Capítulo 39 · Sin pulso
Sin pulso
No vi nada.
Lo digo primero porque es lo que todo el mundo me pregunta después, con la voz baja, con la cara de quien pregunta por un viaje a un sitio al que no se puede ir: ¿viste algo? ¿Una luz? ¿Un túnel? ¿A alguien?
No. No hubo luz. No hubo túnel. No hubo una mujer con un lunar junto a la ceja esperándome al final de un andén, ni un hombre con un mechón blanco tocando el piano. No hubo nana. No hubo nada.
Hubo agua. Y después hubo un techo.
Entre el agua y el techo, cuatro días que no son míos. Me los han contado. Los cuento como me los contaron. Es lo que hago con las cosas que no he visto: un informe.
* * *
La luz azul de la reja era la lancha de los carabineros.
Zanella. Patrullaba la laguna norte desde las ocho de la tarde, con dos agentes y una lancha de la estación de la Misericordia, sacando a gente de las fondamente inundadas y recogiendo barcas sueltas.
A las diez y veinte, me contó después, en la puerta de la UCI, con la gorra en la mano, se había acordado de la Sensa.
En esa casa siempre pasa algo cuando sube el agua.
Había mandado al piloto meterse por el rio con ciento sesenta, con el agua a ras de los puentes, rozando el casco con la piedra de los arcos, porque se había acordado.
Llegó a la puerta de agua de Ca’ Ardenti a las diez y treinta y uno. Vio la linterna de Rafi dentro, en el androne, temblando. Oyó a alguien gritar mi nombre.
Saltó al agua por la reja. Con el uniforme.
* * *
Me sacaron entre los tres. Zanella, Rafi y el agente más joven, que se llamaba Bressan y que tenía veintiséis años y había hecho un curso de primeros auxilios en la escuela de carabineros de Roma.
Nico no podía. Me sujetaba la cabeza contra el pecho con los brazos y no me soltaba, y Zanella tuvo que quitármele de los brazos con cuidado, lassela, Ardenti, lassela a mi, como se le quita un niño a una madre en un incendio.
Me tumbaron en el fondo de la lancha. En el plástico mojado, entre cabos y chalecos salvavidas naranjas.
Bressan me buscó el pulso en el cuello. No lo encontró.
Empezó.
Treinta compresiones. Dos insuflaciones.
Treinta compresiones. Encima de un abrigo empapado, encima de un arnés de escalada, encima de una bolsa estanca con una cámara de intervalos dentro, que nadie pensó en quitarme hasta el hospital.
Me rompió dos costillas. Me lo dijeron después, como se dice un mérito.
Le ha roto dos costillas, signora. Eso es que lo ha hecho bien.
El piloto sacó la lancha del rio de la Sensa marcha atrás, porque no había sitio para girar, y la metió por la Misericordia hacia las Fondamente Nove, con el viento de frente y las olas entrando por la proa, con la sirena puesta y la luz azul girando en las fachadas.
Zanella llamó al hospital por radio.
Nico iba sentado en la popa. Con las manos encima de las rodillas, abiertas, hacia arriba, sangrando en el plástico. No las miraba. Me miraba a mí. Rafi iba a su lado. Me dijo que Nico no dijo nada en todo el camino. Que solo movía los labios. Que contaba.
En veneciano.
* * *
Seis minutos de lancha hasta el embarcadero de urgencias del Ospedale Civile.
El hospital de Venecia está en el campo de San Zanipolo, en un edificio que fue una escuela grande de una cofradía en el siglo quince, con una fachada de mármol con leones y perspectivas pintadas, y por detrás da a la laguna, a las Fondamente Nove, por donde llegan las ambulancias, que en Venecia son barcos.
Esa noche había tres en el embarcadero. Una con un hombre de Pellestrina que se había electrocutado intentando sacar el agua de su casa con una bomba. Otra con una mujer de la Giudecca con la cadera rota. La tercera, vacía, esperando.
Cuatro enfermeros me cogieron de la lancha de Zanella.
Bressan no paró de comprimir hasta que me pusieron en la camilla. Zanella me contó que tenía los brazos temblando y que no paró.
* * *
Nueve minutos sin pulso. Eso dice el informe del hospital.
Desde las diez y treinta y uno, cuando Nico me sacó por el agujero, hasta las diez y cuarenta, cuando un médico de urgencias de Treviso que estaba de guardia por casualidad esa noche me puso las palas del desfibrilador en el pecho por segunda vez.
