Capítulo 36 · El cuarto
El cuarto
El agua estaba más fría que el andén de Canfranc.
Lo pensé así, con esas palabras, en el peldaño veintiocho, cuando la bota izquierda tocó la superficie y siguió bajando y el frío me subió por la pierna hasta la cadera como sube la sal por un ladrillo. No lo pensé como técnica. Lo pensé con el cuerpo, que es como se piensa en un pozo.
Peldaño veintinueve. El agua por la rodilla.
Treinta. Por el muslo. Por dentro de las botas de pescador, que no servían de nada si el agua entraba por arriba.
Treinta y uno. Por la cintura.
Treinta y dos. El último. Los pies en el barro, hundidos hasta el tobillo, y el agua por encima del ombligo, negra, quieta, con la luz de la linterna frontal temblando en ella. Me agarré a los largueros de la escalera con las dos manos. Respiré. Por la nariz. A trozos.
Un metro treinta y ocho. Lo medí con el cuerpo: me llegaba a dos dedos por debajo del esternón.
* * *
La cámara de intervalos estaba en la repisa del fondo, a dos metros de la escalera, con su piloto azul parpadeando cada dos minutos. Por encima del agua. Cuarenta centímetros por encima.
Solté la escalera.
Crucé la cámara. Dos metros. Cuatro pasos en el barro, con el agua empujándome el pecho como se empuja una puerta que pesa.
El arnés me tiraba hacia atrás, hacia el pozo; la línea de vida subía tensa hasta el anclaje del cuarto, seis metros más arriba.
Llegué a la repisa. Cogí la cámara con las dos manos, con su carcasa estanca, fría, mojada de condensación.
La metí en la bolsa estanca que llevaba colgada del arnés. Cerré la bolsa.
Ya está. Un minuto y cuarenta segundos. Lo miré en el reloj.
Me volví hacia la escalera.
Y vi el arco.
* * *
Con la linterna. Sin querer. Al girarme, el haz de luz barrió la pared de enfrente, la del androne, la del mortero de Ottone, y se quedó ahí, porque yo me quedé ahí.
El arco estaba casi entero bajo el agua. Solo asomaba el lomo, la curva de arriba, la última hilada de ladrillos mal puestos, a la altura de mi barbilla. Y entre los ladrillos, en el mortero gris con su vidrio de Murano brillando verde y azul y ámbar con la luz, el agua entraba.
No tres hilos. No como en las fotos del viernes.
Por todas partes.
El mortero entero sudaba. Chorreaba. En la parte que quedaba fuera del agua, en las juntas de la última hilada, salían gotas en fila, una al lado de otra, como las cuentas de un rosario, y caían.
Y por debajo de la superficie, donde no se veía, se notaba: un movimiento en el agua de la cámara, delante del arco, un temblor, una corriente leve que me empujaba hacia el pozo.
El agua de fuera, del androne, de la laguna, de la marea de ciento cincuenta, metiéndose por cada poro del mortero que un hombre de cincuenta y ocho años amasó con guantes de piel una mañana de febrero de 1944 para que no lo abriera nadie a mano.
Por los poros. Por donde sube la sal.
Me quedé un segundo de más. Lo sé. Me quedé mirando cómo entraba el agua por la pared de vidrio con la linterna en la frente y la cámara en la bolsa y el agua en el pecho, porque era lo más bonito que había visto en mi vida profesional.
Porque era exactamente lo que había bajado a buscar. Porque era la explicación.
Un segundo de más.
* * *
Arriba, en el pozo, algo crujió.
Un crujido largo, de madera, como el del bloque de nogal al abrirse en el banco de Nico. Pero no venía de una cuña. Venía de los tablones de pino del apeo, a tres metros y medio por encima de mí, que se estaban doblando.
Levanté la linterna.
El puntal de la izquierda se movía. Muy despacio.
La placa de la base, abajo, en el barro, a medio metro de mis pies, se había hundido otra vez.
No dos centímetros: diez, quince. El barro del fondo, removido por la corriente que entraba por el arco, se había convertido en una papilla negra que no sostenía nada.
El puntal se inclinaba hacia la pared del fondo como se inclina un hombre borracho contra una farola.
Y arriba, los tablones en aspa que sujetaban el vientre de ladrillo de la pared del pozo, los que tenían que estar apretados contra la panza abombada, se separaban de ella. Un dedo. Dos.
Y el vientre, sin nada que lo sujetara, empezó a moverse.
—No —dije.
En voz alta. A nadie. Al pozo.
Me tiré hacia la escalera.
* * *
No llegué.
Cuatro pasos en el barro, con el agua en el pecho, con la bolsa colgando. Llegué a la escalera en el tercero. Me agarré al larguero. Puse el pie en el primer peldaño, el treinta y dos, el que estaba debajo del agua.
