13. El poder que corrompe
El poder que corrompe
La pelea final no fue rápida. Vaelorith era el más antiguo y el más poderoso de los Diez Tronos. Cada golpe suyo era un huracán. Cada palabra, una orden que intentaba doblegar la voluntad de Aetherion.
El primer golpe ni siquiera lo vio venir. Fue una ráfaga que salió de la nada y lo levantó del suelo como una hoja seca. Voló por encima de la plaza, se estrelló contra la columna de las flores y cayó a sus pies. Sintió que algo se le rompía en el costado. Una costilla, quizá dos.
Se levantó.
El segundo golpe fue un rayo. Cayó a un paso de él, partió el suelo de cristal de la plaza y lo dejó sordo de un oído.
El tercero fue un torbellino que intentó arrancarle la espada de las manos.
No lo consiguió. La espada negra, que guardaba el fuego de un drakos, se calentó tanto que el viento que la rodeaba se convirtió en vapor.
—Interesante —tronó Vaelorith—. Pero inútil.
Ahora que lo tenía delante, de cerca, Aetherion pudo verlo bien.
No tenía un cuerpo de verdad. Era una figura enorme hecha de nubes oscuras y relámpagos, que cambiaba de forma a cada momento.
A veces era un gigante. A veces, un remolino.
A veces, una cara inmensa en el cielo. Solo una cosa no cambiaba: en el centro de todo, donde un hombre tendría el corazón, giraba un núcleo de viento más claro, casi blanco, que nunca se detenía. Como el ojo de un huracán.
Aetherion se lanzó contra él. Usó la pluma. La luz dorada salió de ella como una lanza y atravesó las nubes del dios. Vaelorith rugió y retrocedió. Por primera vez, algo le había hecho daño.
Pero Aetherion sintió el precio en el mismo instante. Algo se le soltó por dentro, como un hilo que se corta. Intentó recordar qué era. No pudo. Solo sabía que antes había algo ahí, y ahora no.
—Podrías unirte a nosotros —ofrecía el dios entre embates—. Siéntate en el Décimo Trono. No como un rey mortal, de esos que se mueren y se olvidan, sino como uno de nosotros. Gobierna Auravén a nuestro lado. Para siempre. Tu madre estaría orgullosa.
—Mi madre me dijo que no me convirtiera en uno de ustedes —respondió Aetherion, y atacó de nuevo.
Usó el poder de su sangre. Usó la pluma. Usó la espada. Cada vez que lo hacía, sentía que algo se le escapaba: un recuerdo, una emoción, un trozo de lo que había sido. La marca en su cara se extendió hasta el cuello. Sus ojos empezaron a brillar con la misma luz dorada que las Cadenas.
Y la luz era maravillosa.
Eso fue lo más terrible. Que le gustaba.
Con cada golpe, el cansancio desaparecía.
El dolor de las costillas desaparecía. El miedo desaparecía.
Se sentía enorme, ligero, invencible. Podía ver el viento.
Podía oír las Cadenas cantando en el cielo.
Podía sentir cada piedra de la isla bajo sus pies, cada río, cada árbol.
Era como si Auravén entera fuera una parte de su cuerpo.
Golpeó otra vez. Y perdió la cara de su padre.
La había recuperado en el palacio de Seraphyne, hacía tan poco.
La barba castaña, la risa con la cabeza echada hacia atrás.
Ahora la buscó y no estaba. Sabía que su padre se llamaba Kael.
Sabía que había sido capitán de la guardia.
Pero cuando intentaba verlo, solo veía una mancha borrosa, como un retrato bajo la lluvia.
No le importó. Eso fue lo que más le asustó después, cuando todo terminó: que en ese momento no le importó.
Golpeó otra vez. Y perdió el olor de la flor de nube.
Golpeó otra vez. Y perdió el nombre del viejo soldado de los muelles. El que le había enseñado a pelear. Sabía que había existido. Ya no sabía cómo se llamaba.
Vaelorith retrocedía. Sus nubes se deshacían. Sus relámpagos se apagaban. Estaba perdiendo. Y aun así sonreía, con sus dientes de tormenta.
—Sí —susurraba—. Eso es. Más. Así empezamos todos, pequeño rey. Así empecé yo. Un golpe más. Solo uno más. Ya casi eres uno de nosotros.
* * *
Lyra, desde abajo, gritó su nombre. Aetherion casi no la escuchó.
Lo estaba viendo todo desde el borde de la plaza, con el brazo herido pegado al cuerpo y una daga inútil en la otra mano.
Veía cómo la marca dorada le subía por el cuello y le bajaba por los brazos.
Veía cómo sus ojos ya no eran sus ojos. Veía cómo se movía: demasiado rápido, demasiado fuerte, demasiado frío. Como un dios.
—¡Aetherion! —gritó otra vez—. ¡Aetherion, para!
Él no se volvió.
Lyra sintió que alguien se ponía a su lado. Era Maela. La anciana había cruzado la plaza cojeando, entre los escombros, apoyada en su bastón, mientras todos los demás seguían tirados en el suelo.
—No te oye —dijo Lyra con la voz rota—. Ya no me oye.
Maela miró a Aetherion, allá arriba, envuelto en luz dorada. Su cara arrugada no mostró miedo. Mostró algo parecido a la paciencia de quien ha visto muchas tormentas.
—A ti no —dijo—. Pero hay otras voces.
Y empezó a cantar.
Tenía la voz cascada, temblorosa, de una mujer muy vieja. Pero cantaba claro:
Duerme, pequeño viento bajo,
que el cielo te sostiene;
si un día caen las cadenas,
tu nombre las detiene.
