Capítulo 41 · Se borra
Se borra
—No le voy a decir la hora —dijo Ottavio—. Me la va a preguntar, y no se la voy a decir.
Tenía el móvil en la mano, con la pantalla hacia abajo, encima de la rodilla.
Estaba sentado en la silla de plástico de mi habitación del hospital, la del lunes dieciocho, con el abrigo de director de fundación y las gafas en la punta de la nariz, y llevaba diez minutos hablándome de cualquier cosa: del funeral, que sería el sábado; de la Soprintendenza, que había mandado a Fabris a la cámara con un equipo de bomberos a sacar los escombros del pozo; del Comune, que había declarado el estado de emergencia; de la cripta de San Marcos, inundada por sexta vez en doce siglos; de los vaporetti que el viento había subido a las fondamente como juguetes en una bañera.
Y llevaba diez minutos con el móvil boca abajo en la rodilla.
—¿Qué hora? —dije.
—La de la foto.
—¿Qué foto?
Ottavio me miró por encima de las gafas. Le dio la vuelta al móvil. Me lo tendió.
* * *
Era la pared del dormitorio.
La reconocí por el encuadre antes que por lo demás: el trípode en las tres marcas de cinta del terrazo, la lámpara desde la izquierda, la regla de escala en la esquina. Mi encuadre. Ottavio lo había copiado exacto, como se copia un protocolo.
El rectángulo de ladrillo nuevo, en el centro, a la altura de un hombre sentado.
Rojo. Limpio. Mojado.
No había nada.
Ni frente, ni cejas, ni ojos, ni pinza, ni mechón, ni boca apretada.
Ni raya. El ladrillo de la Soprintendenza, oscuro de humedad, brillante, con las juntas de mortero de cal blancas, como el primer día de diciembre de 2018, antes de que nadie le pusiera una cara encima.
Solo, a la altura de donde había estado el cuello, una franja horizontal de sal finísima, de lado a lado del parche.
La línea de marea que había visto el martes a las siete de la tarde debajo de mi boca.
La línea se había quedado. La cara se había ido.
* * *
—Teresa me llamó el martes a las cuatro de la tarde —dijo Ottavio—. Desde el teléfono de la mesilla, con la voz que ya casi no tenía. Me dijo: Ottavio, vieni stanotte con la lampada. Dopo.
—¿Después de qué?
—No me lo dijo. —Ottavio se quitó las gafas—.
Dopo. Después. Pensé que quería decir después de la marea.
Llegué a Ca’ Ardenti en un taxi de agua a las once y veinte, cuando el viento ya había bajado, con el agua todavía a ciento setenta en la Sensa.
Me abrió Oxana. Me dijo que la signora se había muerto a las once menos diez.
Me dijo que a usted se la habían llevado los carabineros sin pulso.
—Se frotó los ojos—. Y yo subí al dormitorio con la lámpara.
Porque me lo había pedido ella. Porque no sabía qué otra cosa hacer.
—E hiciste la foto.
Me di cuenta de que lo había tuteado. Por primera vez en quince años. Ottavio también se dio cuenta.
—Hice la foto —dijo.
—¿A qué hora?
—Eso es lo que no le voy a decir.
* * *
Me quedé con el móvil en la mano mirando la pared vacía.
Lo pensé con números. No pude no pensarlo con números; hay cosas que no se pierden en nueve minutos sin pulso.
La sal se va de una pared de dos maneras. La primera es la que todo el mundo conoce: se seca el muro, el agua deja de subir, los cristales se quedan sin alimento y se deshacen en polvo, poco a poco, como se había deshecho mi cara de abril a junio. Eso tarda semanas.
La segunda es la contraria. Y la conoce menos gente.
Si la humedad del aire sube por encima del setenta y cinco por ciento, el cloruro sódico, la sal común, la de la laguna, absorbe agua del aire y se disuelve.
Se licúa. Vuelve a meterse en el poro del ladrillo de donde salió, como se mete un caracol en su concha.
Se llama delicuescencia. Lo explico en los cursos con un salero en un baño con la ducha caliente.
La noche del doce de noviembre, el agua subió por el pozo de Ca’ Ardenti más que nunca en cincuenta y tres años.
Llenó la cámara. Empujó el aire del pozo hacia arriba, saturado, hacia el cuarto de Alvise, que tenía la trampilla abierta y la puerta de alerce abierta.
La humedad del cuarto pasaría del noventa por ciento.
Del noventa y cinco. El parche de ladrillo, por detrás, chorreando.
Y la sal de mi cara, con el aire empapado delante y el ladrillo empapado detrás, se deshizo.
