Aetherion, El Rey de Auravén 10. La traición de Dravenor
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10. La traición de Dravenor

La traición de Dravenor

No todos los peligros venían de los dioses abiertamente hostiles. Algunos se escondían cerca.

Eldrin, el sacerdote caído que se había unido a ellos después de la muerte de Liryenna, había viajado a su lado durante semanas. Conocía los rituales antiguos. Había ayudado a despertar a dos Guardianes. Parecía leal.

Y lo era. Eso fue lo peor. Eldrin era leal.

Era amable. Era el que se levantaba primero para buscar agua, el que rezaba por los muertos que encontraban por el camino, el que le enseñaba a Aetherion palabras de la lengua antigua a la luz de una vela.

Era el que se quedaba despierto haciendo guardia para que los demás descansaran.

Era, de los tres, el único que nunca se quejaba.

Bajaron de las Cumbres en dos días y acamparon en un valle al pie de las montañas, junto a un lago pequeño de agua quieta que reflejaba las Cadenas.

Era el primer sitio bonito que veían en mucho tiempo.

Había hierba blanda, flores de nube, y una brisa tibia que olía a lluvia lejana.

Lyra se bañó en el lago y salió quejándose del frío.

Aetherion pescó dos peces que no se parecían a ningún pez del mundo de abajo y los asaron.

Eldrin cantó una canción antigua de los sacerdotes, muy triste, y después se rio de lo triste que era y cantó otra, absurda, sobre un sylph que se enamoraba de una nube.

Fue una buena noche. La última buena noche en mucho tiempo.

—Mañana iremos a la montaña central —dijo Aetherion, tumbado junto al fuego—. Al Ave del Primer Aliento.

—¿Y el Sexto Guardián? —preguntó Lyra—. ¿El de la Sombra?

—No sé dónde está. Eldrin tampoco.

Eldrin estaba sentado un poco apartado, mirando el lago.

—Hay cosas que se encuentran solas —dijo en voz baja—. Cuando llega el momento.

Hasta la noche en que intentó clavar un cuchillo de sombra en la espalda de Aetherion mientras este dormía.

* * *

Lyra no dormía.

Llevaba sin dormir de verdad desde las Cumbres. Desde la pregunta del trono. Desde la sonrisa al decir «la Sombra». Se quedaba tumbada con los ojos cerrados y una daga en la mano, respirando despacio, escuchando. Su ojo de cristal, el que veía en la oscuridad, no se cerraba nunca del todo.

Por eso vio cómo Eldrin se levantaba a medianoche.

Se levantó muy despacio, sin hacer ruido.

No como se levanta alguien que va a buscar agua, sino como se levanta un gato que ha visto un pájaro.

Su sombra se levantó antes que él. Esta vez Lyra lo vio claro, a la luz de las brasas: la sombra se puso de pie en la hierba, estiró los brazos y los dedos, y después, como a regañadientes, se volvió a pegar al cuerpo del sacerdote.

Eldrin se acercó a Aetherion, que dormía de lado, de espaldas a él. Levantó la mano derecha. En ella no había nada. Y de pronto sí: un cuchillo hecho de oscuridad pura, sin brillo, sin forma fija, que absorbía la luz de las brasas.

Lyra saltó.

Lyra lo detuvo a tiempo. El cuchillo se clavó en su hombro en lugar del corazón de Aetherion.

El dolor fue extraño. No era caliente, como el de un cuchillo normal. Era frío. Un frío que se le metía en el hueso y le subía por el cuello, como si alguien le echara agua helada por dentro. Lyra gritó, más de rabia que de dolor, y se dejó caer sobre Eldrin con todo su peso. Rodaron por la hierba.

Aetherion se despertó de golpe, con la espada ya en la mano antes de saber por qué.

Eldrin retrocedió, y por un instante su rostro se distorsionó. Debajo de la piel humana había otra cara: la de Dravenor, el dios de las Sombras Sembradas.

