1. El regreso bajo las nubes
El regreso bajo las nubes
«Los dioses no mueren. Solo olvidan que alguna vez fueron mortales.»
— Proverbio de los Ancianos de Auravén
El viento olía a metal y a promesas rotas.
Aetherion se aferraba a la cuerda de trepadora mientras la góndola de éter se balanceaba sobre el abismo.
Debajo de él no había tierra, solo un océano de nubes grises que se movían como bestias dormidas.
Arriba, apenas visible entre los jirones de niebla, brillaba la silueta de Auravén: la isla que había abandonado hacía quince años y a la que ahora regresaba como un fantasma.
La góndola era poco más que una cesta de mimbre reforzada con aros de cobre, colgada de un globo de tela encerada lleno de éter robado.
La habían comprado en el puerto de Almarra, en el mundo de abajo, a un contrabandista tuerto que juraba que su aparato había subido tres veces hasta las nubes altas y había vuelto entero.
No dijo cuántas veces no había vuelto. Aetherion tampoco preguntó.
Tenía veintiocho años, el cuerpo marcado por cicatrices que no recordaba haber ganado y una espada de hierro negro envainada a la espalda.
La empuñadura era simple, casi humilde, pero el metal había sido forjado en el fuego de un drakos herido y templado en su sangre.
Nadie en el mundo de abajo sabía lo que significaba esa hoja. Nadie excepto él.
Las cicatrices eran otra historia. Algunas tenían nombre: la del antebrazo era de un perro de pelea en los muelles de Almarra; la del costado, de un marinero borracho con un cuchillo; la de la ceja, de su primer invierno solo, cuando se cayó de un tejado helado buscando dónde dormir.
Pero había otras, finas y pálidas, que estaban ahí desde que tenía memoria.
Como si alguien se las hubiera dibujado mientras dormía.
Como si su cuerpo recordara batallas que su cabeza había olvidado.
—¿Seguro de esto? —preguntó la voz ronca de Lyra desde el otro extremo de la góndola.
La cazadora de bestias tenía el cabello corto y plateado, y un ojo de cristal de color ámbar que reemplazaba el que le había arrancado el zarpazo de una hidra años atrás—.
Una vez que crucemos el Velo, no hay vuelta atrás. Los dioses ya saben que estás vivo.
—Lo sabían antes de que saliéramos —dijo Aetherion.
—Ah, qué tranquilizador. —Lyra se acomodó contra el borde de mimbre y cruzó los brazos—. Recuérdame otra vez por qué acepté venir.
—Porque te pagué.
—Me pagaste la mitad.
—Porque me debes la vida.
—Eso es discutible. —Lyra sonrió de lado, una sonrisa que casi nunca le llegaba al ojo bueno—. Tú me debes la tuya por lo menos dos veces. Estamos empatados.
Aetherion no respondió de inmediato. Miró las nubes.
Recordaba el día en que su madre lo había empujado a través del Velo, cuando él solo tenía trece años.
«Corre», le había dicho. «Y no mires atrás hasta que el cielo te llame otra vez.
» El cielo lo había llamado. Llevaba tres noches soñando con cadenas de luz resquebrajadas y con el grito de un ave colosal.
En el primer sueño, las cadenas solo temblaban.
En el segundo, una se partía con un sonido de campana rota.
En el tercero, el ave gritaba su nombre.
No el nombre que usaba en los muelles, ni el que le habían puesto los pescadores que lo encontraron medio muerto en la playa.
Su nombre verdadero. El que nadie había pronunciado en quince años.
Se había despertado con la piedra azul que llevaba al cuello ardiendo contra la piel. Esa misma mañana fue a buscar a Lyra.
—No vengo a pedir perdón —dijo al fin—. Vengo a terminar lo que ellos empezaron.
Lyra lo miró un momento, con la cabeza ladeada.
—Eso suena muy bien —dijo—. Espero que también suene bien cuando estemos colgando de un dios por los tobillos.
El aire se volvió más frío. La tela del globo crujió. Delante de ellos, entre las nubes, apareció una pared de luz pálida que se extendía hacia los lados hasta perderse de vista. Temblaba como la superficie de un estanque cuando alguien tira una piedra. Era el Velo.
