Aetherion, El Rey de Auravén 3. Lo que enseña el mundo de abajo
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3. Lo que enseña el mundo de abajo

Lo que enseña el mundo de abajo

Los Bosques de Voz estaban a dos días de vuelo hacia el norte. Aetherion pensaba que llegarían antes. No contaba con que se le había olvidado montar un sylph.

La primera mañana se cayó cuatro veces. La segunda vez fue sobre un arbusto de espinas azules.

La tercera, dentro de un arroyo que corría hacia arriba y lo dejó empapado de abajo a arriba, lo cual resultó ser una sensación muy desagradable.

La cuarta vez el sylph gris ni siquiera se molestó en tirarlo: simplemente se disolvió en viento debajo de él y se volvió a formar diez pasos más allá, mirándolo con algo que parecía burla.

Lyra se reía tanto que tuvo que bajarse del suyo.

—El gran rey de Auravén —dijo, secándose las lágrimas del ojo bueno—. Vencedor de Cerberos. Terror de los dioses. Derrotado por un caballo de aire.

—No es un caballo —gruñó Aetherion, escurriéndose la capa—. Y no me está tirando. Me está poniendo a prueba.

—Ah, bueno. Entonces vas suspendiendo.

Aetherion se acercó otra vez al sylph. El animal flotaba a un palmo del suelo, con la crin ondeando como humo. Tenía los ojos grandes, sin pupila, del color del cielo antes de una tormenta.

Aetherion se quedó quieto delante de él. Y, sin saber muy bien por qué, recordó algo. Una palabra. Una de las pocas que le quedaban de la lengua antigua, la que su madre le susurraba de niño cuando lo llevaba a las caballerizas del palacio.

—Venta —dijo en voz baja. Hermano de viento.

El sylph dejó de moverse. Ladeó la cabeza. Después se acercó despacio, apoyó la frente en el pecho de Aetherion y resopló, soltando un pequeño remolino de niebla fría.

Esta vez, cuando Aetherion montó, el animal no se deshizo debajo de él.

Lyra dejó de reírse.

—¿Qué le has dicho?

—No lo sé muy bien —admitió él—. Una palabra que me enseñó mi madre. Creo que les pide permiso.

—Pedir permiso. —Lyra volvió a subir a su sylph, que no la había tirado ni una sola vez porque ella lo trataba con la misma indiferencia que a todo el mundo—. Qué cosa más rara para un rey.

* * *

Esa noche acamparon en una hondonada al abrigo del viento, entre rocas de cristal que guardaban la luz del día y la iban soltando poco a poco, como lámparas que se apagaban muy despacio.

No encendieron fuego. Lyra decía que en Auravén el fuego era como gritar «estamos aquí» a cualquier cosa con hambre.

Comieron el pan de Maela. Aetherion guardó la mitad del suyo para el día siguiente. Lyra se comió el suyo entero y después lo miró con descaro.

—No —dijo él.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando muy alto.

Ella se encogió de hombros y se tumbó de espaldas, con las manos detrás de la nuca, mirando las Cadenas que cruzaban el cielo violeta.

—Mañana, antes de entrar en el bosque, te voy a enseñar algo —dijo.

—¿El qué?

—A pelear contra bestias. —Ladeó la cabeza hacia él—. Sabes pelear contra hombres. Te he visto. Eres rápido, eres fuerte y tienes muy mal carácter, que también ayuda. Pero lo de ayer con los Cerberos fue suerte. Y la suerte se acaba.

—Los maté.

—Los mató la espada. Y esa luz rara. Tú solo estabas en medio.

—Lyra se incorporó sobre un codo—. Las bestias no pelean como hombres, Aetherion.

Un hombre quiere ganar. Una bestia quiere comer, o escapar, o proteger algo.

Si no sabes qué quiere, no sabes por dónde va a atacar. Y si no sabes eso, estás muerto.

Aetherion la miró. El ojo de ámbar brillaba un poco en la oscuridad, como el de un gato.

—¿Así perdiste el ojo? ¿Por no saber qué quería la bestia?

Lyra tardó en contestar. Durante un momento pensó que no iba a hacerlo. Llevaban cinco años viajando juntos de vez en cuando, y en todo ese tiempo ella nunca le había contado nada de su vida que no fuera una broma.

—No —dijo al fin—. Lo perdí por saberlo demasiado bien.

Se sentó, abrazándose las rodillas.

—Tenía dieciséis años. Vivía en los pantanos de Sal Negra, al sur de Almarra, con mi padre y mi hermano pequeño.

Mi padre era cazador de bestias, como yo ahora.

Un día una hidra salió del pantano y entró en el pueblo.

No venía a cazar. Venía porque alguien le había robado los huevos para venderlos en la ciudad.

Estaba loca de rabia y de dolor. Cuatro cabezas, cada una más grande que un caballo.

Se tocó el ojo de cristal con la punta de los dedos.

—Mi padre intentó matarla. Yo entendí lo que quería.

Fui al almacén del comerciante, saqué los huevos y se los llevé.

La hidra los olió y se calmó. Se iba a ir, ¿sabes?

Iba a volver al pantano. Pero mi hermano, que tenía ocho años y no entendía nada, le tiró una piedra.

Una de las cabezas se volvió hacia él. Yo me puse delante.

Se encogió de hombros otra vez, como si hablara del tiempo.

—Un zarpazo. Muy rápido. Mi hermano no tuvo ni un rasguño. La hidra se llevó sus huevos y nunca volvió. Y un viejo vidriero de Almarra me hizo este ojo a cambio de cazarle una serpiente de río. Es mejor que el otro. Ve en la oscuridad.

