Capítulo 43 · Funeral
Funeral
—Nada que no fuera ya suyo —leyó Ottavio, en el embarcadero de San Michele, con el sobre en la mano—. Eso pone por fuera. Con su letra. La de las tarjetas que me mandaba sin remite.
Me lo dio.
Era un sobre de papel crema, alargado, de los de antes, cerrado con lacre rojo. Encima, con una letra temblorosa, inclinada hacia abajo, que se iba cayendo del renglón: Per la signora Clara. Niente che non fosse già suo.
Pesaba poco. Lo sopesé sin querer. Como lo habría sopesado ella.
* * *
Era el sábado treinta de noviembre, a las once de la mañana.
No había niebla. Había un sol bajo, blanco, de invierno, que dejaba la laguna como una lámina de estaño y los cipreses de San Michele negros y recortados como en un grabado.
Hacía frío. El agua estaba baja, mansa, como si no hubiera pasado nada.
Como si dieciocho días antes no hubiera subido un metro ochenta y siete y sacado los vaporetti a las aceras.
El funeral se había retrasado once días.
El Comune no daba fechas en San Michele: había demasiados muertos de la marea, de los días después, de los corazones que se paran cuando se limpia el barro de una casa.
Teresa Zanon Ardenti había esperado once días en una cámara frigorífica de la funeraria de la Misericordia, con un pájaro de madera en la mano que nadie le había podido quitar.
A ella esperar no le costaba.
* * *
Fuimos en barcas, como en octubre. Pero éramos más.
Estaban los de octubre. Nico, con el traje de su padre, con las manos en las férulas, sentado en la popa de la lancha de la fundación, porque no podía remar.
Livia, Marco, Sofia, con el dedal de plata otra vez colgado del cuello, que Oxana le había devuelto en una cajita.
Oxana, con un abrigo negro nuevo y un pañuelo en la cabeza.
Ottavio. Rafi, remando el sandolo de Nico, solo, detrás de las demás barcas, con la fórcola de nogal de su maestro y la boca apretada.
Los de la briscola en la barca de Toni, con Rina.
Bortoluzzi, de negro, sin gafas rojas: con unas negras.
Zanella, de uniforme esta vez. Y Bressan, el agente joven que me había roto dos costillas, que se quedó detrás de Zanella con la gorra bajo el brazo y no me miró en toda la mañana.
Y estaban los que no habían venido en octubre.
Mi madre, que había llegado el jueves desde San Juan de Luz en un avión a Treviso, y que se había plantado en la puerta del cuarto de encima del taller de Castello con una bolsa de deporte azul y el abrigo verde, a las once de la noche, sin avisar, y me había dicho he venido.
No me preguntes nada. No le pregunté nada.
Y una mujer de setenta y dos años con un moño bajo y los ojos pequeños de Burano, que había venido en tren desde Treviso, sola, con las rodillas de su madre, porque una cosa es no ir a Venecia y otra no ir a esto.
Graziella Zanon se sentó en la barca de Toni, al lado de Rina. Se miraron. Se entendieron sin hablar, como se entienden dos mujeres que han llevado un negocio cuarenta años.
* * *
El cura de Vicenza leyó lo mismo que en octubre. Los lirios. El pastor. Sior Aldo le pasó las páginas un segundo antes de tiempo.
El marmolista había preparado el hueco. Al lado de Bepi. Teresa Zanon Ardenti, 1930–, con la fecha de la derecha por fin grabada, en bronce nuevo, brillante: 2019.
Y abajo, a la izquierda, lejos del primer nombre, Alvise Ardenti, 1919–1944. Con las letras ya un poco menos brillantes que en octubre. Y delante, en el zócalo de mármol, la piedra pequeña, gris, del tamaño de una nuez, que había dejado el señor Sacerdoti.
No se la había llevado nadie.
Al terminar, cuando los de la funeraria cerraron la losa, el señor Sacerdoti volvió a aparecer en la avenida de grava. Con el abrigo marrón, el sombrero negro, el bastón. Se acercó a la reja despacio. Se agachó apoyándose en el hierro. Dejó otra piedra. Debajo del nombre de Teresa.
Se incorporó. Miró a Nico.
—Ardenti —le dijo.
—Sacerdoti.
Se fue.
Mi madre, a mi lado, se agachó. Sacó algo del bolsillo del abrigo verde. Una piedra. Gris, con una veta blanca. Lisa de agua. Del Ebro.
