Aetherion, El Rey de Auravén 8. Seraphyne, la ladrona de recuerdos
53%

8. Seraphyne, la ladrona de recuerdos

Seraphyne, la ladrona de recuerdos

Seraphyne vivía en un palacio de espejos que flotaba sobre el Corazón de Cristal. Cada espejo mostraba un recuerdo robado: una boda, una batalla, el primer beso de alguien, la última mirada de un moribundo. Ella coleccionaba vidas ajenas como otros coleccionan joyas.

La Escalera de Luz terminaba en una puerta de plata sin cerradura. Se abrió sola cuando Aetherion la tocó, como si los estuvieran esperando. Y seguramente los estaban esperando.

Dentro, el palacio era un laberinto. Los pasillos estaban hechos de espejos del suelo al techo, y cada espejo era una ventana a otra vida.

En uno, un pescador volvía a casa y su mujer corría a abrazarlo.

En otro, un niño soplaba las velas de un pastel.

En otro, una anciana moría en su cama, rodeada de nietos, sonriendo.

Las imágenes se movían, tenían sonido, olor, temperatura.

Al pasar junto a un espejo donde nevaba, Aetherion sintió frío en la cara.

—No los mires mucho —dijo Eldrin en voz baja—. Si te quedas mirando un recuerdo ajeno demasiado tiempo, empiezas a creer que es tuyo.

Lyra caminaba con el ojo bueno cerrado, guiándose solo con el de cristal.

—Este no ve recuerdos —explicó—. Solo ve cristal. Para él, todo esto es un pasillo muy feo.

Se perdieron tres veces. Los pasillos cambiaban de sitio cuando nadie miraba.

Una vez doblaron una esquina y se encontraron otra vez en la entrada.

Otra vez, Aetherion se detuvo delante de un espejo sin querer y se vio a sí mismo, con siete años, en el patio del palacio, peleando con una espada de madera contra un hombre alto y risueño de barba castaña.

No reconoció al hombre. Pero sintió en el pecho una punzada tan fuerte que tuvo que apoyarse en la pared.

—Aetherion —dijo Lyra, tirándole del brazo—. Sigue andando.

—Ese hombre…

—Sigue andando.

Al final del laberinto encontraron una sala más pequeña, donde trabajaban los criados del palacio.

Eran una docena de hombres y mujeres jóvenes, vestidos de blanco, que limpiaban espejos sin parar.

Tenían la mirada vacía y los movimientos lentos de los sonámbulos.

No levantaron la vista cuando pasaron. Una de ellas, una muchacha de pelo rojizo con las manos llenas de quemaduras pequeñas de horno, frotaba el mismo espejo una y otra vez, una y otra vez, aunque ya estaba limpio.

Aetherion se detuvo a su lado.

—¿Ilsa?

La muchacha no contestó. Ni siquiera parpadeó.

—Ya no tienen nombre —susurró Eldrin—. Seraphyne se los quita a sus criados el primer día. Así no piensan en escapar.

Aetherion apretó los dientes y siguió adelante.

* * *

Cuando Aetherion entró en el salón principal, la diosa lo esperaba sentada en un trono de vidrio. Era hermosa de una forma que dolía mirar: piel de porcelana, cabello que cambiaba de color según el ángulo, y ojos que no reflejaban nada.

El salón era una cúpula inmensa forrada de espejos. Miles. Millones, quizás. Y en todos ellos se movían vidas. El ruido era como el de un mercado lejano: risas, llantos, conversaciones, canciones, todo mezclado en un murmullo que no paraba nunca.

En el centro, encima del trono, colgaba una jaula de plata.

Dentro, enroscado sobre sí mismo como un gato dormido, había un zorro de luz pálida.

Sus nueve colas colgaban entre los barrotes, apagadas, casi transparentes.

Cada cola estaba atravesada por un hilo de plata que subía hasta los espejos.

Seraphyne le estaba sacando la luz, gota a gota, para alimentar su colección.

—Te he estado esperando, pequeño rey —dijo con voz melosa—. Tengo algo tuyo.

Levantó la mano y un espejo se acercó. En su superficie Aetherion se vio a sí mismo a los cinco años, riendo en los brazos de su madre. Luego a los diez, aprendiendo a usar la espada. Luego el momento exacto en que Alira lo empujó a través del Velo.

—Te robé esos recuerdos el día que te fuiste —continuó Seraphyne—.

Mientras caías por el Velo, gritando, te arranqué todo lo que pude.

Fue muy fácil. Los niños que caen no se agarran a nada.

—Sonrió—. Por eso tienes cicatrices que no recuerdas haber ganado, pequeño.

Por eso hay huecos en tu infancia que te duelen sin saber por qué.

Sin ellos eres incompleto. Sin ellos no puedes despertar a todos los Guardianes.

¿Quieres recuperarlos? Arrodíllate y jura lealtad a los Diez Tronos.

Aetherion miró el espejo. Quería esos recuerdos. Los necesitaba. Pero sabía que si se arrodillaba, Seraphyne nunca se los devolvería del todo. Los dioses corruptos no cumplían promesas.

Además, había algo en la sonrisa de la diosa que le recordaba a los niños del callejón. ¡Viento! Y todos al suelo.

—Los Diez Tronos —dijo despacio—. Ustedes son nueve. Ya ocho. El décimo es el mío, y está vacío porque ninguno de ustedes se atreve a sentarse en él.

La sonrisa de Seraphyne se congeló un instante.

—Arrodíllate —repitió, y esta vez su voz no era melosa.

—Prefiero construir nuevos —dijo.

Y rompió el espejo de un puñetazo.

El cristal se hizo añicos. Seraphyne gritó.

