Aetherion, El Rey de Auravén Prólogo La noche del Velo
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Aetherion, El Rey de Auravén

Aetherion, El Rey de Auravén

Por Vicente Garcia

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Prólogo La noche del Velo

Prólogo

La noche del Velo

Aquella noche el Corazón de Cristal ardía sin fuego.

Desde la terraza más alta del palacio, la reina Alira veía cómo las torres transparentes se volvían de un rojo opaco, una tras otra, como velas que alguien apagaba con los dedos.

No había llamas. No había humo. Solo una luz enferma que avanzaba por la ciudad y dejaba a su paso un silencio espeso.

Era la luz de los dioses cuando dejaban de fingir.

Abajo, en los jardines suspendidos, los guardias corrían de un lado a otro. Alguien gritaba órdenes que nadie obedecía. Las campanas de cristal de la ciudad sonaban solas, movidas por un viento que no venía de ningún lado.

Alira no corrió. Hacía años que sabía que esa noche iba a llegar.

Lo había visto en los ojos de Vaelorith cuando dejó de sonreír en el consejo.

Lo había oído en la voz de Thorneveil cuando empezó a llamarla «mortal» en lugar de «majestad».

Lo había sentido en las Cadenas de Éter, que desde hacía meses vibraban con un temblor que solo ella parecía notar.

Desde la muerte de Kael, cuatro años atrás, lo había sabido con más certeza todavía.

Aquella noche de tormenta, cuando los asesinos sin rostro entraron en sus aposentos, su marido los detuvo en el pasillo hasta el final, y ella nunca pudo demostrar quién los había enviado.

Pero a la mañana siguiente, en el consejo, Vaelorith le dio el pésame con una voz tan suave y tan fría como la brisa antes de la nieve.

Y Alira, mirándolo a los ojos, entendió que el dios que había jugado en los jardines con su hijo ya no estaba allí.

Quedaba algo con su forma. Algo que había olvidado quién era.

Desde entonces se había preparado. Había escondido dos sylphs en un granero de Veylan.

Había enseñado a su hijo todas las palabras de la lengua antigua que él quiso aprender, y algunas que no quiso.

Le había dado una espada de madera y la había visto convertirse, en sus manos, en algo más que un juguete.

Había hablado con los Guardianes dormidos, en los lugares secretos donde aún se los podía oír, y ninguno le había contestado.

Y había aceptado, en silencio, una sola cosa: que ella no iba a ver el final de aquella historia.

Se dio la vuelta y entró en la habitación de su hijo.

Aetherion tenía trece años y estaba despierto, sentado en la cama, con la espada de práctica sobre las rodillas. Era una espada de madera, pero la sostenía como si fuera de acero. Tenía el cabello revuelto y los ojos muy abiertos. Los ojos de ella.

—¿Es la guerra, madre?

—Es algo peor —dijo Alira, y se arrodilló frente a él—. Es el final de una mentira. Escúchame bien, porque no tenemos mucho tiempo.

Le puso las manos en las mejillas. Las tenía frías.

—Los dioses van a venir por nosotros esta noche. A mí ya no me pueden perdonar. Pero tú vas a vivir.

—No quiero irme sin ti.

—Ya lo sé. —Alira sonrió, y fue la sonrisa más difícil de su vida—. Por eso tienes que ser más valiente que yo.

Le colgó del cuello un cordón de cuero con una pequeña piedra azul, del color del cielo antes de que los dioses lo volvieran gris. Después le cerró la capa, le puso la capucha y lo tomó de la mano.

Salieron por el pasaje de los sirvientes, una escalera estrecha que bajaba en espiral por dentro de la torre.

Aetherion contaba los escalones, como hacía de pequeño.

Alira, mientras bajaban, empezó a cantar en voz muy baja.

Era la canción que le cantaba cuando era niño y tenía miedo de las tormentas:

Duerme, pequeño viento bajo,

que el cielo te sostiene;

si un día caen las cadenas,

tu nombre las detiene.

