que me atraía. Lo que me sedujo.

Debería haber luchado contra esta atracción, esta obsesión por él. No era más que mi primer flechazo. Mi primer amor. Mi primer todo. Nunca estuvo destinado a durar. Entonces, ¿por qué no podía dejarlo ir?

Con las manos temblorosas, extendí la mano hacia él, desconectando mis pensamientos acelerados. El pasado. El presente. El futuro.

Mi palma descansó sobre su pecho, sintiendo los fuertes latidos que retumbaban al unísono con los míos.

Después de todos estos años, seguía sintiendo una conexión innegable con él.

Claro, teníamos química, pero también había algo más profundo, y eso me aterrorizaba.

Porque podría destruirme. Aniquilarme por completo.

Los ojos de Daniel se encontraron con los míos y sentí que me ardían las mejillas, mientras el deseo por él se extendía por cada uno de mis átomos.

El pasillo estaba en silencio, pero su lujuria por mí era ensordecedora.

Colocó suavemente su dedo índice en mi mandíbula, recorriéndola con la ligereza de una pluma.

Bajó por mi cuello, sobre la parte delantera de mi garganta y atravesó el centro de mi pecho.

Mi respiración se volvió pesada y mis pezones se endurecieron, haciendo que un calor húmedo se acumulara entre mis muslos.

Se alzaba imponente sobre mí y, cuando su cuerpo duro se inclinó hacia el mío, acogí su calor. Apretándome contra él, dejé que mi ansia se apoderara de todos mis sentidos.

¿Era una estupidez? Quizás.

¿Acabaría en desamor? Probablemente.

Deslizó la punta de la nariz por mi mejilla, un gesto suave pero apasionado. Su respiración estaba entrecortada, y juraría que esto lo afectaba tanto como a mí.

Se apartó ligeramente, capturando mi mirada mientras deslizaba el pulgar por mi labio inferior.

—Ya no sé cómo ser delicado —me advirtió en voz baja.

Algo peligroso se reflejaba en sus ojos, pero una parte de mí, anhelante, lo deseaba. Lo quería por completo. Arqueé la espalda hacia él, dándole la respuesta que mis labios no podían pronunciar.

Mi clítoris palpitaba, cada célula de mi cuerpo lo llamaba. Mis labios se separaron e introdujo su pulgar en mi boca. Cerré los labios sobre él, mordiéndolo. Como si ese pequeño acto fuera a evocar en él el dolor que me había causado.

Daniel apretó la mandíbula y fue como si me echaran agua helada. El arrepentimiento se apoderó de mí. ¿Le había hecho daño? Envolví su dedo con la lengua, tratando de calmar el dolor.

Sus músculos se tensaron bajo mi tacto y esperé a lo que vendría después.

—Dame lo que puedas —susurré, consciente de las consecuencias de esas palabras y sin importarme ni lo más mínimo. No mientras mi siguiente respiro dependiera del tacto de este hombre—. Puedo manejarlo.

Las palabras apenas habían salido de mi boca cuando sus manos me rodearon con firmeza la cintura y me levantó para llevarme al otro lado del umbral y cerrar de un portazo tras nosotros.

No tenía ni idea de cómo acabamos en la cama, pero mi espalda chocó con las almohadas mientras nuestras bocas se fundían con avidez.

Me quitó la blusa por la cabeza de un solo tirón, arrojándola descuidadamente al suelo.

Mis jeans y mis bragas fueron los siguientes, arrancados de mi cuerpo en un abrir y cerrar de ojos.

Con su mirada oscura fija en mí, me separó las piernas.

Estaba desnuda ante él, una ofrenda para su placer.

Sus manos recorrieron mis muslos, con una suavidad sorprendente, mientras bajaba la cabeza hacia mi intimidad.

En el instante en que su boca cubrió mi coño, atrayendo mi clítoris hacia su calor, un placer ardiente me recorrió y arqueé mi cuerpo hacia él. Daniel succionaba y lamía con el ardor de un hombre hambriento. Mis manos se extendieron hacia él, enredando mis dedos en sus oscuros mechones.

