Aetherion, El Rey de Auravén 11. El Ave del Primer Aliento
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11. El Ave del Primer Aliento

El Ave del Primer Aliento

El último Guardián no estaba escondido. Era visible desde casi cualquier punto de Auravén: el Ave del Primer Aliento, un pájaro colosal cuyas plumas mantenían la isla en el cielo.

Durante siglos había dormido en el pico más alto de las montañas centrales, con las alas plegadas como un manto de estrellas.

Aetherion lo había visto toda su vida sin saber lo que era.

De niño, desde la ventana del palacio, aquel pico le parecía una montaña con nieve brillante en la cumbre.

Su madre le decía que era el lugar donde dormía el viento.

Ahora, de cerca, se daba cuenta de que la nieve eran plumas.

Plumas enormes, blancas y doradas, que se movían despacio con la respiración de algo que dormía.

Para despertarlo, Aetherion tuvo que trepar solo. Lyra se quedó abajo, herida del hombro por el cuchillo de sombra. El viento en la cima era tan fuerte que apenas podía mantenerse en pie.

—No pienso quedarme aquí sentada como una vieja —había protestado ella al pie de la montaña.

—No puedes trepar con un brazo.

—Puedo trepar con los dientes si hace falta.

—Lyra.

Ella lo había mirado un momento largo. Después había desviado la vista, enfadada consigo misma.

—Si no bajas antes del anochecer, subo a buscarte —dijo—. Con los dientes.

—Lo sé.

Aetherion empezó a subir al amanecer.

La montaña central no era de roca, sino de un cristal blanco y azulado, liso como el hielo, que crujía bajo los dedos y a veces dejaba ver luces moviéndose en su interior, muy hondo, como peces en un lago helado.

No había camino. No había apoyos más que grietas finas y salientes que se rompían si uno los miraba mal.

Aetherion subía con la espada a la espalda, metiendo los dedos en las grietas, apretando las botas contra el cristal, sin mirar abajo.

A mitad de la mañana, el viento empezó a soplar.

Primero fue una brisa. Después, ráfagas que lo empujaban contra la pared y lo dejaban sin aire.

Después, un vendaval constante que aullaba en sus oídos y le arrancaba lágrimas de los ojos.

Tuvo que atarse con la cuerda a un saliente y quedarse quieto, pegado al cristal, mientras el viento intentaba arrancarlo de la montaña como se arranca una hoja de un árbol.

Pensó en los muelles de Almarra. En Bram, el viejo soldado. Peleas como si tuvieras prisa por morirte. Ya no tenía prisa. Por primera vez en su vida, tenía muchas ganas de seguir vivo.

Siguió subiendo.

A media tarde le sangraban los dedos. Le temblaban las piernas. No sentía la cara. Y la cima, que desde abajo parecía tan cerca, seguía lejos, siempre un poco más lejos, como si la montaña creciera mientras él subía.

En algún momento dejó de pensar. Solo había la próxima grieta. El próximo saliente. La próxima respiración. Mano, pie, mano, pie.

Y de pronto, no hubo más pared. Sus dedos tocaron algo suave y cálido. Una pluma.

* * *

La cima era un nido. Un nido del tamaño de una plaza, hecho de ramas de árboles que ya no existían, de nubes endurecidas y de plumas viejas. Y en el centro, enroscada sobre sí misma, dormía el Ave.

Era tan grande que Aetherion no podía verla entera. Sus alas, plegadas, eran como dos colinas. Sus plumas brillaban con todos los colores del amanecer. Respiraba despacio, muy despacio, y con cada respiración el viento de toda la isla cambiaba de dirección.

El viento en la cima era tan fuerte que apenas podía mantenerse en pie. Aetherion se acercó a gatas, agarrándose a las plumas, hasta llegar a la altura de la cabeza.

El Ave abrió un ojo del tamaño de una casa.

Era dorado, con vetas de luz que se movían como el agua. Dentro de él, Aetherion se vio reflejado: pequeño, sucio, ensangrentado, con la ropa hecha jirones. Un mortal cualquiera.

«Hijo de Elandra. Has despertado a mis hermanos. ¿Qué me pides a mí?»

—Que no dejes caer a Auravén —respondió Aetherion—. Aunque yo muera. Aunque los dioses ganen. Que la isla siga en el cielo.

El Ave lo miró durante un largo rato.

«Eso es lo que pediría un rey. ¿Y qué pediría el hombre?»

Aetherion dudó. Luego dijo la verdad:

—Que mi madre no haya muerto en vano. Y que yo no me convierta en el monstruo que ella temía que fuera.

El Ave cerró el ojo un instante. Cuando lo volvió a abrir, había en él algo parecido a la ternura.

«Esa es una buena respuesta. Es la misma que me dio otro, hace mucho. Antes de que existieran los Diez Tronos.»

—¿Quién?

«Un hombre de cabello blanco que amaba el viento. Se llamaba Vael. Era pastor de sylphs en las laderas del norte, y cantaba mientras trabajaba.»

Aetherion sintió que el suelo se movía bajo sus rodillas.

—Vaelorith.

«Así se hace llamar ahora.» El Ave suspiró, y el suspiro fue un viento cálido que le secó las lágrimas de la cara.

«Escucha, hijo de Elandra, porque esta es la historia que el Árbol no quiso contarte.

Hace mil años, cuando yo desperté por primera vez y respiré sobre esta isla, mi aliento tocó a nueve mortales.

Un pastor. Un herrero. Una pescadora. Una muchacha que miraba el mar desde los acantilados.

