CAPÍTULO QUINCE #2
Lo vi untarlo con mantequilla como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo, y cuando se lo llevó a la boca, juraría que se me erizó la piel. Daniel tenía unos labios carnosos preciosos y, por desgracia, aún recordaba el placer que eran capaces de proporcionar.
Aunque no pude evitar preguntarme si mis recuerdos me estaban jugando una mala pasada y si la ausencia del tacto de un hombre había intensificado esos recuerdos.
Le dio un mordisco al panecillo; sus dientes fuertes me provocaron algunas ideas inquietantes. Ideas deliciosamente inquietantes.
«Por Dios, debería plantearme seriamente la idea de masturbarme».
O eso, o podría haberme abalanzado sobre este hombre allí mismo, al diablo con esta cena.
—¿En qué piensas? —preguntó Daniel mientras seguía masticando su comida y yo esperaba... No sabía qué, en realidad.
—Nada —repliqué, entrecerrando los ojos para mirarlo.
Inclinó la cabeza, mirándome con expresión desconcertada.
—Los mandé a la cama —dijo finalmente—. ¿Pero sigues... disgustada?
Suspiré, sin querer admitir que mi agitación podría tener más que ver con mi libido. Así que me conformé con una mentira.
—Me sorprendiste, eso es todo.
—¿Discutimos un rato? —preguntó, con una leve sonrisa en los labios.
—No —alegué rápidamente—. Lo que hiciste estuvo bien.
Se levantó de la silla y se dirigió con paso firme hacia lo que parecía una especie de despensa. Se quedó allí de pie, supongo que examinando la comida, mientras yo bajaba la mirada. No pude evitar admirar su espalda fuerte y ese trasero. Dios, tenía un trasero precioso.
—¿Me estás mirando? —inquirió con un toque de humor en su voz, y levanté la vista de golpe. Me había pillado.
—Solo intentaba ver qué han hecho los últimos doce años en tu físico —afirmé con indiferencia, encogiéndome de hombros.
¿Qué quería de mí? Nunca había pretendido ser una santa.
Cuando volvió a la mesa, sus labios esbozaban una pequeña sonrisa cómplice.
—Por favor, quita esa sonrisa de tu cara —gruñí—. Realmente es demasiado tarde en el día, digo en la noche, para eso.
—No has cambiado.
Por un momento, me quedé atónita y en silencio. Estaba muy lejos de ser la mujer que él había conocido hacía doce años.
—Creo que ambos hemos cambiado —admití—. Era inevitable.
Nuestras miradas se cruzaron mientras el silencio se apoderaba de la habitación, y un millón de emociones llenaban el espacio entre nosotros.
—Siento no haberte visto aquel día que viniste a buscarme.
Su repentino cambio de tema me pilló desprevenida.
—¿Lo sientes? —Mi corazón se aceleró. La mirada en sus ojos era salvaje.
—Vi las imágenes de las cámaras de seguridad —explicó, con la ira reflejada en su voz—. Ese enfermo estaba tan cerca de ti que casi pierdo el control. Desde que era niño y presencié la muerte de mi madre, no había sentido tanto miedo como cuando te vi a su alcance.
Un leve jadeo escapó de mis labios y resonó en la habitación como un trueno, percibí un odio puro en su voz y un terror absoluto en sus ojos.
Extendí la mano y cubrí la suya con la mía.
—Lo siento —murmuré—. Me dijo que estabas dentro. Teniendo... sexo con alguien —añadí en voz baja—. Aunque algo me inquietó de él, y no me quedé para averiguar qué era. De todos modos, pensé que era mejor no interrumpirte... —Dejé la frase inconclusa.
Posó la palma de su otra mano sobre el dorso de la mía. Luego, apartó la vista de nuestras manos entrelazadas para mirarme a los ojos.
—No estaba con una mujer. Estaba interrogando a un miembro de una banda rival. Hasta que murió. —Su voz era apagada, apática. Como si estuviera recitando una lista de la compra, no contándome que había asesinado a alguien.
Mi cuerpo se paralizó ante su confesión, pero no me aparté.
¿Quizás esa indiferencia era su forma de lidiar con todo? ¿O quizás yo estaba inventando excusas? No estaba segura.
—¿Qué te pasó? —susurré, sin apartar la vista de él.
Había cambiado tanto, no obstante, creía que aún quedaba algo de bondad en su interior.
Yo era joven por aquel entonces, mas no estúpida.
Y, en ese instante, lo veía con claridad.
¿De qué otra forma podría explicar su insistencia en protegerme a mí y a mi familia?
—. Veo destellos de tu antiguo yo, pero has cambiado. Mucho.
—No soy un buen hombre. Probablemente, no sea adecuado para ti, Ainslee.
La ira se encendió en mi interior ante esas palabras.
—Creo que ya estoy harta de que otros decidan lo que quiero y necesito, de que moldeen mi vida por mí.
—Ah, ahí está. —Sus labios se torcieron hacia un lado, y quise acariciarlos con los dedos para ver cómo se curvaban en una sonrisa feliz.
—Tú no eres como él —musité. No estaba segura de dónde había salido ese pensamiento, pero me golpeó como un rayo.
—¿Quién? —indagó, levantando una ceja. Nuestras manos seguían entrelazadas y él había empezado a dibujar círculos en mi piel con su pulgar.
—Tu primo —dije, intentando ignorar el efecto que su tacto tenía en mi autocontrol.
