Acqua alta Teresa · VIII
96%

Teresa · VIII

Ester:

Tres tonos. Acaban de sonar. Ciento treinta. Oxana duerme en el cuarto de al lado y no las ha oído; yo sí. Las oigo antes de que suenen. Las noto en los pies.

No tengo mucha mano. Te escribo poco y torcido. La letra se me cae del renglón como se te caía a ti en la última hoja. Ya sé por qué se te caía. No era la enfermedad. Era que pesaba lo que estabas diciendo.

Esta noche sube. Mucho. Más de lo que dice la radio. Lo sé como lo sabía mi padre en la barca: por el olor. Huele a mar abierto en el cuarto, con la ventana cerrada. Huele a noviembre del sesenta y seis.

Y la española bajó ayer al pozo. Sola. A escondidas. Es de tu sangre.

Si baja esta noche, la voy a oír.

* * *

Te debo una palabra. Te la prometí. Te la doy ahora, que es cuando ya no me queda otra cosa.

Gritó papà. Gritó apri. Gritó mi nombre, muchas veces, Teresa, Teresa, apri, per l’amor de Dio. Eso lo oíste tú desde el rellano.

Y luego, una vez, solo una, gritó el tuyo. Ester.

Yo estaba a un palmo. De rodillas, con las manos en el cubo, con el nudo de barca delante de la cara. Lo oí entero. No por una escalera. A través de tres hiladas de ladrillo fresco y una tabla. A un palmo.

Y después de tu nombre dijo una palabra.

Vai.

No gritó no. Gritó vai. Vete. Te lo gritó a ti, que no sabía dónde estabas, que podías estar en la barca o en la escalera o en el rellano con su padre. Te lo gritó por si acaso. Como el papel del bolsillo. Se non arrivo, non è colpa tua. Vai.

Y después siguió gritando mi nombre.

* * *

No te lo dije en cuarenta y dos años.

Me escribiste en la confesión que te habías pasado cuarenta y dos años en una cocina a las tres de la mañana decidiendo si fue vai o fue no. Yo lo sabía. Lo supe siempre. Una palabra, Ester. Una sílaba. Te habría quitado cuarenta y dos años de cocina.

Te voy a decir por qué no te la di. No te voy a mentir más; ya no tengo tiempo.

No fue solo por tu permiso. Por el si me quieres un poco, no me cuentes nada de la casa. Eso es verdad, y me sirvió. Me sirvió de pared.

Fue porque si te daba esa palabra, tú quedabas libre. Él te había dicho vete, y tú te habías ido. Era lo que él quería. No había culpa. Y yo me quedaba sola con la mía, que no tenía ninguna palabra que la quitara. Nadie me gritó vai a mí. A mí me gritó apri. Y yo no abrí.

Te la guardé, Ester. Como se guarda un dedal en un cajón. Para no estar sola debajo de lo mismo.

Eso es lo peor que he hecho. Peor que la cafetera con Bepi. Peor que el cubo. Porque eso lo hice con catorce años, y esto lo hice con todos los años de mi vida.

Vai, Ester. Te lo dijo él. Te lo digo yo. Setenta y cinco años tarde. Vete. Ya puedes irte de esa cocina.

* * *

Ahora te cuento esta noche, que todavía no ha pasado.

No tengo miedo. Es la primera vez desde el dieciocho de marzo de 1944 que no tengo miedo, y no sé qué hacer con esto, como no sé qué hacer con los pies que no noto.

El agua va a subir. Va a entrar en el androne, va a tapar la puerta de abajo, la del vidrio, la que tapiamos el señor y yo para protegeros. Va a subir por el pozo como subía la cal en el cubo. Va a llegar al cuarto, por dentro, por detrás de la pared donde está la cara de la española.

Y si ella está abajo, yo lo voy a oír.

No por magia, Ester. No hay magia en esta casa. Lo voy a oír porque llevo setenta y siete años escuchándola de arriba abajo, y sé cómo suena cuando hay alguien dentro. Lo sé desde los tres días. Desde el toc.

Y esta vez no voy a tener las manos en un cubo.

Esta vez tengo un nieto que se sienta en el borde de mi cama y que no sabe nadar.

Y que tiene las manos de tu Alvise. No el mechón: las manos.

Largas, con los dedos que se doblan hacia atrás en la última falange.

Me fijé el primer día que le di la papilla.

Tenía cuatro meses y me cogió el dedo y pensé: Madonna, las manos de él.

Si ella baja, le voy a decir que corra.

A él. A mi nieto. Que corra.

Tú le dijiste a Alvise non correre en un compás de Schubert y él te hizo caso hasta el final, con un lápiz, en una pared. Mi nieto lleva cuarenta y tres años sin correr por nada. Rema despacio. Talla despacio. Me sube en brazos despacio y se para en el cuarenta y siete.

Esta noche le voy a decir corri.

Y si corre, y si llega, y si la saca, entonces sí, Ester. Entonces se habrá cerrado. No la leyenda. Eso. Lo nuestro. Lo de la puerta que no abrí. Alguien de esta casa habrá bajado por fin a abrir una puerta con alguien dentro.

Y yo podré dejar de esperar. Me lo mandó a decir tu hija con un pájaro de madera.

* * *

Me pesa la mano. Oxana se despierta; la oigo en la cama, dando la vuelta.

Te dejo el cuaderno debajo del colchón. Lo encontrará ella cuando me laven. Que se lo dé a la española. Que lo lea en voz alta en el escalón, si quiere, o que no lo lea. Que haga lo que quiera. Ya es suyo.

Oigo el agua.

Sube.

No tengo

T.