Volvió al poro.
Lo escribí después en el informe de la Soprintendenza, en el anexo once, con un gráfico. Disolución de la eflorescencia por delicuescencia tras saturación higrométrica del vano. Me lo aprobó Bortoluzzi sin una sola nota en el margen.
El noventa y cinco por ciento.
* * *
—Ottavio.
—Sì.
—Llegaste a las once y veinte. Subiste al dormitorio. ¿Cuánto tardaste en subir?
—Clara.
—¿Diez minutos? ¿Veinte? ¿Hiciste la foto nada más llegar, o te quedaste antes con Oxana?
Ottavio no contestó. Volvió a ponerse las gafas. Me quitó el móvil de la mano, con cuidado, como se le quita a un niño una cosa que se puede romper.
—No sé a qué hora volvió usted, exactamente —dijo—.
El informe dice las diez y cuarenta. Pero ¿volvió a las diez y cuarenta?
¿O volvió cuando abrió los ojos, el sábado?
¿O cuando Dal Bo le preguntó cómo se llamaba?
—Se guardó el móvil en el bolsillo del abrigo—.
No sé a qué hora se fue la cara. Lo que sé es que a una hora de esa noche la pared tenía su cara, y a otra hora de esa misma noche no la tenía.
Y que entre una hora y otra se murió Teresa y volvió usted.
—Eso no es una explicación.
—No. —Ottavio se levantó—. Es lo que hay.
Se quedó de pie al lado de la cama, abrochándose el abrigo, de abajo arriba, botón a botón.
—Le enseñé patología de materiales en 2004 —dijo—. Le enseñé a no confundir lo que hay con lo que no hay. A medir antes de creer. —Se abrochó el último botón—. Pero no le enseñé a no preguntar. Eso no se enseña. Eso lo decide una.
—¿Y tú qué has decidido?
—Yo he decidido no mirar la hora en el móvil. La foto tiene la hora guardada. En los datos del archivo. Está ahí. No la he mirado. No la voy a mirar.
Me miró desde arriba, con las gafas en la punta de la nariz.
—Usted haga lo que quiera. Se la mando si me la pide.
* * *
No se la pedí.
Ni ese día, ni al siguiente, ni nunca. La foto está en su móvil, o en su ordenador, o en una carpeta del archivo de la sal de las Zattere que ordena Marisa.
Tiene la hora guardada en algún sitio, en unos números que no se ven, en los metadatos, como se guarda la sal dentro de un ladrillo cuando no hay aire que la saque.
Y la cámara de intervalos, la que bajé a buscar, la que salió de la cámara conmigo colgada del arnés en una bolsa estanca, la que tiene treinta y seis horas de fotos del mortero de Ottone empezando a sudar con la marea más alta en medio siglo, el noventa y cinco por ciento entero, la prueba, la explicación, está en un cajón del despacho de Ottavio.
En una bolsa de plástico de la Soprintendenza con una etiqueta.
No la he abierto.
* * *
Me dieron el alta el jueves veintiuno.
Con muletas, por el tobillo, que no estaba roto sino aplastado, con dos ligamentos rotos y un hueso pequeño con una fisura que se llamaba de una forma que me recordó a una piedra. Con las costillas vendadas. Con la garganta todavía de papel.
Rina vino a buscarme con un taxi de agua, porque las muletas en Venecia no sirven para nada: todo son puentes. Me llevó a la osteria. Le pedí que no. Que primero a la Sensa.
Subí los treinta y dos escalones de mármol de la escalera principal con las muletas, en veinte minutos, con Rina detrás diciendo cosas en veneciano que no eran oraciones.
El dormitorio. La lámpara apagada. La luz gris de las ventanas al rio. Los ventanales del piano nobile habían aguantado; el salón no, y había plástico de obra en dos cristales.
Me acerqué a la pared. Con las muletas. Me paré a un metro.
Rojo. Limpio. Seco ya, casi; nueve días. El ladrillo nuevo de la Soprintendenza. Las juntas de cal blanca. La franja de sal horizontal, a la altura del cuello, que nadie había cepillado.
Nada más.
Solté la muleta derecha. Se cayó al terrazo con un ruido que rebotó por toda la casa. Levanté la mano. Toqué la pared con la yema del dedo, como tomo el pulso a todas. En el centro. Donde había estado mi boca.
Fría. Seca por fuera. Húmeda por dentro, todavía, muy al fondo, como respira un animal dormido.
—He vuelto —dije.
En voz alta. En español. A una pared.
Rina, detrás de mí, en la puerta, no dijo nada. Por una vez.