5. Khorvax y el Hierro Vivo
Khorvax y el Hierro Vivo
Khorvax no caminaba. Se arrastraba sobre un trono de metal fundido que dejaba un reguero de escoria brillante a su paso.
Su cuerpo era una armadura viva: placas de hierro que se movían como músculos, y donde debía tener cara solo había un yelmo con dos ojos de lava.
En una mano llevaba un martillo del tamaño de un hombre.
En la otra, una cadena de hierro vivo que se retorcía como una serpiente.
Bajó del cielo como cae una roca, y la tierra tembló cuando el trono tocó el suelo. La hierba alrededor se puso negra. El aire se llenó de un olor a carbón y a metal caliente que hacía llorar los ojos. Detrás de él, la escoria fundida siseaba sobre las hojas plateadas y las convertía en ceniza.
Al llegar al claro donde Aetherion y Lyra esperaban, el dios habló con voz de yunque golpeado:
—El hijo de Alira. Qué pequeño te has quedado. Tu madre gritaba más alto cuando la matamos.
—Mientes —dijo Aetherion en voz baja—. Mi madre sonreía.
Aetherion no respondió con más palabras. Corrió hacia él.
El martillo de Khorvax bajó como un rayo. Aetherion rodó a un lado, sintió el impacto en el suelo y vio cómo la tierra se abría. Una grieta humeante cruzó el claro de lado a lado. La onda del golpe lo lanzó contra un tronco y le sacó el aire de los pulmones.
Lyra lanzó sus dagas. Ambas se clavaron en el pecho del dios… y se derritieron. El hierro vivo las absorbió. Las placas de su armadura se abrieron un momento, como bocas, y se tragaron el acero con un chasquido satisfecho.
—Inútil —rugió Khorvax—. Solo el hierro nacido de mi forja puede herirme. Y tú no tienes ninguno.
Lyra maldijo y sacó un cuchillo de la bota. Era lo último que le quedaba.
—Aetherion —dijo sin apartar la vista del dios—. Si tienes algún truco, este sería un buen momento.
Aetherion se levantó despacio, con la espalda dolorida. Miró la espada negra que tenía en la mano. Y entonces comprendió lo que era en realidad la espada que llevaba.
* * *
La había forjado años atrás con la ayuda de un Drakos de Niebla herido al que salvó en el mundo de abajo.
Fue la misma noche en que conoció a Lyra.
Ella se había ido sin cobrar, dejando al drakos tirado en la arena, con el ala rota y una herida en el costado de la que salía una sangre oscura que humeaba al tocar el aire.
Aetherion tenía veintitrés años y no sabía nada de drakos.
Solo sabía que aquella criatura de niebla y relámpago lo miraba con unos ojos que le recordaban a algo. A casa.
Se quedó con él tres días en una cueva junto al mar. Le llevaba agua. Le hablaba. El drakos no comía, no dormía, solo lo miraba. La tercera noche le habló, en la lengua antigua que Aetherion creía haber olvidado:
«Llevo un collar de hierro en el cuello, hijo de reyes.
Me lo puso el dios de la Forja. Escapé, pero el hierro me está matando por dentro.
Soy hijo de su fuego, como todos mis hermanos.
Él nos forjó como esclavos en sus hornos, hace siglos, cuando nuestra raza era libre y él quiso tenerla.
Lo que él forja solo puede morir por lo que él forjó.
Toma mi sangre cuando me vaya. Tómala y hazle daño. »
Aetherion no entendió entonces. Pero cuando el drakos murió, al amanecer, hizo lo que le había pedido.
Recogió la sangre negra, que se endurecía al enfriarse como metal fundido.
La llevó a la fragua de un herrero de Almarra que no hacía preguntas.
Y el último aliento del drakos, que todavía ardía en su pecho, sirvió de fuego para templarla.
La espada salió negra, humilde y caliente. Nunca se enfriaba del todo.
* * *
El metal no era ordinario. Era la propia sangre del drakos solidificada. Y el drakos había nacido en la forja de Khorvax.
