Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) CAPÍTULO OCHO #2
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CAPÍTULO OCHO #2

No pude entender las palabras que ella y Hugo intercambiaron, mas no hacía falta.

El miedo tenía su propio lenguaje, y yo lo conocía bien.

Mi primo la rodeaba como a una presa, saboreando su terror.

Era el peor tipo de depredador, uno que disfrutaba de la persecución, pero que aún más amaba burlarse de sus víctimas.

Y si hubiera sabido lo que realmente sentía por Ainslee, habría llegado incluso a torturarla delante de mí solo para verme sufrir.

Gran error.

Nunca tuvo la oportunidad de volver a ponerle un dedo encima.

Mi teléfono vibró con un mensaje, apartando los pensamientos del pasado.

Era una invitación de Alexander para asistir a una cena con su familia dentro de unos días.

Pero, para entonces, tendría a Ainslee en mis manos.

Estaba deseando llevarla por fin a casa.

Una docena de años habían pasado volando en un abrir y cerrar de ojos, sin embargo, los últimos cuatro días desde mi encuentro con McLeod me habían parecido una eternidad.

Por un fugaz instante, contemplé la posibilidad de decirle a Alexander que llevaría a la fiesta a mi pequeña examante/premio . No pude evitar imaginarme cómo se desarrollaría esa escena.

«Una mezcla perfecta para desatar el drama», pensé con ironía, pero no creía que ninguno de nosotros estuviera preparado para eso. Probablemente, Ainslee estaría echando chispas durante toda la noche.

Así que le escribí un mensaje breve de respuesta.

Yo: Tengo que declinar. Me voy a Escocia. Llámame cuando estés por aquí.

Alexander también tenía una casa familiar allí y, con el tiempo, me gustaría presentarles a Ainslee a mi grupo de amigos. La quería en cada parte de mi vida. Y necesitaba recuperar el tiempo perdido.

Tenía la sensación de que McLeod no cumpliría mis instrucciones de traerme a Ainslee, así que ideé un plan B.

Uno que se pondría en marcha justo después de su actuación de esta noche.

Hasta entonces, el hombre al que había encargado vigilar su casa en Edimburgo se aseguraría de que nadie más se le acercara.

Otro de mis hombres estaba vigilando a McLeod, y esta mañana me informaron de que ese imbécil le había confesado lo que había hecho.

Ella no se lo tomó nada bien. Y con razón: mi chica nunca había sido del tipo que se dejaba pisotear.

Ainslee era la mezcla perfecta de cariño, alma y rebeldía, todo envuelto en un cuerpo precioso con rostro angelical, dotado de los ojos verdes más brillantes y coronado por una abundante melena de rizos rojos.

Desde el momento en que posé mis ojos en ella, la oscuridad que había en mí se disipó, y había una luz que me guiaba a través de ella.

Ainslee lo era todo para mí. Incluso cuando me alejé, esa luz permaneció.

Debería haber sabido que, al final, me llevaría de vuelta a ella.

A pesar de todos mis sacrificios y del dolor que le causé, el destino tenía otros planes. Y esta vez, no la dejaría escapar.

Vestida con un sencillo vestido azul, caminaba a paso ligero hacia su destino, mirando por encima del hombro de vez en cuando.

Como si pudiera sentirme acechándola en la penumbra.

Podría haber hecho que uno de mis hombres la trajera hasta mí, pero no quería que nadie más la tocara. Era mía y solo mía.

Mientras la veía abrirse paso entre la multitud, admiré su figura.

Tenía curvas en todos los sitios adecuados, recordándome a las pinturas renacentistas que solía pasar horas contemplando durante mis estancias en ciudades históricas europeas.

Era la perfección, cada sonrisa, el balanceo de sus caderas, cada nota que salía de sus deliciosos labios.

Nunca podría olvidar cómo se movía su exquisito cuerpo bajo el mío, cómo sus gemidos y besos me hacían derretirme en sus brazos.

Quería hundir mi polla en su interior de nuevo y escuchar sus suaves gemidos mientras la penetraba con fuerza.

¿Me querría de nuevo como lo hizo alguna vez? ¿Me recibiría entre sus muslos y gritaría mi nombre como solía hacer?

No podía evitar preguntarme, quizás incluso temer, que ya no viera aquello que antes la atraía hacia mí.

Dejando a un lado ese temor, me concentré en Ainslee. Lo único que importaba era ponerla a salvo.

Casi podía saborear el alivio. Estaba casi a mi alcance. Se resistiría; estaba seguro de ello. Pero esperaba que al final entendiera que todo lo que hacía era por su propio bien.

No debería ser difícil dominarla. Ainslee no era alta.

De hecho, era bastante menuda, apenas medía un metro sesenta y cinco.

No obstante, su porte y su personalidad la hacían parecer más imponente.

Tenía que secuestrarla, discretamente, por supuesto, y luego esconderla en un lugar seguro. Y ya tenía el sitio perfecto en mente.

Mientras pasaba, los hombres la observaban con curiosidad.

No podía culparlos. Ainslee McLaren era una belleza.

Su abundante melena, del color de las llamas ardientes, bastaba para que la miraran dos veces, pero en realidad era una mujer excepcional.

Aun así, me molestaba que alguien más se atreviera a posar los ojos en ella.

Me detuve cuando aminoró el paso frente al imponente edificio neoclásico.

La sede de la Royal Opera , el Royal Ballet y la orquesta de la Royal Opera House se alzaba majestuosamente, dándoles la bienvenida a visitantes y artistas.

Todavía era bastante temprano, así que no había mucha gente reunida afuera.

Una vez que la vi desaparecer dentro, esperé.