14. El Rey que eligió
El Rey que eligió
Los días siguientes fueron de reconstrucción. Los supervivientes salieron de sus escondites. Los Drakos de Niebla volaron libres. Las Cadenas de Éter brillaron con una luz estable y nueva. El Ave del Primer Aliento regresó a su sueño, pero esta vez con un ojo abierto, vigilante.
Aetherion pasó los tres primeros días en cama, con dos costillas rotas, un oído que pitaba y una fiebre que le hacía hablar en sueños en la lengua antigua. Lo cuidó Maela, que no dejaba entrar a nadie, y Lyra, a quien Maela no conseguía echar.
Cuando por fin pudo levantarse, salió a la calle y no reconoció la ciudad.
No porque estuviera destruida, aunque lo estaba en muchos sitios.
La reconoció porque hacía ruido. Había gente por todas partes.
Los vidrieros de Osric trabajaban día y noche reparando torres, y el sonido de los sopletes y los martillos llenaba el aire como una música.
Los niños corrían por los puentes que quedaban en pie.
En las esquinas, alguien tocaba una flauta.
En el mercado, una mujer vendía frutas de nube y discutía el precio a gritos con un cliente, y los dos se reían.
Nadie se arrodillaba cuando pasaba el viento.
En el barrio de los artesanos, Aetherion pasó junto a un callejón y vio a un grupo de niños jugando.
Se detuvo, con el corazón encogido, temiendo ver otra vez aquel juego horrible.
Pero no. Ahora jugaban a otra cosa. Uno hacía de dios, con una sábana sobre la cabeza y los brazos abiertos, rugiendo como el viento.
Los demás le cantaban la nana del viento bajo, desafinando a propósito, hasta que el «dios» se caía al suelo muerto de risa.
Aetherion se quedó mirándolos un rato largo. Después siguió caminando, y no le importó que la gente viera que estaba llorando.
* * *
La isla entera empezó a curarse, despacio, como se cura una herida grande.
Nilo y los antiguos esclavos de las fraguas volvieron a las Cumbres, pero esta vez como herreros libres. El toro de bronce les prestaba su fuego blanco, que no echaba humo, y con él empezaron a forjar arados en lugar de cadenas.
Los pescadores bajaron al Mar Invertido por primera vez en años. Volvieron diciendo que el agua ya no estaba enfadada, que los barcos hundidos se habían llenado de peces de colores y que, por las noches, la ballena de cristal cantaba para que los niños de los pueblos de la orilla se durmieran.
En Veylan, Teo y su hermano reconstruyeron los molinos.
Volvieron a girar hacia arriba, moliendo la luz del sol.
Y Maela, que había vuelto a su pueblo después de dejar a Aetherion sano, abrió de nuevo el puesto de su hermana en la plaza.
Hacía pan de miel. Y siempre dejaba uno quemado por los bordes, apartado, por si alguien pasaba.
Una semana después de levantarse, Aetherion pidió prestado un sylph y voló solo hasta el valle del lago, al pie de las Cumbres.
La tumba de Eldrin seguía allí, junto al agua quieta.
Alguien la había cuidado. Había flores de nube alrededor, frescas, y la daga de cristal de Lyra seguía en su sitio, brillando al sol.
Junto a ella había otra cosa que Aetherion no había dejado: un trozo de vela gastada, de las que usaban los sacerdotes del templo.
Osric, pensó. O alguno de los sacerdotes viejos que habían salido de sus escondites en la capital y habían vuelto a ponerse túnicas blancas.
Se sentó en la hierba, junto a la tumba, y no dijo nada durante mucho rato.
Después, en voz baja, empezó a repetir las palabras de la lengua antigua que Eldrin le había enseñado en el sótano de Osric, a la luz de una vela.
Agua. Hermano. Perdón. Libre. Las dijo todas, una por una, como quien reza.
Algunas ya no las recordaba bien. Las palabras que la pluma se había llevado en la plaza dejaban huecos, y él los rellenaba como podía.
