6. El Mar Invertido
El Mar Invertido
Nilo y los otros esclavos de las fraguas partieron hacia Veylan al amanecer, guiados por el toro de bronce, que había decidido acompañarlos hasta el linde de las montañas. Antes de irse, el muchacho le contó a Aetherion algo que había oído en la forja.
—Los capataces hablaban del Tercer Guardián —dijo—. Decían que Liryenna lo tiene escondido en el fondo de su mar. Que por eso el mar está tan enfadado.
—¿Cómo se llega?
Nilo señaló hacia el este, donde la tierra terminaba en un tajo enorme, como si alguien hubiera partido la isla con un hacha.
—Por la Grieta de la Sal. Pero nadie que baja vuelve a subir.
—Eso dicen de todo en esta isla —murmuró Lyra.
El Mar Invertido colgaba bajo Auravén como un océano sujeto por hilos invisibles.
Las olas golpeaban hacia arriba, contra el vientre de la isla, y los barcos naufragados flotaban con las quillas apuntando al cielo.
Era el dominio de Liryenna, la diosa de las Mareas Invertidas, y el lugar donde se escondía el Tercer Guardián.
Para llegar allí, Aetherion y Lyra tuvieron que descender por una de las grietas que se habían abierto en la isla.
Les llevó medio día. Bajaron con cuerdas, apoyando los pies en salientes de roca húmeda, mientras el viento subía desde abajo y les metía sal en los ojos.
Cuanto más bajaban, más extraño se volvía todo.
Las gotas de agua que resbalaban por la roca no caían: subían.
Los líquenes crecían hacia arriba. Una vez Lyra soltó una piedra sin querer y la vieron flotar un momento junto a su cara, indecisa, antes de alejarse hacia el fondo de la grieta…
que de pronto ya no parecía el fondo, sino el techo.
—Me estoy mareando —dijo Lyra.
—Tú nunca te mareas.
—Pues hoy sí. Hoy me mareo, y me quejo, y tú te callas.
El aire se volvió salado y frío. Cuando atravesaron la última capa de roca, el mundo se dio la vuelta.
Fue como caer de un caballo, pero al revés.
El estómago de Aetherion se quedó en su sitio y el resto de él siguió adelante.
Cayeron «hacia arriba» y aterrizaron sobre una superficie de agua que no se comportaba como agua.
Caminaban sobre ella como si fuera cristal flexible.
Cada paso dejaba un círculo de ondas que se alejaba despacio y hacía tintinear algo a lo lejos.
Debajo (o arriba, según se mirara) se extendía un abismo de oscuridad salpicado de luces de peces bioluminiscentes y de los restos de flotas enteras.
Y encima de sus cabezas, donde debería estar el cielo, estaba la isla. El vientre de Auravén: roca negra cubierta de conchas y algas que colgaban hacia ellos como barbas. Las olas golpeaban contra ella y retumbaban como tambores.
—Esto está mal —susurró Lyra—. Esto está muy, muy mal.
Había barcos por todas partes. Algunos eran antiguos, con velas de seda podrida y mascarones de proa con forma de sirena.
Otros eran casi nuevos, barcos pesqueros de Auravén con los nombres todavía pintados en el casco: La Esperanza de Veylan, Marea Buena, Hija del Viento.
Todos flotaban boca abajo, con los mástiles hundidos en el agua extraña, como árboles plantados al revés.
Pasaron junto a uno de ellos, un galeón enorme con el casco abierto. Y desde dentro, alguien gritó.
—¡Por favor! ¿Hay alguien ahí? ¡Por favor!
Era una voz de hombre, débil y ronca. Aetherion y Lyra se miraron.
—Podría ser una trampa —dijo ella.
—Todo aquí podría ser una trampa.
Entraron por el agujero del casco. Dentro, encadenado a un mástil con grilletes de coral negro, había un hombre de unos cuarenta años, delgadísimo, con la barba larga y blanca de sal y una túnica gris que alguna vez debió de ser elegante.
Tenía en la frente un tatuaje medio borrado: un círculo con siete rayas, el símbolo de los sacerdotes del Primer Aliento.
—Gracias a los Guardianes —jadeó—. Gracias a los Guardianes. Pensé que moriría aquí.
—¿Quién eres? —preguntó Aetherion.