Y el pozo se cayó.
No todo. No sé cuánto. Sé lo que oí y lo que noté, que es lo único que se sabe en un sitio así: un ruido enorme, sordo, de ladrillos contra ladrillos y madera contra hierro, encima de mi cabeza, bajando.
El puntal de la izquierda resbalando del todo y golpeando la escalera de aluminio, que se dobló como se dobla una pajita.
Los tablones de pino cayendo en aspa. Y detrás de los tablones, el vientre de la pared, la panza de ladrillo de tres metros y medio, desprendiéndose de una vez, como se desprende un revoque podrido cuando le das con la mano, pero de media tonelada.
Algo me dio en el hombro. Fuerte. Me soltó la mano de la escalera. Me caí hacia atrás, al agua, con la boca abierta.
Debajo del agua, oscuro. La linterna frontal iluminando un remolino de barro negro y burbujas y astillas de pino. Ruido de cosas cayendo al agua encima de mí, golpes amortiguados, como se oyen las cosas desde dentro de una bañera.
Saqué la cabeza. Tosí. Escupí agua de laguna, salada, con sabor a barro y a algo metálico.
Y no pude moverme.
* * *
Tenía la pierna derecha atrapada.
No me dolía. Todavía. La notaba lejos, como se nota una pierna dormida, como si fuera de otra persona.
Estaba sentada en el fondo, en el barro, con la espalda contra la pared del pozo y el agua por la barbilla, y la pierna derecha estirada hacia delante, y encima de la pierna, a la altura del tobillo, algo.
Lo palpé con la mano bajo el agua. Madera.
Un tablón de pino, de los del apeo, atravesado, con un extremo clavado en el barro y el otro apoyado en algo más alto que no veía.
Y encima del tablón, ladrillos. Muchos. Del vientre.
Empujé el tablón con las dos manos. No se movió.
Me levanté como pude, sobre la pierna izquierda, agarrada a la pared, hasta quedarme de pie con el tobillo derecho todavía atrapado abajo, la pierna estirada en un ángulo raro. El agua me bajó del cuello al pecho.
Levanté la linterna hacia el pozo.
No había pozo.
A dos metros por encima de mi cabeza, donde antes estaba el hueco rectangular de setenta por noventa subiendo hacia la luz del foco del cuarto de Alvise, había un tapón.
Ladrillos, tablones, el puntal doblado, la escalera de aluminio retorcida, todo encajado en el tubo de ladrillo como se encaja un corcho en una botella.
Por entre los huecos caía polvo de mortero, y un hilo de agua, y nada más. Ni luz. Ni aire que se moviera.
La línea de vida subía tensa desde mi arnés hasta el tapón y desaparecía dentro. Tiré de ella. No se movió. Estaba atrapada entre los ladrillos. Me sujetaba a la pared del pozo como se sujeta a un perro.
* * *
Saqué el móvil del bolsillo del pecho. Estaba mojado. La pantalla se encendió.
Sin cobertura. Claro.
En la pantalla, el mensaje a Nico, con su reloj pequeño al lado. Bajo diez minutos a la cámara a por la cámara de intervalos. El agua de dentro ha subido más de lo calculado. No subas. Te quiero. Girando. Esperando.
Eran las nueve y dieciocho.
El pico de la marea estaba previsto a las diez y cuarenta. Con ciento cincuenta. Fuera, en el androne, sesenta centímetros a las nueve, subiendo diez cada cuarto de hora. Dentro, un metro treinta y ocho. La bóveda de la cámara, a dos metros veinte del suelo.
Lo calculé. No pude no calcularlo. Lo calculé con el agua en el pecho, el tobillo atrapado y una bolsa estanca con una cámara de intervalos colgando del arnés, como se calcula la humedad de una pared.
Y me salió que no había sitio.
* * *
Grité.
Hacia arriba. Hacia el tapón. Hacia el cuarto de Alvise y el rellano y la caracola y los noventa y dos escalones y la habitación del norte donde un hombre estaba sentado en el borde de una cama con la mano de su abuela en la suya.
Grité su nombre.
El tapón se lo comió. Lo noté. El grito subió dos metros, chocó contra los ladrillos y los tablones y volvió hacia abajo, hacia el agua, hacia mí, apagado, como vuelve el ruido en una habitación forrada de colchones.
Lo grité otra vez.
Y otra.
Y luego me callé, porque se me había ocurrido una cosa, y la cosa era la peor que se me había ocurrido nunca.
Que en marzo de 1944, en este mismo agujero, un hombre había gritado un nombre hacia arriba, durante tres días.
Y que arriba lo habían oído. Y que nadie había bajado.