Lyra se quedó mirándola. Conocía esa melodía. La había oído en el Mar Invertido, en el canto de la ballena. No sabía la letra. Pero la melodía sí la sabía.
Empezó a cantarla también. Sin palabras. Desafinando.
Y entonces, desde las grietas de la isla, desde muy abajo, subió el canto de la ballena de cristal, grave y lento, cantando lo mismo.
En la plaza, alguien levantó la cabeza del suelo.
Era Teo. Después Nilo. Después Osric, y la muchacha pelirroja.
La gente de Veylan conocía esa canción. La habían olvidado durante años, porque Seraphyne se la había robado, pero ahora la recordaban.
Era la canción que la reina cantaba cuando visitaba los pueblos.
Uno a uno, se pusieron de pie. Y uno a uno, empezaron a cantar.
Miles de voces. Desafinadas, cansadas, roncas. Cantando una nana en medio de una tormenta.
* * *
En el momento decisivo, Vaelorith lo inmovilizó con un torbellino y levantó una mano hecha de viento puro para asestar el golpe final.
Aetherion estaba atrapado en el centro del remolino. No podía moverse. Pero tenía todavía la pluma en la mano, y la luz dentro, y sabía que si la usaba una vez más, una sola vez, podría romper el torbellino y destruir al dios.
Y también sabía, de alguna manera, que si la usaba una vez más ya no volvería.
—Adiós, hijo de Alira.
Y entonces, a través del aullido del viento, oyó la canción.
Al principio no la reconoció. Era solo un sonido lejano, un murmullo de muchas voces. Después oyó una voz vieja que reconoció sin saber de qué. Después oyó a alguien que cantaba sin letra, desafinando, y supo, aunque ya casi no sabía nada, que esa voz le importaba más que cualquier trono.
Tu nombre las detiene.
Su nombre. Él tenía un nombre. No era el dios. No era el Décimo Trono. Era Aetherion, hijo de Elandra y de Kael, que había dormido debajo de los barcos en Almarra y había comido pan quemado en Veylan.
Entonces Aetherion recordó las palabras del Ave: «Elige con cuidado».
Lo que te salvará es lo que estés dispuesto a soltar.
En lugar de usar más poder, hizo lo contrario. Soltó la pluma. Soltó la espada. Se dejó caer de rodillas y, con la última fuerza de su humanidad, habló en la lengua antigua, no para ordenar, sino para recordar:
—Tú también fuiste mortal una vez, Vaelorith. Antes del Primer Aliento. Antes de los Tronos. ¿Lo recuerdas?
El viento vaciló.
—Te llamabas Vael —siguió Aetherion, y cada palabra le costaba como si levantara una piedra—.
Eras pastor de sylphs en las laderas del norte.
Cantabas mientras trabajabas. Y un día, en los jardines, te agachaste delante de un niño y le dijiste que sería mejor rey que ustedes.
¿Te acuerdas? Me revolviste el pelo. Tenías la mano fría y olías a lluvia.
El dios se detuvo. Por un instante, en sus ojos de tormenta apareció algo parecido a duda.
Y algo más. Durante un latido, solo uno, entre las nubes y los relámpagos, Aetherion vio a un hombre. Un hombre alto, de cabello blanco y ojos grises, vestido con ropa sencilla de pastor. Miraba a su alrededor como alguien que despierta en un lugar extraño y no sabe cómo ha llegado allí.
—Yo… —dijo el hombre, con una voz pequeña, humana—. Yo cantaba…
Ese instante fue suficiente. Aetherion recuperó la espada y la clavó no en el cuerpo del dios, sino en el centro del torbellino que lo formaba: el núcleo de viento donde residía su esencia.
No lo hizo con rabia. Lo hizo como se cierra una puerta que lleva demasiado tiempo abierta.
Vaelorith gritó. El grito se convirtió en viento. El viento se convirtió en silencio.
Y en el silencio, muy bajito, Aetherion creyó oír algo. Una voz de hombre. Tarareando una canción de pastor, cada vez más lejos, como alguien que por fin se va a casa.
* * *
Cuando todo terminó, el dios del Viento Primordial ya no existía. Solo quedaba un cielo más calmado y un hombre arrodillado en la plaza, con el rostro medio marcado por el poder que casi lo consume.
La pluma del Ave estaba en el suelo, a su lado. Ya no brillaba. Se había apagado como una vela que se queda sin cera.
La gente seguía cantando. No sabía hacer otra cosa. Cantaban y lloraban a la vez, y la canción se iba deshaciendo poco a poco en risas, en abrazos, en nombres gritados de un lado a otro de la plaza.
Lyra llegó corriendo y se arrodilló delante de él. Le sujetó la cara con la mano buena y lo obligó a mirarla.
—¿Cómo me llamo? —preguntó, con la voz temblando.
Aetherion la miró. Sus ojos ya no brillaban. Eran solo ojos, cansados, enrojecidos, humanos.
—Lyra —dijo—. Te llamas Lyra. Tu padre te llamaba «pulga». Tienes un hermano con cuatro hijos y una barriga enorme. Y me debes una.
Lyra soltó una carcajada que era casi un sollozo, y apoyó la frente contra la de él.
—Idiota —dijo—. Eres un idiota.
—Lo sé.
Maela llegó detrás, despacio, apoyada en su bastón, y le puso una mano arrugada en la cabeza, como cuando era niño.
—Bien hecho, muchacho —dijo—. Bien hecho.
Aetherion cerró los ojos. Buscó la cara de su padre. Seguía borrosa. Buscó el sabor del pan de miel. No estaba. Buscó el nombre del viejo soldado de los muelles, y al cabo de mucho rato, desde muy lejos, como un pez que sube del fondo de un lago, apareció: Bram.
No todo se había perdido. Pero no todo iba a volver.