7. La ciudad de cristal
La ciudad de cristal
El Corazón de Cristal tenía tres puertas, y las tres estaban vigiladas por Cerberos.
Aetherion lo vio desde lo alto de una colina, tumbado boca abajo entre la hierba azul, al tercer día de camino desde la Grieta de la Sal.
La capital se levantaba en el centro de la isla como un bosque de agujas transparentes.
Desde lejos seguía siendo hermosa. Las torres reflejaban el cielo y lo multiplicaban, de modo que la ciudad parecía hecha de nubes.
Pero cuanto más se miraba, más se notaban las heridas: torres partidas por la mitad, puentes colgantes rotos que se mecían en el viento, barrios enteros donde el cristal se había vuelto opaco y gris.
Y encima de todo, flotando sobre la torre más alta como una lágrima suspendida, brillaba el palacio de Seraphyne. Desde allí se veían destellos, como si alguien moviera espejos al sol.
—No podemos entrar por las puertas —dijo Lyra—. Ni por los muros. Ni volando, porque no tenemos con qué.
—Hay otra forma —dijo Eldrin.
Llevaba con ellos casi una semana. Había recuperado algo de color en la cara, se había recortado la barba con la daga de Lyra y caminaba más derecho.
Hablaba poco, pero cuando hablaba, sabía cosas.
Sabía qué setas se podían comer y cuáles hacían soñar.
Sabía cómo cruzar un río que fluía hacia arriba sin que te arrastrara.
Sabía las oraciones antiguas para los muertos, y las había rezado sobre la tumba que cavaron para los pescadores ahogados que encontraron en la orilla.
—Los ríos de la ciudad suben hacia el cielo y vuelven a caer en las fuentes —explicó—. Antes de que los dioses tomaran el poder, los sacerdotes usábamos los canales de debajo de las fuentes para entrar y salir del templo sin que nos vieran. Nadie los vigila. Nadie se acuerda de ellos.
—¿Por qué no se acuerdan? —preguntó Lyra.
—Porque Seraphyne se lo llevó —respondió Eldrin con sencillez—. Igual que se lo llevó todo. Pero yo los recorrí tantas veces de joven que los llevo en los pies, no en la cabeza. Los pies no se los roba nadie.
* * *
Los canales eran estrechos, oscuros y estaban llenos de agua que subía por las paredes en lugar de correr por el suelo.
Avanzaron con el agua por las rodillas, pero al revés: les mojaba desde arriba, goteando del techo hacia el suelo y volviendo a subir en hilos finos.
Eldrin iba delante con una piedra luminosa en la mano. Nunca dudó en ningún cruce.
Salieron, mojados y helados, por debajo de una fuente seca en una plaza pequeña de un barrio pobre. Era de noche. No había nadie.
La ciudad que Aetherion recordaba era ruidosa.
Había músicos en las esquinas, vendedores de frutas de nube, niños corriendo por los puentes colgantes.
Esta ciudad estaba muda. Las calles estaban vacías.
Las ventanas, cerradas. De vez en cuando pasaba un soplo de viento frío que recorría las calles como un perro olfateando, y Eldrin los empujaba contra una pared hasta que pasaba.
—Los vientos de Vaelorith —susurró—. Vigilan el toque de queda. Si encuentran a alguien en la calle después del anochecer, se lo llevan.
—¿A dónde?
—Nadie lo sabe. Nadie vuelve para contarlo.
Eldrin los llevó a casa de un vidriero viejo llamado Osric, que había sido amigo suyo en el templo.
Osric era bajito y calvo, con las manos llenas de quemaduras viejas, y cuando abrió la puerta y vio a Eldrin se quedó blanco, como si viera a un fantasma.
Después vio a Aetherion. Se quedó mirándolo mucho rato.
—Pasen —dijo al fin—. Rápido. Antes de que vuelva el viento.
Se quedaron en casa de Osric dos semanas.
Era más tiempo del que Aetherion quería, pero no había otra forma.
Para entrar en el palacio de Seraphyne había que subir por la Escalera de Luz, una columna de brillo que solo aparecía una vez cada catorce noches, cuando la luna de Auravén estaba llena.
Mientras tanto, se escondieron en el sótano del taller, entre hornos apagados y cajas de cristal roto.
Durante el día, Aetherion salía con la capucha puesta, vestido como un aprendiz de vidriero, y recorría la ciudad.
Vio cosas que no olvidaría nunca.
Vio a una mujer sentada en un escalón, con la mirada vacía, abrazando una muñeca de trapo.
Osric le dijo que hacía un año Seraphyne le había robado el recuerdo de su hija, que había muerto de fiebre.
No el dolor. Solo el recuerdo. Así que la mujer sentía una tristeza enorme cada día, y no sabía por qué.
Vio a los soldados de espinas de Thorneveil patrullar el mercado, altos y delgados, con armaduras hechas de ramas negras entrelazadas. Cuando pasaban, la gente bajaba la vista y se apartaba sin que nadie se lo pidiera.
Vio a un grupo de niños jugando en un callejón a un juego que consistía en arrodillarse muy deprisa cuando uno gritaba «¡viento!». El que tardaba más, perdía. Era un juego. Y Aetherion sintió ganas de vomitar.