Aetherion sintió que se le cerraba la garganta. La última vez que lo había visto lo estaba cruzando en dirección contraria, cayendo, con el grito de su madre en los oídos.
—Agárrate —dijo Lyra, y por una vez no bromeó.
La góndola atravesó el Velo con un sonido como de cristal rompiéndose bajo el agua.
Durante un latido todo fue blanco. Los oídos de Aetherion se taparon y le dolieron los dientes, como si el aire se hubiera vuelto más pesado de golpe.
De pronto el aire cambió. Se volvió más denso, cargado de perfume a flores que no existían en el mundo de abajo y a ozono de tormentas eternas.
Auravén se extendía ante ellos: montañas de cristal violeta, bosques que brillaban con luz propia, ríos que fluían hacia arriba en espirales plateadas.
Y, en el centro, el Corazón de Cristal, la capital, cuyas torres transparentes reflejaban un cielo que nunca era del todo azul.
Aetherion respiró hondo. Era el olor de su infancia.
Flores de nube, piedra mojada por la lluvia de arriba y algo dulce que no sabía nombrar, como pan recién hecho.
Durante quince años había intentado recordar ese olor y nunca lo había conseguido.
Ahora le llenaba los pulmones y le hacía arder los ojos.
—Estás llorando —observó Lyra.
—Es el viento.
—Claro. El viento.
Pero algo estaba mal. Las Siete Cadenas de Éter —las raíces de luz que sujetaban la isla al firmamento— titilaban con un parpadeo enfermizo.
Una de ellas, la más cercana a las Cumbres del Trueno Negro, tenía una grieta negra que se extendía como una herida.
Y la isla entera estaba ligeramente torcida.
Aetherion lo notó en el horizonte: los ríos que subían ya no subían rectos, sino inclinados, como agua en un vaso que alguien sostiene mal.
Auravén se estaba ladeando hacia el abismo, muy despacio, como un barco que hace agua.
Lyra silbó bajo.
—Se están rompiendo más rápido de lo que pensábamos.
Un aullido atravesó el aire. No era de lobo. Era el aullido de un Cerbero de Cristal: tres cabezas de diamante negro, cuerpos de piedra viva y ojos que ardían con la misma luz que las Cadenas. Tres de ellos emergieron de las nubes inferiores, trepando por el aire como si fuera sólido.
—¡Recibimiento de bienvenida! —gritó Lyra, desenfundando dos dagas curvas.
Aetherion desenvainó la espada negra. El metal vibró al reconocer el aire de su tierra natal. Lo sintió en la mano como un latido: la hoja estaba contenta de volver, o furiosa, o las dos cosas.
El primer Cerbero saltó. Aetherion giró, cortó una de las cabezas de un solo tajo y el cristal se hizo añicos con un sonido como de campanas rotas. La segunda cabeza intentó morderle el hombro. Lyra le clavó ambas dagas en los ojos encendidos y el monstruo se deshizo en polvo de diamante.
El segundo no esperó. Subió por debajo de la góndola, clavó las garras en el mimbre y asomó las tres cabezas por el borde, tan cerca que Aetherion sintió su aliento: frío, mineral, como el interior de una cueva.
Lyra rodó hacia un lado. Aetherion metió la espada entre dos de las cabezas, empujó con todo su peso y la bestia perdió el agarre.
Cayó dando vueltas, rugiendo, y las nubes se la tragaron.
—¡Uno para cada uno! —gritó Lyra—. ¡El tercero es para el que llegue primero!
El tercero fue más listo. Se lanzó directamente contra la góndola y rompió una de las cuerdas.
La estructura se inclinó violentamente. Las bolsas de provisiones salieron volando.
Aetherion cayó, se aferró al borde y vio el abismo de nubes abriéndose bajo él.
Sus pies colgaban sobre la nada. Los dedos le resbalaban en el mimbre húmedo.
Por un instante recordó la cara de su madre la última vez que la vio: serena, decidida, ya resignada a morir.
—¡Aetherion! —gritó Lyra desde arriba, colgada de la cuerda que quedaba, demasiado lejos para alcanzarlo.
