CAPÍTULO CUATRO
Daniel
E l pub estaba escondido en un rincón olvidado del Este de Londres: sin letreros de neón, sin latón pulido, sin listas de reproducción cuidadosamente seleccionadas.
Solo el murmullo sordo de viejas conversaciones, suelos pegajosos que se adherían a las suelas, techos que parecían oprimir con el peso de todo lo no dicho y suficiente whiskey detrás de la barra como para ahogar a todos los fantasmas que nunca habíamos dejado descansar.
La lluvia azotaba el pavimento de fuera, de esa que te empapaba el abrigo por mucho que caminaras rápido.
Empujé la puerta y entré en una neblina de cerveza rancia, grasa de freír y algo vagamente medicinal, probablemente lo que fuera con lo que hubieran fregado los suelos por última vez.
El calor me golpeó de súbito, denso y casi hostil.
Max ya estaba allí, oculto en la mesa de la esquina como si lo hubieran vestido en el asiento. Un brazo colgaba del respaldo, el otro rodeaba un vaso de cerveza resbaladizo por la condensación. Lo miraba fijamente como si contuviera respuestas, o tal vez solo distracciones.
Me deslicé en el asiento frente a él, hice un sutil gesto con dos dedos al camarero y esperé.
Al principio, no intercambiamos palabras, solo el tintineo de mi vaso al ser colocado delante de mí y el peso de la mirada de Max posándose como polvo. Era el aniversario de nuestra última misión militar, y los fantasmas nos perseguían hasta ese mismísimo día.
—Tienes muy mal aspecto —comentó, con voz baja y seca, una leve sonrisa retorciéndole la comisura de los labios.
—Te agradezco el cumplido.
Chocamos las copas en silencio. Un brindis por todo lo que no nombraríamos: los años, la sangre, el peso que ambos seguíamos cargando en lugares demasiado profundos para alcanzarlos.
Max dio un largo trago; luego, se recostó, estudiándome como quien examina una cicatriz que aún duele cuando llueve.
—Me enteré de lo que pasó en Nightingale .
No respondí, apretando la mandíbula y dejando que el whiskey me quemara la garganta.
—Lo manejaste bien —agregó, esta vez un poco más suave—. Pero la pregunta es... ¿Cuánto tiempo más podrás seguir así?
Hice girar el líquido ámbar en mi vaso, observando cómo reflejaba la luz parpadeante sobre la barra. Era lo único que se movía entre nosotros.
—Esta vida no te deja salir ileso —murmuré—. Y desde luego, tampoco deja que la gente que te rodea se vaya intacta.
No dijo nada de inmediato. Simplemente, asintió, lentamente comprendiendo.
—Sé lo que se siente.
Nuestras miradas se cruzaron por un instante. Dos hombres que habían compartido la suciedad bajo las uñas, la sangre en las botas y esos gritos que aún se colaban en nuestros sueños cuando la noche se volvía demasiado silenciosa.
—Pero tenemos que seguir adelante —afirmó—. De lo contrario, no seremos más que fantasmas.
—Sí.
—¿Piensas en ello a menudo?
Asentí.
—Todos los días.
—Estoy mejor desde Layla —confesó con voz ronca—. Pero hoy lo recordé todo como si fuera ayer. Todavía puedo ver cómo se estremecían los cuerpos cuando...
—No lo hagas.
No quería que sonara tan brusco, mas tampoco lo suavicé.
Se recostó exhalando con fuerza por la nariz.
—Bien. Supongo que ambos tenemos recuerdos que no queremos revivir.
—Se extendió un silencio, de esos que parecen encajar perfectamente en este lugar, antes de que él se inclinara hacia delante, con el peso de algo más pesado detrás de sus ojos—.
Sabes, puedes seguir construyendo tu imperio, casinos, clubes, muelles, lo que sea, pero al final del día, sigues volviendo a casa solo.
Sigues teniendo esa misma mirada vacía que vi en ti el día que regresamos.