La dejó al lado de la otra.
—La traía para la de enero —me dijo, bajito—. Para la de mi abuelo. Pero tengo más.
* * *
El sobre lo abrí en la barca de vuelta.
En el sandolo. Rafi remaba. Nico iba en el banco de popa, con las manos en las rodillas. Mi madre, en la proa, de espaldas, mirando la ciudad que se acercaba. Yo, en el banco de en medio, con el sobre crema en las manos.
Rompí el lacre con la uña.
Dentro había dos cosas.
Una fotografía. Pequeña, de nueve por seis, en blanco y negro, con el borde dentado, de las que se hacían con las cámaras de fuelle.
Un salón con un piano de cola. Una mujer sentada en la banqueta, de perfil, con el pelo recogido en dos rollos y un lunar junto a la ceja izquierda, con las manos encima del teclado.
Y de pie, a su lado, apoyado en la tapa del piano, un hombre joven con una pluma blanca sobre la ceja izquierda y la nariz recta, que no miraba a la cámara.
La miraba a ella.
Ella miraba a la cámara. Con la boca apretada. Como se aprieta delante de un perro que puede morder. O delante de alguien que no te conviene que te vea feliz.
Le di la vuelta. Por detrás, a lápiz, con una letra de chico:
Lezione. Aprile 1941. B.
Bepi. La había hecho Bepi. Con dieciséis años. En el salón de música del ala norte, una tarde de abril, cuando su hermano todavía tocaba el piano con la puerta cerrada y la profesora todavía estaba casada y nadie se escondía detrás de nada.
La única foto de los dos juntos que existe en el mundo. La que estuvo más de setenta años dentro de una guía Baedeker de España con la línea de Canfranc subrayada a lápiz, en un estante del despacho de Alvise, y que Teresa retiró en noviembre de 2017 para que yo no la encontrara antes de tiempo.
Nada que no fuera ya suyo.
* * *
La otra cosa era un papel. Una hoja de cuaderno, arrancada, con la letra temblorosa. Tres líneas.
Le abrí las puertas. Usted las cruzó. Lo que hizo al otro lado no lo puse yo.
Ahora quédese o váyase. Pero que sea suyo.
T.
* * *
Le pasé la foto a Nico. No podía cogerla; tenía las férulas. Se la puse delante de la cara, en la mano, y la sostuve yo.
La miró.
—Tiene mis manos —dijo, por fin.
—¿Quién?
—Él. Mira. En la tapa del piano. Los dedos. —Se miró las férulas—. Las de antes.
Miré. Los dedos de Alvise, apoyados en la madera negra del Bösendorfer. Largos. Con la última falange un poco doblada hacia atrás, como se doblan los dedos de alguien que puede abrirlos más de lo normal.
Como los de Nico. Antes del vidrio.
Rafi dejó de remar un momento. Se inclinó a mirar la foto por encima de mi hombro. Volvió a remar.
En la proa, mi madre no se había vuelto. Pero le vi los hombros. Se movían.
* * *
El cuaderno me lo dio Oxana esa tarde.
En la cocina del entresuelo de Ca’ Ardenti, a las cinco, con una taza de té delante y el abrigo negro nuevo todavía puesto. Un cuaderno de tapas negras, de los de la papelería de la Strada Nova. Lo sacó del bolso. Lo dejó en la mesa entre las dos.
—Debajo del colchón —dijo—. Cuando la lavé. Con una nota encima. Per la spagnola.
No lo abrí allí.
Lo leí esa noche, entero, en el cuarto de encima del taller de Castello, sentada en la cama con la espalda contra la pared, con Nico dormido a mi lado con las férulas encima de la colcha y mi madre en un colchón en el suelo, al lado de la estufa, porque no había otro sitio y no había querido ir a un hotel.
Ocho cartas. Desde el veinticinco de febrero hasta el doce de noviembre. A Ester. Con la letra cada vez más torcida, más caída del renglón.
La última terminaba a mitad de una frase.
Leí la palabra. La que había cruzado una laguna en febrero para preguntar. La que mi bisabuela había buscado cuarenta y dos años en una cocina a las tres de la mañana.
La leí tres veces. Luego cerré el cuaderno y me quedé a oscuras, con la luz del canal temblando en el techo, sin llorar, porque ya no me quedaba agua para eso.