Levantó la hoja. Khorvax la miró y por primera vez dudó.
—Esa… esa no debería existir.
—La forjó uno de tus esclavos —dijo Aetherion—. Con lo último que le quedaba.
Aetherion atacó. La espada negra cortó el aire y se clavó en el brazo del dios. El hierro vivo gritó. No metafóricamente: emitió un sonido agudo y doloroso, como un clavo arrastrado sobre una placa de metal. Khorvax retrocedió, sorprendido. Por la herida no salía sangre, sino chispas.
—¡Imposible!
—Lo imposible —dijo Lyra, recogiendo una de las dagas medio fundidas del suelo— parece ser su especialidad.
Desde las nubes bajaron tres Drakos de Niebla, esclavizados con collares de hierro vivo.
Eran criaturas de niebla y relámpago, con alas que se disolvían y reformaban a cada aleteo.
Eran enormes, más grandes que una casa, y sus ojos brillaban con un dolor viejo.
El hierro de los collares se les había hundido en la carne de niebla, y cada vez que respiraban, el metal se apretaba un poco más.
Khorvax levantó la cadena y tiró de ellos.
—¡Mátenlo!
Los drakos se lanzaron. Aetherion sintió el calor de sus fauces. Los relámpagos que les corrían por la piel le erizaron el pelo de los brazos. Lyra gritó su nombre.
Y Aetherion recordó a Lyra la noche anterior: lo único que puedes hacer con un drakos es no ser su enemigo.
Entonces hizo algo que no había planeado: levantó la mano libre y habló en la lengua antigua que su madre le había enseñado de niño, la lengua de las bestias de Auravén. La misma en que le había hablado el drakos de la cueva.
—Son libres.
Las palabras no fueron un hechizo. Fueron un reconocimiento. La sangre de los antiguos reyes corría por sus venas, y esa sangre era la misma que una vez había hecho un pacto con las bestias. No era una orden. Era un recuerdo dicho en voz alta. Ustedes nunca fueron suyos.
Los collares de hierro vivo se resquebrajaron. Al principio fue solo una grieta fina, como la de un huevo. Después el metal crujió, se partió y cayó al suelo en pedazos que se retorcían como gusanos moribundos. Los tres drakos se liberaron y se volvieron contra su antiguo amo.
Khorvax rugió de furia. Uno de los drakos le mordió el brazo del martillo.
Otro le envolvió las piernas con su cola de niebla.
El tercero le escupió un relámpago en pleno yelmo.
El martillo se elevó otra vez. Aetherion corrió entre las garras de los drakos, esquivó el golpe y clavó la espada negra directamente en el pecho del dios, donde debería haber estado el corazón.
El hierro vivo se agitó violentamente. Khorvax cayó de rodillas. Su voz se quebró:
—No… no puedes matarme. Soy un dios…
—Entonces muere como uno —dijo Aetherion, y giró la hoja.
Khorvax se deshizo en una lluvia de escoria y metal derretido. El martillo cayó al suelo y se apagó. Los tres drakos de niebla rodearon a Aetherion, inclinaron las cabezas y luego se elevaron hacia el cielo, libres por primera vez en siglos.
Pero el más pequeño de los tres volvió a bajar un momento. Tenía una cicatriz de collar alrededor del cuello que brillaba como plata. Bajó la cabeza hasta la altura de Aetherion. Lo olió. Olió la espada. Y soltó un sonido largo y triste, como un trueno lejano. Reconocía la sangre de su hermano.
—Lo siento —le dijo Aetherion en la lengua antigua—. No pude salvarlo.
El drakos lo miró un instante más. Después se elevó también y se perdió entre las nubes. Pero Aetherion tuvo la sensación de que no se iba muy lejos.
Lyra se acercó, respirando con dificultad.
—Acabas de matar a un dios.
—No —corrigió Aetherion, mirando la espada negra que ahora brillaba con una luz tenue—. Acabo de empezar.
