2. La sangre que no olvidaron
La sangre que no olvidaron
Aterrizaron al anochecer en una ladera de hierba azul, a medio día de camino de la capital. La góndola tocó tierra de lado, rebotó dos veces y se quedó tumbada como un animal cansado. Lyra saltó primero, besó el suelo con exageración y escupió hierba.
—Nunca más —dijo—. La próxima vez que quieras volver a casa, vuelve andando.
Aetherion no la escuchaba. Estaba de pie, inmóvil, con la palma abierta sobre la hierba. Era tibia. En el mundo de abajo la tierra siempre estaba fría por las noches. Aquí guardaba el calor del día como una piedra junto al fuego. Se le había olvidado. Se le habían olvidado tantas cosas.
Durmieron mal, envueltos en las capas, escuchando ruidos extraños en la oscuridad. Al amanecer echaron a andar.
El primer asentamiento que encontraron fue un pueblo de casas de cristal tallado llamado Veylan.
O lo que quedaba de él. Las calles estaban vacías.
Las puertas, abiertas de par en par. Los molinos de viento, que en Auravén giraban hacia arriba para moler la luz del sol, estaban quietos.
En el centro de la plaza yacía el cadáver de un hombre de mediana edad con la boca llena de flores negras.
Las flores crecían desde dentro de su garganta hacia afuera, como si alguien hubiera plantado semillas en su lengua y las hubiera obligado a florecer.
Lyra se arrodilló junto al cuerpo y olió una de las flores.
—Aelthara —dijo con disgusto—. La Diosa de la Flor Eterna. Le gusta embellecer a sus víctimas antes de matarlas.
Aetherion cerró los ojos del muerto. Recordaba Veylan.
De niño había comido pan de miel en esa misma plaza.
Su madre lo traía en primavera, cuando visitaba los pueblos de la ladera, y él se escapaba de los guardias para ir al puesto de una panadera gorda que le guardaba siempre el pan más tostado.
Recordaba el olor, el crujido de la corteza, la miel caliente que le corría por la barbilla.
Recordaba que la panadera se reía con todo el cuerpo.
Ahora solo quedaba silencio y perfume a muerte dulce.
El puesto seguía en su sitio, al borde de la plaza. Vacío. Con el toldo hecho jirones.
Un ruido detrás de ellos. Se giraron. Un grupo de supervivientes salió de las casas, armados con picas de cristal y rostros demacrados.
Eran pocos, quizá treinta. Había hombres con las manos vendadas, mujeres que sujetaban a niños contra las piernas, un muchacho de unos doce años con una honda cargada que temblaba en su puño.
Todos tenían la misma mirada: la de la gente que ha dejado de esperar que algo salga bien.
Al frente iba una mujer anciana con el cabello blanco recogido en una trenza gruesa. Caminaba apoyada en un bastón de madera de nube, pero con la espalda muy recta, como alguien que alguna vez estuvo acostumbrada a caminar por palacios. Al ver a Aetherion, se detuvo en seco.
—Los ojos… —susurró—. Tienes los ojos de la reina Alira.
Aetherion no negó nada. Se quitó la capucha.
—Soy su hijo. He vuelto.
Un murmullo recorrió al grupo. El muchacho de la honda bajó el brazo. Una mujer se tapó la boca con las dos manos.
La anciana se acercó con pasos temblorosos y le tocó la mejilla con una mano arrugada. La tenía áspera y caliente. Lo miró largo rato, de cerca, como quien busca un rostro conocido dentro de otro.
—Tenías una cicatriz aquí —dijo, tocándole la barbilla—. Te caíste del caballo de madera del patio a los seis años. Lloraste tanto que tu madre tuvo que cantarte toda la noche.
Aetherion sintió que el suelo se movía. No recordaba el caballo de madera. No recordaba la caída. Pero la cicatriz estaba ahí, pequeña, blanca, debajo de la barba de varios días.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Maela —dijo la anciana—. Fui la niñera de tu madre cuando todavía no era reina, cuando era una muchacha descalza que se subía a los tejados.
Entonces tenía otro nombre… —Frunció el ceño, como quien busca una palabra que tiene en la punta de la lengua y se le escapa—.
No lo recuerdo. Seraphyne se lo llevó también.
Y después fui tu niñera. Te cambié los pañales, majestad. No esperes que te tenga mucho respeto.
Y entonces, a pesar de lo que acababa de decir, se arrodilló. Los demás la imitaron, uno tras otro, hasta que toda la plaza estuvo de rodillas.
