Capítulo 37 · Por los poros
Por los poros
Medí.
Es lo único que sé hacer cuando no sé qué hacer.
Lo hice en el calado de mi abuela con la linterna.
Lo hice en Canfranc con la ventisca. Lo hice esa noche con el agua en el pecho y un tobillo debajo de media tonelada de ladrillo, en una cámara de dos metros por uno y medio, a seis metros por debajo de un dormitorio con mi cara.
Tenía la cinta métrica de Nico en el bolsillo del abrigo. La amarilla, la de carpintero, la que había colgado por el pozo a las nueve. La saqué. Apoyé el extremo en el barro, al lado de mi pie izquierdo, con la bota. Subí la cinta por la pared hasta la superficie del agua.
Un metro cuarenta y uno.
Las nueve y veintidós.
* * *
Lo apunté.
No tenía libreta; la libreta se había quedado arriba, en el rellano, encima de los sacos de cal, con la lista y sus siete casillas y una mentira.
Tenía la Parker. La llevaba en el bolsillo interior del abrigo desde febrero, desde Gante, desde la oficina de Ottavio.
La saqué. Le quité el capuchón con los dientes, el capuchón dorado mordido por un almacenista de vinos de Logroño que se murió en 1979.
Escribí en la pared.
En el ladrillo de la cámara, por encima del agua, a la altura de mi cara. El ladrillo estaba mojado y la tinta se corría, pero se quedaba. Negra. Con números.
21:22 — 141
Debajo de mi mano, el agua subía.
* * *
No se veía subir. Eso es lo que no sabe nadie que no lo haya visto: que el agua que entra por los poros no se ve subir.
No hay corriente. No hay ruido. No es una cascada ni un grifo.
Es un temblor en la superficie, muy leve, constante, como el temblor de un párpado.
Y un frío que te va subiendo por el cuerpo milímetro a milímetro, sin que notes cuándo pasa de un milímetro al siguiente.
Lo que se veía era el arco.
El lomo del arco, la última hilada, la que asomaba por encima del agua a la altura de mi barbilla cuando bajé, ya no asomaba. Estaba debajo. Se notaba solo por el movimiento: una ondulación delante de la pared del androne, como la que hace un pez cuando pasa cerca de la superficie sin salir.
Por ahí entraba. Por el mortero de vidrio. Por los cráteres de la taza.
Por los poros, como la sal.
* * *
21:31 — 145
21:40 — 150
Lo apuntaba cada nueve o diez minutos, mirando el reloj, que era sumergible y seguía funcionando, iluminado con la linterna.
La pared se iba llenando de números. Una columna.
Como las rayas a lápiz de Alvise en la pared del cuarto, seis metros más arriba: tres rayas, una por día.
Las mías eran una por cada diez minutos.
Lo pensé. Que estaba haciendo lo mismo. Contar. Dejar escrito.
Lo pensé y no paré de escribir.
* * *
Toqué el arco.
Me estiré todo lo que me dejaba el tobillo, inclinada hacia delante, con el agua entrándome en la boca, y alargué el brazo izquierdo hasta tocar la pared del androne debajo del agua. El mortero. Rugoso. Frío. Con el vidrio cortándome las yemas de los dedos como cortan las conchas en una playa.
Y noté el agua entrar. En la palma. Una presión. Como una respiración contra la mano.
Golpeé.
Con la carcasa de la cámara de intervalos, que saqué de la bolsa estanca. Contra el mortero. Debajo del agua, sin fuerza, porque el agua frena todo. Toc.
Paré. Escuché.
Nada. El agua. El viento, muy lejos, a través de un metro de ladrillo, ululando por las chimeneas. Las sirenas, cada diez minutos, cuatro tonos, apagadas, como si sonaran en otra ciudad.
Toc. Toc.
Al otro lado del arco, a cuarenta centímetros, estaba el androne. Con sesenta, setenta, ochenta centímetros de agua. Con una bomba de achique que no servía de nada. Y con un chico de veinte años con unas botas que le quedaban grandes, vigilándola porque se lo habían dicho.
Toc. Toc. Toc.
Nada.
Rafi no me iba a oír. El agua del androne, revuelta por el viento que entraba por la reja, haría más ruido que una carcasa de plástico contra un mortero de vidrio. Y aunque me oyera, no sabría de dónde venía. Nadie sabía que había una puerta ahí. Solo Gino. Solo Teresa. Solo yo.
Seguí golpeando igual.
Como él. Con una taza.
* * *
21:52 — 156
El agua me llegaba a la clavícula. Tenía que levantar la barbilla para que no me entrara en la boca cuando hablaba. No hablaba. Pero a veces se me escapaba algo, una palabra, un nombre, y entonces tragaba agua.