Apreté los dedos contra el vaso de cristal.
—Tuve algo una vez —solté—. Alguien.
Max arqueó una ceja.
—¿Te refieres a la chica? ¿La cantante de ópera?
Asentí.
—¿Sigue por ahí?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué demonios estás aquí sentado en vez de estar con ella?
Miré por la ventana empañada, con su larga melena pelirroja grabada en la mente.
—Porque mi mundo la habría devorado. La protegí de la única manera que supe. Tuve que dejarla ir.
No discutió. Se limitó a quedarse allí sentado, mirándome como si viera algo detrás de mis ojos.
—No tenemos muchas cosas buenas en esta vida, amigo —reflexionó en voz baja—. Cuando las tenemos, debemos aferrarnos a ellas. Y si las perdemos, más nos vale estar seguros de que las perdimos por las razones correctas.
No respondí porque, en realidad, ¿qué podía decir?
La puerta de mi penthouse se cerró detrás de mí con un clic, suave pero definitivo.
El tipo de sonido que resuena más fuerte en la soledad, rebotando en los suelos de mármol pulido y las elegantes superficies de cristal, para luego desaparecer en el silencio cuidadosamente cultivado que llenaba el espacio.
Me aflojé la corbata, me desabroché el primer botón de la camisa y entré en la fría elegancia del mundo que me había construido. Todo en el penthouse estaba inmaculado. Diseñado para la precisión, no para la comodidad. Más una obra maestra que un hogar.
Se alzaba como una corona de cristal sobre la ciudad, con ventanales que iban del suelo al techo y que envolvían el espacio abierto, ofreciendo una vista ininterrumpida del horizonte londinense.
El Támesis brillaba abajo en un silencio serpenteante, y más allá, las luces de la ciudad resplandecían: frías, indiferentes, eternas.
Era perfecto. Minimalista. Caro. Vacío.
Un lugar destinado a impresionar a los desconocidos, no a reconfortar a su propietario.
Atravesé la habitación, me serví una copa de la jarra de cristal que había en el aparador y me llevé el vaso a los labios, pero no bebí. Solo lo sostuve, dejando que el peso se asentara en mi mano mientras me dirigía hacia la ventana.
Abajo, Londres se extendía como una constelación viviente: vasta, resplandeciente, intocable.
Mi imperio. Ladrillo a ladrillo, trato a trato, traición tras traición: me había labrado un lugar en los cimientos de esta ciudad.
Cada pizca de poder que había ganado estaba grabada en sombras y empapada de sangre.
Y, sin embargo... todas las camas de todas las propiedades que poseía permanecían frías. Todas las habitaciones, en silencio. Sin eco de risas. Sin miradas compartidas. Sin ninguna voz que dijera mi nombre como si significara algo.
Lo tenía todo.
Y nada.
La mujer a la que amaba estaba ahí afuera, en algún lugar, viva, ajena a esta vida. A salvo de la fealdad que yo llevaba como una segunda piel. Ella era mi único acto de misericordia. Mi único sacrificio real.
La dejé marchar, pensando que la estaba salvando.
Pero últimamente, no estaba tan seguro. Quizá no la había salvado en absoluto. Quizá solo me había condenado a pudrirme en las secuelas.
La lluvia volvió a caer, suave al principio, golpeando las ventanas como los dedos de un recuerdo que había intentado olvidar con todas mis fuerzas. Implacable. Inoportuna.
Apreté con fuerza el vaso. Aun así, no bebí.
—He vuelto —susurré al cristal oscurecido, mi reflejo apenas visible bajo el resplandor de la ciudad—. Pero no contigo.
No hubo respuestas. Solo el susurro de la lluvia y el zumbido lejano de una ciudad que seguía girando, indiferente al dolor, indiferente al amor, indiferente a mí.
Así que me quedé allí. Un rey en un castillo de cristal, contemplando todo lo que poseía y atormentado por lo único que realmente había perdido.
A ella.