—Mi rey —dijo ella—. El último heredero de la sangre de Alira.
Aetherion sintió un nudo en la garganta. No había venido a ser rey. Había venido a matar dioses. Pero las palabras de la anciana pesaban más que cualquier corona.
—Levántense —ordenó suavemente—. No soy rey todavía. Y tal vez nunca lo sea. Pero les prometo una cosa: los dioses que hicieron esto pagarán.
* * *
Esa noche, en la casa de la anciana, Aetherion escuchó las historias.
La casa de Maela era pequeña y estaba torcida, como todo en la isla, pero dentro ardía un fuego de leña azul y olía a sopa de raíces.
Se fueron juntando los vecinos, primero tres, después diez, después tantos que había gente sentada en el suelo y en la escalera.
Nadie quería irse a dormir. Hacía años que en Veylan nadie tenía nada bueno que contar, y de pronto había un hijo de Alira sentado junto al fuego.
Hablaron por turnos, en voz baja, como si los dioses pudieran oírlos a través de las paredes.
Un herrero de manos grandes contó que Vaelorith había declarado que los mortales ya no necesitaban reyes humanos. Que un día bajó a la plaza de cada pueblo, envuelto en tormenta, y dijo que desde entonces el viento decidiría por todos. Que el que se quejara aprendería lo que pesa un huracán.
Una mujer joven contó, con la voz rota, que su hijo pequeño no sabía quién era su abuelo.
No porque no lo hubiera conocido, sino porque ya nadie lo recordaba.
Ni ella misma. Seraphyne había robado los recuerdos colectivos de tres generaciones para que nadie recordara que alguna vez hubo un tiempo sin dioses corruptos.
La gente de Veylan sabía que había existido un rey antes de Alira, y otro antes de ese, pero no sabía sus nombres.
Los habían perdido como se pierde una moneda por un agujero en el bolsillo.
El muchacho de la honda, que se llamaba Teo, contó que a su hermano mayor se lo habían llevado a las fraguas de las Cumbres.
Khorvax había forjado cadenas de hierro vivo para esclavizar a los Drakos de Niebla y usarlos como armas, y necesitaba manos mortales para alimentar los hornos. De los que se llevaban, ninguno volvía.
Un viejo pescador del Mar Invertido, con la piel curtida por la sal que llovía hacia arriba, contó que Liryenna había convertido aquel mar en un cementerio de barcos y almas.
Que ya nadie pescaba allí. Que por las noches, si uno se asomaba a las grietas de la isla, se oían voces de ahogados que llamaban a sus familias por su nombre.
Y al final, cuando ya nadie más quería hablar, Maela contó cómo había muerto su madre.
—Aquella noche Thorneveil la alcanzó en los jardines de abajo, junto al Velo —dijo la anciana, mirando el fuego—. Dicen que ella se le plantó delante para darte tiempo. Que no gritó de miedo, sino de rabia. Y que, cuando saltaste, se rio en la cara del dios.
Aetherion cerró los puños sobre las rodillas. Recordaba el grito. No recordaba la risa.
—Thorneveil no la mató allí. La envolvió en su manto de espinas y la arrastró hasta la plaza mayor del Corazón de Cristal.
Al amanecer, delante de todos, la ejecutó en público.
—A Maela le tembló la barbilla—. Apretó el manto hasta que se le acabó la vida.
Nos obligaron a mirar. Querían que la recordáramos así, vencida.
Hizo una pausa larga.
—Pero no estaba vencida. Antes de morir levantó la cabeza y miró al cielo, al Velo, por donde tú te habías ido. Y sonrió. Yo estaba ahí, majestad. La vi. Sonreía como sonríe alguien que acaba de ganar.
Nadie dijo nada durante mucho tiempo. El fuego crepitaba. Lyra, sentada en la escalera, tenía la mirada clavada en el suelo.
Aetherion escuchó todo en silencio. Cuando terminaron, solo preguntó:
—¿Dónde están los Guardianes de las Cadenas?
La anciana miró hacia la ventana, donde las luces de las Cadenas parpadeaban débilmente.
—Dormidos. O muertos. O algo peor. Solo el que despierte a los siete podrá romper el dominio de los Diez Tronos. Y según las profecías… solo la sangre de Alira puede hacerlo.
—¿Diez? —preguntó Lyra desde la escalera—. Siempre he oído que los dioses son nueve.
—Son nueve dioses —dijo Maela—. Y diez tronos.