El tobillo había empezado a dolerme. Ya no lo notaba lejos. Lo notaba entero, abajo, debajo del tablón, como un clavo. Lo bueno del dolor, pensé, es que me decía dónde estaba mi pierna.
Tenía frío. Mucho. Me temblaba la mandíbula. Me temblaban las manos, y la Parker en la mano derecha, y los números en la pared empezaban a torcerse, a caerse del renglón, como se caía la letra de mi bisabuela en las últimas hojas.
22:01 — 160
* * *
A las diez y cuatro intenté otra vez el tablón.
Respiré hondo y me metí debajo del agua.
Con los ojos abiertos. Con la linterna frontal iluminando un remolino marrón donde no se veía nada más que partículas.
Palpé con las dos manos. El tablón, atravesado sobre el tobillo.
Los ladrillos encima, cinco, seis, uno encima de otro.
Empujé el de arriba. Se movió. Lo aparté.
Empujé el siguiente. Se movió. El tercero no.
Saqué la cabeza. Respiré. Volví a bajar.
El tercero no se movía porque estaba debajo del puntal.
El puntal de hierro, el de la izquierda, el de los dos centímetros, que había resbalado hasta el fondo y se había quedado encajado en diagonal entre el suelo y la pared, con todo encima.
Lo empujé. Con las dos manos, con el hombro, con lo que me quedaba.
No se movió nada.
Saqué la cabeza. El agua me llegó a la boca al salir. Tosí.
Dos centímetros no es nada. El hierro aguanta.
Aguantaba.
* * *
22:12 — 164
Ya no podía escribir más arriba. El brazo no me llegaba con el tobillo atrapado. Escribí el último número torcido, encima del anterior, montado, casi ilegible.
Y debajo, con lo que quedaba de tinta, con la mano que no me obedecía, escribí otra cosa.
No sé por qué. Lo pensé después muchas veces.
Ottavio lo fotografió en diciembre, cuando bajaron los de la Soprintendenza a sacar los escombros, y me enseñó la foto en su despacho sin decir nada.
Está ahí. En el ladrillo de la cámara, a la altura de la cara de una mujer de pie, debajo de una columna de números torcidos.
Con tinta de una Parker de Logroño, corrida por el agua, pero legible.
He corrido. C.
* * *
Guardé la Parker en el bolsillo del pecho. Al lado del móvil, que ya no se encendía.
El agua me llegaba a la barbilla. Levanté la cara. La nuca contra la pared del pozo. La linterna frontal apuntando a la bóveda, a sesenta centímetros por encima de mi cara, a la costra de sal blanca de la bóveda brillando como escarcha.
Pensé en muchas cosas. Pensé en pocas. No me acuerdo bien. Me acuerdo de algunas.
Me acuerdo de que pensé en mi abuela en el Puente de Piedra, con escarcha en el pelo y un zapato lleno de piedras, diciendo mamá decía que te habías quedado dentro.
Me acuerdo de que pensé en mi madre tocando el Andante en un piano checo sin el si bemol, en el compás treinta y uno, sin pararse en el hueco.
Me acuerdo de que pensé en el bloque de nogal abierto en dos como un libro, y en el olor que salió de dentro.
Y me acuerdo de que pensé en una cosa que me dio rabia pensar, que no quería pensar, que pensé igual: que no le había dicho a Nico te quiero nunca.
Que lo había escrito en un mensaje que estaba girando en la pantalla de un móvil mojado en el bolsillo de un abrigo, en una bandeja de salida, esperando una cobertura que estaba ochenta escalones más arriba, en un entarimado de madera sobre el tejado, donde el viento estaba arrancando las tejas.
Como las cartas de mi bisabuela. No me la mandes. Tráemela.
* * *
Toc.
Lo oí.
No fui yo. Yo tenía las manos quietas, una agarrada a la pared y otra en la cinta métrica, debajo del agua.
Toc.
Al otro lado del arco. En el androne. Fuerte. Seco. Metal contra ladrillo.
TOC.
Y la pared del androne, el mortero de vidrio de Ottone, delante de mí, debajo del agua, tembló.
Lo noté en el agua. Una onda. Una presión que me empujó el pecho, como cuando pasa un vaporetto por un canal estrecho y el agua golpea las fondamente.
TOC.
Alguien estaba golpeando la puerta de 1944 desde fuera.
Con algo que no era una taza.
Quise gritar. Abrí la boca para gritar su nombre, porque solo podía ser un nombre, y el agua me entró en la boca, salada, fría, con sabor a barro y a vidrio, y me la llenó.
Cerré la boca.
Respiré por la nariz. Una vez. Hondo. Con la cara levantada hacia la bóveda, con el agua por encima del labio de arriba, por encima de la raya.
Como se respira antes de bajar a un calado.
Y el agua subió el último centímetro.