Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) CAPÍTULO TRECE
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CAPÍTULO TRECE

Ainslee

T odo este tiempo, él pensó que me estaba protegiendo.

Debería haber estado furiosa. No, estaba furiosa, porque, ¿qué derecho tenía él a tomar esa decisión por mí? ¿A desaparecer durante doce malditos años y en ese momento reaparecer como un héroe gótico con un complejo?

Y, sin embargo... lo entendía. Dios me ayudara, lo entendía.

«Quería protegerte de mi familia». Había dicho.

Ten sencillo. Tan devastador. Y así, sin más, el muro que había construido con ira, dolor y una década de preguntas sin respuesta comenzó a resquebrajarse.

La mafia Carrington no era ninguna broma.

Todo el mundo en la ciudad conocía su nombre.

Susurros en los callejones. Titulares de prensa que danzaban en torno a acusaciones que nadie podía probar.

El tipo de gente que no solo arruinaba vidas, sino que las borraba.

Así que sí, entendí por qué Daniel nunca volvió.

Pero entenderlo no borraba los años que había pasado esperando. Preguntándome. Siguiendo adelante, o intentándolo, solo para encontrarme siempre, siempre arrastrada de vuelta a la sombra de un hombre que nunca volvió a casa.

Atravesé lentamente el dormitorio, con su lujosa moqueta, mientras el denso silencio entre nosotros resultaba más íntimo que cualquier caricia.

La luz del fuego de la chimenea lo bañaba en tonos ámbar y dorados mientras permanecía de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y los hombros tensos. A la defensiva.

Los años lo habían cambiado.

En ese momento, estaba más fornido, con un físico definido y musculoso. Su rostro, antes abierto y cálido, se había endurecido. Estaba ensombrecido. Pero los ojos seguían siendo los mismos. Oscuros y penetrantes. Hambrientos. Solitarios.

—No puedo creer que sigas bebiendo bourbon —murmuré, más para llenar el silencio que para otra cosa.

Se giró ligeramente.

—Algunas costumbres son difíciles de erradicar.

—Ya veo —respondí secamente, sentándome en el borde de la gran cama, que, por cierto, tenía el colchón más suave que jamás había probado.

Mi trasero casi se hundió en él. Le lancé una mirada fulminante—.

¿En serio? ¿Me secuestras y me das sábanas de cinco estrellas?

¿Qué es esto, “Criminales y Comodidades”?

La boca de Daniel esbozó una leve sonrisa.

—Pensé que te gustarían las rosas.

Miré hacia los postes tallados.

—Sutil.

—Solías dibujarlas por todos tus cuadernos.

Parpadeé.

—¿Te acuerdas de eso?

—Lo recuerdo todo, Ainslee.

Su voz era baja, tranquila, pero tenía el peso de doce años.

Inspiré profundamente, tratando de mantener mi dignidad, que en ese momento estaba acurrucada en un rincón, lamiéndose las heridas.

—Te esperé —dije, con la voz siendo apenas un susurro—. En aquel entonces. Te esperé todos los días.

—Lo sé.

—No, no creo que lo hagas. —Apreté los puños—. Desapareciste. No escribiste. No llamaste. Ni siquiera una maldita paloma mensajera, Daniel.

Tensó la mandíbula.

—No podía arriesgarme a contactarte. No sin ponerte en peligro.

—Y, sin embargo, aquí estamos. El mismo hombre que se suponía que debía protegerme me secuestró en lugar de acercarse a mí como una persona civilizada y hablar conmigo sobre cómo mantenerme a salvo.

Se acercó a mí despacio, con cautela, como si no estuviera seguro de hasta dónde podía llegar.

—No estoy orgulloso de cómo sucedió. Pero si eso significaba mantener a Hector y a su hijo lejos de ti, lo volvería a hacer.

—Y mientras tanto —pronuncié, mirándolo con fría rebeldía—, cometí mis propios errores, así que supongo que no puedo pretender ser una santa. Pero de todo esto salió algo bueno, mi hijo.

Se agachó frente a mí, con voz baja y ronca.

—¿Es como tú?

Asentí.

—No ve a Callen lo suficiente como para aprender nada de él. —Me estremecí ante la amargura en mi voz—. Olvídate de mí. ¿Y tú?

