CAPÍTULO DIEZ
Ainslee
S alí por la puerta trasera del teatro de la ópera como siempre hacía después de una actuación: en silencio, sin alarde.
Era la mejor manera de evitar a la multitud de fans que solía reunirse en la entrada, ansiosos por conseguir autógrafos, selfies o vislumbrar algo más que una voz que se desvanecía.
Como me había marchado temprano de la fiesta, aún había seguridad. Me venía de maravilla. La calle estaba casi desierta, el silencio de la ciudad contenía la respiración entre los pasos y el tráfico lejano.
Una brisa fresca de diciembre me acarició la piel, refrescando el calor que aún perduraba de las luces del escenario y el champagne . Respiré hondo. El aire no era tan fresco ni limpio como en mi Edimburgo natal, pero era mejor que la nube densa de perfume del salón de recepción.
Me dirigí por el estrecho callejón junto al teatro de la ópera, con los tacones golpeando suavemente el pavimento húmedo. La calle principal estaba a solo una manzana. Si bien conocía bien esa ruta, esta noche algo me parecía... raro.
Esa inquietante sensación, como dedos recorriéndome la espina dorsal, volvió a invadirme. La misma que había sentido entre bastidores. Durante la representación. Incluso, el día anterior. Mis instintos, olvidados durante mucho tiempo, se agitaron con inquietud.
Miré por encima del hombro.
Nada. Solo paredes de ladrillo, contenedores de basura y una luz parpadeante que zumbaba como una abeja moribunda.
Aun así, aceleré el paso.
El callejón parecía más largo de lo normal esta noche, la oscuridad de alguna manera más densa. El tipo de oscuridad que se tragaba el sonido.
Entonces los escuché.
Pasos.
Suaves. Constantes. Haciendo eco de los míos.
Me quedé paralizada.
Me di la vuelta.
Vacío.
Las sombras no se movían. El silencio no se rompía. Pero el corazón me dio un salto brusco y lleno de pánico en el pecho.
Entrecerré los ojos hacia los extremos del callejón, donde la luz de la luna no llegaba del todo, donde las cosas podían esconderse a plena vista.
Mas no vi nada. Solo la oscuridad. Solo el zumbido de algo que no podía nombrar.
Y la tranquila certeza de que no estaba sola.
Me obligué a seguir caminando, a pesar de que el pulso me latía en la garganta como una batería. Pero en el momento en que lo volví a oír, pasos agudos y apresurados resonando en los adoquines, mi cuerpo se tensó. Alguien me seguía. No, me perseguía .
Se me cortó la respiración. Mi mente se fragmentó en los peores escenarios posibles, como un parabrisas agrietándose bajo presión.
¿Podría ser alguien relacionado con las deudas de Callen? Si bien sabía que había tenido problemas, me había dicho que lo tenía bajo control. Le creí... qué estúpida. Aunque, en el fondo, consideraba que esos hombres peligrosos podrían venir por mí.
Un estruendo metálico resonó a mis espaldas, una lata de refresco tirada sobre las piedras. El ruido repentino me sobresaltó. El pánico me atrapó.
Empecé a correr.
Bueno, lo que yo llamaba correr. Yo era más bien del tipo “caminar a paso ligero con remordimientos”. Correr y yo nunca nos habíamos llevado bien. No obstante, al parecer, la adrenalina había decidido tomar el control esa noche.
El callejón se estrechaba, pero justo delante vi la salida a la calle principal. Allí, bloqueando la salida, había un gran todoterreno negro con el motor en marcha, como si llevara tiempo esperando.
Un Land Rover. Cristales tintados.
No sabía si eso significaba seguridad o peligro; sin embargo, sabía una cosa, necesitaba gente. Luces. Testigos. Si tan solo pudiera rodear ese maldito vehículo, podría despistar a quienquiera que me persiguiera entre la multitud.
Apreté el paso.
Me ardían los pulmones. Las piernas se rebelaban. Mis botas golpeaban contra la piedra resbaladiza.
Ya casi llegaba.
Solo unos pasos más.
Pero entonces... unos brazos. Unos brazos fuertes, que se apretaban como un torniquete alrededor de mi cintura. Me tiraron hacia atrás, dejándome sin aliento. Apenas tuve tiempo de jadear antes de que algo suave me presionara la nariz y la boca.
Lo primero que percibí fue el aroma.
Lavanda.
Suave, dulce... familiar. ¿Por qué me resultaba familiar?
Me retorcí, pataleando, arañando con los dedos el brazo que me apresaba el pecho. Mi cuerpo era puro pánico, no obstante, mi mente, mi mente traicionera y debilitada, estaba confusa. Ese aroma no debería haberme reconfortado, pero lo hacía. De alguna manera.
Intenté gritar. Creí que intenté gritar. Tal vez solo lo pensé.
—No...
La palabra se me escapó de los labios o resonó en mi cabeza.
Y entonces la oscuridad me arrastró hacia abajo, y caí en ella, con fuerza y rapidez, como lo había hecho tantos años atrás.
En los mismos brazos.