Todos los espejos del palacio empezaron a temblar.

Las grietas corrieron por la cúpula como relámpagos, de un espejo a otro, más rápido de lo que la vista podía seguirlas.

Los recuerdos robados se liberaron en una tormenta de imágenes y voces.

Aetherion se vio inundado por miles de vidas ajenas: el dolor de un padre que perdió a su hijo, la alegría de una niña que vio su primer atardecer, la rabia de un soldado traicionado.

Fue como estar en medio de una inundación.

Las vidas le pasaban por encima, por dentro, a través.

Durante un instante fue un pescador, una abuela, un niño enfermo, un soldado, un poeta.

Sintió primeros amores y últimas despedidas.

Sintió hambre, miedo, alegría, todo a la vez. Perdió la cuenta de quién era.

—¡Aetherion! —La voz de Lyra, muy lejos—. ¡Agárrate a algo!

Los niños que caen no se agarran a nada.

Pero él ya no era un niño. Y ya no estaba cayendo.

Se agarró a lo único que era solo suyo: el sabor del pan de miel quemado. El olor de la flor de nube. La voz de Lyra diciendo «pulga» con una sonrisa. La niña de las flores en la plaza.

Entre todo ese caos, encontró lo suyo. Los recuerdos verdaderos regresaron como un río desbordado.

Recordó el nombre de su padre: un mortal llamado Kael que murió defendiendo a Alira años antes del exilio.

Era el hombre de la barba castaña. El de la espada de madera.

Era capitán de la guardia, hijo de un pastor de sylphs, y se reía con la cabeza echada hacia atrás.

Le había enseñado a sujetar la espada. Le había enseñado que un buen guerrero no es el que más golpea, sino el que sabe cuándo bajar el arma.

Había muerto una noche de tormenta, cuando unos asesinos sin rostro entraron en los aposentos de la reina, y Aetherion, con nueve años, lo había visto pelear en el pasillo hasta el final.

Recordó las canciones que su madre le cantaba. Todas. No solo la del viento bajo.

Recordó la promesa que le hizo el día que lo envió al mundo de abajo:

«No vuelvas hasta que estés listo para ser más fuerte que los dioses. Y cuando lo seas… no te conviertas en uno de ellos.»

A su alrededor, los recuerdos de los demás salían volando por las grietas de la cúpula como pájaros que escapan de una jaula.

Bajaban hacia la ciudad, hacia los pueblos, hacia cada cabeza de la que habían sido robados.

En la sala de los criados, la muchacha pelirroja dejó caer el trapo, se miró las manos quemadas y dijo en voz baja, con asombro:

—Papá…

Seraphyne intentó huir entre los espejos rotos.

Se metía en un espejo y salía por otro, cada vez más rápido, cada vez más pálida.

Aetherion la siguió. La encontró en el último espejo intacto de la sala, intentando esconderse dentro de un recuerdo: el de una muchacha muy joven, mortal, que miraba el mar desde un acantilado.

Aetherion se detuvo. Por un instante, la muchacha del recuerdo y la diosa tuvieron la misma cara.

—¿Eres tú? —preguntó—. ¿Antes?

Seraphyne lo miró con sus ojos que no reflejaban nada. Y por primera vez parecían a punto de reflejar algo.

—No me acuerdo —susurró—. Robé tantos recuerdos… que perdí el mío.

Aetherion la alcanzó y la atravesó con la espada negra. La diosa se deshizo en un polvo de vidrio fino que brilló un instante y luego se apagó.

* * *

La jaula de plata cayó al suelo y se abrió. Los hilos que atravesaban las colas del zorro se rompieron. Pero el animal no despertó. Seguía enroscado, apagado, respirando muy despacio.

—Necesita el ritual —dijo Eldrin, arrodillándose junto a él—. Déjenme.

Puso las manos sobre el lomo del zorro y empezó a recitar en una lengua aún más antigua que la de las bestias. Su voz llenó la sala vacía. Aetherion no entendía las palabras, pero sentía su peso, como piedras que caían una a una en un pozo profundo.

Lyra, a su lado, miraba al sacerdote con el ceño fruncido. Le pareció que, por un momento, la voz de Eldrin se doblaba, como si otra voz más grave rezara con él, un poco por detrás. Pero cuando el zorro abrió los ojos, la voz volvió a ser una sola.

El Cuarto Guardián —un zorro de nueve colas hecho de luz de luna— emergió de entre los espejos y estabilizó otra Cadena.

Se desenroscó, se estiró como un gato que se despierta de la siesta y sacudió las nueve colas, que se encendieron una a una como farolillos. Después miró a Aetherion, ladeó la cabeza, saltó a su hombro con una ligereza absurda para un ser de luz, y le lamió la oreja.

Aetherion se quedó paralizado.

Lyra soltó una carcajada que resonó por toda la cúpula rota.

—Le gustas —dijo—. Qué mal gusto tiene.

El zorro le dedicó una mirada ofendida, saltó al suelo y salió trotando por el agujero de la cúpula, hacia el cielo, dejando una estela de luz plateada. La cuarta Cadena brilló sobre la ciudad como un río de luna.

Aetherion se tambaleó. Lyra lo sostuvo.

—¿Estás bien?

—Ahora sí —respondió él—. Por primera vez en quince años… estoy completo.

Abajo, en el Corazón de Cristal, por primera vez en mucho tiempo, se encendieron las luces de todas las ventanas. La gente salía a la calle en mitad de la noche, a pesar del toque de queda. Se abrazaban. Lloraban. Se llamaban unos a otros por nombres que acababan de recordar.

Y en la plaza mayor, junto a la columna de las flores, una niña de diez años encontró una piedra azul y la guardó en el bolsillo.