—Me llamo Eldrin. Fui sacerdote del templo del Primer Aliento, en el Corazón de Cristal.
—Tosió—. Hace meses me negué a bendecir uno de los decretos de Vaelorith.
Me arrancaron la túnica blanca, me llamaron «sacerdote caído» y me trajeron aquí para que Liryenna se divirtiera conmigo.
—Sonrió con tristeza—. No se divierte mucho.
Solo me deja oír las voces de los ahogados por las noches.
Lyra lo miraba con el ojo de ámbar entornado.
—¿Y por qué no te ha matado?
—Porque los muertos no sufren —dijo Eldrin con sencillez.
Aetherion cortó los grilletes con la espada negra. El coral se rompió como hueso viejo. Eldrin se dejó caer de rodillas, frotándose las muñecas en carne viva.
—Sé por qué están aquí —dijo, mirando la espada—. He oído a Liryenna gritar de rabia. Han matado a Khorvax. Buscan al Tercer Guardián. Puedo ayudarlos. Conozco los rituales antiguos. Sé cómo se despierta a un Guardián.
—Primero hay que vencer a la que lo tiene prisionero —dijo Aetherion.
—Entonces les deseo suerte —respondió Eldrin—. Y les pido una cosa: cuando vean a la Hidra, no escuchen sus voces.
Aetherion no se fijó en que, cuando Eldrin se levantó, su sombra tardó un instante de más en levantarse con él. Lyra tampoco se fijó. Nadie se fija en esas cosas en un lugar donde todo está al revés.
* * *
Liryenna los esperaba sentada en un trono hecho de restos de barcos.
Era una montaña de cascos rotos, timones, anclas oxidadas y mascarones de proa amontonados unos sobre otros, en el centro exacto del mar.
Su cuerpo era de agua viva, semitransparente, y su cabello era una cascada de espuma negra.
En sus ojos no había pupilas, solo mareas.
—Hijo de Alira —dijo con voz de olas rompiendo—. Has matado a mi hermano Khorvax. Qué descortés.
—Él empezó —respondió Aetherion.
Liryenna rió y el agua bajo sus pies se agitó.
—Todos empezamos alguna vez. Yo solo quiero que Auravén caiga al abismo. Así el Mar Invertido se convertirá en el único mar verdadero. ¿No es hermoso?
—Si la isla cae, tú caes con ella —dijo Lyra—. Tu mar cuelga de su vientre.
—¿Eso crees? —Liryenna inclinó la cabeza, y su cabello de espuma se derramó por un hombro—.
Mis hermanos piensan como tú. Vaelorith quiere la isla entera para él, flotando, obediente.
Yo no. Yo he visto el fondo del abismo, cazadora.
Allí abajo hay agua. Un océano sin fondo, sin cielo, sin reyes ni dioses.
Cuando Auravén caiga, todo será mar. Y el mar será mío.
Aetherion miró a la diosa y comprendió algo que lo heló por dentro: no mentía. Estaba loca, pero no mentía. Para ella, la caída de Auravén no era una amenaza. Era un sueño.
—No voy a dejar que la ahogues —dijo.
—Ya veremos —susurró Liryenna—. Ya veremos lo que te dejan hacer los muertos.
De las profundidades emergieron criaturas: serpientes de agua con cabezas de mujer, tiburones de cristal y una Hidra de los Siete Ecos cuyas cabezas hablaban con voces de muertos.
Lyra se quedó quieta.
Aetherion la vio. Vio cómo se le iba el color de la cara.
Vio cómo sus manos, que nunca temblaban, apretaban las dagas hasta que se le pusieron blancos los nudillos.
La Hidra era mucho más grande que la del pantano de Sal Negra.
Siete cuellos largos, escamosos, de un color verde oscuro casi negro.
Siete cabezas con ojos amarillos. Y una de ellas, la del centro, tenía una cicatriz vieja en el hocico.
—No es la misma —le dijo Aetherion en voz baja—. Lyra. No es la misma.
—Ya lo sé —dijo ella con los dientes apretados—. Pero se parece mucho.
Una de las cabezas habló con la voz de la reina Alira.
—Aetherion… hijo mío… ¿por qué me abandonaste?
Aetherion sintió que el corazón se le detenía. Sabía que era un truco. Lo sabía. Pero la voz era idéntica. Era la voz de la escalera, la voz de la canción. Era la voz que llevaba quince años buscando en sueños.