—Ya no soy un niño —susurró él.

—Lo sé —respondió ella—. La canto por mí.

Al final de la escalera había una puerta de hierro viejo que daba a los jardines de abajo, los que nadie cuidaba.

Más allá de los jardines estaba el borde de la isla.

Y más allá del borde, el Velo: una cortina de luz pálida que separaba Auravén del mundo de abajo, tan fina que parecía que se podía romper con un soplido, tan antigua que nadie sabía quién la había tejido.

Corrieron entre los arbustos secos. A sus espaldas, el palacio entero empezó a cantar con un sonido agudo, como de copas de cristal frotadas por un dedo mojado. Las torres estaban cediendo.

Entonces la hierba se movió delante de ellos.

No era hierba. Eran espinas. Brotaban del suelo como serpientes, negras y brillantes, y se enredaban entre sí formando un muro.

Detrás del muro, alto y delgado como un árbol muerto, avanzaba Thorneveil, el dios de las Espinas.

Llevaba sobre los hombros un manto vivo que se retorcía sin descanso. Cada púa tenía la punta roja.

—Majestad —dijo, con una voz que sonaba a ramas secas—. Qué hora más extraña para pasear.

Alira se puso delante de su hijo.

—Déjalo ir, Thorneveil. Es un niño.

—Es una llave —corrigió el dios—. Y las llaves se guardan bajo vigilancia. O se rompen.

Alira miró por encima del hombro. El Velo estaba a veinte pasos. Brillaba, tembloroso, como la superficie de un estanque.

—Aetherion —dijo sin dejar de mirar al dios—. Cuando te suelte la mano, vas a correr.

—Madre…

—Vas a correr hacia el Velo y vas a saltar. No vas a mirar atrás.

Thorneveil dio un paso. El manto de espinas se abrió como una flor oscura.

—Corre —dijo ella—. Y no mires atrás hasta que el cielo te llame otra vez.

Le soltó la mano. Y lo empujó.

Aetherion corrió. Oyó a su espalda el grito de su madre, no de dolor sino de desafío:

—¡Él es la llave! ¡Si lo matan, las Cadenas se romperán y todos caerán con nosotros!

Oyó la risa de Thorneveil. Oyó el sonido del manto cerrándose, como mil ramas que se partían a la vez. Quiso darse la vuelta. Cada parte de su cuerpo quiso darse la vuelta.

No lo hizo.

Saltó.

El Velo lo recibió con un sonido como de cristal rompiéndose bajo el agua.

Por un instante todo fue blanco y frío, y después no hubo nada bajo sus pies.

Cayó entre nubes que olían a lluvia, lejos de la isla, lejos del palacio, lejos de la voz de su madre, que se apagaba arriba como una estrella al amanecer.

Lo último que vio antes de perder el sentido fue la silueta de Auravén alejándose en el cielo, con sus siete Cadenas de luz temblando como cuerdas de un arpa a punto de romperse.

Lo último que sintió fue la piedra azul, caliente, contra su pecho.

* * *

Arriba, en los jardines, Thorneveil contemplaba a la reina atrapada en su manto. Las espinas la sujetaban de pies a cabeza, pero no la mataban todavía. Eso lo harían al amanecer, en la plaza, delante de todos. Los dioses habían aprendido que el miedo funciona mejor cuando tiene público.

—Se te escapó —dijo una voz detrás de él.

Era Vaelorith, el dios del Viento Primordial. Había llegado sin hacer ruido, como llega el viento antes de la tormenta.

—Es un niño —respondió Thorneveil—. El mundo de abajo se lo comerá vivo.

Vaelorith miró el Velo durante un largo rato. Por debajo, las nubes se cerraban otra vez sobre el agujero por donde había caído el muchacho.

—No —dijo al fin—. Los niños crecen. Y las llaves, tarde o temprano, vuelven a su cerradura.