12. La Guerra de los Tronos
La Guerra de los Tronos
Con las siete Cadenas estabilizadas, Vaelorith ya no podía dejar caer la isla. Así que cambió de estrategia: decidió destruir a Aetherion y a todos los que lo apoyaban.
Los dioses restantes —Aelthara, Thorneveil, Orvannis y el propio Vaelorith— reunieron a sus ejércitos.
Bestias esclavizadas, pesadillas, flores carnívoras, guerreros de espinas y estrellas caídas convergieron sobre el Corazón de Cristal.
Y en algún lugar, escondido entre las sombras de los otros, se movía también Dravenor.
Aetherion no esperó. Reunió a todos los supervivientes que pudo, liberó a más Drakos de Niebla y Cerberos de Cristal que aún recordaban el antiguo pacto, y salió a su encuentro.
* * *
Los supervivientes llegaron solos. Eso fue lo que Aetherion no se esperaba.
Él había pensado ir pueblo por pueblo, pidiendo ayuda. Pero cuando bajó de la montaña central con Lyra, ya había gente esperando en el valle. Primero fueron unos pocos. Al día siguiente, cientos. Al tercero, tantos que el valle entero estaba lleno de hogueras.
Habían visto enderezarse la isla. Habían visto las siete Cadenas brillar. Habían recordado, todos a la vez, los nombres que Seraphyne les había robado. Y habían entendido que algo estaba cambiando.
Llegó Maela, montada en un sylph viejo, con el bastón cruzado sobre las rodillas y toda la gente de Veylan detrás.
Llegó Teo con su honda, y a su lado su hermano Nilo, que todavía tenía las marcas de los grilletes en los tobillos, al frente de los esclavos liberados de las fraguas.
Todos llevaban martillos. Llegaron pescadores del Mar Invertido con arpones de coral.
Llegó Osric, el vidriero, con una docena de artesanos de la capital, y a su lado una muchacha pelirroja con las manos llenas de quemaduras pequeñas, que al ver a Aetherion se acercó y le besó la mano sin decir nada.
Maela se bajó del sylph, cojeó hasta Aetherion y lo miró de arriba abajo. Se detuvo en la marca dorada de su mejilla.
—Te has hecho daño —dijo.
—No es nada.
—Eso decía tu madre cuando se caía de los tejados. —La anciana le dio un golpecito con el bastón en la pierna—. Mentiroso. Como ella.
Esa misma noche llegaron las bestias.
Primero los drakos. Bajaron de las nubes en silencio, docenas de ellos, más de los que nadie había visto juntos en siglos.
Al frente venía el más pequeño de los tres que Aetherion había liberado de Khorvax, el de la cicatriz plateada en el cuello.
Había ido a buscar a sus hermanos. A todos los que seguían encadenados.
Algunos todavía tenían trozos de collar colgando.
Aetherion caminó entre ellos, uno por uno, y les habló en la lengua antigua. Son libres. A cada uno. Y uno a uno, los últimos collares cayeron al suelo.
Después vinieron los Cerberos. Salieron de las grietas de la isla, recelosos, con las tres cabezas gruñendo en direcciones distintas.
Habían servido a los dioses durante siglos, pero algunos aún recordaban un tiempo anterior, cuando eran los perros guardianes de los reyes mortales.
Se acercaron a Aetherion despacio, olieron su mano y bajaron las cabezas, las tres a la vez.
—Ayer intentaron comernos —murmuró Lyra.
—Ayer no sabían a quién servían.
Y por último vinieron los Guardianes. El toro de bronce bajó de las Cumbres con el fuego blanco ardiendo en su pecho.
El zorro de nueve colas apareció sentado en una roca, como si siempre hubiera estado allí.
El águila de tres ojos se posó en un pico cercano.
El ciervo de sombra salió del lago al amanecer y se quedó junto a Lyra.
La ballena de cristal no podía subir del Mar Invertido, pero por las noches se oía su canto saliendo por las grietas, grave y lento, como una nana.
La víspera de la batalla, Aetherion se subió a una roca en medio del valle. Miles de caras lo miraban a la luz de las hogueras.
No había preparado ningún discurso. No sabía hacerlos. Así que dijo lo que sentía.
—No les voy a prometer que vamos a ganar —dijo—. No lo sé. No les voy a prometer que volveremos todos. No volveremos todos. Lo único que les puedo prometer es esto: si mañana ganamos, nadie se va a sentar en ese trono a decirles cuándo arrodillarse. Ni un dios. Ni yo.
Hubo un silencio largo. Luego Maela levantó el bastón.
—¡Por Elandra! —gritó.
Y miles de voces respondieron. No gritaron el nombre de Aetherion. Gritaron el de su madre. Y a él le pareció que estaba bien así.
* * *
La batalla duró tres días y tres noches.
El cielo se llenó de fuego y de plumas. Las calles del Corazón de Cristal se tiñeron de sangre de dioses y de mortales.
Lyra luchó hasta que apenas podía sostener las dagas.
Aetherion usó la pluma del Ave del Primer Aliento como arma y como escudo, y cada vez que lo hacía, la marca en su mejilla se extendía un poco más.
El primer día fue el de Aelthara.
La Diosa de la Flor Eterna llegó por el oeste, y con ella llegó la primavera más terrible que nadie había visto.