No era una cara de verdad. Era más bien un hueco con forma de cara, una mancha de oscuridad que se movía debajo de la piel del sacerdote como algo que nada bajo el agua.

Los ojos de Eldrin se volvieron negros del todo, sin blanco.

Y cuando habló, lo hizo con muchas voces a la vez, una encima de otra, como un coro desafinado.

—Llevaba meses plantado dentro de él —explicó la voz de Dravenor usando la boca de Eldrin—.

Desde antes de que lo encontraran en aquel barco.

¿De verdad creyeron que Liryenna lo mantenía vivo por diversión?

Yo la convencí. Yo lo dejé ahí, en su camino, encadenado y lloroso, esperando a que el héroe pasara.

Y el héroe pasó. Esperando el momento perfecto. Casi lo logro.

Aetherion se levantó, la espada negra en la mano.

—¿Por qué?

—Porque Vaelorith prometió que, cuando tú mueras, yo heredaré el Trono de los Vientos. Los dioses también ambicionamos, pequeño rey. No somos diferentes de ustedes.

—Pero tú no puedes matarme —dijo Aetherion—. Si mi sangre se derrama, las Cadenas caen.

—Ya no. —La cara de sombra sonrió con la boca de Eldrin—. Ya has estabilizado cinco. Las Cadenas ya no te necesitan tanto como antes. Con cinco, la isla flota. Gracias por el trabajo, majestad. Gracias por hacer lo que ninguno de nosotros podía hacer. Ahora ya puedes morirte tranquilo.

Lyra, en el suelo, se apretaba el hombro con la mano. Le salía entre los dedos una sangre oscura, mezclada con hilos de sombra.

—Eldrin —dijo con los dientes apretados—. Eldrin, si estás ahí dentro, pelea.

Por un instante, los ojos negros parpadearon. Algo se movió en ellos. Una chispa. Pero desapareció enseguida.

La pelea fue brutal y cercana. Dravenor usaba el cuerpo de Eldrin como marioneta, lanzando sombras que intentaban asfixiar.

Las sombras salían de todas partes: de debajo de las piedras, de detrás de los árboles, del fondo del lago.

Se enroscaban en los tobillos de Aetherion, en sus muñecas, en su cuello.

Eran frías y pegajosas como el barro. Él las cortaba con la espada, que brillaba roja en la oscuridad, y las sombras se retiraban chillando. Pero siempre volvían.

Y cada vez que Aetherion tenía la oportunidad de atacar, delante de él no estaba un dios. Estaba Eldrin. El de las canciones absurdas. El de las palabras a la luz de la vela.

Aetherion no quería matar al sacerdote, pero no tenía elección.

Dravenor lo sabía. Por eso se reía.

—Vamos, pequeño rey. Golpea. Es solo un mortal. Hay muchos.

Una sombra le golpeó el pecho y lo tiró al suelo. Otra le arrancó la espada de la mano. El cuerpo de Eldrin se inclinó sobre él con el cuchillo de oscuridad levantado.

Y entonces Aetherion hizo lo único que se le ocurrió. Habló en la lengua antigua. No a Dravenor. A Eldrin.

—Hermano —dijo. Una de las palabras que el sacerdote le había enseñado—. Hermano. Libre.

El cuchillo se detuvo en el aire.

Los ojos de Eldrin se aclararon un instante. Solo uno. Lo suficiente para que el sacerdote apartara la mano, girara el cuchillo de sombra… y lo soltara.

Aetherion recogió la espada del suelo.

Cuando finalmente clavó la espada, Eldrin recuperó el control por un segundo.

Su cara volvió a ser su cara. Sus ojos, sus ojos. Cayó de rodillas, con la mano sobre la herida, y miró a Aetherion con una tristeza enorme y, a la vez, con alivio.

—Perdóname… —susurró—. No pude… echarlo…

Y murió.

Dravenor se separó del cadáver como una mancha de aceite negro y huyó hacia las nubes. Aetherion no lo persiguió. Se arrodilló junto al cuerpo de Eldrin y cerró sus ojos.