Un jardinero. Un poeta que no dormía. Un mendigo que vivía en las sombras.

Un astrónomo. Una curandera de flores. Los elegí porque eran buenos.

Les di parte de mi poder para que cuidaran de Auravén junto a los reyes mortales. »

—Los dioses.

«Los dioses. Al principio fueron lo que yo esperaba.

Protegían. Ayudaban. Pero el poder es un agua que no quita la sed.

Cuanto más lo usaban, más querían. Y cada vez que lo usaban, perdían algo de lo que habían sido.

Un recuerdo. Un afecto. Una canción. Siglo a siglo se fueron vaciando por dentro, hasta que no quedó nada del pastor, ni de la herrera, ni de la muchacha del acantilado.

Solo quedó el poder. Y el poder solo, sin nadie que lo sostenga, se pudre. »

Aetherion pensó en Seraphyne, escondida en el recuerdo de una muchacha que miraba el mar. Robé tantos recuerdos que perdí el mío.

—Por eso dicen que los dioses no mueren —susurró—. Que solo olvidan que alguna vez fueron mortales.

«Eso es. Cuando se volvieron contra los reyes, yo intenté detenerlos. Pero estaba cansada, y ellos eran nueve. Me dormí. Y mientras dormía, ellos encadenaron a mis hermanos y empezaron a romper las Cadenas.»

El Ave desplegó las alas. El viento que generó casi lo tiró al abismo. Aetherion se aferró a las plumas con todas sus fuerzas mientras el nido entero temblaba. Las alas se abrieron, y se abrieron, y siguieron abriéndose, hasta que taparon medio cielo, brillantes como un amanecer doble.

Una de sus plumas, del tamaño de una lanza, se desprendió y cayó a los pies de Aetherion. Brillaba con la misma luz que las Cadenas de Éter.

«Tómala. Es mi bendición… y mi advertencia. El poder que necesitas para enfrentar a Vaelorith está dentro de ti. Pero cada vez que lo uses, una parte de tu humanidad se irá. Elige con cuidado, hijo de Elandra.»

Aetherion miró la pluma. Era la misma luz dorada que había brotado de su pecho en la góndola, el primer día.

—Es lo mismo que les pasó a ellos —dijo—. A los dioses.

«Es lo mismo. La sangre de los reyes de Auravén guarda una gota de mi aliento. Por eso eres la llave. Por eso los Guardianes te reconocen y las bestias te obedecen. Pero esa gota es fuego. Si la usas demasiado, te quemará como los quemó a ellos.»

—Entonces, ¿por qué me la das?

«Porque sin ella no puedes ganar. Y porque tú, a diferencia de ellos, sabes que existe el precio.» El Ave acercó su cabeza enorme hasta que su ojo quedó a un palmo de Aetherion. «Recuerda esto: el poder no es lo que te salvará al final. Lo que te salvará es lo que estés dispuesto a soltar.»

Aetherion tomó la pluma. La Séptima Cadena se estabilizó por completo. Por primera vez en años, Auravén dejó de inclinarse.

Lo sintió en los pies: un temblor largo y profundo, como el de un barco que se endereza después de una tormenta.

Abajo, muy abajo, los ríos que subían hacia el cielo volvieron a subir rectos.

En los pueblos, la gente salió a la calle sin saber por qué.

En Veylan, Maela dejó la cuchara en la mesa y miró por la ventana.

En el Corazón de Cristal, la niña de las flores apretó la piedra azul en el bolsillo.

Las siete Cadenas brillaban en el cielo, una al lado de otra, como las cuerdas de un arpa recién afinada.

El Ave plegó las alas y volvió a acomodarse en el nido. Pero esta vez no cerró los dos ojos. Dejó uno entreabierto, vigilante.

«Ve, hijo de Elandra. Los que quedan ya vienen.»

* * *

Pero el precio ya había empezado a cobrarse. Cuando bajó de la montaña, Lyra notó que una de las mejillas de Aetherion tenía una marca fina, casi invisible, como de quemadura antigua. Él no dijo nada.

Bajó de noche, más rápido de lo que había subido. La pluma le daba fuerza en los brazos y firmeza en los pies, y el viento, que antes intentaba arrancarlo de la pared, ahora lo sostenía. Fue demasiado fácil. Eso fue lo que más le asustó.

Lyra lo esperaba al pie de la montaña, junto a una hoguera pequeña. Se levantó de un salto cuando lo vio aparecer, y después fingió que solo se estaba estirando.

—Has tardado —dijo.

—Lo sé.

—Iba a subir. Con los dientes.

—Lo sé.

Lyra se acercó y lo miró a la luz del fuego. Vio la pluma brillando en su mano. Vio su cara. Y vio la marca: una línea dorada, muy fina, que bajaba desde el pómulo izquierdo como el rastro de una lágrima.

Levantó la mano y casi la tocó. Se detuvo a un dedo de distancia.

—¿Qué es eso?

Aetherion no contestó. Se sentó junto al fuego, dejó la pluma sobre la hierba y extendió las manos hacia las llamas.

—Aetherion.

—Tengo hambre —dijo él—. ¿Queda algo de comer?

Lyra lo miró un momento más. Después se sentó a su lado y le pasó el último trozo de pan, duro como una piedra. No volvió a preguntar.

Pero esa noche, mientras él dormía, ella se quedó despierta mirando la línea dorada en su mejilla, que brillaba un poco en la oscuridad. Y por primera vez desde que lo conocía, Lyra tuvo miedo de verdad. No de los dioses. Por él.