Cuando terminó, oyó un ruido suave detrás de él. Era el ciervo de sombra. Había salido del lago sin hacer ruido y lo miraba con sus ojos dulces, los ojos de Eldrin, con las manchas de luz moviéndose despacio por su lomo negro.
—Me equivoqué contigo —le dijo Aetherion—. No con el dios. Contigo. Al final pensé que me habías traicionado. Y no. Tú no.
El ciervo se acercó y bajó la cabeza hasta tocarle la frente con el hocico. Estaba frío y tibio a la vez, como la sombra de un árbol en verano.
Y Aetherion sintió que una palabra volvía. Una de las que había perdido. Le llegó entera, clara, con la voz paciente de Eldrin pronunciándola despacio en el sótano: perdón. No para pedirlo. Para darlo.
El ciervo levantó la cabeza, se dio la vuelta y volvió a meterse en el lago, entre los reflejos de las Cadenas. Aetherion se quedó allí hasta que se hizo de noche. Después montó en el sylph y volvió a la ciudad.
El palacio de nubes de los dioses, el que flotaba sobre la ciudad, se fue deshaciendo poco a poco durante esos días, como una nube cualquiera al sol de la tarde.
Cuando desapareció del todo, en el suelo de la plaza mayor solo quedaron los Diez Tronos.
Nueve de ellos estaban rotos, partidos de arriba abajo. Eran solo piedras.
El décimo estaba intacto. Era el más bajo, el más viejo, el más sencillo. El trono de piedra de los reyes mortales.
* * *
Aetherion fue llevado al antiguo trono de los reyes mortales, en el Corazón de Cristal. La gente esperaba que se sentara. Que aceptara la corona de cristal y luz. Que se convirtiera en el rey que las profecías habían prometido.
Habían puesto el trono en la plaza mayor, junto a la columna de las flores, porque nadie quería volver a subir al lugar donde habían estado los dioses.
La plaza estaba llena. Había gente subida a los tejados, a las fuentes secas, a los hombros de otros.
Estaban los de Veylan, los de las fraguas, los pescadores, los artesanos.
Estaban los drakos posados en las torres y los Cerberos tumbados en las esquinas como perros grandes.
El zorro de nueve colas se había sentado en lo alto de la columna, con las colas colgando, mirándolo todo con aire de ser el dueño de la ciudad.
Osric le había hecho la corona. Era de cristal claro, sin adornos, con un brillo suave por dentro que recordaba a las Cadenas. La sostenía Maela, en un cojín viejo, con las manos temblorosas.
Él se detuvo frente al trono y miró a Lyra, a los ancianos de Veylan, a los niños que habían nacido bajo el dominio de los dioses y nunca habían conocido otra cosa.
Miró también a una niña de diez años que estaba en primera fila, con un ramo de flores de nube. La niña se adelantó, nerviosa, y le tendió algo con la mano cerrada. Aetherion se agachó. Ella abrió los dedos. Era la piedra azul.
—La dejaste en la columna —dijo la niña en voz baja—. Te la he guardado. Para que, cuando volvieras, vieras que no nos olvidamos.
Aetherion tomó la piedra. Estaba tibia de haber estado tanto tiempo en un bolsillo.
—¿Cómo te llamas?
—Nara.
—Gracias, Nara —dijo él—. Yo tampoco me olvido.
Se colgó la piedra al cuello. Después se incorporó y miró a la multitud.
—No me sentaré aquí como un dios —dijo con voz clara—. Me sentaré como un hombre. Y solo mientras haga falta. Cuando Auravén ya no me necesite, me iré. Porque el poder absoluto es la misma enfermedad que mató a los Diez Tronos.
Hubo un murmullo de sorpresa. Maela no se movió, pero Aetherion vio que sonreía.
—Los dioses que gobernaron esta isla no nacieron malvados —siguió—.
Eran como ustedes. Un pastor. Un jardinero.
Una muchacha que miraba el mar. Se volvieron monstruos poco a poco, porque nadie les dijo nunca «basta».
Porque gobernaron solos, para siempre, sin que nadie pudiera quitarles lo que tenían.
