Acqua alta Capítulo 40 · Arriba
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Capítulo 40 · Arriba

Arriba

—A las once menos diez —dijo Oxana—. Con la marea arriba del todo. Como si hubiera esperado a que llegara.

Oxana no me había venido a ver hasta ese día.

Ottavio me había dicho que no salía del último piso.

Que había lavado el cuerpo ella sola antes de que llegaran los de la funeraria, que no quería que la tocara nadie más, y que después se había sentado en la silla de la chaqueta de punto de Alvise y no se había levantado en dos días.

—Ciento ochenta y siete —dijo Oxana—. A las diez y cincuenta. Lo dijo la radio a la mañana siguiente. La segunda más alta de la historia. Después del sesenta y seis.

—Ya lo sé.

—Ella lo sabía antes. —Oxana se miró las manos—. Lo notaba en los pies.

* * *

Le pedí que me lo contara. No le pedí que me lo contara bien; le pedí que me lo contara. Oxana no cuenta bien las cosas. Las cuenta como sube una escalera: un escalón detrás de otro, sin cambiar de respiración.

Cuando Nico y Rafi bajaron corriendo, a las diez menos diez, Teresa se quedó con la mano abierta encima de la colcha. La que había soltado. Con el dedal de Sofia en el índice. Oxana se la cogió. Estaba fría.

—Le pregunté si quería que cerrara la puerta —dijo Oxana—. Por el ruido. Se oía todo. El viento en la escalera, las sirenas, las tejas. Me dijo que no. Que la dejara abierta.

—¿Para qué?

—Para oír.

Teresa se quedó escuchando. Con los ojos cerrados. Respirando con las burbujas. Oxana me dijo que movía los labios, sin sonido, como cuando yo le leía las cartas y ella se adelantaba un segundo. Que contaba algo.

—Luego me pidió que abriera la ventana.

—¿Con el viento?

—Con el viento. —Oxana se encogió de hombros—.

La del norte. La de San Michele. La abrí y entró el aire como un animal.

Tiró las fotos de la cómoda. Tiró la tarjeta azul de su abuela al suelo.

Le apagó la vela a la Virgen. —Se le movió la boca—.

Y ella sonrió. Con los ojos cerrados. Me dijo: ecco, adesso sì che se sente.

Ahora sí que se oye.

* * *

No sé qué oía. Oxana tampoco.

Desde el último piso de Ca’ Ardenti, con la ventana del norte abierta en mitad de la tormenta, no se puede oír lo que pasa en un androne ciento treinta escalones más abajo.

Lo he pensado con números. Lo he pensado con decibelios, con muros de un metro, con el viento a cien kilómetros por hora, con las sirenas de toda una ciudad. No se puede.

Se oye el agua. Eso sí. Desde cualquier sitio de esa casa, si escuchas, se oye el agua. Subiendo por el androne, golpeando la reja, lamiendo la escalera. Teresa lo había oído setenta y siete años. Sabía hasta dónde llegaba por el ruido, como sé yo la humedad de una pared por la yema del dedo.

Y se oye una sirena de lancha en la Sensa. Esa también.

—A las diez y media pasadas sonó una sirena de barco en el rio —dijo Oxana—. Distinta de las otras. Cerca. Con una luz azul que se veía en la fachada de enfrente, en la ventana.

—Zanella.

—No sé quién era. —Oxana pasó una cuenta del rosario—. Ella abrió los ojos. Miró a la ventana. A la luz azul, que no la veía, que veía una mancha que se movía. Y dijo una palabra.

Esperé.

—Bon —dijo Oxana.

Bien.

* * *

Después pidió el pájaro.

Oxana se lo puso en la mano. El de haya, del tamaño de un puño, con las alas recogidas y el pico abierto.

El que talló Nico en la tonelería de Basilio, en Logroño, en enero, para una mujer que lo llamaba el del gas.

