Aetherion, El Rey de Auravén Epílogo Más allá de las nubes
100%

Epílogo Más allá de las nubes

Epílogo

Más allá de las nubes

Pasaron años.

Auravén sanó. Las Cadenas de Éter brillaban con fuerza.

Los bosques de Voz volvieron a contar historias nuevas, no solo antiguas.

El Mar Invertido se calmó y se convirtió en un lugar de comercio y de misterio, no de terror.

Los Drakos de Niebla anidaban en las montañas y a veces bajaban a jugar con los niños.

El primer consejo se reunió en la plaza mayor, al aire libre, porque nadie se ponía de acuerdo sobre qué edificio era lo bastante neutral.

Había un representante por cada pueblo de la isla, uno por los herreros, otro por los pescadores, otro por los artesanos de la capital.

Maela se sentó en nombre de Veylan y se quedó dormida en la primera sesión, a media tarde, con la boca abierta. Nadie se atrevió a despertarla.

Aquellas primeras reuniones fueron un desastre.

Todo el mundo hablaba a la vez. Los pescadores y los herreros se peleaban por la madera.

Los de las laderas y los de la capital se peleaban por el agua de los ríos que subían.

Hubo días en que Aetherion volvía a casa con dolor de cabeza y la tentación, pequeña pero real, de golpear la mesa con la mano y decidirlo todo él solo.

En esos días se tocaba la marca de la mejilla y se callaba.

El tercer año llegó la sequía. Los ríos que subían hacia el cielo empezaron a subir más despacio, más finos, y en las laderas del norte las cosechas se secaron. La gente fue a ver a Aetherion. Le pidieron que hiciera algo. Que usara la sangre de los reyes, la luz dorada, lo que fuera.

Aetherion pasó toda una noche sin dormir, sentado delante de la pluma apagada del Ave, que guardaba en una caja de madera. Sabía que probablemente podía hacerlo. Sabía también lo que le costaría.

A la mañana siguiente no abrió la caja. Reunió al consejo.

Escuchó a los pastores, a los herreros y a los pescadores.

Fue Nilo quien propuso desviar el agua del Mar Invertido con los canales viejos de los sacerdotes, los que Eldrin conocía de memoria.

Fue Osric quien diseñó las tuberías de cristal.

Fue Teo, que ya era un hombre, quien organizó las cuadrillas.

Tardaron un verano entero. Cuando el agua llegó a las laderas del norte, la gente bailó en los campos durante tres días.

Nadie había usado ningún poder. Solo manos, cabezas y mucha paciencia. Esa noche Aetherion durmió como no dormía desde hacía años.

Aetherion gobernó durante doce años. No como un dios ni como un tirano, sino como un hombre que había visto el abismo y había elegido no saltar.

Cuando llegó el momento, cumplió su promesa: dejó el trono, entregó la corona a un consejo elegido por el pueblo, y se retiró a una casa sencilla en el linde de los Bosques de Voz.

El día que dejó la corona, la plaza estaba tan llena como el día que la puso sobre el trono vacío. La entregó él mismo, en las manos del consejo nuevo. Entre sus miembros había una muchacha de veintidós años, la más joven de todos, con una flor de nube prendida en el pelo. Se llamaba Nara.

—¿Seguro de esto? —le preguntó ella en voz baja cuando él le dio la corona.

Aetherion sonrió. Era la misma pregunta que le había hecho Lyra en la góndola, hacía tanto tiempo.

—Nunca he estado más seguro de nada —dijo.

Maela no estaba allí para verlo. Había muerto dos inviernos antes, muy vieja, en su casa torcida de Veylan, con la ventana abierta para oír los molinos.

Antes de morir, había pedido que la enterraran junto al puesto de pan de su hermana.

Cada mañana, alguien del pueblo dejaba allí un pan de miel, quemado por los bordes.

Aetherion había ido a verla muchas veces durante aquellos años. Y cada vez, ella le daba un pan quemado y le preguntaba:

—¿Y bien? ¿A qué sabe?

Y él, al principio, decía: «No sé. A nada». Después, con los años, empezó a decir: «A pan». Y un día, el último invierno, mordió el pan y se quedó muy quieto, con los ojos cerrados.

—A miel —dijo—. Y a quemado. Y a tu hermana riéndose.

Maela no dijo nada. Solo le dio unas palmaditas en la mano. Pero esa noche, según le contó Teo después, la anciana se fue a dormir cantando.

* * *

Lyra se quedó a su lado. A veces cazaban juntos. A veces simplemente miraban el cielo.

Nunca le cobró la otra mitad. Él le preguntaba de vez en cuando cuánto le debía ya, con los intereses, y ella siempre respondía una cifra distinta, cada vez más absurda. «Tres montañas y un drakos», decía. «La mitad del Mar Invertido.» «Una góndola nueva, y que no sea de mimbre.»

Su hermano subió a visitarlos una vez desde el mundo de abajo, con los cuatro hijos y la barriga. Se mareó en la góndola durante todo el viaje. Lyra no paró de reírse en una semana.

A veces, por las noches, Aetherion le pedía que le contara cosas de su padre, de Kael.

Lyra no lo había conocido, claro. Pero había hablado mucho con los viejos de la guardia, y con Maela, y con cualquiera que se acordara de él.

Y se lo contaba a Aetherion poco a poco, una historia cada noche, como quien le devuelve a alguien un libro hoja por hoja.

La cara de su padre nunca volvió del todo.

Pero su risa sí. Aetherion la oía en sueños, con la cabeza echada hacia atrás.

Una tarde, mientras el sol se ponía y las Cadenas brillaban como ríos de luz, Aetherion sintió una presencia familiar. El Ave del Primer Aliento sobrevoló a baja altura y dejó caer una única pluma nueva a sus pies. Esta no brillaba con poder. Brillaba con paz.

Lyra, que estaba sentada a su lado en el escalón de la casa, levantó la vista hacia el cielo.

—Esa ave no te deja en paz —dijo.

—Creo que es justo lo contrario.

Aetherion la recogió y sonrió.

—Gracias —susurró hacia el cielo.

Después, sin pensarlo mucho, empezó a cantar en voz baja.

Era una canción vieja, de las que le cantaba su madre, una que había creído perdida durante años y que se le había ido apareciendo poco a poco, verso a verso, como se aparecen las estrellas al anochecer.

Lyra no se sabía la letra. Pero la tarareó con él, desafinando, como siempre.

Más allá de las nubes, Auravén seguía flotando. Ya no por miedo a los dioses, sino por la voluntad de quienes la habitaban.

Y en alguna parte, en el viento que ya no pertenecía a nadie, se podía oír todavía el eco de una promesa cumplida:

No te conviertas en uno de ellos.

— Fin —