Aetherion, El Rey de Auravén 4. Los Bosques de Voz
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4. Los Bosques de Voz

Los Bosques de Voz

Los Bosques de Voz no tenían caminos. Los árboles decidían si te dejaban pasar o te perdían para siempre entre sus raíces.

Cada tronco era un archivo vivo: cuando uno se acercaba y posaba la palma sobre la corteza, podía escuchar voces del pasado.

Algunas eran risas de niños. Otras, gritos de guerra.

Otras, susurros de dioses que aún no se habían corrompido.

Aetherion y Lyra dejaron los sylphs en el linde y entraron a pie. El silencio era denso, pero no vacío. Estaba lleno de murmullos apenas audibles.

La luz bajaba entre las copas en columnas pálidas, como si el bosque estuviera dentro de una catedral.

El suelo era blando y estaba cubierto de hojas plateadas que no crujían al pisarlas: suspiraban.

Los troncos eran blancos, lisos, sin nudos, y tan anchos que diez hombres no habrían podido abrazar uno.

De vez en cuando, al pasar junto a alguno, Aetherion oía una frase suelta, clara como si alguien le hablara al oído:

«…no te olvides de cerrar la puerta…»

«…la cosecha de este año será buena…»

«…¿y si no vuelve?…»

—No toques ningún árbol que no te invite —advirtió Lyra—. Algunos guardan recuerdos venenosos. Los que Seraphyne plantó a propósito para enloquecer a quien los escuche.

—¿Cómo sé cuál me invita?

—Si tienes que preguntarlo, es que no te ha invitado.

Caminaron durante horas. Al caer la tarde —aunque en Auravén el día y la noche eran más sugerencias que certezas— llegaron a un claro donde crecía un árbol distinto a todos los demás.

Pero antes de llegar al claro, el bosque los puso a prueba.

Fue Lyra quien cayó. Iba delante, apartando ramas con la daga, cuando pisó una raíz que no estaba ahí un segundo antes. Tropezó, alargó la mano para no caerse y la apoyó en un tronco.

Era un tronco distinto. No era blanco, sino gris, con la corteza llena de grietas negras, como una piel enferma.

Lyra se quedó inmóvil. Su ojo bueno se puso vidrioso. Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido.

—¿Lyra?

Ella no contestó. Empezó a temblar. Las grietas negras del árbol se extendieron por su mano como una enredadera, subiéndole por la muñeca.

—¡Lyra!

Aetherion la agarró por los hombros y tiró. No se movió. Era como si la mano estuviera clavada a la corteza. Entonces oyó lo que ella estaba oyendo, porque el árbol lo murmuraba en voz alta, una y otra vez, con una voz de niño:

«Fue culpa tuya. Fue culpa tuya. Si no hubieras llevado los huevos, la hidra se habría ido antes. Si no te hubieras puesto delante, nadie se habría acercado. Fue culpa tuya que papá…»

—Mentira —dijo Aetherion. Le sujetó la cara con las dos manos y la obligó a mirarlo—. Lyra, escúchame. Es mentira. Tu hermano tiene veinte años y cuatro hijos y una barriga enorme. Me lo dijiste anoche. Está vivo porque tú te pusiste delante.

El ojo de Lyra parpadeó.

—Valió la pena —dijo Aetherion—. Tú misma lo dijiste. Valió la pena.

Lyra soltó un gemido ronco, como alguien que sale de debajo del agua. La mano se despegó del árbol de golpe. Cayó hacia atrás, sobre Aetherion, y los dos rodaron por las hojas. Las grietas negras de su muñeca se borraron poco a poco, como tinta que se lava.

Se quedó sentada en el suelo mucho rato, respirando muy rápido, con la mano apretada contra el pecho.

—Ese maldito árbol —dijo al fin, con la voz rota— sabía lo de mi padre.

Aetherion no preguntó qué pasaba con su padre. Ella no le había contado esa parte. Simplemente se sentó a su lado y esperó.

—Murió unos años después —dijo Lyra, sin mirarlo—. Otra cacería. No tuvo nada que ver con la hidra. Pero a veces, por las noches, pienso que si yo no… —Se calló. Se pasó la mano por la cara con fuerza—. Da igual. Gracias.

—Me debes una.

—Ahora vamos tres a uno. —Lyra se levantó, se sacudió las hojas y desenvainó la daga otra vez—. No te acostumbres. Y la próxima vez que vaya a tocar un árbol, dame una patada.

Siguieron caminando. Ninguno de los dos volvió a hablar hasta el claro.

* * *

El claro era redondo y estaba bañado en una luz suave, color perla.

En el centro crecía un árbol distinto a todos los demás.

Era más alto, de corteza plateada, y de sus ramas colgaban frutos luminosos que parecían pequeñas lunas.

Las raíces se extendían por todo el claro como los dedos de una mano abierta, y entre ellas brotaban flores blancas que se cerraban y se abrían despacio, como si respiraran.

Aquí no había murmullos. Aquí había silencio de verdad.

El árbol habló.

No con palabras, sino directamente dentro de la mente de Aetherion.

«Hijo de Alira. Te he esperado. Acércate.»

Aetherion miró a Lyra. Ella asintió con la cabeza, muy seria.

—Este sí te ha invitado.

Aetherion obedeció. Posó la mano en el tronco. Era cálido, como la piel. De inmediato el mundo se disolvió.

Estaba en el Corazón de Cristal, pero hacía muchos años. Él tenía ocho años. Su madre, la reina Alira, lo llevaba de la mano por los jardines suspendidos. El cielo era de un azul perfecto. Las Cadenas brillaban con fuerza. Y en el trono de nubes, Vaelorith aún sonreía con amabilidad.

