CAPÍTULO DOS
Daniel
U na vez más allá de la planta principal, en el corazón palpitante del club, se accedía a las salas traseras separadas por secciones, donde la música se atenuaba hasta convertirse en un suave murmullo y reinaba la intimidad.
Esa era la zona de las apuestas altas, reservada para los jugadores experimentados y los ultrarricos que preferían derrochar lejos de miradas indiscretas.
Unas cuantas puertas conducían a suites totalmente privadas, insonorizadas y diseñadas para quienes jugaban con fortunas como si fueran calderilla.
Eso era parte de lo que hacía que Nightingale fuera tan irresistible: su capacidad para atender a todos los niveles de riqueza: los ricos, los obscenamente ricos y el tipo de ricos que hacían que incluso multimillonarios se estremecieran.
Uno pensaría que perder un pequeño imperio en las mesas sería suficiente para disuadirlos, pero siempre volvían. La avaricia era así de predecible.
No es que me quejara. Para nada.
Aquí, sus integrantes eran invitados a codearse con los grandes apostadores, donde una mezcla de humo de cigarro y fragancias caras perfumaba el aire y las lámparas de araña proyectaban una luz brillante sobre las sedas y los terciopelos que adornaban el interior.
No obstante, todo aquello solo servía para disimular el fantasma y ocultar la podredumbre que se escondía bajo la superficie. El nombre de mi club era un tanto contradictorio, pero también lo era este bajo mundo criminal que se negaba a dejarte en paz.
No era mi intención estar aquí esta noche, pero con la inquietud que me invadía por dentro, sabía que no conciliaría el sueño.
Poco después de las diez, me abrí paso por la sala. Los grandes apostadores acababan de llegar, luciendo sus esmóquines que pronto estarían arrugados y acompañados por jóvenes que se aferraban a sus brazos. Mujeres que, sin duda alguna, no eran sus esposas.
Me abrí paso entre los asistentes del club, ignorando los múltiples intentos de llamar mi atención.
Todo era un simple borrón de trajes carísimos y vestidos brillantes.
Ese día no me apetecía socializar, pero quedarme solo en casa me irritaba aún más, lo que no hacía más que acentuar el vacío de mi vida.
—Ah, Daniel, mi muchacho. —Una voz familiar llegó hasta mí y me puse tenso.
La voz de mi tío. El último hombre al que quería o esperaba ver, aunque su presencia siempre era una posibilidad cuando se reunían los jefes de familia, y ya había visto al menos a media docena de hombres del sindicato del crimen y a varias bandas de Liverpool.
Rápidamente, borré toda expresión de mi rostro. Odiaba que me llamara su “muchacho”. No me parecía en nada a su hijo psicópata. Por suerte para la humanidad, estaba muerto. Yo había librado a este mundo de ese cabrón enfermo.
Por desgracia, eso me convirtió en el centro de atención de mi tío. De todas las formas equivocadas. Quería un asiento en primera fila para presenciar mis métodos de extracción de información y tortura. Ese cabrón enfermo disfrutaba de la experiencia, igual que solía hacerlo mi viejo.
Mi padre, al igual que mi tío, tenía una marcada inclinación por la crueldad.
Algo que se me había inculcado desde muy temprana edad.
Y yo era, al fin y al cabo, el único heredero de mi padre.
Él descargaba su rabia golpeándonos brutalmente a mi madre y a mí.
Ella intentaba protegerme, pero ni siquiera podía protegerse a sí misma.
Darse cuenta de que seguiría los pasos de mi padre fue lo que finalmente inclinó la balanza y empujó a mi madre a la adicción a las drogas.
—Tío. —No le diría que me alegraba de verlo. No tenía sentido fingir—. ¿Has venido a deshacerte de algo de tu dinero?
Se rio entre dientes, un sonido que me resultó irritante.
Se me revolvía el estómago pensar que podría convertirme en un cabrón cruel como él.
Lo que me salvó, lo que me impidió caer, fue la amistad de Maxim, el tiempo que pasé en el ejército y el recuerdo de quien era dueña de mi corazón y mi alma.
Aunque ella no lo supiera. Hacía más de una década que no nos veíamos.
Los años que pasé intentando escapar de los recuerdos de la única mujer que me tentaba estuvieron plagados de ataques inesperados y muertes sin sentido en países devastados por la guerra, pero nada de eso se comparaba con las guerras que mi tío seguía librando contra sus supuestos enemigos.
Aun así, alejarme de ella y del mundo de mi tío e incorporarme al ejército me salvó.
Me mantuvo fuera del alcance de él y me ayudó a conservar algo de decencia.
Jodidamente irónico, la verdad. Escapé de la oscuridad de mi familia lanzándome de cabeza a una maldita zona de guerra. Hablando del retorcido sentido del humor de la vida.
Ojalá no hubiera tenido que perder a la mujer que amaba.
Ainslee...
Bueno, ella encontró la vida que siempre estuvo destinada a vivir. Una en la que yo no estaba.
—Sí, tenía ganas de una partida privada de póker. —Las palabras de mi tío me sacaron de mis pensamientos.