* * *
A las siete de la mañana bajé a la Sensa. Con muleta. Con mi madre. Con Nico.
Marea baja. El quinto escalón de la puerta de agua de Ca’ Ardenti, fuera. Mojado, negro, verde de algas en los bordes. El último que se moja.
Me senté en el cuarto. Con los pies en el quinto. Mi madre, de pie detrás de mí, en el androne, con el abrigo verde. Nico, al lado de la reja, con las manos en las férulas.
Abrí el cuaderno por la última carta.
No la leí entera. Leí solo una parte. En italiano, en el de ella, mal, sin que nadie me corrigiera las palabras.
—E dopo il tuo nome disse una parola —leí—. Vai.
El agua me cubrió la suela de las botas y se retiró.
—Vai, Ester. Te l’ha detto lui. Te lo dico io.
Detrás de mí, en el androne, mi madre hizo un ruido. Como el que hizo Teresa en febrero, en la silla de mimbre. Un ruido de aire que se atasca.
Luego bajó. Los tres escalones de piedra, con el abrigo verde, con cuidado, como se baja a un sitio donde no se ha estado nunca.
Se sentó a mi lado, en el cuarto, con los zapatos en el agua del quinto, sin quitárselos.
Inés Garrido, que cuidó a su abuela el último invierno y apuntó en una libreta roja todo lo que decía en el delirio, cada noche, sin entender nada.
L’ho lasciato. Perdonami. Non correre. Treinta y tres años con esa libreta.
Me cogió la mano. La que no tenía el cuaderno.
—Ya se puede ir de la cocina —dijo.
Era casi la frase de Teresa, dos líneas más abajo en el cuaderno, la que yo no había leído en voz alta.
Mi madre no la conocía. Conocía la otra: la de su abuela en la confesión, la que leímos en febrero en la cocina de la Ruavieja con el tío Julián blanco como la pared.
Cuarenta y dos años sentada en esta cocina a las tres de la mañana.
Con eso le bastó para saber dónde se había quedado esperando Ester.
Cerré el cuaderno.
—Vai —dije.
En voz alta. Bajito. Al agua. Al último escalón, el que se moja. Como pidió Ester en la carta que no mandó. Allí sabe adónde llevarlo.
* * *
Esa tarde deshice la maleta.
Rafi la había traído el jueves del cuarto de encima de la osteria, cerrada con su cremallera, con la ropa de Gante dentro; Rina le había dado las llaves con el corcho y le había dicho dile que el colchón se lo guardo.
La deshice en el cuarto de encima del taller.
Con mi madre sentada en el colchón del suelo, mirándome, sin decir nada, y Nico en la puerta, apoyado en el marco, con las férulas.
La abrí encima de la cama. La cremallera entera, alrededor de los cuatro lados.
Saqué la ropa. Toda. La que llevaba doblada desde Gante, desde Logroño, desde Venecia en 2017, desde Oporto, desde Bilbao, desde siempre.
La fui metiendo en los cajones de la cómoda de Nico, que él había vaciado esa mañana, con las férulas, en dos horas, sin que yo se lo pidiera.
Dos cajones de tres. Los jerséis en el de arriba. La ropa interior en el del medio.
Las otras cosas, las que no son ropa y pesan, las puse en el alféizar de la ventana de guillotina.
En fila. La libreta roja. La caja de cerillas con los dos cabos de vela.
La piedra del Ebro. La Parker. El nueve y el tres.
La fórcola de roble del tamaño de un pulgar.
La viruta de nogal aplastada. La tarjeta azul de mi abuela, que Oxana había recogido del suelo la noche de la marea.
Y una foto de nueve por seis, de pie, apoyada contra el cristal, con un hombre que mira a una mujer que mira a la cámara.
Cerré la maleta vacía. Pesaba lo que pesa una maleta vacía, que es casi nada.
La subí al altillo de encima del armario. Con la muleta, de puntillas, sobre el tobillo malo. Se me cayó una vez. Nico no pudo ayudarme. Mi madre no se movió del colchón.
La segunda vez entró.
Me quedé de pie delante del armario, mirando hacia arriba, a la maleta en el altillo, en la sombra, con la etiqueta de Ryanair todavía colgando del asa. brU — VCE.
—¿Y ahora qué? —dijo mi madre, desde el suelo.
No lo sabía. No tenía palabras de oficio para eso. No había lista.
—Ahora nada —dije—. Ahora me quedo.