Capítulo 42 · Manos vendadas
Manos vendadas
—Siete tendones —dijo Nico—. Cuatro en la derecha, tres en la izquierda. Y dos falanges. Me lo ha dicho el cirujano con un dibujo, como se lo explicas a un niño.
Tenía las manos encima del banco grande del taller de Castello.
Ya no eran dos guantes de boxeo; eran dos manos de verdad, con los dedos fuera, rígidos, envueltos cada uno en una venda fina y separados con una férula de plástico blanco que le mantenía las muñecas dobladas hacia atrás y los dedos un poco curvados, como si estuviera a punto de coger algo y no pudiera.
Por las vendas asomaban los puntos. Negros.
Muchos. Como las puntadas de un zurcido.
Era el veintiséis de noviembre. Martes. Dos semanas.
—¿Y? —dije.
—Y que vuelvo a coger cosas. —Nico miró sus dedos—. En tres meses. Una taza, un remo, una gubia. Con fisioterapia. Dos veces por semana en Padua, con una chica que tiene las manos como tenazas y se ríe cuando grito.
—¿Y lo otro?
Nico no contestó enseguida.
* * *
El taller estaba como lo había dejado él la tarde del lunes once.
Con la diferencia de que el agua del martes había entrado.
Cuarenta centímetros en la nave, me había dicho Rafi, que no era nada comparado con la Sensa: el squero de al lado tenía las góndolas boca abajo flotando.
Pero habían subido todo. La madera del altillo, seca.
Las herramientas, en el banco alto. Las gubias en su tablero, con sus siluetas pintadas en blanco, ninguna mojada.
En el suelo, la raya. A cuarenta centímetros, en las paredes, una línea oscura de humedad que nadie había lavado. Como la línea de marea en mi pared, debajo de la boca que ya no estaba.
Rafi había fregado el suelo él solo, tres días, con lejía, mientras nosotros estábamos en el hospital.
Había vuelto a colgar los delantales. Había ido a buscar el sandolo, que la marea había soltado de la rampa y había llevado hasta la Celestia, y lo había remado de vuelta.
Había abierto el taller el lunes dieciocho a las ocho de la mañana como si no hubiera pasado nada, y había terminado él la fórcola del chico de Pellestrina, la que Nico había empezado en octubre, y se la había entregado al chico el viernes.
Mal. Me lo dijo él mismo. Male, signora. Ma l’ho finita. Mal, pero la he terminado.
* * *
—Lo otro —dijo Nico— es que no voy a tallar igual.
Lo dijo mirando el tablero de las gubias. Las cuarenta y tres. Las del viejo Bortolo de Pellestrina, las del maestro del maestro.
—La fórcola es un milímetro —dijo—. El remo apoya en una curva de nogal, y si esa curva está un milímetro desviada, el gondolero lo nota en el hombro al cabo de una hora.
Al cabo de un mes le duele. Al cabo de un año viene a tu taller y te la tira encima del banco.
—Se miró los dedos—. El cirujano dice que el índice y el corazón de la derecha no van a doblarse del todo.
Nunca. Que me quedará un tope. Diez grados, quince.
—¿Y eso qué significa?
—Que voy a tener que hacer las curvas de otra manera.
Con otra postura. Con la muñeca, en vez de con los dedos.
—Se encogió de hombros, con las férulas—.
Que voy a tardar el doble. Que alguna saldrá mal y la tiraré al canal, como el viejo Bortolo.
Que Ernesto no me va a encargar más fórcolas de regata, porque para regata hace falta el milímetro.
Me quedé callada.
—Tallaré peor —dijo Nico.
Lo dijo sin pena. Como dice el precio de una fórcola. Un número, sin adjetivos.
* * *
Me levanté del taburete de las visitas. Con una muleta. Ya solo llevaba una; el tobillo, en la férula, aguantaba si no lo forzaba. Fui hasta el banco grande. Me puse a su lado.
En la estantería de encima del banco, a la altura de los ojos, estaba la pieza.
El bloque tosco de nogal, del tamaño de un antebrazo, con las caras planas y las testas pintadas de cera. Con la letra a lápiz de carpintero en una de las caras: C. — 11-11-2019. El día antes. La había abierto con una cuña y un mazo, en cinco golpes, la tarde del último día normal.
—¿Y esa? —dije.
Nico miró la pieza.
—Esa la tallo en mayo —dijo—. Es el trato con Rafi.
—¿Con esas manos?
—Con estas manos. —Levantó las férulas—. Va a salir peor que si la hubiera tallado el once de noviembre. Va a tener una curva un poco desviada. Un milímetro.
—¿Y?