Lyra lo miró de arriba abajo. Después miró la espada.
—Ese drakos —dijo—. El de la playa. El que yo dejé allí.
—Sí.
—Murió.
—Sí.
Lyra asintió despacio. No dijo nada más. Pero Aetherion vio cómo apretaba la mandíbula, y supo que esa noche no dormiría bien.
Esa noche, mientras los demás dormían, Lyra se sentó junto a Aetherion al lado del fuego. Tardó mucho en hablar.
—Si me hubiera quedado aquella noche en la playa —dijo al fin—, quizá ese drakos seguiría vivo.
—O quizá no —respondió Aetherion—. Estaba muy herido. El collar lo estaba matando desde dentro. No había nada que tú pudieras hacer.
—Podía no haberle disparado la flecha.
—Sí. —Aetherion no le mintió—. Podías no habérsela disparado.
Lyra apretó los labios. Miró el fuego.
—Pero te fuiste sin cobrar —siguió él—. Te fuiste porque un muchacho loco con un cuchillo de cocina te dijo que te fueras.
Eso dice algo de ti. Y si no te hubieras ido, yo no habría pasado tres días con él en aquella cueva.
No habría oído su voz. No habría recordado la lengua antigua. Y no tendría esta espada.
Le puso la hoja negra sobre las rodillas. Lyra la tocó con la punta de los dedos. Estaba tibia, como siempre.
—Su último deseo fue hacerle daño a Khorvax —dijo Aetherion—. Hoy se lo hemos cumplido. Los dos.
Lyra no contestó. Pero cuando él se tumbó a dormir, ella se quedó un rato más con la espada en las rodillas, acariciando el metal como se acaricia a un animal dormido.
* * *
En el cielo, otra Cadena de Éter se estabilizó. El Segundo Guardián, el de la Forja, había sentido la muerte de su carcelero y se despertaba.
Lo vieron llegar antes de que cayera la noche.
Venía caminando desde las Cumbres, sin prisa, y la tierra temblaba un poco con cada paso.
Era un toro gigantesco de bronce viejo, verde por el tiempo, con los cuernos curvados hacia el cielo como los brazos de una lira.
En el pecho tenía un hueco en forma de yunque, y dentro ardía un fuego limpio, blanco, sin humo.
Durante siglos, Khorvax lo había tenido encadenado en el fondo de su fragua, usando ese fuego para alimentar sus hornos. Ahora el Guardián era libre, y el fuego volvía a ser suyo.
Se detuvo delante de Aetherion y bajó la enorme cabeza. Del hueco de su pecho salió una chispa blanca que se elevó hacia el cielo, hacia la segunda Cadena, y la hizo brillar como si fuera nueva.
—Dos —susurró Lyra.
Detrás del toro venían otras figuras, pequeñas, cojeando, cubiertas de hollín. Eran hombres y mujeres jóvenes, vestidos con harapos, con marcas de grilletes en los tobillos. Los esclavos de las fraguas. Habían seguido al Guardián cuando los muros de la forja se derrumbaron.
Uno de ellos, un muchacho alto y flaco con los ojos de un niño que Aetherion había conocido hacía pocos días, se adelantó.
—¿Es verdad? —preguntó con voz ronca—. ¿Khorvax está muerto?
—Es verdad.
El muchacho cayó de rodillas y se echó a llorar.
—¿Eres de Veylan? —preguntó Aetherion.
—Sí. Me llamo Nilo. Tengo un hermano pequeño allí. Teo. Si sigue vivo…
—Sigue vivo —dijo Aetherion—. Y tiene muy buena puntería con la honda.
* * *
Pero lejos, en el Trono de los Vientos, Vaelorith dejó de sonreír.
En la Sala de los Diez Tronos, el trono del yunque se había agrietado de arriba abajo. Ahora solo era una piedra rota. Los dioses que quedaban lo miraban en silencio.
—Interesante —murmuró—. El niño tiene dientes. Será más divertido romperle el cuello.