« Concéntrate, Ainslee». Me aclaré la garganta y continué—: Había algo que no me cuadraba en él.
Desde el momento en que abrió la boca para hablar, percibí la malicia profundamente arraigada que emanaba de él a oleadas. Tú no te pareces en nada a él, Daniel.
—Eso espero.
—Créeme —afirmé con convicción—. Nada. Como. Él.
—Yo lo maté.
—Bien. —Si esta noche iba a estar llena de confesiones, no iba a fingir que me molestaba que Daniel hubiera matado a su primo. No me molestaba, porque había visto la maldad en su rostro, y algo me decía que apenas rozaba la superficie de su verdadero yo.
—Después de ese día, empezó a preguntar por ti, incluso te siguió —extendió—. No podía permitirlo.
—¡Qué asco! —exclamé repugnada—. Me alegro de que lo mataras.
Él claramente no esperaba que dijera eso, porque sus ojos oscuros brillaron.
—Siempre consigues sorprenderme, Ainslee.
Puse los ojos en blanco.
—Sí, seguro que lo echabas de menos.
Se llevó mi mano a la boca, rozando mis nudillos con sus suaves labios.
—Lo hice, Ruiseñor… mi nightingale —susurró con voz ronca contra mi piel, mientras yo contuve la respiración—. Lo extrañé todo.
El corazón me latía con fuerza. Mi alma cantaba. Y mi cuerpo se derretía. Por Dios. Debería haberle costado un poco más seducirme. Pero, por desgracia, si me pidiera que me desnudara en ese instante, rompería la barrera del sonido.
—Y ya que estamos hablando de todo, ¿podemos hablar de cuál es el plan?
—pregunté, optando por ignorar sus últimas palabras.
Daniel no era tonto, sabía exactamente cómo me sentía.
No tenía ninguna duda al respecto—. Bram tendrá preguntas y mi madre también.
Y, créeme, es implacable cuando quiere respuestas.
—Tú también —reflexionó.
—No sé si eso es un cumplido o no —me quejé, aunque no pude evitar sonreír—. Mi madre tiene muchas citas médicas y una vida social muy activa que querrá mantener.
Se rio. Se rio a carcajadas.
—Ya sé. Un grupo de mujeres leyendo erótica —replicó, con los ojos brillando de diversión.
—¡Oye! No hay nada de malo en lo erótico —defendí.
—Oh, estoy de acuerdo.
Me sonrojé y aparté la mano de la suya, presionándola contra mi cara. Fue un error, porque en ese momento mi piel olía a él, y me vinieron a la mente imágenes salvajes. Este hombre me tenía tan excitada que temía mojarme no solo las bragas, sino también los pantalones.
Sus labios seguían retorciéndose con esa sonrisa torcida, y me di cuenta de que sabía exactamente lo que me estaba haciendo. ¡Qué hombre tan arrogante!
—Iremos a buscar a tu madre y a Bram, juntos —informó, sin parecer en absoluto afectado—.
Los traeremos aquí. —Me quedé boquiabierta mientras lo miraba con asombro.
No había otra forma de describir mi expresión de estupefacción—.
Me pediste el plan, y te lo voy a contar. Ya te lo dije . Los mantendré a salvo.
—¿C-contigo? ¿Solo n-nosotros? —tartamudeé, sintiéndome tonta. Si estuviéramos todos juntos, mamá se enteraría de mi enamoramiento por Daniel y nunca lo olvidaría. Pero en el fondo, eso era lo de menos. Estaríamos a salvo. Y... vería a Daniel todos los días.
«Me quiere. No me quiere». Maldita sea, la voz en mi cabeza me estaba atormentando otra vez.
—Mañana iremos a tu casa, tal como estaba previsto —anunció con calma.
No debería sorprenderme que conociera mi rutina cuando viajaba a Londres: actuar, pasar la noche en un hotel e ir al pequeño café francés de la esquina y luego un vuelo directo de regreso a la casa de campo—.
Una vez que lleguen, tendrán todo lo que necesiten aquí.
Le creí.
—¿Dónde es aquí ?
—En mi propiedad, en Longniddry.
Debí haber oído mal.
—¿Estamos en Escocia?
—Sí.
—Creía que vivías en Londres —refunfuñé estúpidamente. Estuve inconsciente durante mucho tiempo cuando me secuestró. ¿Cómo demonios se las arregló para subirme al avión mientras estaba inconsciente?
«Está borracha», me burlé de las situaciones imaginarias que se me pasaban por la cabeza. «Le da miedo volar y se tomó demasiadas pastillas para dormir».
Aunque lo más probable era que nadie se atreviera a hacerle preguntas a Daniel Carrington.
—El castillo de Seton está cerca de tu casa —interrumpió mis pensamientos.
Me dejé caer en la silla, mi mente dando vueltas con esta nueva información.
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo tan cerca de...? —Cambié de tema antes de poder condenarme aún más—. ¿Tan cerca de Edimburgo?
—Lo compré mientras aún estaba en el servicio militar, pero casi nunca he estado aquí.
Solo unas pocas personas saben que soy el propietario.
La mayor parte del tiempo estoy en mi penthouse en Londres.
—Asentí, aunque no sabía por qué. Me molestaba que nunca se hubiera puesto en contacto conmigo—. Come algo. Te sentirás mejor.
—Todo este tiempo... —susurré distraídamente.