El que mi abuela le dio en el banco de los patos de Lardero. Dile que ya puede dejar de esperar.

Teresa lo cerró en la palma. En la palma sin líneas. Lo apretó contra el pecho, encima del chal, encima de las medallas, donde durante setenta y cinco años había llevado una llave.

—Luego me dijo grazie —dijo Oxana—. Me dijo: grazie, Oxana. Diese ani. Diez años. —Se le quebró la voz por primera vez desde que había entrado—. Y me dijo: adesso ti pol ’ndar a casa.

Ahora te puedes ir a casa.

—A casa —repitió Oxana—. A Chisináu. A ver a mi hija. —Se secó los ojos con el dorso de la mano, con el rosario enrollado—. Diez años y nunca me había dicho que me podía ir. Me pagaba los billetes en Navidad y me decía que volviera el día cinco. Siempre el día cinco.

* * *

A las once menos diez dejó de respirar.

Oxana me dijo que no se dio cuenta en el momento. Que estaba mirando la ventana, la del norte, el agua de la laguna negra y revuelta, la tapia de San Michele en la oscuridad. Que dejó de oír las burbujas y pensó que era una pausa. Que esperó la siguiente. Que pasó una cuenta del rosario. Otra.

Que la siguiente no llegó.

—Tenía los ojos abiertos —dijo Oxana—. Mirando a la ventana. Como su suegro en el sillón. —Se santiguó—. Pero no era lo mismo. Él miraba una pared. Ella miraba afuera.

Le cerró los ojos. Le quitó el dedal del dedo y lo guardó en el bolsillo del delantal para Sofia. No le quitó el pájaro. Intentó abrirle la mano para ponerlo en la mesilla y la mano no se abría.

—Se lo dejé —dijo Oxana—. Se lo han dejado en la caja. Lo dijo Nico. Que se vaya con él.

* * *

Fuera, en el patio del hospital, empezó a llover. Una lluvia fina, de lado. El ciprés se movía.

Me quedé mirándolo. No dije nada en. Oxana tampoco. El hombre de detrás de la cortina tosió cuatro veces.

—Oxana —dije por fin.

—Sì.

—Cuando bajaron. Nico y Rafi. Cuando ella le dijo a Nico que corriera.

—Sì.

—¿Cómo lo sabía? Que yo estaba abajo.

Oxana me miró. Con sus ojos pequeños, claros, de campesina moldava, que lo habían visto todo en esa casa durante diez años y no habían preguntado nada.

—Porque yo se lo dije —dijo—. El lunes por la noche.

Que la había visto entrar a las seis y veinte con una bolsa y la linterna en la frente, y subir a la puerta de madera, y estar dentro treinta y cinco minutos.

—Se encogió de hombros—. Ella sabía lo que había abajo.

Lo sabía desde 1944. Y sabía lo que era usted.

—¿Lo que era yo?

—De la familia de la otra. —Oxana se levantó. Se colocó el bolso en el brazo—. Me lo dijo el lunes, cuando se lo conté. Xe de sangue soa. La va zo de scondon. Es de su sangre. Baja a escondidas.

Se puso en la puerta.

—No fue magia, signora —dijo—. En esa casa no hay magia. Hay una vieja que lo oye todo y una moldava que se lo cuenta.

Se fue.

* * *

Esa noche, en la habitación del hospital, con el hombre de la cortina dormido y la lluvia en el patio, le pedí a la enfermera de guardia que me trajera un bolígrafo y un papel.

Me trajo un bolígrafo azul de propaganda de una farmacéutica y una hoja de las de pedir analíticas.

No escribí nada. Me quedé con el bolígrafo en la mano mucho tiempo, mirando la hoja en blanco a la luz de la lamparita de la cabecera.

Pensaba en una mujer de ochenta y nueve años con una ventana abierta en mitad de una tormenta. Escuchando una casa de arriba abajo. Esperando oír una cosa que no se podía oír.

Que esta vez alguien había bajado.