Más los minutos de antes. Los que pasé debajo del agua, en la cámara, con el tobillo debajo de un puntal, desde que el agua subió el último centímetro hasta que Nico me encontró a ciegas con las manos. Esos no están en ningún informe. Nadie los contó. Calculamos, después, entre cuatro y seis.
Lo que me salvó fue el frío.
Me lo explicó el médico de Treviso, que se llamaba Dal Bo, cuatro días después, sentado en el borde de mi cama de la UCI, con la bata abierta y unas zapatillas de deporte.
Que el agua de la laguna en noviembre está a catorce grados.
Que a catorce grados el cuerpo se enfría deprisa, y el cerebro, cuando se enfría, necesita menos oxígeno.
Que es lo mismo que pasa con los niños que se caen a los lagos helados en Noruega y los sacan a la media hora y viven.
Hipotermia protectora, lo llamó. Que la laguna me había matado y la laguna me había conservado. Las dos cosas.
—A las diez y cuarenta —dijo Dal Bo— su corazón volvió. Fibrilación, primero. Luego ritmo. Un ritmo malo, lento, de un corazón frío. Pero ritmo. Volvió usted.
—¿Y el cerebro?
—Eso lo sabremos cuando me diga cómo me llamo.
—Dal Bo.
Sonrió. Se levantó.
—Pues de momento va bien.
* * *
Cuatro días.
Me tuvieron dormida dos, con un tubo en la garganta y la temperatura del cuerpo controlada con una manta que hacía ruido de nevera, para que el cerebro se recuperara despacio. El tercero me quitaron el tubo. El cuarto abrí los ojos.
Eso es lo que recuerdo. Lo primero.
Un techo. Blanco, de placas de escayola cuadradas, con agujeritos, como los techos de todos los hospitales del mundo. Un fluorescente apagado. La luz gris de una ventana a la izquierda. Un ruido de máquinas, regular, bip, bip, como un metrónomo.
Y en la sábana, a mi derecha, al lado de mi mano, dos cosas blancas.
No las entendí al principio. Eran grandes, redondas, blancas, como dos guantes de boxeo hechos de gasa. Con algo rojo marrón que asomaba por la tela en algunos sitios, en manchas, como asoma la sal por un revoco.
Eran sus manos.
Vendadas hasta las muñecas. Enteras. Sin dedos que se vieran. Encima de la sábana, al lado de la mía, sin tocarla, porque no podían tocar nada.
Giré la cabeza. Me dolió el cuello. Me dolió el pecho, las costillas rotas, como si tuviera un ladrillo dentro. Me dolió el tobillo derecho, debajo de la sábana, metido en una férula.
Nico estaba sentado en una silla de plástico al lado de la cama, inclinado hacia delante, con los antebrazos apoyados en el colchón y las manos vendadas encima de la sábana. Dormido. Con la frente apoyada en el borde de la cama, al lado de mi brazo. Con el mechón blanco caído sobre la cara.
Tenía puesta la misma ropa del martes. Lo supe por el olor. Olía a laguna, a barro, a sal.
No lo desperté.
Me quedé mirando sus manos. Dos guantes de gasa con manchas que asomaban. Las manos que tallaban fórcolas siempre en la dirección de la veta. Las que me cerraron los dedos sobre una fórcola de roble en la rampa de un squero. Las que me tocaron la cicatriz del labio en un andén.
Levanté la mía. Me pesaba como un saco de cal. La puse encima de la suya. Encima de la gasa.
Nico abrió los ojos.
No se movió. Se quedó con la frente en el borde de la cama, mirándome desde abajo, con los ojos grises indecisos, rojos, hinchados. Mucho tiempo.
—Has llegado —dije.
Me salió sin voz. Un ruido de papel. De hoja seca. Tenía la garganta destrozada del tubo.
Nico no contestó. Cerró los ojos. Le vi la nuez subir y bajar.
Luego volvió a abrirlos.
—Te gavevo dito —dijo.
Te lo dije.
Si algún día me esperas en un andén, yo llego.
* * *
Tardé un rato en preguntarlo. Lo tenía en la boca desde que había abierto los ojos y no me salía, como no me salía la estrofa del pájaro en el cuarto de Teresa.
—¿Y Teresa?
Nico no contestó.
Se incorporó en la silla. Se quedó sentado, con la espalda recta, con las manos vendadas en las rodillas, hacia arriba, abiertas. Como las tenía ella encima de la colcha. Con las palmas hacia arriba.
Me miró.
Y no tuvo que decir nada.