Arqueé una ceja y lo miré con los ojos entrecerrados. Mi tío era excepcionalmente bueno en el póker y, sabiendo que probablemente ganaría, siempre le había resultado tedioso jugar. Entonces, ¿por qué jugar esta noche?
No me molesté en preguntarle. Era arriesgado mostrar interés por cualquier cosa que hiciera.
Hacerlo le hacía actuar de forma estúpida e imprudente, y yo me quedaría a arreglar su desastre.
Sí, técnicamente era un jefe de la mafia, aunque últimamente era yo quien tomaba las decisiones.
Decía que estaba orgulloso de mí, pero lo que realmente quería decir era que odiaba que no todo el mundo lo venerara.
Mi tío sabía que sus hombres prácticamente habían dejado de hacerle caso, y la mayoría, si no todos, seguían mis órdenes.
La única razón por la que aún conservaba su título se debía a nociones jerárquicas anticuadas.
Al igual que mi tío era anticuado en todos los aspectos de su vida.
Creía que infundir miedo en sus hombres le ganaría respeto y lealtad, pero en realidad, lo despreciaban y lo traicionaban a la primera oportunidad.
La lealtad, a diferencia del miedo, se ganaba, no se imponía a la fuerza.
—Buena suerte —le dije finalmente—. Aunque no la vas a necesitar.
Su sonrisa amenazante me indicó que él también lo sabía. Algo tramaba; de eso no había duda.
—Tienes razón, sobrino —cedió—. Voy a reunirme con un compañero escocés. Pienso dejarlo en la ruina y quedarme con su novia.
Este hombre y sus estúpidos y jodidos acertijos.
—Buena suerte con eso —respondí arrastrando las palabras.
Le hice un gesto con la cabeza y me alejé a zancadas, acelerando el paso. Quizás venir aquí esta noche no fue la mejor manera de calmar mi inquietud.
Al entrar en mi despacho, cerré la puerta con fuerza tras de mí y me serví una copa.
Me bebí el whiskey de un trago y una ligera sensación de ardor me recorrió la garganta.
Esta noche no estaba de humor para gente. Las últimas semanas habían sido una sucesión de jodidos líos, el último de ellos con Maxim y su mujer.
Su obsesión con Layla Cambridge era un recordatorio que no necesitaba de una belleza pelirroja que se había instalado en mi pecho. Habían pasado más de doce años. Doce jodidos años, y yo seguía obsesionado con Ainslee McLaren.
De vez en cuando, buscaba información sobre ella, porque al parecer me gustaba torturarme.
Mis búsquedas ya arrojaban los mismos resultados: no estaba casada, pero tenía un hijo.
Un niño pequeño. Ella y el padre del niño parecían tener una relación intermitente, y el imbécil que hay en mí deseaba que se separaran para siempre.
No era que eso significara nada. Aun así, no podría traer a Ainslee de vuelta a mi vida.
Especialmente, ahora que un niño dependía de ella.
Nunca estuvo destinada a ser mía. Lo supe desde el momento en que posé mis ojos en ella hasta el día en que nos separamos. El recuerdo agridulce me perseguía, susurrándome todas las cosas que podrían haber sido.
—Daniel. —Su voz era como una suave brisa sobre mi piel. Sus ojos parecían una caricia—. ¿Vas a estar bien?
Ella estaba de pie junto a la cama, envuelta en una sábana blanca. Su cabello era un llamativo toque de color contra su piel pálida y la tela que cubría su delgado cuerpo. Parecía una glamurosa estrella de Hollywood y ni siquiera lo sabía. No tenía ni idea del efecto que su belleza tenía en mí.
Me abroché los pantalones mientras me acercaba a ella.
—Estaré bien, Ainslee —le prometí, sabiendo que no tenía derecho a hacerlo. Simplemente, odiaba ver la preocupación reflejada en su rostro.
—Jura que volverás —murmuró, rodeándome con sus brazos—. Volverás conmigo, sano y salvo.
Negué ligeramente con la cabeza y luego me serví otra copa fuerte.
Volví con vida, pero rompí mi promesa. Sabía que no sería capaz de cumplirla en cuanto la hice, simplemente, porque Ainslee no pertenecía a mi mundo. Mi familia habría sido una amenaza para su vida mientras fuera importante para mí. Y ella lo era todo para mí.
Y tenía razón. Al fin y al cabo, esa fue la razón por la que maté a mi querido primo. Se había enterado de su existencia sin querer, y tenía toda la intención de convertirla en su juguete antes de acabar con su vida. Era su modus operandi . Matar a las mujeres una vez que ya no le servían.
Se oyó un golpe en la puerta y agradecí la distracción.
—¡Adelante! —grité.
Entró mi jefe de planta, con una sonrisa nerviosa en el rostro.
—Señor.
—¿Qué pasa, Hadley?
—Su tío. —Comenzó, y para mis adentros gemí.
Sabía que habría problemas en cuanto vi a Hector esta noche—.
Escuché por casualidad a su tío y a Callen McLeod acordar usar a una mujer como ficha de juego, ya que el señor McLeod perdió todas sus fichas.
Este último está usando a Ainslee McLaren como reserva de emergencia y para seguir en el juego.