Aetherion no supo qué decir. Al final dijo lo único que le pareció verdad:

—Lo siento.

—No lo sientas. Mi hermano tiene ahora veinte años, cuatro hijos y una barriga enorme. —Lyra sonrió, y esta vez la sonrisa sí le llegó al ojo bueno—. Valió la pena.

Se quedaron un rato en silencio. Una brisa tibia bajaba de las montañas y movía la hierba con un murmullo suave.

—¿Y tú? —preguntó ella—. Cinco años juntos y nunca me has contado cómo sobrevive un príncipe de trece años que cae del cielo.

Aetherion miró la piedra azul que colgaba de su cuello.

—No sobrevive —dijo—. Casi se muere. Unos pescadores me encontraron en una playa, cerca de Almarra, con una pierna rota y fiebre.

No sé cuánto tiempo estuve cayendo. Las nubes debieron frenarme, o el Velo, o algo.

Los pescadores me cuidaron un invierno. Después me echaron, porque no podían alimentar otra boca.

—¿Y luego?

—Luego, los muelles. Cargaba sacos. Robaba cuando no había sacos.

Dormía debajo de los barcos. —Hizo una pausa—.

Un viejo soldado que bebía demasiado me enseñó a usar la espada a cambio de que le llevara la bolsa a casa cuando ya no se tenía en pie.

Se llamaba Bram. Me decía que yo peleaba como si tuviera prisa por morirme.

—Y sigues igual.

—Ya no tanto. —Aetherion se tumbó también—. Nunca le dije a nadie quién era. Al principio porque tenía miedo. Después porque ni yo mismo me lo creía. Había días en que pensaba que me lo había inventado todo. La isla, el palacio, mi madre. Que era solo un huérfano loco con una piedra azul.

—Pero no lo era.

—No. —Miró hacia el norte, donde la silueta oscura de los Bosques de Voz se recortaba contra el cielo—. Y mañana voy a saber hasta qué punto no lo era.

Lyra se quedó callada un momento. Luego dijo, sin mirarlo:

—Cuando nos conocimos, yo estaba cazando a aquel drakos herido. Me pagaban una fortuna por su cabeza. Y tú te pusiste delante de él con un cuchillo de cocina, gritándome que me fuera.

—Me acuerdo.

—Pensé que estabas loco. —Lyra bostezó—. Todavía lo pienso. Pero esa noche me fui sin cobrar, y nunca supe qué pasó con el drakos.

Aetherion no contestó. Llevó la mano a la empuñadura de la espada negra, que descansaba a su lado, y la sintió tibia, como siempre.

—Algún día te lo cuento —dijo.

—Eso dices siempre.

—Esta vez es verdad.

* * *

Al amanecer, Lyra cumplió su palabra.

Lo despertó tirándole una piedra a la cabeza.

Después le hizo correr colina arriba, colina abajo, hasta que le ardieron las piernas.

Le enseñó a escuchar el viento para saber de dónde venía un ataque, a mirar los hombros de una bestia y no sus dientes, a moverse siempre hacia el lado de la cabeza que tiene el ojo herido.

—Los Cerberos tienen tres cabezas —le dijo, mientras lo esquivaba sin esfuerzo—, pero un solo corazón. Las cabezas discuten entre ellas. Si las confundes, se muerden unas a otras.

—¿Y los drakos?

—Los drakos no se confunden nunca. Si un drakos quiere matarte, te mata. —Lyra le dio un golpe con el canto de la mano en las costillas—. Lo único que puedes hacer con un drakos es no ser su enemigo.

Aetherion se dobló, tosiendo.

—Eso ya lo sabía.

—Ya. —Lyra lo miró de reojo—. Eso es lo que me intriga.

Se sentaron a descansar en una roca, sudando. Lyra señaló con la barbilla la piedra azul que le colgaba del cuello y que se le había salido de la camisa durante el entrenamiento.

—Esa piedra. La llevas desde que te conozco. Nunca te la quitas, ni para bañarte.

Aetherion la tomó entre los dedos. Era pequeña, lisa, del color del cielo de Auravén antes de que los dioses lo volvieran gris.

—Me la dio mi madre la noche que me fui —dijo—. Es lo único que traje de aquí. Durante años, cuando pensaba que me lo había inventado todo, la miraba. Y me decía: si la piedra es de verdad, lo demás también.

—¿Y si la hubieras perdido?

Aetherion tardó en contestar.

—Entonces creo que me habría perdido yo también.

Lyra lo miró de reojo. Luego se levantó, le tendió la mano para ayudarlo a ponerse de pie y le dijo, muy seria:

—Pues no la pierdas. No pienso ir a buscarte a ningún sitio.

Él se rio. Era la primera vez que se reía desde que habían cruzado el Velo.

Cuando el sol estuvo alto, montaron otra vez. Esta vez el sylph gris no tiró a Aetherion ni una sola vez. Al mediodía, la línea oscura del horizonte se convirtió en un muro de árboles altísimos, de troncos blancos y hojas que se movían aunque no hubiera viento.

Desde allí ya se oía el murmullo. Miles de voces, demasiado lejanas para entender lo que decían. Como una multitud hablando al otro lado de una pared.

Los sylphs se detuvieron en seco y se negaron a dar un paso más.

—Aquí es donde se bajan los listos —dijo Lyra.

Aetherion desmontó, acarició el cuello del animal y miró los árboles. Le pareció que los árboles también lo miraban a él.