El décimo es el de los reyes mortales. Lo usurparon cuando mataron a Alira.
Ahora está en el centro de su sala, vacío, para que todos sepan que hubo un tiempo en que los mortales gobernaban y que ese tiempo terminó.
—Volvió a mirar a Aetherion—. Ese trono es tuyo, muchacho.
Lo único que los dioses no han podido hacer con él es sentarse.
Aetherion asintió. Ya lo sabía. Por eso había vuelto.
Más tarde, cuando los vecinos se fueron y el fuego se quedó en brasas, Aetherion salió a la puerta de la casa. No podía dormir. El cielo de Auravén nunca se ponía del todo negro. Se quedaba de un violeta profundo, cruzado por las siete Cadenas como venas de luz.
Lyra salió detrás de él con dos tazas de algo caliente.
—Se arrodillaron —dijo él sin volverse—. Treinta personas. No me conocen. No saben si soy bueno o malo, si sé pelear o si voy a salir corriendo. Y se arrodillaron igual.
—No se arrodillaron ante ti —dijo Lyra, y le tendió una taza—. Se arrodillaron ante lo que esperan que seas. Es distinto. Y es peor.
—Gracias. Eso me ayuda mucho.
—No te estoy ayudando, te estoy avisando. —Lyra sopló su taza—. La gente que no tiene nada se agarra a cualquier cosa que flote. Hoy tú eres esa cosa. Si te hundes, se hunden contigo.
Aetherion bebió. Era una infusión de flor de nube, amarga y dulce a la vez. Su madre la tomaba por las noches. También se le había olvidado.
—No pienso hundirme —dijo.
—Bien —respondió Lyra—. Porque yo no sé nadar.
* * *
Al amanecer, mientras Lyra preparaba las monturas —dos criaturas llamadas sylphs, caballos de viento con crines de nubes—, un mensajero llegó volando en un ala de cristal.
Los sylphs se los había regalado Maela. Habían pertenecido a la guardia de la reina y llevaban quince años escondidos en un granero, comiendo niebla y esperando.
Eran animales extraños: tenían el cuerpo de un caballo delgado, pero las patas no llegaban a tocar el suelo, y sus crines se deshacían y se rehacían con cada ráfaga de viento.
Cuando Aetherion se acercó, el más grande, de color gris tormenta, le olió la mano y bajó la cabeza.
—Te reconoce —dijo Maela—. O reconoce tu sangre. Para ellos es lo mismo.
Entonces apareció el mensajero. Traía una carta sellada con cera negra. El sello era el de Vaelorith: un ojo dentro de un ciclón.
Los vecinos que habían salido a despedirlos retrocedieron. Teo se escondió detrás de Maela.
Aetherion la abrió. Dentro solo había una frase escrita con tinta de tormenta. Las letras se movían sobre el papel como nubes empujadas por el viento:
«Bienvenido a casa, hijo de Alira. Cuando estés listo para arrodillarte, te espero en el Trono de los Vientos. Si no, las Cadenas seguirán rompiéndose… y Auravén caerá con ellas.»
Aetherion sostuvo el papel cerca de la hoja negra. La espada, que guardaba dentro el fuego del drakos que la había templado, se calentó en cuanto él se enfadó, como siempre le pasaba. El metal se puso rojo oscuro en el filo. Aetherion quemó la carta con la llama de su espada.
—Dile a tu amo —le dijo al mensajero— que no me arrodillo ante nadie que haya matado a mi madre. Y que las Cadenas no caerán mientras yo respire.
El mensajero palideció y voló de regreso. Lyra montó en su sylph y le tendió las riendas del otro.
—Bonito discurso —dijo—. ¿A dónde vamos primero?
Aetherion miró hacia los Bosques de Voz, donde los árboles guardaban los recuerdos que Seraphyne no había podido robar del todo.
—A recordar quiénes éramos antes de que ellos nos hicieran olvidar.
Maela le puso en la mano un paquete envuelto en tela. Estaba caliente. Aetherion lo abrió y encontró dos panes de miel, tostados por los bordes.
—La panadera era mi hermana —dijo la anciana—. Siempre te guardaba el más quemado. Te gustaban así.
Aetherion no pudo contestar. Asintió, guardó el pan contra el pecho y montó en el sylph.
Cuando miró atrás desde lo alto de la ladera, toda la gente de Veylan seguía en la plaza, mirándolos partir. Nadie se arrodilló esta vez. Solo levantaron las manos.