—Y vas a notarlo en el hombro. —Se le movió la boca—. Al cabo de una hora.
—Yo no sé remar, Nico.
—Ya lo sé.
—Una fórcola de sandolo para alguien que no sabe remar. Desviada un milímetro.
—Remarás igual de mal —dijo Nico— con una buena que con una mala. No vas a notar la diferencia en diez años.
Me reí. Fuerte. Me dolieron las costillas y me reí igual, apoyada en el banco, con la muleta resbalando y Rafi asomando la cabeza desde la trastienda con la cafetera en la mano, porque en dos semanas nadie se había reído en ese taller.
Nico no se rio. Me miró reírme. Con los ojos grises indecisos. Y algo le pasó por la cara, por fin, después de dos semanas, que no era la cara de madera.
* * *
—Me llegó —dijo.
Dejé de reírme.
—Tu mensaje. —Señaló con la barbilla el móvil, encima del banco, al lado de una lata de aceite de linaza—. El del rellano. El que escribiste antes de bajar.
No lo sabía. No me había acordado del mensaje en dos semanas.
El móvil se me había mojado en la cámara; los enfermeros lo habían sacado del bolsillo del pecho del abrigo con la Parker y la cinta métrica y lo habían metido en una bolsa de plástico con mis cosas.
Ottavio se lo había llevado a casa y lo había metido en un cuenco de arroz, como hace la gente.
Me lo había devuelto el jueves del alta. Se encendía. Tenía la pantalla rayada.
No había mirado los mensajes enviados.
—¿Cuándo?
—El martes diecinueve. A las cuatro y diez de la tarde.
—Nico no apartaba la vista del móvil—. Yo estaba en la silla al lado de tu cama, en la UCI.
Tú todavía no habías abierto los ojos. Ottavio estaba en su casa con tu móvil en un cuenco de arroz, al lado de una ventana.
Y en algún momento se secó lo suficiente, y encontró cobertura, y lo mandó.
Me quedé quieta.
—Me vibró en el bolsillo —dijo Nico—. No podía cogerlo. Tenía las manos así. —Levantó las férulas—. Se lo tuve que pedir a una enfermera. Le dije: léamelo. Y me lo leyó en voz alta, en español, una enfermera de Mestre que no sabía español, delante de ti dormida y de un monitor que hacía bip.
—¿Qué te leyó?
Nico me miró.
—Bajo diez minutos a la cámara a por la cámara de intervalos. El agua de dentro ha subido más de lo calculado. No subas.
Se calló.
—¿Y? —dije.
—Y lo otro. —Se le movió la nuez—. Lo pronunció fatal. Te quiero. Con acento de Mestre. Como si fuera una marca de coche.
* * *
No dije nada.
Me acerqué. Con la muleta. Le cogí la cara con la mano libre, la barba de dos semanas, la nariz rota, y le di un beso. No en la frente. En la boca. Con el labio de la cicatriz contra el suyo, el de arriba, el que tiene más fino a la izquierda.
Él no pudo cogerme. Tenía las manos en férulas, separadas del cuerpo, como un hombre que se ha quedado con los brazos a medio levantar. Me besó igual.
—Llegó tarde —le dije, contra la boca—. Una semana.
—Llegó.
—No es lo mismo decirlo que escribirlo en un mensaje que se queda girando en un pozo.
—No. —Apoyó la frente en la mía—. Pues dilo.
—Te quiero.
Lo dije en español, sin acento de Mestre, en un taller de Castello que olía a nogal y a lejía, con la línea de la marea a cuarenta centímetros en las paredes. Lo dije por primera vez en mi vida a alguien que no fuera mi abuela.
Nico cerró los ojos.
—Anca mi —dijo.
Yo también.
En la trastienda, Rafi dejó caer la cafetera. Se oyó el golpe del metal contra el suelo y luego un taco en bengalí y luego un silencio largo, en el que estoy segura de que no estaba recogiendo el café.
* * *
El sábado era el funeral.
Esa noche, en el cuarto de encima del taller, con la luz del canal temblando en el techo, Nico me pidió que le ayudara a desvestirse. No podía con los botones.
Se los desabroché uno a uno. Despacio. Desde abajo, como se abrocha Ottavio el abrigo.
Cuando terminé, me cogió la mano con la férula. Con lo que podía. Con dos dedos que no se doblaban del todo y tres que sí.
—Mañana empiezo a tallar con la izquierda —dijo—. Para practicar. Mientras se cura la derecha.
—Con la izquierda tallas fatal.
—Con la izquierda tallo como tú remas. —Me apretó la mano, lo poco que pudo—. Vamos a estar empatados.