Yo no quiero eso. Yo tengo miedo de eso.
Tomó la corona del cojín de Maela. La sostuvo un momento, mirándola. Era muy ligera. Mucho más ligera de lo que había imaginado.
Colocó la corona sobre el asiento vacío, no sobre su cabeza.
—Gobernaremos juntos. Con consejos. Con memoria. Con la promesa de que ningún dios, ni mortal ni inmortal, volverá a decidir el destino de esta isla sin el consentimiento de su gente.
La plaza guardó silencio un momento. Luego, alguien empezó a aplaudir. Después otro. Después todos.
El primero fue Teo. Después Nara, con las flores todavía en la mano.
Después la plaza entera, y los drakos rugieron desde las torres, y los Cerberos aullaron, las tres cabezas a la vez, y el zorro dio una vuelta completa sobre la columna persiguiéndose las colas.
El ruido llegó hasta las montañas. Quizá hasta el nido del Ave.
Aetherion se sentó en el trono de piedra, con la corona a su lado, no sobre su cabeza. Era un asiento duro, frío, incómodo. Le pareció perfecto.
* * *
Esa tarde, cuando la gente se fue a celebrarlo por las calles, Lyra lo encontró sentado en las escaleras del palacio viejo, solo, mirando el atardecer.
Se sentó a su lado. Durante un rato no dijeron nada. El sol bajaba entre las Cadenas y las teñía de naranja.
Lyra se acercó y le tocó la mejilla marcada.
—La marca no se irá del todo —dijo ella.
—Lo sé —respondió Aetherion—. Es el recordatorio. Para no olvidar lo cerca que estuve de convertirme en lo que odiaba.
Lyra dejó la mano ahí un momento más. La marca ya no brillaba tanto.
Se había quedado en una línea dorada fina que bajaba desde el pómulo hasta la mandíbula, como el rastro de una lágrima.
El resto, la que le había subido por el cuello y los brazos durante la pelea, se había ido apagando con los días.
—He perdido cosas —dijo él—. La cara de mi padre. El sabor del pan de miel. Algunas canciones de mi madre. Las busco y no están.
—Lo sé. Me lo dices dormido, en la lengua esa rara. Maela me lo traduce.
—Qué vergüenza.
—Bastante, sí. —Lyra sonrió—. ¿Y qué vas a hacer?
—Maela dice que, si no me acuerdo del sabor del pan, tendré que volver a probarlo muchas veces, hasta que se me quede otra vez. —Aetherion se encogió de hombros—. Supongo que con lo demás será igual. Tendré que volver a aprenderlo todo.
—Eso suena a mucho trabajo.
—Sí.
Lyra miró el atardecer. Luego, sin mirarlo a él, dijo:
—Me pagaste la mitad, ¿te acuerdas? En Almarra. Antes de subir a la góndola.
—Me acuerdo.
—Pues no pienso irme hasta que me pagues la otra mitad. —Se puso de pie y se sacudió el polvo—. Y te advierto que cobro intereses. Muchos intereses. Te va a llevar años.
Aetherion la miró desde abajo. Ella tenía el ojo bueno brillante y el de ámbar reflejando el sol.
—Años —repitió él.
—Muchos.
—Me parece bien.
* * *
Esa noche, por primera vez en quince años, Aetherion soñó con su madre. No como un eco robado ni como una pesadilla. Como un recuerdo limpio. Ella sonreía y le decía, sin palabras:
«Lo hiciste bien, hijo mío. No te convertiste en uno de ellos.»
Estaban en los jardines suspendidos, como cuando él tenía ocho años.
Ella llevaba el pelo suelto, como la muchacha que se subía a los tejados.
Le tomó la mano. Y aunque en el sueño no podía ver bien la cara de su padre, Aetherion supo que estaba allí, un poco más atrás, riéndose con la cabeza echada hacia atrás.
Cuando despertó, el sol de Auravén —un sol que ya no estaba controlado por ningún dios— entraba por las ventanas de cristal. Y por primera vez, Aetherion se sintió en casa.