Aetherion, El Rey de Auravén 9. Las Cumbres del Trueno Negro
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9. Las Cumbres del Trueno Negro

Las Cumbres del Trueno Negro

Las Cumbres del Trueno Negro eran montañas de roca volcánica donde el cielo sangraba rayos continuamente. Allí vivía Nyxara, la diosa del Sueño Roto, y su ejército de pesadillas vivientes: criaturas hechas de miedos solidificados.

Desde el Corazón de Cristal se veían en el horizonte como una mancha oscura bajo un techo de nubes que nunca se abría.

De noche, los relámpagos las iluminaban por dentro, y entonces parecían dientes.

La gente de la capital no las miraba. Decían que quien miraba las Cumbres demasiado tiempo soñaba con ellas, y que quien soñaba con ellas no volvía a despertar del todo.

Osric les consiguió tres sylphs viejos, de los que tiraban de los carros del mercado, lentos pero tranquilos.

Los llevaron hasta el pie de las montañas, donde la hierba azul se volvía gris y después desaparecía.

Allí los animales se negaron a seguir. Aetherion les susurró venta al oído, uno por uno, y los dejó ir.

Aetherion, Lyra y Eldrin subieron durante dos días. El aire se volvía cada vez más fino y el cielo más oscuro.

El camino no era un camino. Era una pendiente de roca negra, suelta, que crujía bajo las botas como vidrio roto y a veces se deslizaba de golpe, llevándose a uno varios pasos hacia atrás.

Los rayos caían cerca, muy cerca, y cada vez el aire olía a quemado y a los tres se les ponía el pelo de punta.

No había agua. No había árboles. No había nada vivo.

Solo roca, viento, frío y aquel trueno que no paraba nunca, como un tambor enorme golpeado dentro de la montaña.

La primera noche acamparon en una cornisa, pegados a la pared, envueltos en las capas. Encendieron un fuego pequeño con la poca leña que llevaban. Lyra decía que allí arriba daba igual: lo que viviera en esas montañas ya sabía que estaban allí.

Eldrin estuvo muy callado toda la cena. Al final, mientras Lyra revisaba sus dagas, preguntó:

—Majestad. ¿Puedo hacerle una pregunta?

—Llámame Aetherion.

—Aetherion. —Eldrin miraba el fuego—. Cuando todo esto termine. Cuando los dioses caigan. ¿Qué piensa hacer con el Trono de los Vientos?

Aetherion frunció el ceño.

—No lo había pensado.

—Es el trono más poderoso de Auravén. Quien se siente en él controla el viento, y quien controla el viento controla la isla. —Eldrin levantó los ojos. Brillaban de una forma extraña a la luz de las llamas—. ¿Se sentará usted? ¿O se lo dará a otro?

—¿Por qué te importa? —preguntó Lyra sin levantar la vista de sus dagas.

Eldrin parpadeó. Pareció confuso, como alguien que se despierta de golpe.

—No lo sé —dijo—. Perdón. Es una pregunta tonta. Estoy cansado.

Se tumbó de espaldas al fuego y no volvió a hablar. Lyra y Aetherion se miraron por encima de las llamas. Ninguno dijo nada. Pero esa noche Lyra durmió con una daga en la mano.

* * *

Al tercer día, las pesadillas los atacaron.

Llegaron con la niebla. Primero fue solo un frío más intenso, como si la temperatura bajara de golpe. Después la niebla se volvió espesa y negra, y de dentro de ella empezaron a salir formas.

Una tomó la forma del Cerbero que habían matado el primer día.

Tenía las tres cabezas de diamante negro y los ojos encendidos, pero le salía humo por las heridas, y cuando abría las fauces no hacía ningún ruido.

Otra, la de Khorvax. Arrastraba su trono de metal fundido y levantaba el martillo, y aunque Aetherion sabía que estaba muerto, sintió en las piernas el mismo temblor que cuando lo tuvo delante.

