Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) CAPÍTULO SIETE
18%

CAPÍTULO SIETE

Ainslee

M e levanté de la cama antes del amanecer y me senté a la mesa, atormentada por los recuerdos que mantenía encerrados en mi subconsciente.

Pero esa era la cuestión: volvían a aparecer en mis sueños.

Especialmente, la pesadilla sobre aquel día, cinco años atrás, en que fui a buscar a Daniel a Londres.

Después de enterarme por un rumor de que estaba de permiso durante unas semanas, fui a buscarlo. Una decisión de la que me había arrepentido desde entonces.

Daniel Carrington nunca volvió conmigo, como había prometido.

Sin embargo, seguía formando parte de mí.

Habían pasado doce años desde la última vez que vi al hombre del que me enamoré.

Si, después de todo este tiempo, no había conseguido sacarlo de mi mente, dudaba que tuviera mucho éxito en los próximos doce.

Le rogué a Lachlan que buscara su dirección.

Durante días, di vueltas en mi habitación, casi sin dormir, esperando.

Así que imaginen mi sorpresa cuando mi primo me dijo que la familia de Daniel estaba relacionada con la mafia Carrington.

La misma que gobernaba el bajo mundo londinense.

Me hizo prometer que no buscaría a Daniel.

Pero incluso al hacer esa promesa, sabía que la rompería.

Necesitaba ver al hombre que aún ocupaba un lugar especial en mi corazón.

Tomé un taxi frente a mi hotel, The Stafford, y mantuve la vista fija en el paisaje urbano más allá del parabrisas.

Los restaurantes de lujo, los bares, las mansiones, y los coches costosos por los que el corazón de Londres era famoso.

Al final, las vistas dieron paso a almacenes destartalados, ventanas tapiadas y pubs en ruinas, y me quedé mirando, hipnotizada, mientras el taxi avanzaba lentamente por las calles más duras del Este de Londres.

Las aceras estaban desiertas, pero casi podía sentir el peligro acechando en los callejones oscuros. No se me escapó lo poco que realmente sabía de Daniel.

—¿Está segura de que quiere estar aquí, Lass ? —me interrumpió el taxista.

—Eso creo —murmuré.

Al recordar el tiempo que habíamos pasado juntos, rara vez hablábamos de su infancia o su educación. Mencionó que su familia era un poco ruda, sin embargo, nunca dio más detalles. Supuse que eso significaba que no estaba muy unido a ellos. Pero ¿la mafia? ¿La jodida mafia?

Nos detuvimos frente a un imponente edificio gris. Las ventanas no estaban selladas, aun así, el lugar seguía siendo inquietante, proyectando sombras sobre un césped seco y descuidado.

—Ya hemos llegado —me avisó. Era la dirección que Lachlan me había compartido a regañadientes. Tragué saliva con dificultad, paralizada ante la idea de salir del vehículo—. ¿Qué le parece si me quedo aquí y la espero?

Al oír su oferta, giré la cabeza hacia el conductor. Estaba mirando por la ventana, con un profundo surco marcado entre sus cejas pobladas.

Asentí con entusiasmo.

—Se lo agradecería muchísimo —dije—. Le pagaré por su tiempo, por supuesto.

Negó con la cabeza.

—No se preocupe por eso —pronunció—. Quiero asegurarme de que regrese sana y salva. Yo también soy de Escocia y tengo una hija. Si fuera necesario, querría que alguien se asegurara de que estuviera a salvo.

Exhalando con dificultad, le dediqué una sonrisa de agradecimiento, sintiendo un nudo en la garganta por su amabilidad.

—No tardaré mucho.

Abrí la puerta y salí del taxi, luego, me acerqué lentamente al edificio. En este instante que estaba aquí, no sabía qué hacer. Este lugar no parecía tener timbre. No parecía una casa. Más bien parecía algún tipo de atracción embrujada a la que acudían en masa los turistas en Old Town .

Al empujar la verja de hierro, las bisagras de aspecto antiguo chirriaron, provocándome un escalofrío que recorrió mi espalda.

Al mirar por encima del hombro, pude ver al taxista, sentado en su coche con el motor en marcha. Como si esperara que tuviéramos que irnos a toda prisa.

Me di la vuelta y me detuve en seco. Delante de mí había un hombre corpulento, con los brazos cruzados sobre su amplio pecho y unos ojos fríos que ocultaban algo inquietante en sus sombras.

El cabello oscuro que le cubría la cabeza era del mismo tono que el de Daniel, lo que me hizo pensar que eran parientes.

La mirada calculadora que había en sus ojos se transformó, revelando un atisbo de crueldad. Me clavó la vista mientras encendía un cigarrillo y daba una larga calada. Luego, exhaló lentamente, soplando el humo directamente en mi cara.

Tosí, tapándome la nariz y la boca, y di un paso atrás, sintiendo una amenaza.

—¿Te perdiste, nena? —La boca se le torció en una mueca amenazante y el pulso se me aceleró. Este hombre apestaba a brutalidad.

