CAPÍTULO DOCE
Daniel
A inslee siempre había sido hermosa.
En aquel entonces, era pura luz. Rizos salvajes y risas, manos suaves y un corazón tan grande que me hacía anhelar estar cerca de ella.
Pero en ese instante... ya era una mujer. Una visión impresionante y peligrosa. Ese cabello pelirrojo no era solo un color; era una advertencia. Una que había ignorado en el mismo instante en que volví a posar los ojos en ella.
Ella despertaba algo primitivo en mí. No solo deseo, aunque, Dios mío, de eso había de sobra. No, era algo más profundo, posesividad, instinto protector... y un ansia que no se había atenuado en doce años. Si acaso, se había agudizado con el tiempo.
El bloque de hielo que había llevado en el pecho durante más de una década se agrietó y luego se derritió, como si solo hubiera estado esperando su regreso. Por ella. La única que me había importado jamás.
Estaba aquí. En mi casa.
Aún no podía creerlo.
Hacía doce años, me alejé para protegerla.
Esta noche, la había secuestrado.
También para protegerla.
¿Retorcido? Quizás. Pero nada volvería a interponerse entre nosotros. Esa pizca de decencia, la que me convenció de mantenerla alejada para que pudiera tener una vida más segura... había muerto. Reducida a cenizas.
A partir de ese momento, era mía.
Para conservarla. Para protegerla. Para no volver a perderla nunca más.
Debería haberla dejado en paz. Siempre fue demasiado buena para mí.
Demasiado brillante. Demasiado amable. Me había robado el corazón en el momento en que nuestras miradas se cruzaron, y nunca lo recuperé del todo.
Puede que me haya acostado con otras mujeres a lo largo de doce años, pero nadie me había llegado a conmover.
No como Ainslee.
Y la había visto seguir adelante. Desde lejos. Siempre mantuve esa maldita distancia entre nosotros para protegerla. Ella construyó una carrera. Encontró a un hombre. Tuvo un hijo.
Mientras tanto, yo me consumía.
Porque aquella noche con ella, la única noche en la que me permití algo puro, algo bueno, fue la última vez que me sentí humano. La última vez que sentí algo.
Hasta ese instante.
Estaba al otro lado de la habitación, con la postura tensa por la furia y la incredulidad. Sus ojos, el mismo impresionante verde esmeralda que rondaba todos mis sueños, se clavaron en los míos.
—¿Quieres tomar algo? —Le ofrecí, con la esperanza de aliviar la tensión.
No pestañeó.
—No, gracias —dijo con frialdad—. Estamos en plena madrugada, Daniel. Lo que quiero es irme a casa. ¿Dónde demonios estoy?
Ese fuego en su voz hizo que algo en mi interior se tensara y no solo en el pecho.
Me acerqué al minibar escondido dentro del gabinete de palisandro y me serví una copa, fingiendo ignorar su furia. Me lo esperaba. No era una mujer que se tomara a la ligera que la maltrataran, y mucho menos que la drogaran y secuestraran.
—¿Qué has hecho, Daniel? —inquirió con voz tensa. Tenía los puños apretados a los lados, con los nudillos pálidos.
En los meses que estuvimos juntos, esos seis breves y perfectos meses, nunca me había levantado la voz. Veía dulzura, calidez, bromas juguetonas. Pero en ese momento su temperamento se había desatado con toda su fuerza.
Y era magnífico.
Y también aterrador.
Di un sorbo a mi bourbon .
—¿Te refieres a... qué ha hecho tu novio? —dije levantando una ceja.
El color se le subió a las mejillas. Los ojos le brillaban con indignación renovada. «Así que todavía se preocupa por él». Pensé con amargura. O al menos lo que él había hecho todavía tenía el poder de herirla.
—Exnovio —siseó.
«Perfecto». Callen no se la merecía. No podía protegerla, pero yo sí, y eso era precisamente lo que iba a hacer. Ella había vuelto a mi mundo, y ese cabrón no iba a interponerse en mi camino para mantenerla a ella y a su hijo a salvo.
Le di un momento. Entre los efectos persistentes del sedante y el impacto emocional de despertarse aquí, esperaba que tardara un poco.
—Bueno, a estas alturas ya te habrás dado cuenta de que Callen te apostó —expliqué con voz fría—. Y yo fui quien cobró.
Su expresión cambió de conmoción a horror.
—¿Tú? —susurró.
—Sí. Yo.
No se movió. Se quedó allí de pie, con el pecho subiendo y bajando mientras la verdad la golpeaba de lleno.
—¿Por qué? —susurró.
—Deberías preguntárselo a él —contesté—. Fue quien te usó como garantía.
—No —siseó, apretando los dientes—. ¿Por qué tú? ¿Por qué no te acercaste a mí como una persona normal? ¿Por qué dejaste que lo hiciera él?
—Llegué tarde. Ya te habían... puesto sobre la mesa —aclaré, eligiendo mis palabras con cuidado—. Para cuando me enteré, ya habían mencionado tu nombre. No podía pausar el juego y llamarte.
—¿Pero secuestrarme?
—No tenía tiempo para formalidades —pronuncié, encogiéndome de hombros—. Si me hubiera acercado a ti abiertamente podrías haber huido. O peor aún haber ido a la policía. Y no podía arriesgarme a eso.
Frunció el ceño.
—¿Arriesgarte a qué exactamente?
Dudé.
Decirle la verdad la aterrorizaría. No decírsela sería peor.
Exhalé
—Mi tío ya te tenía en la mira. —Parpadeó.
—¿Tu tío?
—Hector Carrington, padre de Hugo Carrington. —Quien ya estaba muerto, gracias a mí.
Su rostro se volvió pálido.
Ahí estaba. El reconocimiento. Todo el mundo conocía el nombre de Hector. A la prensa sensacionalista le gustaba describirlo como el rey en la sombra de Londres, rico, intocable, y completamente loco.
—Dios mío —susurró.
Asentí una vez.
—Y si no hubiera intervenido, ahora mismo estarías en sus manos. —Perecía físicamente enferma—. Lo siento, Ainslee —me disculpé en voz baja—. No planeé que sucediera así. Pero haré lo que sea necesario para protegerte. A tu hijo. A tu madre. Están bajo vigilancia. A salvo.
Eso la conmovió, apenas. Abrió los labios y exhaló un suspiro tembloroso.
—Ojalá me lo hubieras dicho —soltó con la voz quebrada—. Todo ese tiempo... simplemente te fuiste.
Los recuerdos me atravesaron como una navaja.
Ella estaba de pie junto a la cama, envuelta en sábanas blancas, con el cabello resplandeciente contra su piel pálida. Recordé lo fuerte que me abrazó, cómo me susurró: Prométeme que volverás conmigo.
Se lo había prometido.
Y luego rompí esa promesa.
—Pensé que mantenerme alejado era la mejor manera de protegerte —expresé—. Pero claramente me equivoqué. Esperé demasiado, y el peligro te encontró de todos modos.
Su mano se posó sobre mi pecho, suave pero abrasadora.
—Oh, Daniel. Tanto tiempo perdido —musitó y casi me derrumbé.
—Lo arreglaré —declaré con vehemencia—. Me encargaré de todo. Y cuando haya terminado, recuperarás tu vida.
Me miró con expresión inquisitiva.
—¿Y si no quiero recuperar esa vida?
La pregunta me golpeó más fuerte que cualquier bala.
Quizás, solo quizás, aún quedaba una pizca de esperanza.
Pero, aunque me odiara para siempre, la protegería. Aunque me costara la vida