Otra, la de la propia Lyra muerta y acusándolo de haberla llevado a la muerte.

Esa fue la peor. Era Lyra, exacta, con el cabello plateado y el ojo de ámbar. Pero tenía la piel gris y los labios azules, y la ropa empapada de agua negra, como si la hubieran sacado del Mar Invertido.

—Me trajiste aquí —le dijo, con la voz de Lyra, pero hueca—. Te seguí porque te debía una, y me trajiste aquí para morir. A mí no me importaba tu reino. A mí no me importaban tus dioses. Y ahora estoy muerta por una isla que ni siquiera es mía.

Aetherion se quedó clavado en el sitio. No podía moverse. No podía respirar.

—¿Era esto lo que querías? —seguía la Lyra muerta, acercándose—. ¿Que todos los que te quieren mueran por ti? ¿Como tu padre? ¿Como tu madre?

Aetherion cerró los ojos y se negó a pelear contra ilusiones. Siguió subiendo.

Paso a paso. Con los ojos cerrados. Tanteando la roca con las manos. Las pesadillas lo seguían, le gritaban, le tiraban de la capa, le susurraban al oído. Él no contestaba. Solo subía.

Lyra, más pragmática, cortaba todo lo que se movía.

Lo hacía con una eficacia salvaje, casi alegre.

Partió por la mitad al falso Cerbero, que se deshizo en humo.

Le clavó dos dagas al falso Khorvax en el yelmo, y el yelmo se derritió como cera.

Y cuando llegó delante de su propio cadáver, que seguía acusando a Aetherion, se detuvo un segundo, lo miró de arriba abajo con desprecio y le dijo:

—Yo no hablo así. Y nunca me pondría esas botas.

Y le cortó la cabeza. La pesadilla se deshizo en niebla negra.

Después alcanzó a Aetherion, que seguía subiendo con los ojos cerrados, y le dio un codazo.

—Ya puedes mirar.

Aetherion abrió los ojos. La niebla se había quedado atrás, abajo, como un lago oscuro. Lyra estaba a su lado, viva, despeinada, con un arañazo en la mejilla.

—Te ha dicho cosas, ¿verdad? —preguntó ella—. La de las botas feas.

—Sí.

—¿Y te las has creído?

Aetherion tardó en contestar.

—Un poco.

Lyra le puso la mano en el pecho, encima del corazón, y le habló muy en serio, sin una sola broma, cosa que no había pasado nunca.

—Escúchame bien, porque solo te lo voy a decir una vez.

Yo estoy aquí porque quiero. No te debo nada.

Nunca te he debido nada. Si mañana me muero en esta montaña, me habré muerto haciendo lo que me dio la gana.

Y eso no lo decide ni tú, ni un dios, ni una pesadilla con mal gusto para el calzado. ¿Entendido?

Aetherion la miró. Asintió.

—Entendido.

—Bien. —Lyra se dio la vuelta y siguió subiendo—. Y ahora vamos a matar a esa bruja, que tengo frío.

Eldrin los alcanzó un poco después. Venía pálido, tembloroso, con los ojos muy abiertos. No dijo qué pesadillas había visto él. Y nadie se lo preguntó.

* * *

En la cima encontraron a Nyxara. No tenía forma fija. Era una sombra que cambiaba constantemente: a veces mujer, a veces niño, a veces monstruo. Su voz era un susurro dentro de la cabeza.

La cima era una meseta pequeña y lisa, como una mesa de piedra negra, en el centro de un círculo de rayos que caían sin parar alrededor. Dentro del círculo no llovía ni hacía viento. Había un silencio total, como el silencio de un cuarto cerrado a medianoche.

—Tienes miedo, Aetherion. Miedo de convertirte en lo que odias. Miedo de fallar. Miedo de que, cuando todo termine, no quede nada de ti excepto un trono vacío.

—Todos tenemos miedo —respondió él—. La diferencia es lo que hacemos con él.