Entonces algo dentro de él se despertó.
Una luz dorada, apenas visible, brotó de su pecho y se extendió por el brazo hasta la espada.
Era cálida, como el sol en la piel después de un invierno largo, y tenía un sonido: una nota grave, profunda, que no oía con los oídos sino con los huesos.
El Cerbero se detuvo en seco, como si hubiera olido algo que lo aterraba.
Sus tres cabezas retrocedieron a la vez.
Las tres gimieron, como perros regañados por un amo que no veían desde hacía mucho.
Aetherion no entendió qué había pasado, pero aprovechó el instante. Se impulsó hacia arriba, clavó la espada en el pecho del monstruo y lo atravesó de lado a lado. El Cerbero se disolvió en una lluvia de cristales negros que cayeron hacia las nubes y desaparecieron.
La góndola se estabilizó. Aetherion se arrastró hasta el centro y se quedó tumbado boca arriba, jadeando, mirando el globo remendado contra el cielo. La luz dorada se apagó despacio, como una brasa. Lyra lo miró con el ojo de cristal brillando.
—Eso… no lo habías hecho nunca.
—No —admitió Aetherion, mirando su propia mano—. Y ojalá no vuelva a hacerlo.
—¿Por qué? Fue bastante útil.
—Porque no sé qué es. —Cerró los dedos despacio—. Y lo que no sabes qué es, no sabes qué te cobra.
Lyra no insistió. Se sentó a su lado y empezó a recoger lo que quedaba de las provisiones: media bolsa de galletas de barco, una cantimplora, la cuerda de repuesto. Lo hacía con las manos un poco temblorosas, y Aetherion fingió no verlo.
Pero ambos sabían que mentía. La sangre de los antiguos reyes de Auravén no era solo un linaje. Era una llave. Y las llaves, una vez usadas, no se pueden devolver.
* * *
Abajo, en el Corazón de Cristal, las torres empezaban a iluminarse una a una. Alguien había sentido su llegada. Alguien que no era mortal.
En lo más alto de la ciudad, por encima de las torres, flotaba un palacio de nubes sólidas que nadie había construido.
Allí estaba la Sala de los Diez Tronos. Nueve de ellos, altos y fríos, formaban un círculo.
Cada uno estaba tallado con el símbolo de su dueño: un yunque de hierro, una ola invertida, un espejo, una flor negra, una corona de espinas, un ojo cerrado, una sombra sin forma, una estrella caída, un ciclón.
El décimo estaba en el centro, más bajo, más viejo, hecho de piedra sencilla y no de luz.
Era el trono de los reyes mortales de Auravén.
Hacía quince años que nadie se sentaba en él.
Los dioses lo habían dejado ahí, en medio de todos, como se deja la cabeza de un ciervo colgada en la pared: para recordar a quién habían cazado.
Vaelorith, el dios del Viento Primordial, abrió los ojos en su trono de nubes eternas y sonrió con dientes de tormenta.
A su alrededor, otros dioses se removieron en sus asientos. Orvannis, el de las estrellas caídas, que vestía un manto lleno de constelaciones falsas, ladeó la cabeza como si escuchara una música lejana. Y en el trono de la sombra, algo que no tenía forma fija se estiró como una mancha de aceite.
—Lo has sentido —dijo Orvannis—. La sangre de Alira.
—El niño ha vuelto —susurró Vaelorith—. Qué oportuno. Justo cuando las Cadenas están a punto de romperse del todo.
—¿Lo matamos? —preguntó la sombra, con una voz que parecía venir de varias bocas a la vez. Era Dravenor, el dios de las Sombras Sembradas.
—No seas impaciente. —Vaelorith tamborileó los dedos sobre el brazo de su trono, y cada golpe sonó como un trueno lejano—. Muerto no nos sirve de nada. Si su sangre se derrama antes de tiempo, las Cadenas se van con él. Lo que necesito es que se arrodille.
Miró el trono de piedra vacío, en el centro de la sala.
—Que venga —dijo—. Que vea lo que queda de su reino. El último heredero siempre vuelve a casa. Y en casa es donde más fácil resulta romper a alguien.