Las flores brotaban del suelo, de las paredes, de los cascos de los soldados.
Flores negras, rojas, moradas, hermosas, que se abrían como bocas y soltaban un polen dulce que dormía a quien lo respiraba.
Los guerreros de Veylan caían dormidos en mitad de la calle, y las raíces empezaban a enroscarse en sus tobillos.
Aetherion la encontró en la plaza de las fuentes, flotando sobre una alfombra de pétalos. Era alta, verde, con la piel cubierta de hojas y el cabello hecho de enredaderas. Sonreía como sonríe una flor: sin dientes, sin alegría.
—Qué pena —dijo—. Eres tan joven. Te quedarían tan bonitas las flores en la boca.
Aetherion recordó al hombre de Veylan. El primero. El de la plaza vacía.
Levantó la pluma, y la luz dorada salió de ella como un amanecer. Le quemó la mano. Le subió por el brazo. Y tocó las flores. Todas las flores de la ciudad se giraron hacia la luz a la vez, como se giran los girasoles. Ya no miraban a su diosa. Miraban al sol que les ofrecía Aetherion.
Aelthara cayó envuelta en sus propias flores, que se volvieron contra ella. Sus raíces la abrazaron y la cubrieron, y cuando terminaron, en el centro de la plaza solo quedaba un rosal negro, quieto, que se marchitó antes del anochecer.
La marca de la mejilla de Aetherion le llegaba ya a la mandíbula.
* * *
El segundo día fue el de Thorneveil.
El dios de las Espinas no luchó en las calles. Esperó a Aetherion en la plaza mayor, delante de la columna de las flores. El mismo lugar. Había elegido el sitio a propósito.
Su ejército de guerreros de espinas ocupaba toda la plaza. Aetherion cruzó entre ellos solo, porque los otros estaban luchando en los puentes, y ninguno de los soldados lo detuvo. Thorneveil quería que llegara.
—Aquí la tuve —dijo el dios, acariciando su manto de púas—. Justo aquí. Le apreté el manto hasta el amanecer. ¿Sabes qué hizo tu madre? Se rio de mí. Toda la noche. Hasta el final. Nunca entendí por qué.
—Porque había ganado —dijo Aetherion.
Pelearon. El manto de espinas se abría y se cerraba como unas fauces, y las púas salían disparadas como flechas.
Una le abrió la mejilla buena. Otra le atravesó la capa.
Aetherion cortaba espinas con la espada negra y las espinas volvían a crecer.
Cada vez estaba más cansado. Y cada vez que levantaba la pluma, sentía cómo algo se le escapaba por dentro.
Entonces recordó lo que había dicho el Ave. Un jardinero.
—Tú cuidabas jardines —dijo, jadeando—. Antes. Antes de ser esto. Eras un jardinero en el palacio.
Thorneveil se detuvo.
—Cállate.
—Mi madre pasaba por tus jardines cada mañana —siguió Aetherion—. Me llevaba de la mano. Yo tenía ocho años. Había un jardinero que cantaba mientras podaba los setos. ¿Te acuerdas? Mi madre siempre lo saludaba por su nombre.
Y Aetherion le hizo recordar el rostro de Alira. No el de la plaza. El de los jardines, sonriendo a un jardinero cualquiera que podaba rosas al sol.
El dios se quedó inmóvil. Su manto se agitó, confuso, como un animal que no sabe hacia dónde morder.
—Ella… me saludaba —murmuró Thorneveil—. Era la única…
Thorneveil fue atravesado por su propio manto de espinas cuando Aetherion le hizo recordar el rostro de Alira.
Las púas se cerraron hacia dentro, sobre su dueño, como si el manto también recordara y no pudiera soportarlo.
Cuando terminaron, no quedaba nada. Solo un montón de ramas secas al pie de la columna. Y las flores de nube, intactas.
Aetherion cayó de rodillas junto a la columna. No sintió alegría. No sintió venganza. Sintió algo raro, un hueco, y tardó un momento en entender qué era.
Ya no recordaba cómo sabía el pan de miel.
Lo intentó. Cerró los ojos y lo buscó. El crujido, la miel, la panadera riéndose. Recordaba que existía. Recordaba que le gustaba quemado. Pero el sabor ya no estaba. Se lo había llevado la pluma.
* * *
Mientras Aetherion luchaba en la plaza, Lyra defendía los puentes.
Eran tres, largos y estrechos, colgados sobre el vacío entre los barrios altos de la ciudad.
Si los guerreros de espinas cruzaban por ellos, caerían por la espalda sobre los heridos que habían refugiado en el templo viejo.
Allí estaban los niños. Allí estaba Maela, vendando cabezas y regañando a todo el mundo.
Lyra tenía a su cargo a Teo, a Nilo, a una docena de muchachos de las fraguas con martillos y a dos Cerberos que todavía no se fiaban del todo de ella.
—Las espinas no piensan —les dijo, mientras veía avanzar la primera fila por el puente del medio—. Van a donde las empuja su dios. No tengan miedo de ellas. Tengan miedo de lo que las empuja.
—¿Y qué las empuja? —preguntó Teo, con la honda cargada.
—Ahora mismo, nada. Su dios está ocupado con nuestro rey. —Lyra sonrió—. Así que vamos a aprovechar.