—No todos los que caen lo hacen por voluntad propia —dijo en voz baja.

* * *

Lo enterraron al amanecer, junto al lago, en el sitio donde había cantado la canción del sylph enamorado.

Aetherion cavó la tumba solo. Lyra quiso ayudar, pero no podía mover el brazo. La herida del cuchillo de sombra se le había puesto negra por los bordes y le dolía con un frío que no se iba con nada. Se quedó sentada en una piedra, envuelta en la capa, mirando cómo él cavaba.

Cuando terminaron de cubrir el cuerpo, Aetherion no supo qué decir. Eldrin era el que sabía las oraciones para los muertos.

—Yo no sé rezar —dijo al fin—. No como él. Pero sé que era bueno. Sé que nos ayudó de verdad, aunque tuviera a un dios dentro. Y sé que al final, cuando pudo elegir, eligió soltar el cuchillo.

Lyra se levantó de la piedra con esfuerzo, se acercó a la tumba y dejó encima una de sus dagas de cristal, la más bonita, la que había sacado de un barco hundido en el Mar Invertido.

—Te vigilé todo el tiempo —le dijo a la tierra—. Desde el primer día. Lo siento. Tenía razón, pero lo siento.

Se quedaron allí un rato largo, sin hablar.

—Fue culpa mía —dijo Aetherion—. Lo traje con nosotros. Le di de comer a Dravenor en nuestro propio fuego.

—No —dijo Lyra—. Fue culpa de Dravenor. Y de Vaelorith. —Lo miró de reojo—. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste en el bosque? Sobre el árbol gris. Te lo devuelvo: es mentira. Es la clase de mentira que los dioses quieren que te creas, porque un rey que se cree culpable de todo ya no sirve para nada.

Aetherion no contestó. Pero tampoco discutió.

* * *

Esa noche, el Sexto Guardián despertó por sí solo, conmovido por el sacrificio. Solo quedaba uno.

Lo vieron los dos. Estaban sentados junto al fuego, sin dormir, cuando la tierra de la tumba empezó a brillar. No con luz blanca, sino con una luz extraña, mezcla de luz y oscuridad, como la de un atardecer visto a través de un vidrio ahumado.

De la tumba salió un ciervo.

Era alto y delgado, de pelaje negro como la noche, pero con manchas de luz plateada que se movían por su cuerpo como reflejos en el agua.

Su cornamenta era enorme, ramificada como un árbol de invierno, y entre las puntas brillaban pequeñas estrellas.

Tenía los ojos dulces y tristes. Los ojos de Eldrin.

—El Guardián de la Sombra —susurró Lyra—. No estaba escondido en ningún sitio.

—Estaba dentro de él —dijo Aetherion—. Por eso Dravenor eligió su cuerpo. Quería tenerlo encerrado. Y Eldrin… Eldrin lo protegió todo este tiempo, sin saberlo.

El ciervo se acercó a Lyra. Bajó la cabeza y le tocó el hombro herido con el hocico. La negrura de la herida retrocedió un poco, como la sombra cuando sale el sol. No se fue del todo. Pero el frío dejó de subir.

Después el ciervo levantó la cornamenta hacia el cielo, y una de las Cadenas, la sexta, brilló con una luz doble, blanca y negra a la vez, como el día y la noche entrelazados.

—Él no tenía que despertarlo —dijo Lyra en voz baja—. Lo ha despertado él mismo. Con lo que hizo al final.

El ciervo los miró a los dos un momento más. Después dio media vuelta y se fue caminando hacia el lago, sin hacer ruido, y desapareció entre los reflejos del agua como si se hubiera metido dentro de ellos.

Aetherion miró hacia el cielo, hacia el lugar por donde había huido Dravenor.

—Va a volver —dijo.

—Lo sé —respondió Lyra—. Y cuando vuelva, esta vez lo espero yo.