—Estoy buscando a Daniel —informé, sorprendida de que mi voz sonara algo firme. Por dentro, sin duda, temblaba de miedo—. Daniel Carrington.

Levantó una ceja con sorpresa, pero por lo demás, su expresión permaneció inalterada. Excepto por sus ojos. Brillaban con un salvajismo desenfrenado.

—Está un poco... ocupado ahora mismo. Si sabes a lo que me refiero —soltó, con los labios curvados en una sonrisa de satisfacción enfermiza que no acababa de entender—. Yo ya tuve mi turno, ahora le toca a él —aclaró, y me estremecí.

¿Estaba diciendo que Daniel tenía otras mujeres?

¿Que estaba ahí dentro, con alguien? ¿En ese mismo momento?

Por alguna razón, esa posibilidad nunca se me había pasado por la cabeza.

¡Estúpida, estúpida chica! Pensé que me esperaría.

Como yo lo estaba esperando a él. Peor aún, estaba compartiendo a una mujer. Quizás a varias mujeres...

Lachlan tenía razón; debería haberme mantenido al margen. Mi tenacidad acabaría matándome algún día. Dios sabía que ya me había metido en muchos problemas.

Di otro paso atrás, pero esta vez, el hombre dio un paso hacia mí.

Me pareció una nube oscura, cerniéndose sobre mí, a punto de descargar su furia.

Cada paso que daba para retroceder era contrarrestado por uno de los suyos.

Ya no podía ocultar mi terror. Por su sonrisa retorcida, supe que podía verlo reflejado en mi rostro. Y eso le excitaba.

Mis oídos resonaron con los latidos acelerados de mi corazón. Intenté tragar saliva, pero...

—¡ Lass , vámonos!

Giré la cabeza bruscamente hacia un lado. El taxista seguía allí. De pie junto a su auto, esperándome. El alivio me invadió y casi sollocé.

Sin pensarlo dos veces, me di la vuelta y corrí hacia la puerta, que aún estaba abierta.

Las risas a mis espaldas llenaron el sofocante aire de la tarde, persiguiéndome mientras me alejaba tambaleándome.

Afuera, me golpeó una pared de humedad asfixiante que igualaba la pegajosa y desagradable sensación que sentía por dentro.

Abrí de golpe la puerta, esta vez la del pasajero, y me desplomé en el asiento mientras el conductor arrancaba.

Luchando contra el nudo en la garganta, finalmente tuve que afrontar la realidad.

Mi Daniel se había ido. El hombre al que había amado durante años podría seguir vivo, aunque para mí, era como si estuviera muerto. Tal vez haya sido mi primer amor, pero no era el hombre que yo creía.

¿Alguna vez me había dicho la verdad?

¿Me había equivocado por completo?

Quizá nunca había existido. Quizá no era más que un producto de mi imaginación. Bien podría ser que Daniel fuera un bruto disfrazado de caballero. Igual que el hombre que se reía maniáticamente mientras yo me apresuraba a volver al taxi.

Me había enamorado de un monstruo y ahora todo mi afecto por él se había esfumado.

Apartando de mi mente los pensamientos de aquel día, me levanté de la silla y abrí las puertas francesas para dejar entrar el aire fresco y que los recuerdos se marcharan. La verdad era que nunca había conocido realmente a Daniel Carrington.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo y alcancé la manta de cachemira que había junto a la puerta, echándomela por los hombros. No estaba segura de si era por estar recordando el pasado o si el clima de finales de otoño se había disipado de verdad.

La luz del sol matutino comenzó a colarse por las ventanas de la cocina a mi lado, aunque mis pensamientos estaban a kilómetros de distancia.

En Londres.

Mi próxima presentación se acercaba a pasos agigantados y, como siempre, me provocaba ansiedad. No era por actuar ni por el espectáculo en sí. Era por estar en la ciudad. Saber que, en algún lugar del bajo mundo criminal, Daniel Carrington estaba al acecho.

«¿Pensará alguna vez en mí?»

Con un gemido interior, encendí la cafetera y esperé a que se preparara mi taza.

Tras una noche inquieta, necesitaba una buena dosis de cafeína, quizá dos, para aguantar el día.

Mientras tanto, puse la tetera al fuego para preparar té.

Mi madre probablemente se levantaría pronto, y ella nunca tomaba café.

Al poco rato, oí los pasos de Mum desde su habitación, arriba. Sabiendo que bajaría en un par de minutos, le preparé la taza tal y como le gustaba. Y justo a tiempo, porque mi madre apareció en la puerta.

—Buenos días.

—Buenos días, cariño. —Me devolvió el saludo con una suave sonrisa. Nos dirigimos hacia la mesa, siguiendo nuestra rutina habitual—. Hoy te has levantado temprano —señaló, entrecerrando los ojos para mirarme.

Sabía que estaba preocupada, así que forcé las comisuras de mis labios a curvarse hacia arriba.

—No podía dormir.

—¿Te preocupa algo? —Mi madre siempre se daba cuenta de todo—. ¿Has recibido alguna mala noticia?

—No, solo ha sido una de esas noches.