Acqua alta Capítulo 38 · Las manos
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Capítulo 38 · Las manos

Las manos

Esto no lo vi. Me lo contó Rafi.

Me lo contó el dieciséis de noviembre, en una silla de plástico al lado de mi cama del hospital, con la sudadera gris del taller y los ojos hinchados, en italiano y luego en español y luego otra vez en italiano, porque había cosas que no le salían en un idioma y le salían en el otro.

Me lo contó una vez entera, sin que se lo pidiera, con las manos apretadas entre las rodillas.

Y luego no me lo ha vuelto a contar nunca.

Lo cuento como me lo contó. Es lo único que tengo de esos once minutos. Lo demás es agua.

* * *

A las nueve y cuarenta y cinco, el agua del androne le llegaba a Rafi a la cintura.

La bomba de achique se había parado: el cuadro provisional del piano nobile había saltado cuando una ráfaga de viento metió agua de lluvia por una ventana rota del salón.

Rafi subió a decírselo al maestro. Los treinta y ocho escalones y los noventa y dos. Corriendo.

Nico estaba sentado en el borde de la cama, con la mano de su abuela en la suya. Oxana, de pie, con el rosario. Teresa, boca arriba, con los ojos cerrados, respirando con burbujas.

—La bomba se ha parado, maestro. El agua llega a la cintura.

—¿Y Clara?

—Ha subido.

Nico lo miró.

—¿Subido adónde?

—Arriba. Me dijo que subía. A las nueve. —Rafi miró alrededor, el cuarto, la puerta, como si yo fuera a estar detrás—. Llevaba el arnés.

Nadie dijo nada durante un segundo. Rafi me dijo que ese segundo duró mucho. Que oyó las burbujas de Teresa, una, dos. Que oyó el viento en la ventana del norte. Que oyó a Oxana pararse en la cuenta.

Y que entonces Teresa abrió los ojos.

* * *

No miró a nadie. Miró al techo. A la mancha de humedad con forma de península.

—La xe zo —dijo.

Está abajo.

Con una voz, me dijo Rafi, que no era la de una mujer que se estaba muriendo. Era una voz limpia. Fuerte. La voz de alguien que da una orden en una cocina.

Nico se levantó de la cama.

Teresa le apretó la mano. Rafi lo vio: los dedos de pájaro, con el dedal de plata de Sofia en el índice, cerrándose sobre la mano de su nieto con una fuerza que no tenían desde enero.

—Nicolò.

Nico la miró.

—Corri —dijo Teresa.

Corre.

Y le soltó la mano.

* * *

Nico corrió.

Rafi detrás. Los noventa y dos escalones de la caracola en la oscuridad, sin linterna, saltándoselos de dos en dos, de tres en tres, con la mano en la pared de piedra para no caerse en las vueltas.

Rafi me dijo que no sabía que una persona pudiera bajar una escalera así.

Que en el cuarenta y siete, en la saetera, Nico no se paró. Que no se paró en ninguno.

En el rellano del piano nobile, la puerta de alerce estaba abierta. El foco de obra del cuarto encendido. Nico entró. Rafi se quedó en el umbral.

La trampilla, abierta contra el muro. A. A. — B. A. — 1931 — PIRATI. La línea de vida, tensa, saliendo del anclaje químico de la pared y metiéndose en el pozo. Nico se tiró al suelo, de rodillas, y se asomó.

A dos metros, el tapón. Ladrillos, tablones, el aluminio retorcido de la escalera. La línea de vida desapareciendo entre los escombros como una raíz entre piedras.

—¡Clara!

Nada.

Tiró de la línea. Con las dos manos. No se movió. Volvió a gritar. Golpeó el tapón con el puño, metiendo el brazo hasta el hombro en el pozo. Cayeron trozos de mortero hacia abajo. El tapón no se movió.

Rafi me dijo que entonces Nico se quedó quieto. De rodillas, con el brazo metido en el pozo, con la cara a un palmo del agujero. Quieto. Tres segundos.

Y luego se levantó y dijo una palabra.

—Soto.

Abajo.

* * *

Rafi no entendió. Nico ya estaba bajando la caracola.

No sabía lo de la puerta. Nadie se lo había dicho.

Lo sabía Nico porque se lo había enseñado yo en septiembre, en la cámara, con el agua por los tobillos: el arco tapiado, el mortero de vidrio, los cráteres de la taza.

Por ahí intentó salir. Nico había estado de rodillas en el barro delante de ese arco un minuto entero sin tocarlo.

Ahora lo iba a tocar.

En el rellano, al pasar, cogió las herramientas de los de Chioggia.