—¡Oh, Dios! —suspiré, a la par que el calor abrasador me derretía por dentro.

Me mordió el clítoris y las estrellas estallaron tras mis párpados. Le agarré el cabello mientras oscilaba entre el placer y el dolor. Un gruñido brotó de la garganta de Daniel, y mis gemidos se unieron a él en un eco que resonó por toda la habitación.

Su lengua se deslizó dentro de mí, empujando, girando, lamiendo, y mi cuerpo se estremeció con la necesidad de liberarse.

La forma en que me comía parecía casi desesperada, como si lo impulsara una fuerza insaciable.

Deslizó dos dedos dentro de mí, bombeando con intensidad.

La sinfonía de placer y dolor hizo que mi espalda se arquease fuera de la cama y encendiese cada una de mis neuronas.

—No es Dios —gruñó, mientras sus labios me rozaban la piel sensible y sus dedos penetraban en mi interior—. Ni mucho menos.

Necesitaba más. Mucho más. Doce años sin él le habían pasado factura a mi cuerpo. Estaba hambrienta.

—Daniel —gemí mientras los estremecimientos me sacudían. Era adicta a este hombre, esa era la única respuesta lógica.

—¡Mía! —rugió y, luego, con voz ronca, ordenó—: Mírame.

Mis párpados se abrieron de golpe, encontrando su mirada oscura. Era una esclava dispuesta a cumplir sus órdenes.

—Necesito que me mires mientras te deshaces ante mí.

Esas palabras por sí solas casi me hicieron desmoronarme en mil pedazos. Nuestras miradas se cruzaron mientras deslizaba sus dedos dentro y fuera de mi coño húmedo. El latido se intensificó, y el sonido de mi excitación llenó la habitación.

—Dios mío —susurré, sin poder creer aún que eso estuviera pasando. Estaba desnuda, completamente expuesta ante él, mientras que él seguía completamente vestido. El contraste era abrumador; mi vulnerabilidad a sus pies.

—Daniel —musité, a la vez que el placer me sumergía en un éxtasis.

Mi piel hormigueaba como si unas llamas lamieran mi cuerpo, y al segundo siguiente, cuando Daniel introdujo un tercer dedo en mi interior a la par que mordía mi clítoris, me desmoroné.

Me disolví en polvo de estrellas. Vi nacer galaxias en tanto el orgasmo me atravesaba.

Mientras gritaba, Daniel susurró palabras que no pude comprender.

Todo a mi alrededor era un borrón de colores.

Luchando por respirar entre la nube de lujuria, observé sus movimientos apresurados mientras se quitaba la ropa. Se me hizo un nudo en la garganta al ver aparecer su cuerpo musculoso. Músculos bronceados, abdominales marcados y esa distintiva V que apuntaba hacia su pene completamente erecto.

Se me abrieron los ojos como platos al ver su gruesa longitud. Era más grande de lo que recordaba, seguía siendo el ejemplar más hermoso con el que jamás había tenido intimidad. Apartando mi atención de su polla, busqué su mirada ardiente.

Ya me estaba observando fijamente, acariciándose con su mano musculosa.

Sus fosas nasales se dilataron y percibí su control, su necesidad de estar dentro de mí, al borde del abismo.

Mientras me confinaba con su cuerpo, envolví mis piernas alrededor de su cintura y alcé la mano para posar mi palma sobre su mejilla con barba incipiente.

Sin previo aviso, empujó con fuerza dentro de mí. Grité ante la intrusión, abrumada por la plenitud que se sentía tan bien. Su mirada se fijó en el punto donde nos uníamos, observándose a sí mismo deslizarse dentro y fuera de mí. La sensación abrasadora era demasiado y a la vez no era suficiente.

—Ábrete y déjame entrar —pidió con voz ronca y susurrante—. Eres mía. Y yo soy tuyo, Ainslee. Nunca te dejaré.