Aetherion, El Rey de Auravén 12. La Guerra de los Tronos #2
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12. La Guerra de los Tronos #2

Pelearon toda la tarde. Las espinas cruzaban el puente en filas apretadas, sin miedo y sin prisa, como una enredadera que crece.

Lyra cortaba con una sola mano, la buena, y cada golpe le mandaba una punzada de frío desde el hombro herido.

Teo disparaba piedras a las juntas de las armaduras de ramas, donde eran más débiles, y no fallaba ni una.

Los muchachos de Nilo rompían con los martillos los tablones del puente detrás de cada fila que conseguían rechazar, para que la siguiente tuviera menos sitio por donde pasar.

Los Cerberos se tomaron un buen rato en decidirse, discutiendo entre sus propias cabezas.

Al final se decidieron, y desde entonces ninguna espina pisó el lado del templo.

Al atardecer, el puente del medio ya no existía. Solo quedaban dos cuerdas colgando sobre el vacío y Lyra de pie en el borde, sin aliento, con las dagas tan pegadas a los dedos que Nilo tuvo que ayudarla a soltarlas.

—Hemos aguantado —dijo Teo, con los ojos como platos.

—Hemos aguantado —repitió ella. Se sentó en el suelo, porque las piernas ya no la sostenían—. Que no se entere Aetherion de que me he sentado. Le diré que he estado de pie todo el rato.

* * *

Esa noche, Dravenor volvió.

Lyra estaba en un puesto de guardia en las murallas, sola, con el hombro vendado. Llevaba dos días luchando y apenas podía mantener los ojos abiertos. El ciervo de sombra dormía a sus pies, como un perro.

La sombra llegó deslizándose por el suelo, desde detrás de una almena. Muy despacio. Buscaba la herida. La herida del cuchillo de sombra, que nunca se había cerrado del todo. Era una puerta. Y Dravenor sabía entrar por las puertas.

—Hola, cazadora —susurró la sombra, ya casi pegada a su bota—. Estás cansada. Déjame entrar. Te quitaré el frío del hombro. Te quitaré el miedo. Con tu cuerpo podré acercarme al rey sin que nadie sospeche.

Lyra no se movió. No abrió el ojo bueno.

—Eldrin no pudo echarte —dijo en voz baja—. Pero Eldrin no sabía que estabas ahí.

Abrió el ojo de ámbar. El que veía en la oscuridad. El que nunca se cerraba del todo.

—Yo sí.

El ciervo de sombra se levantó de golpe.

Su pelaje negro se encendió con todas sus manchas plateadas a la vez, como un cielo lleno de estrellas, y la luz cayó sobre la sombra de Dravenor.

La sombra intentó huir. No pudo. Por primera vez en su existencia no tenía dónde esconderse.

La luz del Guardián de la Sombra la había atrapado contra el suelo, y ahí, inmóvil, sin cuerpo ajeno que la protegiera, Dravenor era solo una mancha pequeña, temblorosa, casi patética.

Lyra se arrodilló junto a ella. Sacó una daga de cristal, gemela de la que había dejado en la tumba de Eldrin.

—¿Sabes qué es lo peor? —le dijo—. Que él te habría perdonado.

—Espera —chilló la sombra con todas sus voces—. ¡Espera! Vaelorith nunca me iba a dar el trono. Lo sé ahora. Me usó. Nos usó a todos. Puedo ayudarte. Puedo…

—Esto es por Eldrin —dijo Lyra.

Y le clavó la daga.

La sombra soltó un grito agudo, como el de un pájaro, y se deshizo en humo negro. El viento de la noche se lo llevó. Del dios de las Sombras Sembradas no quedó nada. Solo una mancha de hollín en las piedras de la muralla, que la lluvia borró al amanecer.

El ciervo volvió a tumbarse a sus pies. Lyra se quedó sentada a su lado, con la daga en la mano, hasta que salió el sol. Después fue a buscar a Aetherion y le dijo, sin más:

—Ya no tienes que preocuparte por Dravenor.

Él la miró. Vio la daga. Vio su cara.

—Gracias.

—No me las des. —Lyra se guardó la daga—. Era mío.

* * *

El tercer día fue el de Orvannis.

El dios de las estrellas caídas no luchó con espadas. Su ejército eran estrellas: piedras de luz que caían del cielo y estallaban en las calles. Pero él, en persona, buscó a Aetherion para hablar.

Lo encontró en un puente roto, sobre el abismo. Llevaba su manto de constelaciones falsas, y sus ojos eran dos estrellas frías.

—Te propongo un trato —dijo—. Puedo leer el destino. Y el tuyo es muy triste, majestad. Vas a ganar esta batalla, sí. Pero vas a perderlo todo. Tus recuerdos, tu nombre, a la cazadora. Al final serás exactamente lo que más odias.

Abrió las manos, y entre ellas apareció una estrella diminuta, brillante.

—Pero puedo darte otro. Uno distinto. Un destino en el que te vas mañana mismo de esta isla con ella, al mundo de abajo, y vives cien años en una casa junto al mar. Sin coronas. Sin dioses. Sin marcas en la cara. Solo tienes que tomarla.

Aetherion miró la estrella. Era muy bonita. Y muy fácil.

—¿Y Auravén?

Orvannis se encogió de hombros.

—Auravén sobrevivirá. O no. Ya no será asunto tuyo.

Aetherion pensó en Maela. En Teo. En la niña de las flores. En los niños del callejón que jugaban a arrodillarse.

—Un astrónomo —dijo—. Eso eras tú, ¿verdad? Antes. Mirabas las estrellas para saber cuándo sembrar y cuándo pescar. Las mirabas para ayudar.

Orvannis parpadeó.

—No sé de qué hablas.

—Ya lo sé. Ese es el problema.

Orvannis intentó venderle un destino falso y terminó atrapado en una de sus propias estrellas caídas.

Cuando Aetherion no tomó la estrella, Orvannis intentó metérsela en el pecho a la fuerza, y la estrella, que era un destino sin dueño, se volvió hacia el que la había hecho.

Lo envolvió en luz fría. Lo encogió. Y se lo llevó hacia el cielo, cada vez más pequeño, hasta que no fue más que un punto brillante que nadie volvió a ver moverse.

* * *

Al final del tercer día, solo quedaba Vaelorith.

Los ejércitos de los dioses se habían retirado o rendido. Las flores estaban secas. Las espinas, rotas. Las estrellas habían dejado de caer. En las calles, los supervivientes se miraban unos a otros, cubiertos de hollín y de polvo, sin creerse todavía que seguían vivos.

Entonces el cielo se oscureció.

El dios del Viento Primordial descendió sobre la plaza central como una tormenta viva. Su cuerpo era viento y rayo. Su voz era el trueno.

Todo el mundo en la plaza se tiró al suelo, sin querer, sin pensar, como los niños del callejón. Todo el mundo excepto dos personas: una cazadora de pelo plateado con un brazo vendado, y un hombre con media cara marcada de oro.

—Has matado a mis hermanos. Has despertado a los Guardianes. Has hecho más de lo que cualquier mortal debería poder hacer. Pero sigues siendo un niño jugando a ser rey.

Aetherion levantó la espada negra y la pluma del Ave.

—Entonces ven a quitármelo.