—Dejaste que me mataran —dijo la cabeza, con un tono suave, dolido—. Corriste. Ni siquiera te diste la vuelta. Yo te llamé y no te diste la vuelta.
Lyra le agarró el brazo.
—No escuches. Es Liryenna. Usa los ecos de los que se ahogaron aquí.
Otra de las cabezas se giró hacia ella, y habló con la voz de un hombre mayor, grave y cariñosa.
—Lyrita. Pequeña. ¿Por qué no me ayudaste aquel día?
Lyra soltó un sonido ahogado. Era la voz de su padre.
Fue Aetherion quien la sujetó esta vez.
—Dame una patada —le dijo—. Me lo pediste en el bosque. Te estoy dando una patada.
Lyra parpadeó. Respiró. Y algo cambió en su rostro: el miedo seguía ahí, pero debajo había otra cosa más dura.
—Mi padre nunca me llamó Lyrita —dijo con voz clara—. Me llamaba «pulga».
Aetherion cerró los ojos y respiró hondo. Cuando los abrió, la espada negra ya estaba en su mano.
—Mi madre no me hablaría desde el agua —dijo—. Mi madre me empujó a través del Velo para que viviera. Tú solo quieres que me ahogue en culpa.
Corrió sobre la superficie del mar. La Hidra atacó.
Cada cabeza gritaba con una voz distinta: la de su madre, la de un niño de Veylan, la de un soldado que había muerto defendiendo a Alira.
Aetherion cortó una cabeza. Otra. Otra. Cada vez que una caía, dos nuevas nacían, pero él no se detuvo.
Lyra cubría sus flancos, lanzando dagas de cristal que había recuperado de los restos de barcos.
Y entonces Lyra hizo lo que su padre le había enseñado: miró a la bestia y se preguntó qué quería.
—¡Aetherion! —gritó—. ¡No quiere comernos! ¡Está encadenada al trono!
Era verdad. Del pecho de la Hidra salía una cadena de coral negro, gruesa como un tronco, que bajaba hasta el trono de Liryenna. La bestia no atacaba por hambre. Atacaba porque la obligaban. Igual que los drakos.
—¡Entonces no es a ella a quien hay que matar!
Cuando solo quedaron tres cabezas, Aetherion se lanzó hacia el trono de Liryenna. Lyra saltó sobre la cadena de coral y la cortó con una daga de cristal, una vez, dos, tres, hasta que se partió. La Hidra, libre, soltó un grito de alivio y se hundió en las profundidades oscuras.
La diosa levantó las manos y el agua se convirtió en paredes que intentaron aplastarlo. Él saltó, se impulsó con la espada y atravesó el pecho líquido de la diosa.
Liryenna miró la hoja que la atravesaba y sonrió con tristeza.
—Creí… que el agua lo disolvería todo…
Se disolvió en una lluvia de sal y espuma. El Mar Invertido se calmó. Desde las profundidades emergió el Tercer Guardián: una ballena colosal de cristal azul cuyo canto estabilizó otra Cadena de Éter.
Era tan grande que tardó un minuto entero en salir del todo, como una montaña que se levanta. Dentro de su cuerpo transparente se veían corrientes de luz que se movían como peces. Y cuando cantó, el sonido llenó todo el mar, grave y lento, y Aetherion se quedó sin aliento.
Conocía esa melodía. Era la canción del viento bajo. La misma. Nota por nota.
Aetherion se dejó caer de rodillas sobre el agua ahora tranquila. Lyra se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Tres —dijo ella—. Nos quedan cuatro.
Aetherion miró hacia arriba, hacia el vientre de Auravén.
—Y cada vez más dioses enfadados.
Eldrin se acercó por detrás, despacio, con los ojos muy abiertos, mirando a la ballena.
—Nunca pensé que vería a un Guardián despierto —susurró—. Nunca.
Aetherion se volvió hacia él.
—Dijiste que conoces los rituales antiguos.
—Todos los que quedan.
—Entonces vienes con nosotros.
Eldrin inclinó la cabeza.
—Será un honor, majestad.
Lyra no dijo nada. Pero esa noche, mientras subían de nuevo por la grieta, se quedó la última, vigilando la espalda del sacerdote.