Aetherion lo veía todo desde dentro de su cuerpo de niño, y a la vez desde fuera, como en los sueños.

Sentía la mano de su madre, firme y tibia.

Sentía el olor de las flores de nube. Oía a los jardineros cantar mientras podaban los setos, y en algún lugar lejano un herrero golpeaba un yunque con un ritmo alegre.

Vaelorith pasaba junto a ellos por el camino del jardín. No era la tormenta que Aetherion sabía que era ahora. Era un hombre alto, de cabello blanco y ojos grises, vestido con una túnica sencilla. Se detuvo, se agachó delante del niño y le revolvió el pelo con una mano que olía a lluvia.

—Crece rápido, pequeño —dijo, con una voz amable—. Algún día serás un buen rey. Mejor que nosotros.

Y se fue caminando, con el viento siguiéndole como un perro fiel.

—¿Por qué dijo «mejor que nosotros»? —preguntó el niño Aetherion—. Él no es rey. Es un dios.

Alira miró al dios alejarse. En su rostro había algo que el niño no supo leer. Tristeza, quizá. O miedo.

—Los dioses nos protegen —le decía Alira—. Pero un día, mi hijo, tal vez tengas que protegernos de ellos.

La escena cambió. Ahora tenía trece años. Su madre lo empujaba hacia el Velo mientras Thorneveil avanzaba con un manto de espinas vivas. Alira se giró hacia el dios y gritó:

—¡Él es la llave! ¡Si lo matan, las Cadenas se romperán y todos caerán con nosotros!

Thorneveil rió. El manto de espinas se cerró sobre ella. Aetherion gritó y cayó a través del Velo, hacia el mundo de abajo.

Pero esta vez, dentro de la visión, Aetherion pudo ver lo que no había visto entonces, porque estaba de espaldas.

Vio a su madre atrapada entre las espinas, sin poder moverse, mirando el Velo por donde él acababa de desaparecer.

Vio cómo sus labios se movían. No gritaba.

Cantaba. Muy bajito. La canción del viento bajo.

La visión terminó. Aetherion se separó del árbol jadeando. Lágrimas le corrían por la cara, aunque no recordaba haber llorado.

—¿Qué viste? —preguntó Lyra.

—Que mi madre sabía exactamente lo que iba a pasar. Y que me salvó no solo por amor… sino porque yo era la única pieza que los dioses no podían controlar.

—¿Y eso es malo?

Aetherion se secó la cara con la manga.

—No lo sé todavía.

El árbol plateado habló de nuevo, esta vez en voz audible, profunda y antigua:

—Soy el Primer Guardián. Guardo la Cadena del Recuerdo. Para despertarme del todo, debes devolverme lo que Seraphyne robó: el nombre verdadero de tu madre. El que ella usaba antes de ser reina.

—Seraphyne robó ese nombre de todas las cabezas de Auravén —dijo Lyra—. Ni siquiera su niñera lo recuerda.

—De todas las cabezas, sí —respondió el árbol—. Pero no de todos los corazones. Los nombres que se pronuncian con amor dejan huella en otro sitio. El niño lo oyó cientos de veces sin saber que lo oía. Que lo busque.

Aetherion cerró los ojos. Buscó en los recuerdos que el árbol le había devuelto.

Buscó en la voz de su madre cantando en la escalera.

En la canción. Duerme, pequeño viento bajo.

Su madre no se la había inventado. Se la cantaba a ella su propia madre, en una casa pequeña al borde de los acantilados, donde los vientos soplaban más bajos que en ninguna otra parte de la isla.

La llamaba por su nombre al final de cada estrofa.

Y Alira, cuando se la cantaba a él, a veces se equivocaba y decía ese nombre en lugar del suyo, y después se reía.

Y lo encontró.

—Se llamaba Elandra —dijo—. Elandra de los Vientos Bajos.

El árbol brilló con una luz cegadora. Las flores blancas del claro se abrieron todas a la vez. De su raíz principal emergió una cadena de éter plateada, intacta, que se elevó hacia el cielo y se unió a las otras. La grieta en una de las Cadenas lejanas se cerró un poco.

Por todo el bosque, los murmullos se convirtieron por un instante en un solo sonido: miles de voces diciendo el mismo nombre. Elandra. Aetherion pensó en Maela, en Veylan, y supo que en ese momento la anciana se había quedado quieta en medio de su cocina con una cuchara en la mano, recordando.

—Uno —dijo el Guardián—. Quedan seis. Y cada uno exigirá un precio más alto.

Aetherion asintió. Ya lo esperaba.

—Una pregunta —dijo—. Cuando era niño, Vaelorith me dijo que yo sería mejor rey que ellos. ¿Por qué «ellos»? Los dioses nunca fueron reyes.

El árbol tardó en contestar. Sus hojas se movieron con un sonido como de lluvia.

—Los dioses fueron muchas cosas antes de ser dioses —dijo al fin—. Pero esa historia no me toca contarla a mí. Pregúntale al que guarda el Primer Aliento. Si llegas hasta él.

Cuando salieron del bosque, el cielo sobre Auravén había cambiado. Una tormenta negra se acumulaba sobre las Cumbres del Trueno. Y en el horizonte, una figura alada de hierro y fuego se elevaba: Khorvax, el dios de la Forja, había sentido el despertar del Primer Guardián.

Los sylphs relincharon de miedo y se deshicieron en viento. Huyeron hacia el sur sin esperar a nadie.

—Genial —dijo Lyra—. Ni siquiera los caballos quieren estar aquí.

La figura crecía en el cielo. Ya se oía el sonido: un martilleo sordo, rítmico, como un corazón de hierro.

—Vienen por nosotros —dijo Lyra.

—Que vengan —respondió Aetherion, empuñando la espada negra—. Estoy cansado de esconderme.