CAPÍTULO CATORCE
Ainslee
— ¿Y ahora qué? —pregunté en voz baja.
Hubo un tiempo en que me hacía reír con solo una sonrisa torcida. En ese instante, su mera presencia hacía que mi pulso se acelerara.
No debería preocuparme por él, no después de lo que hizo. Ya me había destrozado una vez. Y había aprendido la lección: nunca dejes que nadie se anteponga a tu familia. Ellos eran mi prioridad. Siempre lo habían sido. Siempre lo serían.
Entonces, ¿por qué su presencia, tan cerca, tan dolorosamente familiar, me hacía difícil respirar?
—Todos vendrán a vivir bajo mi techo —anunció, con voz firme como el granito tallado. Tranquila. Controlada. Absoluta—. Pueden confiar en mí.
Siempre tuvo ese aire de autoridad. Seguridad de sí mismo. Inquebrantable. Tan diferente a Callen, que se había derrumbado bajo presión más veces de las que se había mantenido firme.
¿Pero confiar en él? ¿Con mi seguridad? Por supuesto, ¿con mi hijo? Sin lugar a duda. ¿Con mi corazón? Quizás.
—Fui a buscarte —susurré antes de poder detenerme.
Sus ojos parpadearon y la máscara se deslizó por un instante.
No se lo esperaba. No era mi intención decirlo, sin embargo, la verdad llevaba años carcomiéndome.
Lo había buscado. Había preguntado por ahí.
Había tenido esperanza. Incluso cuando lo odiaba, esperaba que de alguna manera él encontrara el camino hacia mí y tuviéramos nuestro felices para siempre.
Sí, era una tontería y una ingenuidad, pero el amor es ciego y no conoce límites, incluso después del encuentro con su primo que me había asustado de muerte.
—Lo sé. —Su confesión me sorprendió—. Y créeme, mi primo pagó con su vida por atreverse a amenazarte.
Lo hizo para protegerme, mas eso no borró la traición. Ni el dolor. Ni el agudo aguijón de la humillación cada vez que imaginaba que él había elegido mantenerse alejado.
—Créeme, Ainslee, si hubiera podido hacerlo de otra manera, de una forma que me permitiera tenerlo todo, lo habría hecho —concluyó con voz ronca.
Una sombra pasó por sus ojos. El tipo de dolor que ningún encanto podía ocultar.
También había algo más allí, algo áspero e inexpresado.
Secretos. Violencia. Arrepentimiento. Ya no era solo el chico al que amaba.
En ese momento, era más oscuro, más peligroso.
Y más solitario de lo que jamás lo había visto.
Quizás eso siempre había estado en él, escondido bajo esa voz suave y esa sonrisa fácil. Yo había sido demasiado joven para verlo.
Pero ya podía verlo.
Se acercó. A solo un suspiro de distancia.
Su aroma... Dios, su aroma.
Seguía siendo Daniel. Esa colonia limpia y costosa con un toque de humo y cuero, envuelta en recuerdos que había pasado una década intentando olvidar. Me sumergió de vuelta a las noches enredadas entre las sábanas, de vuelta al calor de su piel y al susurro de su voz en la oscuridad.
El deseo surgió, agudo e inmediato. Mi cuerpo recordaba. Y, oh, cuánto lo extrañaba.
Todas las señales de alarma se encendieron en mi cerebro. No debería sentir esto. No debería dejarlo ver. Lamentablemente, la sangre de los McLaren que me corría por las venas nunca había sido buena para rechazar una pelea o un sentimiento.
Quería decirle que aún lo amaba. Que nadie se le había acercado. Que incluso cuando Callen lo intentó, incluso cuando me dio un anillo, un hijo, una versión de seguridad... nunca había sido lo mismo.
Sin embargo, sabía que no debía caer tan fácilmente esta vez.
Así que me enderecé. Endurecí la voz.
—¿Y ahora qué?
Los labios de Daniel se crisparon, solo un poco. Todavía había humor enterrado en él, en algún lugar profundo.
—Ahora comemos.
Arqueé una ceja.
—¿A estas horas?
—Es casi medianoche —dijo encogiéndose de hombros—. No has cenado. Así que vamos a cenar.
Crucé los brazos automáticamente.
—¿Y cómo sabes que no he cenado? —Solo esbozó una sonrisa burlona. La revelación me golpeó como una bofetada—. Me has estado siguiendo.
Esa misma sonrisa se hizo más amplia, con un aire de suficiencia que me enfureció.
—Por supuesto que sí.
—Entonces... ¿ahora eres un acosador?