Las habían subido esa mañana con los sacos de cal, por la lista, punto cuatro, por encima de dos metros.

Una maza de cinco kilos con mango de fresno.

Un cincel de hierro largo, de picar. Rafi cogió la linterna grande, la de obra, la de batería.

Bajaron los treinta y ocho escalones.

En el último, el agua.

* * *

El androne ya no era el androne. Era un canal.

El agua entraba por la reja de la puerta de agua a golpes, empujada por el viento, en olas pequeñas, sucias, que traían cosas: una bolsa de plástico, un trozo de madera, una zapatilla de niño.

Llegaba a la escalera principal por el séptimo escalón.

En el centro del androne, me dijo Rafi, le llegaba a él por el pecho.

A Nico, que es más alto, por debajo de las costillas.

Nico no sabe nadar.

Bajó el último escalón. Se metió en el agua. Con la maza en una mano y el cincel en la otra, con los brazos levantados, como se cruza un río.

Rafi detrás, con la linterna.

Cruzaron el androne hasta el rincón de debajo de la escalera de servicio.

Diez metros. Rafi me dijo que tardaron un minuto.

Que el agua empujaba hacia la pared, hacia los muebles viejos, hacia las góndolas podridas que flotaban sueltas golpeándose contra las columnas como animales asustados.

Que Nico resbaló una vez en las losas y se hundió hasta el cuello y salió tosiendo y no soltó la maza.

En el rincón, Rafi apuntó la linterna a la pared.

Agua. Solo agua. Negra, revuelta, golpeando el revoco con la sal. El arco estaba debajo. Entero. Ochenta centímetros por debajo de la superficie, a la altura de las rodillas de un hombre de pie.

Nico le dio la maza a Rafi. Se agachó. Metió las manos debajo del agua, contra la pared. Buscó con los dedos.

—Qua —dijo.

Aquí.

* * *

No se puede golpear con una maza debajo del agua.

Rafi lo sabe ahora; Nico lo sabía antes.

El agua frena el golpe como frena una almohada.

Nico lo intentó tres veces: levantó la maza por encima de la cabeza y la bajó con todas sus fuerzas contra el sitio donde había notado el arco, y la maza entró en el agua y llegó al ladrillo sin fuerza, con un toc sordo que Rafi no oyó pero que notó en las piernas.

El tercer toc fue el que oí yo.

Entonces Nico cogió el cincel.

Se agachó otra vez. Metió la cabeza en el agua.

Rafi me dijo eso tres veces, en los dos idiomas.

Ha messo la testa sotto. Metió la cabeza debajo.

Nico, que no sabe nadar. Que contaba hasta diez en veneciano para bajar el último peldaño de una escalera a una cámara con un palmo de agua.

Metió la cabeza debajo del agua sucia del androne, en la oscuridad, con los ojos abiertos o cerrados, Rafi no lo sabe, y apoyó el cincel contra el mortero de Ottone, en la última hilada, la de arriba, y le dijo a Rafi algo que salió del agua en burbujas.

Rafi entendió. Levantó la maza. Golpeó el cincel.

Debajo del agua. Con la maza frenada por el agua. Con el riesgo de darle a las manos de Nico, que sujetaban el cincel a ciegas. Golpeó.

Nico sacó la cabeza. Respiró. Volvió a meterla.

Rafi golpeó.

Así seis veces. Ocho. Diez. Rafi me dijo que perdió la cuenta. Que cada vez que Nico sacaba la cabeza tenía la cara más blanca y los labios más morados, y que cada vez que la metía tardaba más en sacarla.

A la undécima, el ladrillo de arriba se movió.

* * *

Lo demás lo hizo con las manos.

Rafi me lo dijo así. Il resto l’ha fatto con le mani. Y luego se calló mucho tiempo, sentado en la silla de plástico del hospital, mirándose sus propias manos entre las rodillas.

El primer ladrillo salió. Nico lo arrancó con los dedos, metidos en la junta que había abierto el cincel, y lo soltó en el agua. El segundo salió más fácil; el primero había roto el cierre. El tercero no quería salir. Nico tiró.

El mortero de Ottone tenía vidrio. Molido, de Murano, verde y azul y ámbar. Así no la abre nadie a mano. El vidrio molido metido en cal es una lija. Es una cuchilla. Es lo que se pone encima de las tapias de las casas de los ricos para que no salte nadie.

Nico tiró igual. Con las dos manos. Debajo del agua. Arrancando ladrillos de 1944 con los dedos metidos en un mortero que cortaba como un cristal roto.

Rafi vio el agua oscurecerse alrededor de sus brazos. A la luz de la linterna. Unas nubes. Como cuando se echa tinta en un vaso.