La batalla no fue de espadas. Fue de voluntades. Nyxara intentó arrastrarlo a un sueño eterno donde su madre vivía y los dioses nunca se habían corrompido.

Y el sueño era perfecto.

Aetherion despertó en su cama del palacio, con la luz de la mañana entrando por la ventana.

Tenía veintiocho años. Abajo, en el patio, oía el entrechocar de espadas de madera y la risa de su padre, que enseñaba a un grupo de niños.

Bajó a desayunar y su madre estaba en la mesa, con el pelo empezando a ponerse gris, leyendo cartas del consejo.

Le sonrió. Le sirvió infusión de flor de nube. Le preguntó si había dormido bien.

Por la ventana se veía la isla entera, verde y violeta, con los ríos subiendo rectos hacia el cielo. Las Cadenas brillaban limpias. En la plaza mayor no había ninguna columna. Nadie había muerto allí.

Maela entró con una bandeja de pan de miel, quemado por los bordes.

—Todavía te gusta así, ¿no? —dijo—. Hay cosas que no cambian.

Aetherion se sentó. Tomó el pan. Estaba caliente. Olía exactamente como debía oler. Su madre le tocó la mano por encima de la mesa.

—Quédate —le dijo—. Aquí no te falta nada.

Aetherion quiso quedarse. Lo quiso con todo su cuerpo, más de lo que había querido nada nunca.

Aetherion se negó a quedarse. Cada vez que la diosa le ofrecía una ilusión perfecta, él la destruía recordando la verdad: que su madre había muerto, que Auravén se desmoronaba, y que él era la única persona que podía hacer algo al respecto.

Dejó el pan en la mesa. Miró a su madre, a la madre de mentira, a los ojos.

—Mi madre está muerta —dijo, y le costó cada palabra—. Murió en la plaza, sonriendo. Y si me quedo aquí contigo, su muerte no habrá servido para nada.

El sueño tembló. La madre falsa siguió sonriendo, pero su sonrisa se agrietó como la pintura vieja.

—Quédate —repitió, con la voz de Nyxara.

—No.

El sueño se rompió como un plato contra el suelo. Y detrás había otro: el mismo, pero con Lyra sentada a la mesa. Y detrás, otro, con su padre. Y otro. Y otro. Nyxara le ofreció cien desayunos perfectos, uno detrás de otro, y Aetherion los rompió todos. Cada uno le dolió como una herida.

Al final, Nyxara se cansó. O se asustó. Intentó huir hacia las nubes, pero Aetherion la alcanzó y la atravesó. La sombra se dispersó como humo.

Aetherion cayó de rodillas sobre la roca negra, con la cara mojada, temblando de pies a cabeza. Lyra se arrodilló a su lado y no le dijo nada. Solo se quedó ahí.

* * *

El círculo de rayos se detuvo. Por primera vez en siglos, sobre las Cumbres del Trueno Negro se abrió un trozo de cielo azul.

Y en ese trozo apareció el Quinto Guardián: un águila de tres ojos hecha de relámpagos. Daba vueltas en el cielo, sin bajar, chillando con una voz que hacía vibrar las piedras.

—Está confundida —dijo Eldrin—. Lleva demasiado tiempo encerrada en las pesadillas de Nyxara. No sabe si está despierta.

Se adelantó, levantó las manos y empezó a recitar. Esta vez la voz fue una sola desde el principio. Al cabo de un rato, el águila bajó en espiral y se posó en la roca, delante de él. Sus tres ojos se cerraron un momento. Cuando se abrieron, estaban tranquilos.

Otra Cadena se estabilizó.

Quedaban dos.

Eldrin bajó las manos. Le temblaban. Se volvió hacia Aetherion con una sonrisa cansada.

—Ya solo falta la Sombra —dijo—. Y el Aliento.

Y por un instante, solo por un instante, al decir «la Sombra», su sonrisa fue la de otra persona.