—Estaba sobreviviendo. Tomé el control de la organización de Hector, aunque sigue por ahí y es jodidamente difícil deshacerse de él.

—¿De eso se trata? ¿Protegerme de él? Supongo que debería darte las gracias.

—No. —Su voz era de acero—. No quiero que me des las gracias. Solo quiero que lo entiendas. Me mantuve alejado, porque pensé que era la única manera de mantenerte a salvo.

—Podrías haber confiado en mí para tomar esa decisión por mí misma.

Cerró los ojos.

—No quería arrastrarte a esa oscuridad.

—Noticia de última hora —solté, poniéndome de pie y pasando a su lado—. Lo hiciste de todos modos.

Me acerqué a la ventana, la brisa fría se colaba por una pequeña rendija del marco, refrescándome las mejillas.

La habitación era lujosa. Las rosas florecían en cada detalle, pero el dormitorio no resultaba romántico. Parecía encantado. Como si los ecos de fantasmas e historias trágicas aún perduraran allí, bailando en torno al silencio, rozándonos los hombros cuando no mirábamos.

No dijo nada durante un largo rato.

—Sigues siendo lo más hermoso que he visto en mi vida.

Me giré.

—Los halagos no te van a hacer ganar el perdón, Daniel.

—No intentaba halagarte —declaró con voz ronca—. Simplemente estoy diciendo la verdad.

Dios me ayudara, pero lo sentí. El calor retorciéndose en lo más profundo de mi estómago. El recuerdo de su boca sobre la mía. Las mil formas en que me había amado en una sola noche doce años atrás... y las mil formas en que me había destrozado al marcharse.

—Has cambiado —señalé, entrecerrando los ojos.

—Tú también —murmuró.

—Tenía que hacerlo.

—Yo también.

Me moví para sentarme de nuevo, esta vez más atrás en la cama, dándonos espacio a ambos.

—Pensé que tal vez... tal vez volverías. Esperé tanto tiempo, Daniel.

Apretó la mandíbula.

—Lo siento, quería venir. Te lo juro por Dios, Ainslee. Pero Hector tenía ojos por todas partes. Si hubiera mostrado el más mínimo interés en ti, habría ido tras de ti. Te habría hecho más daño del que yo jamás podría haberte hecho, y eso, Ainslee... eso me habría matado.

Asentí lentamente, con la garganta anudada.

—¿Y ahora qué?

—¿Ahora? —preguntó, levantando la vista—. Ahora soy más fuerte que él. Ahora estoy dispuesto a acabar con él si es necesario.

El ambiente entre nosotros cambió.

—Sigo furiosa y dolida —admití.

—Siempre te gustaba tirar cosas cuando estabas enfadada.

—Y tú sigues melancólico como un personaje de una novela romántica trágica.

Eso le arrancó una sonrisa, pequeña, pero sincera. Ambos volvimos a quedarnos en silencio.

Y entonces hice la pregunta que ninguno de los dos se había atrevido a formular todavía.

—¿Has seguido adelante?

Negó con la cabeza, sin dudarlo.

—Lo intenté. Hubo mujeres. Sin embargo, ninguna se acercó ni lo más mínimo. Pensaba en ti todos los malditos días. Soñaba contigo todas las noches. Me odiaba por ello. Odiaba lo mucho que te echaba de menos. Y sigo haciéndolo.

Mis labios se entreabrieron ligeramente.

—A veces te odiaba. Quería olvidarte.

—Pero no lo hiciste.

—No. —Bajé la mirada hacia mis manos—. No lo hice.

Daniel se acercó. Sin tocarme, todavía no, aunque lo suficientemente cerca como para sentir su calor.

—¿Y ahora qué? —pregunté, sin estar segura de querer la respuesta.

Su voz era firme, profunda y constante.

—Ahora lo arreglaré. Un respiro a la vez. Y te protegeré como debí haberlo hecho desde el principio.

—¿Y qué hay de mi corazón? —Quise saber en voz baja.

Esa era la verdadera pregunta.

Extendió la mano lentamente y tomó la mía con delicadeza, como si no estuviera seguro de que le dejara quedársela.

—Me pasaré el resto de la vida demostrando que puedes confiar en mí.

Lo miré, lo miré de verdad. La oscuridad. El daño. La devoción.

Y que Dios me perdonara, aún lo amaba.

Aún era él. Siempre él.