CAPÍTULO CINCO
Ainslee
A guanté apenas treinta minutos revisando correos electrónicos antes de que me distrajera una llamada de mi mejor amiga y entusiasmada, quedé con ella para almorzar.
Las luces del techo de la oficina zumbaban levemente, y su resplandor estéril me provocaba dolor de cabeza, y no veía la hora de escapar de aquel edificio deprimente.
Mis tacones resonaban en el suelo de mármol como una cuenta regresiva hacia la libertad.
Afuera, el cielo se había teñido de un color gris plomo apagado y una niebla fría se aferraba a la ciudad, colándose entre los edificios y asentándose en las grietas de las viejas calles de piedra. El ambiente de Edimburgo reflejaba el mío: sombrío, incierto, pesado.
La voz de Islaine resonó entre la niebla como un faro, enérgica y directa como siempre.
—No puedes conformarte —me regañó, ajustándose la bufanda mientras caminábamos hacia Dome .
No la había visto desde nuestra última noche de chicas, hacía meses, cuando nos emborrachamos a lo bestia en BrewDog .
Bailamos sobre las mesas, discutimos con un portero e Islaine le enseñó los pechos al camarero para que nos invitara shots que no necesitábamos.
El dueño seguía mirándonos con mala cara cuando pasábamos por allí.
Fue una pena, la verdad. Sus patatas fritas con salsa eran insuperables.
En cambio, nos dirigíamos a Dome , que, como era de esperar, estaba repleto de turistas.
Los acentos estadunidenses rebotaban en las columnas de mármol, y capté al menos tres personas que me miraron con sorpresa y un tipo descarado me grabó con la excusa de revisar su teléfono.
Suspiré. El reconocimiento venía con el nombre, y el nombre venía con su propia maldición.
Pero servían los mejores martini de espresso de la ciudad, así que había que hacer sacrificios.
—No me conformo —reviré mientras nos sentábamos en nuestra mesa de la esquina, cerca del fondo—. No hago nada.
—¡Exacto! —Islaine me apuntó con la pajita como una daga—. No haces nada. Has estado a la deriva, cariño. Si todavía no te has decidido por Callen, entonces no es el indicado.
Sabía que no era el indicado. Joder, lo sabía desde hacía años, pero admitirlo era como abrirme una vena.
Mis dedos se crisparon contra el borde del mantel de lino blanco, aferrándose a él como a un salvavidas.
Los cubiertos tintinearon levemente con el movimiento.
Si tirara con suficiente fuerza, imaginé que todo, platos, vasos, el delicado arreglo de rosas rosadas entre nosotras, se derrumbaría.
Igual que mi vida, construida con tanto cuidado.
«El corazón de una McLaren solo ama una vez».
Las palabras de mi madre resonaban como una vieja canción de cuna, transmitida de generación en generación. Puede que fuera mitad Wallace, pero McLaren era el apellido que figuraba en mi acta de nacimiento, con el que me había hecho famosa. Era aquel que publicaban los tabloides.
—Han pasado doce años —continuó Islaine con delicadeza, suavizando el tono, con las comisuras de los ojos arrugados por la tristeza—. Creo que ambas sabemos que no va a volver.
Sí. Lo sabía desde hacía mucho tiempo. Lo había superado. Lo había enterrado. Había construido una vida sobre las ruinas. Ahora tenía un hijo: brillante, hermoso y lo más auténtico que jamás había creado. No era infeliz.
Aunque tampoco estaba enamorada de Callen.
Algunas personas nunca llegan a experimentar ese tipo de amor salvaje y desgarrador. Yo sí. Y casi me había destrozado cuando Daniel no volvió conmigo.
—Lo sé —susurré. Islaine no insistió. Dio un sorbo a su cóctel, mirándome con silenciosa comprensión—. Callen y yo simplemente... No estamos hechos el uno para el otro.
«Al parecer, tampoco Daniel y yo» .
Ese pensamiento me abrió un agujero en el pecho: silencioso, limpio y agonizante. Por más que intentara recomponerme, seguía doliendo cuando menos lo esperaba.
—Me preocupo por él —continué, con la voz apenas audible por encima del murmullo de la conversación a nuestro alrededor—, pero solo como el padre de mi hijo. »Ese vínculo siempre estará ahí. ¿Pero amor? No el que importa. No el que dura. Simplemente, no puedo superar todo lo demás.
—No tienes que explicármelo —dijo Islaine encogiéndose ligeramente de hombros—.
Pero tampoco puedes engañarlo. Se merece algo más que eso.
Tú te mereces algo más que eso. —Asentí con la cabeza, soltando por fin el mantel.
Me dolían las manos—. Entonces ya lo tienes decidido —afirmó con naturalidad.
Para ella, era tan natural como respirar.
Sin embargo, no veía el rastro de destrucción que dejaba esa decisión.
Las relaciones desmoronándose. La decepción en los ojos de Callen.
Me obligué a sonreír y cambié de tema. No podía obsesionarme con Callen. Ni con Daniel. Ni con ningún hombre, para el caso.
—¿Qué tal va tu floristería?
Las dos sabíamos que el cambio de tema era deliberado. Llevábamos siendo mejores amigas el tiempo suficiente como para comunicarnos con silencios. Ella no insistiría, no en ese minuto, y yo sabía que ese era su tema favorito.
Sus ojos se iluminaron y se inclinó hacia adelante con una sonrisa que podía disipar la niebla misma.
—Es increíble —soltó, casi radiante—. Acabo de firmar el contrato de alquiler de un segundo local en Stockbridge.
¿Te lo puedes creer? Y la temporada de bodas ha sido una locura.
Tuve que contratar a dos ayudantes más. Me diste el mejor consejo del mundo al decirme que dejara el mundo empresarial.
Sinceramente, ni siquiera recuerdo haber sido infeliz allí.
Su alegría era contagiosa, un bálsamo para mis nervios de punta. Esta vez sonreí de verdad.
—Bueno —dije, alzando mi copa hacia la suya— al menos una de nosotras lo consiguió.
Chocó suavemente su copa contra la mía.
—Tú también lo harás, cariño. Con el tiempo. A veces, simplemente se necesita más tiempo para florecer.
Observé el remolino de líquido oscuro en mi copa, sin saber muy bien si todavía estaba esperando florecer o si ya me había marchitado.