Y un día, al atardecer, llegó sin querer a la plaza mayor.
Era enorme, redonda, con el suelo de cristal pulido como un espejo. En el centro había una columna de piedra. A sus pies alguien había dejado flores. No muchas. Unas pocas, frescas, como si alguien las renovara cada día a escondidas. Flores de nube, blancas.
Aetherion supo dónde estaba antes de que nadie se lo dijera. Ahí había muerto su madre.
Se quedó de pie al borde de la plaza mucho rato.
No se acercó. No podía. Las piernas no le obedecían.
Miró la columna y las flores, y por primera vez desde que cruzó el Velo no sintió rabia.
Sintió algo peor. Un cansancio enorme, como si todos los años que había pasado lejos se le cayeran encima de golpe.
Alguien se paró a su lado. Era una niña de unos diez años, con un ramo de flores de nube en la mano. Lo miró con curiosidad.
—¿Tú también vienes a ver a la reina? —preguntó en voz baja.
—¿La conocías?
—No. Yo no había nacido. —La niña se encogió de hombros—. Pero mi abuela dice que era buena. Y que un día va a volver su hijo. Por eso traigo flores. Para que, cuando vuelva, vea que no nos olvidamos.
Cruzó la plaza corriendo, dejó las flores junto a las otras y se fue sin mirar atrás.
Aetherion volvió al taller de Osric esa noche sin decir una palabra. Lyra lo vio entrar, vio su cara y no le preguntó nada. Solo le puso un plato de sopa delante y se sentó a su lado mientras se la comía.
* * *
Fue durante esas dos semanas cuando Eldrin se ganó su confianza.
No lo hizo con palabras. Lo hizo enseñándoles. Por las noches, en el sótano, les explicó lo que sabía de los Guardianes: que había siete, uno por cada Cadena, y que cada Cadena sostenía una parte del mundo. El Recuerdo. El Fuego. El Agua. La Luz. El Rayo. La Sombra. El Aliento.
—La Cadena de la Luz es la del zorro de nueve colas —dijo—.
Seraphyne lo tiene atrapado en algún lugar de su palacio.
Se alimenta de su luz para mantener vivos los recuerdos que roba.
Si la vencen, el zorro despertará solo. Pero para que el despertar sea completo hará falta un ritual. Yo puedo hacerlo.
—¿Y la Cadena de la Sombra? —preguntó Lyra.
Eldrin tardó un momento en contestar. Solo un momento.
—Esa es la más difícil —dijo—. Nadie sabe dónde está su Guardián.
Le enseñó a Aetherion más palabras de la lengua antigua.
Palabras que Aetherion había oído de niño y había olvidado: agua, hermano, perdón, libre.
Las repetían juntos a la luz de una vela, y cada palabra que Aetherion recuperaba le traía un trocito de su infancia, como una llave que abría un cajón pequeño.
Una noche, Aetherion se despertó con sed y subió a la cocina. Eldrin estaba sentado junto a la ventana, a oscuras, mirando el palacio de Seraphyne que brillaba en el cielo.
—¿No puedes dormir? —preguntó Aetherion.
—Hace mucho que no duermo bien —dijo Eldrin sin volverse—. Desde el mar. A veces tengo la sensación de que hay alguien más dentro de mi cabeza. Alguien que piensa cuando yo no pienso.
—Las voces de los ahogados.
—Sí. —Eldrin sonrió, cansado—. Seguro que es eso.
Aetherion le puso una mano en el hombro y volvió a la cama. No vio cómo, a la luz de la luna, la sombra del sacerdote en la pared levantaba la cabeza un poco antes que él.
Lyra sí lo vio. Estaba despierta en la escalera, en la oscuridad, con el ojo de ámbar abierto. Pero cuando miró otra vez, la sombra era solo una sombra. Y se dijo que estaba cansada. Y que el cristal de aquella ciudad hacía cosas raras con la luz.
* * *
La noche de luna llena, la Escalera de Luz apareció en el centro de la plaza mayor, justo encima de la columna de las flores.
Era una columna de brillo blanco que subía desde el suelo hasta el palacio de espejos, recta como una flecha. Los escalones no se veían hasta que uno ponía el pie en ellos.
—Los soldados no vigilan la escalera —dijo Osric en la puerta del taller, mientras les daba unos panes para el camino—. Seraphyne no lo necesita. Nadie que sube vuelve con la cabeza entera.
—Eso dicen de todo en esta isla —respondió Lyra.
Osric le puso a Aetherion una mano en el brazo. Le temblaba.
—Mi hija trabajaba en las cocinas del palacio —dijo—. Hace tres años. No sé si sigue viva. No sé si se acuerda de mí. Se llama Ilsa. Si la ves…
—Si la veo, le diré que su padre la espera —dijo Aetherion.
Cruzaron la plaza vacía bajo la luna. Aetherion se detuvo un instante junto a la columna, se agachó y dejó en el suelo, junto a las flores, la piedra azul que llevaba al cuello desde los trece años.
—¿Qué haces? —susurró Lyra.
—Devolvérsela —dijo él—. Ya no la necesito para recordar quién soy.
Después puso el pie en el primer escalón invisible, y empezó a subir hacia el palacio de espejos.