—Hago lo que debo —argumentó, rodeándome y dirigiéndose hacia la puerta del dormitorio—. Por la gente que me importa.
La gente que le importaba. Mi cerebro se bloqueó.
Se me secó la boca.
¿Eso fue una confesión?
Antes de que pudiera responder, me dijo por encima del hombro:
—Prepárate en cinco minutos. Quizás quieras refrescarte.
—Para que conste, sigues siendo un cretino —murmuré entre dientes—. Y uno loco, además.
Se detuvo en el umbral y miró hacia atrás.
—Si necesitas algo, pregúntale al personal.
Al personal. Claro. Porque nada decía mejor bienvenida al cautiverio que el personal satisfaciendo todas tus necesidades.
Miré el armario; luego, mi vestido. Su estado arrugado no era precisamente un atuendo que infundiera confianza.
Debería haber estado planeando una huida, llamando a alguien, haciendo cualquier cosa menos dejar que este hombre me desestabilizara con una sola mirada.
Pero en lugar de eso...
En lugar de eso, me senté en el borde de la cama, con el corazón latiéndome a mil por hora como a una chica enamorada. Un enamoramiento estúpido, poderoso e inconveniente por el único hombre que me había roto el corazón de verdad.
El recuerdo de nuestro primer encuentro en un café me invadió. Era alto, moreno y encantador, con una sonrisa burlona y unos ojos que habían visto más de lo que un chico de su edad debería haber visto. Me invitó el café. Le di las gracias. Acabamos sentados durante horas.
Eso fue todo. Yo era suya.
Ingenua, me decía en este instante. ¿Pero lo era de verdad?
¿O solo real?
No me levanté. Todavía no. Necesitaba un segundo para recomponerme. Para respirar. Quizás Islaine tenía razón, las mujeres fuertes no daban segundas oportunidades, pero con Daniel, yo no era fuerte. No necesitaba serlo, porque él siempre era el fuerte.
Y la idea de que Daniel estuviera herido, seguía sin sentarme bien, y de alguna manera pensé que eso lo decía todo.
Se me escapó una risa ahogada.
Se giró de nuevo, captándola.
—¿Qué es tan gracioso?
Negué con la cabeza.
—Nada. Solo que... es una tontería comer a mitad de la noche. No le hará bien a mi figura.
Su mirada recorrió mi cuerpo, lenta y ardiente. Se me cortó la respiración.
—Tu cuerpo —confesó bruscamente—, es perfecto. —Un fuego se encendió bajo mi piel. No podía apartar la vista—. Y, si alguien dice lo contrario, lo eliminaré. Tú, Ainslee, eres la mujer más hermosa que he visto jamás.
La forma en que pronunció mi nombre, Dios, me desmoronó. Su tono era tranquilo pero firme y lleno de promesas.
Mi mente se bloqueó con imágenes que no debería haber imaginado.
Señaló mi vestido.
—Está manchado. —Bajé la mirada y noté la leve mancha que ni siquiera había percibido antes—. Hay ropa para ti en el armario. Elige algo. Si necesitas algo que no esté ahí, avísales.
Lo que necesitaba no estaba en una percha.
Nuestras miradas se cruzaron de nuevo. Fuego. Hambre. Doce años de anhelo se arremolinaban entre nosotros.
¿Me deseaba como yo lo deseaba a él? Que Dios nos amparara.
Estuve a punto de decirle que no necesitaba comer. Que mi apetito se inclinaba más hacia... deseos carnales. Pero, por suerte, aún me quedaba un ápice de dignidad.
Apenas .
Se apartó deteniéndose en el umbral. Su mirada se aferró a la mía como una atadura.
—Date prisa. Después de doce años, por favor, ten piedad y no me hagas esperar.
Y así, recordé por qué de este hombre, esta fuerza de la naturaleza peligrosamente magnética e irresistible, era tan fácil enamorarse.
No porque dijera lo correcto ni porque pareciera el pecado con un traje a medida, sino porque bajo toda esa oscuridad y acero, había algo crudo y real.
Algo que resonaba en lo más profundo de mi ser, en mi parte más ingenua.
No solo entraba en una habitación, la dominaba.
Y, de alguna manera, sin intentarlo, seguía siendo suya.
Mi respiración. Mi pulso. Mis recuerdos. Mi estúpido y obstinado corazón.
Era una tormenta que nunca dejé de perseguir... incluso cuando fingía que sí.
La pregunta era si adentrarme en la tormenta llamada Daniel Carrington sería mi destrucción o mi salvación.