Le gritó que parara. Nico no paró.

Sacó la cabeza. Respiró. ¡Clara! Volvió a meterla.

Cuarto ladrillo. Quinto. Sexto.

El hueco ya era del tamaño de una ventana pequeña.

Por él salía el agua de la cámara hacia el androne, o entraba la del androne hacia la cámara, Rafi no lo sabía; solo sabía que el agua se movía alrededor de las piernas de Nico como se mueve cerca de un desagüe.

Rafi apuntó la linterna al hueco, por debajo del agua.

Vio barro. Vio astillas de pino flotando. Vio, dentro, a un metro, algo claro.

Pelo.

* * *

Nico se metió por el hueco.

Entero. Debajo del agua. De cabeza. Por un agujero de cincuenta por sesenta abierto con las manos en un mortero de vidrio, en una cámara llena de agua hasta el techo, él, que no sabe nadar.

Rafi lo cogió del cinturón. No sabe por qué. Le pareció que si lo soltaba, no volvía. Se quedó en el androne con el agua por el pecho, con la linterna en una mano y el cinturón de Nico en la otra, sujetando a un hombre que había desaparecido dentro de una pared.

Contó. En bengalí, me dijo. Como contaba su madre cuando le enseñaba a hacer el té, los segundos que tiene que hervir el cardamomo.

Diez.

Veinte.

A los veintitrés, Nico salió. Sin mí. Sacó la cabeza, boqueando, con la boca abierta como un pez, con sangre en la cara, que no era de la cara, era de las manos que se había pasado por la cara.

—La ga el pie soto —dijo—. Un ferro.

Tiene el pie debajo. Un hierro.

—E la corda.

Y la cuerda.

La línea de vida. La que yo había enganchado arriba, en el cuarto de Alvise, para estar segura.

Subía tensa desde mi arnés hasta el tapón de escombros del pozo y desaparecía entre los ladrillos.

Me tenía atada a la pared como se ata un perro.

Aunque Nico levantara el hierro, la cuerda no me iba a dejar salir.

Respiró tres veces. Rafi me dijo que nunca había visto respirar a nadie así. Que respiraba como si se estuviera bebiendo el aire.

Rafi no le preguntó nada. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón, debajo del agua, y sacó el cúter.

El del taller. El amarillo, de cuchilla retráctil, el que llevan siempre en el bolsillo los aprendices porque es lo primero que te dan, antes que la escoba.

Le sacó la cuchilla con el pulgar, entera, hasta el último clic. Se lo puso a Nico en la mano.

Nico no podía cerrar la mano. Rafi le cerró los dedos encima del mango. Uno a uno.

Y se volvió a meter.

* * *

Rafi contó otra vez.

Diez. Veinte. Treinta.

A los veintiocho, algo blando salió flotando por el agujero y se le enredó a Rafi en la pierna. Un trozo de cuerda azul de escalada, cortado limpio, con las fibras abiertas como una brocha.

A los treinta y uno, el cinturón dio un tirón. Fuerte. Hacia dentro. Como cuando un pez grande coge el anzuelo. Rafi casi se cae. Se agarró a la pared con la mano de la linterna y tiró hacia atrás con todo el cuerpo.

Treinta y cinco.

Cuarenta.

A los cuarenta y dos, por el agujero de la pared, por debajo del agua, salió mi pelo. Y luego mi cabeza. Con la linterna frontal todavía encendida, apuntando a ninguna parte. Y luego mis hombros, el arnés, la bolsa estanca con la cámara de intervalos todavía colgada. Empujados desde dentro.

Y luego, detrás, las manos de Nico.

Rafi me dijo que eso es lo que no puede olvidar. No mi cara. Las manos. Saliendo del agujero detrás de mí, agarradas a las cinchas del arnés, abiertas, blancas del frío y rojas del vidrio, con los dedos en ángulos que no eran de dedos. Empujándome hacia fuera. Hacia él. Hacia el androne.

Rafi me cogió por el arnés. Tiró. Salí entera, como sale un ternero, flotando, con la cara hacia abajo.

Detrás, por el agujero, salió Nico.

Se puso de pie en el agua del androne, al lado de Rafi. Me dio la vuelta. Me sacó la cara del agua. Me sujetó la cabeza contra su pecho, con los brazos, porque las manos ya no le servían para sujetar nada.

—Respira —me dijo Rafi que me dijo—. Respira, Clara.

No respiraba.

Eran las diez y treinta y uno.

Fuera, desde todos los campanarios de la ciudad, sonaron las sirenas. Cuatro tonos. Y en la reja de la puerta de agua, entre las olas, apareció una luz azul.